TORRE DE VIENTO

El salón francés, tan muellemente propicio en esta calma hora de las seis, proyecta las sombras azuladas de sus butacas sobre el encerado parquet. Las alanceadas ráfagas de tibio sol, colándose a través de las entronadas vidrieras del balconcillo, diluyen todos los objetos del cuarto en una luz tierna, sin rebordes, como de tejido gelatinoso.

El sol moribundo de la tarde, destellando sobre los tejados de las casas de enfrente, recorta contra el ventanal los cuerpos de Carmela Uriarte y Charo Cisniega que, apoyadas en la barandilla, beben con delicadeza sus tazas de café. El grato bordoneo de las conversaciones, interrumpido a veces por un tintineo de cucharillas, no turba sin embargo el sueño de Paco Cifuentes que, con un “Fotos” entre las manos, se ha quedado beatíficamente amodorrado en la butaca del rincón.

Su mujer, sentada en el brazo del sofá junto a la dueña de la casa, se inclina sobre ella con los ojos muy atentos.

– Mariana, hija – dice, dejando caer finamente las palabras – Cuéntame lo de tu suegro ¿quieres?, que a lo mejor es grave… Hay que ver, con lo simpático que se me hace…

Se queda contemplando con los ojos muy abiertos a la mujer de José que, sin dedicarle una sola ojeada, sigue echando tranquilamente café en su taza. Las piernas de Juana, muy enfundadas en seda, se balancean con brusca impaciencia, descubriendo con generosidad sus macizas rodillas.

– ¿Qué quieres que te cuente, mujer? – le replica Mariana con tono ausente, al tiempo que mantiene la cafetera en alto – ¿Te sirvo a ti más café? A mí me apetecía… – La mira interrogativa, soltando el recipiente al ver que la otra rehúsa con un ademán – Como quieras – Coge su taza y se recuesta con desembarazo en el sofá – ¿Qué decías? ¡Ah, mi suegro¡ Pues él se encuentra bien, cosa pasajera… Como comprenderás, son los años, no hay que darle vueltas.

Sus ojos se quedan abstraídos mientras bebe, evocando la cara del viejo cuando subió la otra noche de la tienda. Traía una cara tan pálida como la pared en que se recostó al entrar. Su suegra se asustó tanto que mandó enseguida recado a don Alejo a pesar de lo tarde que era. Desde luego hay mucha gente que se interesa por su salud, pero Juana hasta hace poco había hecho tanto caso de su suegro como de la luna. Es curioso que pregunte ahora con tanta frecuencia, como si le fuera en ello algo importante. Por eso ha preferido despistarla, aunque no la ve muy convencida después de su respuesta.

La otra se ha dejado resbalar al interior del sofá, con una mueca despechada ante la evasiva. Dominándose sin embargo, procura adoptar el tono que oyó una vez a la Superiora del convento de las Dulces Hermanas mientras hablaba de una enfermedad… ¿Tú no crees…?.

Mariana disimula un gesto de impaciencia, pero el seco golpe con que deja la taza sobre la mesa la traiciona, haciendo encogerse a la otra sobre sí misma.

– ¿Qué va a tener, mujer? – exclama con ligera displicencia – Lo que todo el mundo cuando tiene su edad. Nada, nada, nada… Todas las enfermedades ninguna. ¿Has visto  tú a alguien que con setenta y ocho años no se resienta de nada? Pues ahí lo tienes – continúa con impaciencia, como mostrando algo cegadamente evidente – Tú misma lo has dicho, lo trabajado que está…

Juana se la queda mirando con deseos de hacer aún otra pregunta, pero el pliegue contraído de los labios de Mariana la hace temer una respuesta demasiado cortante. ¡Caramba con Mariana, la mosquita muerta¡ Con la familia es una babaza, se derrite con todos como si fuera miel, pero cuando se trata de complacer a una verdadera amiga le da por sacar las uñitas. Claro, de esa manera es imposible una amistad firme, ya que una buena amistad requiere compenetración y confidencias o por lo menos un informe breve sobre las cosas que puedan interesar a la persona amiga.

Con un mohín decepcionado se vuelve hacia donde su marido, que se despierta siempre como gallo de pelea, sostiene una verdadera batalla verbal con la Cisniega y la Iriarte. Se queda mirándolas con disgusto, entreteniéndose en enumerar con fruición sus numerosos defectos. Las dos están hechas unas pájaras, la una bebiendo los vientos por los primeros pantalones que se presentan y la otra, más vieja que el pópulo, presumiendo en todas las reuniones como si fuera una pollita. Dios, las cosas que tiene una que aguantar. Pero qué remedio, cuando no se ha nacido con dinero… Alzándose muy derecha sobre el sofá, levanta ligeramente la voz.

