TORRE DE VIENTO

La atmósfera de la habitación, ardiente a pesar de la templada noche de primavera, le hace revolverse inquieto entre las sábanas, agravando el insomnio que se le ha hecho habitual a fuerza de costumbre. La alta ventana, entreabierta para que el paso de aire facilite la ventilación del cuarto, difunde sobre los objetos del dormitorio una luz que molesta vivamente los ojos fatigados de don Pedro. Dando otra vuelta procura adormecerse de nuevo, pero el obsesionado cortejo de sus pensamientos sigue desfilando en su interior como una monótona procesión de espectros.

Son los hijos, siempre los hijos. Los hijos son las dos palabras que murmuran constantemente sus labios, mecánicamente y sin cesar. Los hijos, que se le deshacen entre las manos como pompas de jabón que estallaran de súbito en el aire. Hoy ha estado trabajando con Rozas hasta las tantas, liado con el asunto de los suministros de Bilbao. Por fin han llegado a establecer una fórmula que convenza a estos vascos del diablo, que ponen cada vez precios más altos con el cuento de que la economía nacional está hecha polvo y que hay que tomar drásticas medidas para salvarse del caos. Como si la economía nacional no llevara lo menos quince años hecha unos verdaderos zorros. Y por otra parte está el personal, que es un problemita que también se las trae. Millares, el modesto Millares, que se ha atrevido a pedir aumento de sueldo con el cuento ese de la subida de precios y diciendo con su cara boba que si la cuenta de beneficios ha sido bastante saneada el año pasado. ¿Y los gastos?, le ha replicado él. Y al otro le ha dado por barajar cifras, valiente majadero. Desde luego cualquiera lo convence, estando en el mismo cogollo de la contabilidad. Con los empleados, ya lo tiene él dicho muchas veces, hay que mantener la disciplina. Una buena voz a tiempo puede evitar muchos males en lo sucesivo.

Y por otra parte José, sin reaccionar en absoluto. El, que debiera ser uno de los que trinaran más por el plan ese de los suministros. Viéndoles días y días discutir sobre el mismo asunto y buscando soluciones a problemas urgentes. Sólo una vez levantó la cabeza y escuchó con atención. Era cuando se trataba de las cifras finales a ofrecer. Sí, el dinero, como todos los Duarte, lo lleva metido en la masa de la sangre. Pero tener dinero sin tener otra cosa, es bien poco en la vida. Aunque el dinero sea la palanca del mundo, hay que tener además coraje, cerebro y amor por las cosas. Amor por la profesión, como justamente dice Rozas.

Se siente sofocado con el calor asfixiante que despide la cama. Incorporándose con trabajo, empuja el embozo hacia su mujer, que duerme sin bullir lo más mínimo. Él debe tener algo de fiebre, seguro. De otra forma no se explica este baño de sudor en que se sumerge todas las noches. Ya don Alejo le ha recomendado que se cuide el corazón, porque empieza a fallarle de una manera alarmante. Bah, se encoge de hombros mientras se calza las zapatillas, le ha fallado ya tantas cosas en la vida…

Observando el despertador de la mesilla, que marca las dos de la madrugada, menea dubitativo la cabeza. Se pone despacio en pie, decidiendo finalmente echarse encima el batón, mientras rebusca llaves y gafas en el traje colgado de la silla. Entreabre la puerta con cuidado, dirigiéndose a la salida a través del salón viejo, cuyos retratos antiguos, colgando a ambos lados de la pared, parecen querer acompañarle con unos ojos curiosamente amistosos. Contemplándolos a medida que avanza hacia el recibidor, se siente algo más confortado, como si en el descenso que emprende hacia la escalera, sintiera tras de sí estos seres amigos que le acompañan siempre en sus soledades y en sus tristezas.

El patio, vagamente iluminado con sus torneadas columnas y su sonoro silencio campesino, le hace detenerse de súbito junto al barandal. Es algo extraño que lo ha asaltado de repente, casi haciéndolo retroceder, algo que sin embargo hace latir más acompasadamente sus nervios desquiciados. Sí, es algo como esa paz que se lleva dentro cuando se va a misa limpio de conciencia, como esa religiosa invitación a la escucha que hace comulgar oscuramente con todas las cosas.

Apoyándose en la pared se inclina con ansiedad hacia delante, bebiendo el hechizo del momento con sus ojos deslumbrados. El aire tiene la suavidad del terciopelo y el silencio se precipita de repente sobre él, fecundado por innumerables voces viejas que le susurran sus misteriosos secretos al oído. Sí, es verdad, qué terrible nostalgia, todo está lleno de recuerdos, cada centímetro de terreno tienen una punzadita para su corazón, cada losa cuadrada tiene una historia para él, cada columna querida parece susurrar el nombre de Pedro. Pedro, Pedro, Pedro… Y desde el fondo, las cristaleras de la tienda se le acercan bellamente entrelazadas, como las muchachas que avanzaban gentiles en el Eslava en el tiempo maravilloso de las más bella época de su juventud, recién casado con María Luisa… y la puerta de la tienda se le abre invitadora, como se abrían entonces los ojos de ella, al despertar durante las inolvidables noches de amor, cuando él sentía que en el mundo sólo existían dos seres cálidamente entrelazados en la noche amándose, amándose… Los estantes del interior, llenos de telas perfumadas, con ese olor tan profundo que es una invitación a la vida, le dedican misteriosas sonrisas iluminadas, como la primera sonrisa del primer hijo, el que haría que la tienda fuera gloriosa, grande y querida en todas partes, el que haría que cuando se hablara de Laverna, junto a los monumentos públicos, a las glorias de la ciudad, a las instituciones célebres, se citara siempre la tienda de los Duarte y se hablara de don Pedro como el que la había engrandecido, iluminándola como una antorcha, influyendo sobre la economía nacional como una pieza insustituible. Por la tienda se hallan repartidos trozos de su propia vida, todo está extendido en una sonriente maravilla que no se acaba nunca. Todo gira en una amorosa danza, las sillas, las mesas, las telas, es su juventud fecunda y armoniosa que se despliega ante sus ojos como un coloreado ballet que gira y gira, acariciando con sus manos suavísimas su corazón fatigado de viejo luchador. Las mesas de los despachos salen a recibirle con miradas de sonrisas, como temblorosas anunciaciones que trajeran la noticia del nacimiento del primer nieto, el que cogería con manos firmes las riendas del negocio, viendo la inutilidad de los padres.