– Pero dejadme tranquilo a Paco – interviene con su mejor sonrisa – Que ya está hasta la coronilla de contar que si “Barceloneta” ganó por un cuerpo, que si ganó por dos o si por medio pelo. Qué tabarra, Dios, el cielo que me tengo merecido. ¿Pero se puede saber – pregunta, acentuando hasta un límite imposible su amabilidad – qué es lo que queréis sacarle?.

Él, exhibiendo esa sonrisa que tiene la virtud de sacarla de quicio, se repantiga más en la butaca, abanicándose parsimoniosamente con la revista. Como siempre que se duerme un rato en las visitas, tiene ahora el aire más despabilado que nunca. No parece sino que el condenado se prepara a salir poniendo banderillas, si lo tendrá ella calado.

– Déjalas, mujercita mía – le contesta, con los pequeños ojos traviesamente entornados – Que les conviene. A lo mejor el día de mañana tiene que ganarse las pesetas como nosotros. ¿Es que la caridad no es la principal virtud que debemos practicar dada nuestra alcurnia?.

Juana parpadea con las cejas muy juntas, soltando de pronto una carcajada que regocija infinitamente a las otras. El duelo sempiterno del matrimonio no constituye un secreto para nadie, ella lo sabe y trata de disimular el efecto que le causan sus estúpidas frasecitas de segunda intención. La sonrisa no abandona sus labios, mientras exclama con compasivo acento:

– Este Paco, hijas, ya le conocéis – se lleva el índice a la sien con expresivo gesto – Así está. Ni caso, hijas, ni caso.

Él abre mucho los ojos, abanicándose más despacio y hablando con voz llena de dulzura:

– Pero mi vida, si no digo más que la verdad…

La dueña de la casa, procurando salir de su abstracción, empuja hacia ellos la mesita rodante de los cafés.

– Bueno, amigos – anima con una sonrisa – Tomemos otra taza, que hay que calentar el ambiente, que esto está muy aburrido.

– La tripa es la que está aburrida – le replica Paco, dándose una palmada en el vientre – Y además, hace muchos años que no he bebido un café como éste, palabra…

Las patas de gallo de la Uriarte se multiplican repentinamente en una amplísima sonrisa, pero sus ojos alertas espían las reacciones de Juana.

– Pues aprovecha ahora, Paquito – dice, deshaciéndose en gestos animadores que hacen brillar su enjoyado meñique – Que la ocasión la pintan clava, que cuando llegan las vacas gordas ya se sabe…

Los ojos de Paco relucen de súbito, dejando caer enseguida los párpados con una sonrisa bondadosa.

– Carmela, no te puedes figurar cuanto te agradezco lo que dices. Tienes más razón que un santo, si siempre lo he dicho – se recuesta en la silla con vago pesar, mirándola con atento aire de alumno – No te puedes figurar siguiera la cantidad enorme de veces que echo de menos tus consejos, hay que ver, ya lo creo… Con lo que dan unos añitos de experiencia, ya quisiera yo tener tu edad, porque hay que ver lo que tú has vivido… carmelita.

La otra se queda sin respiración, mientras un súbito arrebol le sube hasta la raíz del cabello. Mueve los labios, pero ningún sonido sale de ellos, optando por callarse al no encontrar de momento la respuesta adecuada. Juana la mira con ostensible compasión ante la sonrisa regocijada de las otras.

– Hay que dejarlo como siempre, hoy está imposible – dice, tomando con delicadeza una golosina de la fuente que hay sobre la mesilla – Tú no le hagas caso, Carmela – la aconseja, mientras sus labios se curvan anchos sobre el dulce, llenándole la boca – Ya sabes, él tiene sus manías… sobre todo – se vuelve preocupadamente a las otras – Ya sabéis, le da por gastarse el humor de la pobreza, como si en casa no tuviéramos…

– Pues hija – tercia la Cisniega, cruzando con lentitud las pernas ante los ojos divertidos de Paco – Si tiene ese gusto, con su pan se lo coma… Aunque – mirando a Juana con intención – Yo no sé qué decirte, pero cuando el río suena…

Paco se incorpora con vivacidad, cortando la respuesta de su mujer, que ya ha lanzado a la otra una mirada de mírame y no me toques. Esto de estar al quite es más fastidioso que cantarle las cuarenta a un sordo.

– Pues lo que os decía – reanuda el hilo de lo que contaba – Mi “Barceloneta” es una yegua magnífica. Me ha hecho ganar en mi vida más dinero del que tenía cuando nací…

La Cisniega alza vivamente la cabeza, extendiendo el brazo.

– Para el carro, muchacho, que no estamos para bolas – dice con el acento de quien se tiene muchas cosas sabidas – Un poquito menos, guapo… – enseguida, retrayéndose y fijando sus entornados ojos en Juana – Aunque ya, ya…

La mirada de la Ibarragómez la replica con un rápido destello, que se transforma en una expresiva ojeada que recorre con lentitud el cuerpo de la otra.

– Sí, mujer, ¿por qué no? – dice con su voz más untuosa – Cuando se tiene algo.. se explota…

La Cisniega acusa el golpe, buscando frenéticamente en su cerebro una respuesta. Se muerde los labios y echa a su alrededor una rápida mirada, encontrando sólo ojos curiosos y divertidos… ah, pero el recuerdo que la acaba de asaltar puede ser definitivo para aplastar a esta sabandija, sólo tiene que procurar que no le falle la voz, parque está tan nerviosa…

– Ahora que me acuerdo – dice, respirando con fuerza mientras deja caer su mano un segundo sobre la rodilla de Juana, que no puede evitar un leve respingo – Hija, ya sé que no tenéis muchos muebles y que los que os quedan no están muy allá que digamos – hace un ademán de excusa, disculpándose con una risita ahogada – Si hasta me acuerdo todavía del roto que me hicieron en mi falda rosa cuando estuve allí… con las puntillas, hay que ver… – se detiene para observar el efecto de sus palabras, lanzando a continuación la pregunta – ¿Pero es que no podríais mandarme los silloncitos que te presté cuando el santo de Paco…? Porque es que siento más vacío el saloncito… – Se les queda mirando, con los ojos interrogantes – Porque ya os habrán hecho el avío ¿no?.

Cifuentes, cómodamente arrellanado en su butaca, observa a las dos mujeres con su aire crítico de costumbre. El papel de mediador no lo considera muy lucido, pero tiene que aceptarlo a veces para evitar que el mejor día estas damas con sus tonterías se agarren un día del moño y armen la de Dios es Cristo.

– Pero, Amparo, mi alma – salta rápido, frenando en seco la contestación de su mujer, que adivina tempestuosa – Si los silloncitos los tenías en el soberado, llenos de polvo… Más falta me hacen en mi casa. ¿Es que no sabes que soy pobre como una rata?.

La Cisniega, ante la inesperada salida, mira hacia otro lado, desconcertada. Le teme infinitamente más a él que a ella, porque cuando menos se piensa se va por peteneras. Con Juana, a pesar de las diferencias, se siente en un plano de igualdad en el terreno de las indirectas. Claro, el toro es un frescales al que no le importaría ponerse en calzoncillos en mitad de la calle.

– No, es que había pensado – le responde al fin, sin saber donde mirar – Me harían tan buen juego en el comedor, ahora con la entrada del verano… – Encogiéndose de hombros resignada, mientras mira de soslayo a la otra – Aunque vaya, si tanta falta os hacen, si sois tan pobres como dices…

Mariana interviene para cortar definitivamente la cuestión dirigiendo a Cifuentes una pregunta directa:

– Pero vamos a ver, paco – dice, inclinándose hacia delante muy interesada para desviar hacia este punto la atención de las otras – Lo que yo me pregunto, ese orgullo que tienes de tu pobreza, porque es orgullo, no cabe duda… ¿quieres decirme de donde lo has sacado… si se puede saber?.

Él alza la cabeza sorprendido, frunciendo mucho las cejas. Sacando la pitillera, se entretiene en elegir cuidadosamente un cigarro mientras le da vueltas en la cabeza a la pregunta de campeonato de Mariana. Las otras le observan esperando curiosas, pero él, ocupado encender, no parece dispuesto a contestar enseguida. Su habitual expresión burlona parece no haber existido nunca en su cara, lo que no le gusta nada a su mujer, que trata de atravesar rápidamente aquel momento difícil.

– Pues hijo – le espolea con una media sonrisa – Si no vas a decir nada…

Paco la mira con un destello en sus ojos endurecidos, replicándole con aspereza:

– Tú, cállate, haz el favor, que a ti nadie te ha preguntado – Enseguida se calma, fijando su mirada en la mujer de José, que lo contempla con una vaga ansiedad – ¿Qué de dónde lo he sacado, preguntas? – su voz se hace de pronto grave, al tiempo que entorna los ojos a través del delgado velo del cigarro – Es una cosa que sólo te puedo decir a ti, Mariana.