Es todo un sueño, son sueños que ha girado locamente, vertiginosamente, desangrándose poco a poco con los años terribles, recibiendo amputaciones que por todas partes los han dejado mutilados, como esos niños contrahechos que ya no pueden danzar, necesitados de muletas. Sueños sin posibilidad humana de renacer, sueños ahogados como flores náufragas de un mar de cieno, sueños heridos mortalmente en el corazón y que luchas todavía por subsistir en medio de una frenética agonía…

Derrumbado en el sillón frente a su mesa de despacho, don Pedro oculta la cara entre las manos durante un largo rato. Luego las deja resbalar sobre su viejo rostro cansado, buscando a ciegas entre el manojo de llaves que sus empañados ojos no distinguen con claridad. Levantándose torpemente se dirige a la caja de acero empotrada en la pared, hurgando con mano temblorosa en la combinación y abriendo la pesada puerta. Escoge del manojo una llave diminuta y dejando a un lado los paquetes de facturas y los fajos de dinero, abre el pequeño departamento del fondo, extrayendo de su interior un libro que no lleva etiquetas sobre los lomos, como los otros alineados en los estantes.

Enciende la luz del flexor de su mesa y apaga la des despacho, prestando así cierta intimidad a la pieza. En el centro reina la brillante circunferencia que proyecta el brazo metálico, quedando el resto sumido en una neblinosa penumbra. Don pedro se deja caer pesadamente en la silla, calándose las gafas y empezando a hojear el libro con lentitud.

El volumen es de factura antigua y medianamente grueso. Las hojas tienen color de pergamino y la tinta va desde un tono amarronado claro hasta un negro muy intenso, con algunos  pasajes escritos en azul. Los tipos de letra también difieren, productos de épocas diversas.

El libro contiene pocas cifras: fechas de nacimientos, de muertes, de inauguraciones… El resto es escritura compacta y firme, donde han colaborado hace ochenta años todos los Duarte. Es la historia de la familia desde que nació la tienda. 1870 es la primera fecha que aparece con caracteres góticos en la cabecera. La letra fina, algo descuidada, pero con ciertos trazos enérgicos, es la de don Arturo, su padre, el Duarte aristócrata que fundó la casa. Fue el primer hombre que en los últimos tiempos tuvo fuerza creadora en la familia, a pesar de que se había pasado una cómoda juventud en el carril de señorito. Pero supo reaccionar a tiempo, supo crear y supo transmitirle a él la fiebre de su creación, el amor y la ley puesta en una cosa concreta y auténtica. Se ve allí la fecha en que se ordenaron los primeros derribos, cuando se levantaron las nuevas paredes, cuando se tendieron los mostradores de roble sustituidos después por los de mármol, cuando se iniciaron las primeras conexiones con Sevilla y Sabadell, cuando fueron a la estación a retirar la primera remesa don Arturo, Sánchez y Pablo, hombres que habían muerto hacía mucho tiempo, pero que dando sangre a cosas inanimadas, habían creado cosas vivas. Se anotaban las primeras dificultades en la marcha, la competencia exacerbada ante cada nuevo enemigo, la cruda oposición de la vieja aristocracia lavernesa, la boda de su padre, su propio nacimiento… Venía después un largo paréntesis de quince años, desde la muerte de su padre hasta que él mismo hizo su primera anotación en el libro a los diecinueve años. Luego todo mantenido con perfecta regularidad, anotado todo por él, que había visto crecer a la tienda, la había dotado de fuertes fibras y nervios, le había metido sangre nueva en sus desfallecimiento, la había defendido de los malos suministros, de las huelgas, de la guerra europea con su artificial hinchazón, de la civil que la había paralizado, de la feroz carestía de los primeros tiempos de paz, de la voracidad del estraperlo, de las drásticas medidas tributarias que la habían amenazado en los peores momentos económicos de la nación. Venía también su propia boda, el nacimiento de sus hijos y más tarde nuevos nacimientos, nuevas muertes y nuevas dificultades y también nuevos éxitos. La vida entera de la tienda se mostraba allí como un gigantesco músculo desarrollado fibra a fibra desde su nacimiento, un músculo que enroscándose a los duarte con la feroz seguridad de la liana virgen, hacía vibrar la sangre y la savia en un mismo y único latido.

Don Pedro ha terminado de hojear el viejo libro. Sus ojos quedan pensativos sobre la última página durante un largo rato.

Con un vago suspiro, se pasa la mano por una frente preñada de tenaces arrugas. Luego, ajustándose las gafas, empieza a escribir…

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