El largo momento de sorprendido silencio queda cortado de súbito por un corro de pequeños chillidos y gritos.

– ¡Que lo diga, que lo diga¡

– Y que no le echa teatro…

– Venga, al grano, al grano…

– Eso no vale, que aquí somos todos uno.

Todas le acosan, haciéndole zalemas y suplicándole que hable, porque él tiene siempre muy buenos golpes. La dueña de la casa sigue sentada, con sus ojos escrutando nerviosos el rostro de piedra de Paco, que no parece dispuesto a hacer concesiones. Finalmente, las otras, desalentadas, van disminuyendo sus súplicas hasta dejarlo del todo tranquilo.

Ella se levanta de pronto con resolución y seguida por la mirada inquieta de Juana, se entra en el balconcillo, recostándose en el barandal y procurando hablar con tono ligero que no consigue ocultar su preocupación soterrada.

– Bueno, hombre – dice, animándole con una sonrisa – Dime, que estoy muerta de curiosidad…

Las demás siguen sentadas haciendo corro a Paco. Mariana se apresura a añadir:

– Ya veréis, ya veréis… En fin, ya le conocéis – agrega, encogiéndose de hombros – Se ha encaprichado y hay que seguirle la corriente…

Él se levanta con cansancio del sofá y fijándose con cierto regusto irónico en los rostros que le rodean, pega un bostezo descomunal. El cigarro le cuelga de los labios y el humo que sube le hace entronar los ojos en un parpadeo que Juana reconoce como el de las grandes ocasiones. Inclinándose en un saludo reverencioso, se acerca a ellas dándoles unas palmadas en los hombros.

– Hasta ahora, nenas, y portaros bien. Creedme, éste es un momento importante, porque las cosas de Paco Cifuentes, ya sabéis, no son nunca cosas vulgares ¿estamos, nenas?.

– Vaya, hombre – le reconviene su mujer, cruzándose de brazos y procurando quedar bien ya que no puede hacer otra cosa – Que te están esperando como al Santo Advenimiento…

– Ya voy, mujercita– le replica él, pellizcándole la barbilla y riéndosele en la cara – Que eres un sol, cielo, formalita como ella sola… – chupa con fuerza del pitillo, haciendo un saludo con la mano – Hasta ahora, niñas.

Ellas se acomodan aburridamente en las butacas, al tiempo que él, entreabriendo las vidrieras lo justo para pasar, se entra en el balconcillo. Su rostro, transformado de repente, preocupa a Mariana, que nunca le ha conocido esta expresión. Vuelto de espaldas al saloncito, contempla en silencio las sombras que proyectan las chimeneas sobre os canales de tejas de las casas vecinas. Sus ojos duros y pensativos entre las arrugas de las ojeras, indican sin embargo a Mariana que los pensamientos de Paco viajan muy lejos. Hace años que lo conoce, pero sólo de algún tiempo a esta parte su máscara de tarambana ha comenzado a abrirse par ella por medio de algunas confidencias. Es curiosos que el mundo en que viven les permita conocerse tan poco a través de los años, a pesar de encontrarse tantas veces juntos en la casa de cualquiera de ellos. Desde luego las pandillas que se forman no facilitan precisamente un conocimiento profundo del interior de cada uno. Son como conciencias dispersas que marchan a la deriva en un enorme mar que de pronto se traga una de ellas sin que las demás se den cuenta. Ella, ahora mismo, a pesar de que el carácter de Paco ha comenzado a revelársele, no podría decir a ciencia cierta si él es bueno o es malo, si el juicio agrio que tiene su marido de él posee algún fundamento. Aunque ahora ha procurado disimular ante las otras la impresión que le ha causado su preferencia, no puede evitar que un vago temor le haga latir el corazón más aprisa que de costumbre. Sin atreverse a interrumpir su mutismo, clava unos ojos interrogadores en su cara tensa.

– Me has hecho una pregunta – empieza Paco mirándola con mucha fijeza y dejando que su voz se deslice con lentitud, como apresando cada palabra – y créeme, he sentido un repentino interés contestártela. Pero en contestártela a ti sola. Las otras no podrían entenderme ni yo tengo el menor interés en darle a conocer lo que pienso. Pero tú, Mariana, por desgracia lo ha descubierto hace muy poco tiempo, eres distinta y te lo puedo decir… no quiero regalarte los oídos porque no viene ahora a cuento, pero tú eres bastante inteligente y sabrás comprenderme mejor que todas esas – La pausa que hace le sirve para elegir un nuevo pitillo, que enciende recogiendo la brusca llama en torno a sus labios crispados – Tú me preguntas que de donde he sacado este orgullo, este orgullo de mi pobreza… Pues mira – sus ojos chispean con súbito interés – ¿quieres que te diga? No existe una fuente concreta, porque lo he sacado de todos y de nadie… Concretando, de esas que están ahí y de otros y otras que son como ellas. Verás, hay tanta gente que vive bien y se pavonea de su riqueza, tanta gente que vive mal y se pavonea de su riqueza también. He aquí yo – añade sonriendo con una mueca de cansancio – Lo pensé un día, hay que hacer algo extraordinario, sensacional, macanudo… aunque luego resulte todo una birria… Es que se aburre uno tanto, tan espantosamente, créeme, que yo daría a veces un brazo por encontrar un sentido a todo esto que me rodea. Es tan absurdamente idiota, tan estúpidamente imbécil…– Hace una pausa larga, contemplando con ojos vagos la larga ceniza de su cigarro y tirándola con el índice, al tiempo que levanta la cabeza y la mira fijo – Mira, Mariana, yo he tomado el partido de vivir muy bien, pavonearme de mi auténtica pobreza y soltar de vez en cuando un tufo de sinceridad – se echa areir de ponto, animándose su cara irónica ante las sabrosas perspectivas que recuerda – Como lo hago borracho o haciéndome el borracho, nadie me toma gran cosa en cuenta. No te tengo que decir porque ya lo habrás visto tú a pesar de que sales poco o te habrán ido con el cuento, que a pesar de que yo me camuflo con el bebercio, me tienen en todas partes por un frescales de marca mayor, incapaz de tomarme nada en serio. Pero me invitan porque se divierten conmigo… ¡Ah, otra cosa muy curiosita que pasa, de tan increíble resulta verdad. Algunos me pagan por decir verdades que ellos no se atreven a decir… No de una manera directa, claro… Bueno, tú sabes que nada se hace aquí de una manera directa. Pues verás – sigue con tono regocijado – se trata de un jueguecito muy curiosos. Es como el cazador que manda su bala en busca de la perdiz. O como el verdugo que deja caer su hacha sobre la nuca del reo. Este no se entera hasta que le han hecho el regalito – se encoge de hombros, mientras sigue explicando con ojos burlones – Yo también, como comprenderás, tengo mi parte. La primera vez lo vi tan claro como el agua y planteé enseguida la otra cara del asunto a mi solicitante. Cuando me ha insinuado lo que tengo que decir, claro, todo esto con las palabras más dulces, las copas de vino más llenas, los Paco por aquí, los Paco por allá, – esa es la primera parte del programa – , yo creador de una genialidad que ya se espera el prójimo que tengo al lado, me llevo las manos a la cabeza y me doy una palmada den la frente, recordando de pronto que tengo un apuro enorme que sólo se puede solucionar con un cheque del talonario que el tal o la tal guarda en aquel preciso momento en su bolsillo. El tal, la mayoría de las veces se saca el librito del bolsillo y catapún, segunda parte del programa, Paco Cifuentes cobra ipso facto sus servicios. ¿Qué el tipo o la tipa renquea y promete el oro y el moro? Entonces… – hace un gesto expresivo – naranjas de la China… Yo me acuerdo de repente de que no puedo asistir a la tal reunión – donde había que pegar el mordisco – por lo que sea, por hache o por be… Y a otra cosa. El amiguito o la amiguita tuerce el hociquito y yo me dejo acariciar por la segunda víctima. Como verás, ellos mismos me hacen el reclamo.

Se ríe de ponto, pero enseguida un velo cubre sus ojos, empañándolos de fatiga. Mariana, con los suyos muy abiertos, le escruta con ansiedad mientras le pone una mano en el brazo.

– ¿Por qué haces eso, Paco¿ ¿Es que acaso te gusta hacerlo?.

Él no la mira, tocado en su interior por la voz suplicante. Frunce mucho las cejas y con calculados movimientos aplasta con sumo cuidado la colilla contra el hierro del barandal, convirtiéndola en una masa informe, que arroja con fuerza a la calle. Enseguida alumbra un nuevo pitillo, mirándola con los ojos entronados a través de la débil cortinuela de gasa.

– ¿Yo qué quieres que te diga, Mariana? – le replica, encogiéndose de hombros, mientras enarca las cejas en un frustrado gesto de vivacidad – A mí me parece cumplir una función de salud pública, querida. Nada menos que de salud pública, para que te enteres. Hasta creo a veces que el Ayuntamiento mismo debería meterme en nómina, pero qué caray, son unos agarrados… Yo – su tono campanudo se acompasa al ritmo de sus ojos irónicos – Yo soy el niño siempre en primera comunión de la sociedad lavernesa, su espíritu puro e inmaculado, querida Mariana, siendo a la vez el cajón de sus basuras y la válvula de escape de sus complejos. Sí, la verdad, yo me considero una zaranda que lo admite casi todo. Nada se queda en mí – agrega, recobrando su aire serio – Yo clarifico el ambiente que está a veces demasiado cargado. Sin mí ¿qué iba a hacer la mayoría de esos pobres diablos que se reconcomen de envidia o se pudren de soberbia?. Yo soy el médico que les revienta la pus y les cura los abscesos al escuchar sus pequeñas manías, sus estúpidas reacciones, sus solapadas malquerencias… Y nada, absolutamente nada de eso se queda en mí, todo lo vierto allí donde me dicen. Yo cobro y ellos  pagan y después todos respiramos y vivimos más felices que en Jauja. Dime tú si no es verdad – concluye con cierta dureza.

Ella le ha escuchado con los ojos muy fijos, con esa expresión que ella toma siempre cuando su marido empieza a decir cosas que ella nunca hubiera querido escuchar, tan terriblemente la lastiman. Bajando la cabeza, aprieta con fuerza los labios:

– Paco, tú nos desprecias a todos. ¡Cómo te gozas en tu desprecio¡.

Él observa durante unos segundos su frente baja, echándose de ponto a reír con fatiga:

– Pero tú estás loca, mujer – dice, procurando reprimirse – Yo no desprecio a nadie, líbreme Dios. Tendría que despreciarme a mí mismo. ¿Es que acaso no pertenezco a vosotros tanto como vosotros a mí?.

– ¿Y estás seguro…?

Él tiene en los suyos un relámpago:

– ¿De qué no me desprecio a mí mismo?.

Ella asiente con la cabeza, desviando su mirada. El mastica con fuerza la punta de su cigarro, con los ojos perdidos en la gran mancha gris que va taponando el cielo. Sus dedos tablean sobre la madera durante unos segundos y su mirada indefinible, profundamente indefinible, parece carecer de uno fondo conocido.

– Mira, Mariana – su voz le suena a él mismo extrañamente normal – A pesar de todo lo que te diga, yo tengo mi ética. Si alguien murmura, si alguien me alquila para que sea su altoparlante, la mayoría de las veces tiene un poco de razón y cuando yo lo hago siento una satisfacción secreta, porque siento en lo más profundo de mí que hago un poco de justicia – se encoge de hombros, con una vaga sonrisa que la daña a ella con fuerza – De un costado a otro, desengáñate, todo está tan podrido, que pus con pus poco se ve. Todo viene de muy atrás, de tan atrás que casi se pierde… – Sus ojos pensativos parecen escrutar las lejanías de que habla, con una expresión que la hace estremecerse, como si de repente viera surgir bajo sus pies un desconocido abismo – Son culpas – sigue diciendo con voz muy lenta, con la mirada vagando en la tarde ensombrecida – Culpas tan viejas como siglos… Culpas que un día traerán hombres que vendrán implacables a cobrarse esa inmensa deuda de justicia con todos sus intereses acumulados. Ahora parece que no, que no existe nada, pero yo a veces, sobre todo cuando estoy muy borracho, tengo presentimientos terribles… Siento que a veces tiembla el suelo, como si debajo de él rugiera el volcán que ha de tragarnos a todos…

Se calla, cerrando la boca con brusquedad, como temiendo haber dicho demasiado. Mariana ha cerrado los ojos, huyendo de la visión evocada por paco. Un leve temblor le sacude inconteniblemente los labios, mientras lucha por hablar.

– Paco – exclama entre ahogos, tratando de reponerse – ¡Qué terrible presentimiento el tuyo¡ Es algo de angustia…

Los ojos de él relucen unos segundos con intensidad, después inclina la cabeza tratando de sonreír, pero la mueca contraída que le sale está llena de cansancio.

– No tienes por qué preocuparte – le dice, tratando de dar un tono ligero a sus palabras – Sabe Dios… – de improviso, se alza muy derecho sobre sus talones, abriendo bruscamente las vidrieras y precipitándose en el interior de la sala. De dos zancadas se acerca a la mesa, cogiendo la botella de coñac y levantándola en alto con gesto de triunfo – Vamos, niñas, animaos vosotras, que ya veis que a Mariana no se le puede gastar una broma. Enseguida pone cara de crío llorón – Viendo que ellas lo miran estupefactas – Pero, amigas, queridas amigas y carísima esposa – sigue animándolas con grandes gestos, mientras alza aún más la botella – Bebamos, bebamos, que la vida se acaba y hay que gozar… ¿Qué gozaaaarr…¡.

Extendiendo mucho el brazo izquierdo alza el derecho con la botella, bebiendo un gran trago. Las demás, entusiasmadas, le corean con pequeños chillidos y gritos.

– ¡Viva Paco I¡ – le grita la Cisniega.

– ¡Viva el rey de los guapos¡ – le corea la Uriarte.

– ¡Viva mi niño¡ – le corea la Ibarragómez, dándole un abrazo, al que él corresponde con entusiasmo.

Mariana, aún fuera del cuarto, los contempla con asombro.

Estas escenas son frecuentes en la casa, sobre todo cuando no está su suegra, pero ahora lo encuentra de pronto todo absurdo. Paco, rodeado de mujeres y exultante de dinamismo, anta el aria de  “Tosca”.

La puerta del salón se entreabre asomando la cabeza de Juanjo, que se vuelve enseguida hacia Patrocinio del Aire, dejándola pasa. Cifuentes da el do de pecho y empinando la botella, aguanta corajudamente el aliento mientras bebe un segundo trago más largo que el anterior.

– Hola, Juanjito y Compañía – saluda a continuación, limpiándose la chorreante boca con la manga.

– Hola a todos – gritan éstos, siendo coreados al punto.

Paco recobra repentinamente la seriedad, pero el brillo de sus ojos se le antoja sospechoso a Juanjo. No en balde han corrido más de una juerga juntos, y esto ayuda a conocerse. Serán patochadas lo que suelta, pero que tiene más gracia que la puñeta. Hay una diferencia de medio a medio con el Puma. Hasta se le puede dejar a deber dinero tranquilamente.

– ¿Habéis visto por ahí a Antoñito Rivera? – pregunta Paco – ¿Se ha casado por fin con la hija de… su padre?.

Juanjo se sonríe, completando mentalmente la frase sugerida, mientras llena un par de copas.

– Falta todavía una semana – le contesta, dándole una palmada en el hombro – ¿Y tu “Barceloneta”? ¿Qué tal se porta?.

– Como nadie. Todos estamos encantados con ella – replica Paco, indicando a seguido con un gesto cortesano a la del Aire – Menos la señora.

– A mí – contesta esta, acomodándose en un sillón y bebiéndose de un trago su coñac – no hay quien me empuje a ese terreno.

Es una mujer cincuentona, que usa siempre unos grandes escotes y conduce un Rolls–Royce con mucha habilidad. Ha viajado bastante y adopta siempre un aire de superioridad que da dos patadas en el estómago a Paco. Para él es el prototipo de la funcional secretaria norteamericana… sin trabajo… Dejándose caer hacia atrás, comenta con un ligero sonsonete:

– Pues, hija, tú no pareces de tu tierra. A mí me das la impresión de una norteamericana que ha participado en muchos “rounds”.

Ella, sin inmutarse lo más mínimo, se ha sacado de su bolso un espejito, entreteniéndose en reflejar en él un mohín de desafío, que no se molesta en acentuar demasiado.

– ¿Y qué? – replica sin mirarle, mientras se pasa un pincelito por los labios – Hay que vivir la vida.

– Oye, Juanjo – la Cisniega, moviendo lentamente las caderas, se le acerca hasta casi rozarlo, con una sonrisa temblándole en las comisuras – Tú que vienes de la calle ¿me encuentras de buena facha? ¿No estoy muy pálida?.

Al mismo tiempo da una vuelta en redondo para que él pueda contemplarla a su sabor. Juanjo se pasa una lengua por los labios, enrojeciendo ligeramente. Caramba con la gachí, se le pone de una manera que tendría que ser tonto para no darse cuenta de que está pidiendo guerra. Tranquilizado por una ojeada que le revela que su madre habla en este momento con Paco, redondea el cuerpo de la Cisniega con un despacioso ojeo de chalán.

– Por mí, chica – le replica con lentitud, exhibiendo una mirada húmeda – Estás estupendísima. De rechupete, ya digo – añade, mojándose con la lengua unos labios repentinamente secos.

– Gracias, Juanjito, que sol eres – le sonríe ella, acercándose al grupo de las otras y moviéndose con delectación ante el espejo – ¿Es que no jugamos hoy?.

El leve crujido de la puerta al abrirse la hace volverse con rapidez. José apenas tiene tiempo de lanzar una ojeada a los reunidos antes de encontrarse con ella de manos a la boca.

– ¡Don Pepe de mi alma¡ – le grita con repentina alegría, agitándole delante las manos – Que no pude venir a celebrarte los santos. Hijo, – agrega con pesar – que me cogió en Madrid, ¿sabes?. Era la apertura de Monteviolento, el modisto… Figúrate, no podía perdérmelo por nada del mundo. ¡Fue tan maravilloso¡ – dice con nostalgia, haciendo de pronto una sonriente transición – Pero tú que eres tan comprensivo me perdonas, ¿eh, Pepito?.

– Claro, mujer, claro – le replica José, estrechándole rápidamente la mano y dejándola plantada, al huirse de costado – ¿Quién no te perdona a ti?.

Con un resoplido de alivio, se detiene bruscamente mientras observa a Paco, que no le aparta los ojos de encima. Las pupilas de José centellean un segundo, enseguida los párpados se dejan caer, velándolas.

– ¿Qué tal, Cifuentes?.

El rostro de éste permanece inmutable, pero sus dedos, contraídos sobre el fondo oscuro del pantalón, denuncian la tensión repentina de su cuerpo.

– Muy bien, Duarte – responde sin embargo con voz tranquila – ¿Y tú, que me cuentas?.

Mariana, que a pesar de integrar el grupo, no ha perdido puntada del encuentro, sabe que su presencia es necesaria en este tirante momento. ¡Cuánto daría ella porque se comprendieran¡ No parece sino que cada uno, sin haber llegado siquiera a cruzar una palabra violenta, adivinara en el otro un enemigo. Su sonrisa trata de echar a broma la situación, en la que intuye un oscuro subsuelo que la asusta.

– Pero, amigos míos – exclama, acercándose con rapidez – ¿Qué bromas son esas? ¿Es que ya no sois Paco y Pepe?.

Su marido no responde enseguida, apretando ligeramente los puños con el cerebro tenso. Paco lo mira con una placidez que preocupa aún más a Mariana.

– Se trata de una apuesta – dice al fin José.

Paco trata de contener una media sonrisa que le aflora de pronto en los labios, asintiendo lentamente con la cabeza.

– Sí, claro, es una apuesta.

Juana, en el extremo más próximo del grupo, ha sorprendido su contestación. Abandonando repentinamente su puesto, se acerca a saltos palmoteando:

– ¡Que la cuente, que la cuente¡

José se apresura a salirle al encuentro.

– Es un secreto entre Paco y yo.

El otro asiente casi con pesar, encendiendo con tranquilidad un cigarro.

– Sí, es un secreto – le contesta, levantándose con un bostezo y dirigiéndose con lentitud al rincón. Adosado cautamente contra el fondo, ve acercarse muy despacio a José, diciéndole en voz baja cuando ve que ya puede oírle – Creía que estabas en Sevilla.

El otro lo mira con un frunce burlón entre las cejas.

– Acabo de llegar, querido. Estamos en el siglo XX.

– ¿Pero qué secretos se traen estos hombres? – pregunta la Ibarragómez acercándose con leve paso, mientras una sonrisa confidencial le tiembla en las comisuras – Que no puede una enterarse de nada. ¿Qué forma es ésa de hablar? Ni que estuviéramos en un velatorio.

José la mira con fijeza, con una mueca que le hace sobresalir el labio inferior.

– Cosas de hombres – le replica, ligeramente hostil – Cosas de hombres, señora.

Ella finge un gran susto, retrocediendo un paso.

– ¡Huy, qué barbaridad, qué forma de tomar las cosas¡ – exclama con aire de reto, dirigiéndose luego con ostentación a su marido – Bueno, tú ya me contarás luego ¿no, guapo?.

Ninguno de los dos le hace caso y ella se retira al fin, sin abandonar su despechada sonrisa. José mira fijamente a Paco, mientras susurra:

– El domingo a las siete en el hipódromo.

El otro lo mira con sorpresa, pero enseguida sus ojos se bajan, asintiendo.

– De acuerdo, allí estaré.

José le estudia durante un largo momento antes de dirigirse a la puerta. Cifuentes ve desaparecer su silueta en la oscura penumbra del salón viejo.

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