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TORRE DE VIENTO

 

En Motril,

una mano que no sabe escribir

ha escrito:

“aquí no ay más que ambre”.

 

Antonio Pérez, POETA.

Miguel cuelga el teléfono, después de haber sostenido la corta conversación. Se repantiga sobre la butaca y cruza las piernas.

– Está loco el viejo – murmura – ¿Para qué querrá verme con tanta urgencia? Será algo de la tienda, seguro. Siempre está a vueltas con el dichoso establecimiento.

Entra Rodríguez, el capataz. Rodríguez es alto, grueso, con manos grandes y ojillos que relucen como negras cuentas de vidrio.

– ¿Qué hay?

– Son unos flojos, don Miguel – dice, señalando con la mano al exterior – Los he mandado arrancar la maleza de “El Pantanillo” y no quieren. Dicen que hay mucho agua. Como si no la hubiera por todas partes.

Duarte se levanta brusco, haciendo caer al suelo una de las carpetas que hay sobre la mesa. El capataz se apresura a recogerla.

– ¡Pero qué idiotas¡ – exclama en un arrebato, con los ojos brillantes de cólera – ni que fueran hijos de condes – se le acerca, con el mentón levantado – ¿Y qué ha llovido para eso?.

Lo planta, paseándose por la estancia con las manos en los bolsillos.

– Pues nada – se irrita, mostrando ante el otro la cosa evidente – Unos días, insignificante… – se detiene un momento ante él – Bueno ¿y no quieren echar la peonada hoy?

– Eso dicen, don Miguel – Rodríguez maneja la boina entre las manos. Sus ojos cazurros siguen sumisos los pasos del amo.

El hacendado se para y mira por la ventana. Es un comienzo de abril, pero el día está nublado. Persiste aún la dura semana de lluvia, que ha impedido toda clase de labores en el campo. El grupo de campesinos, emboinado y silencioso, forma una masa compacta, como buscando en su promiscuidad el calor que el cielo cubierto y la tierra encharcada les niega. Hay caras tranquilas, ojos inquietos, manos que se cierran y se abren, como esperando asir algo concreto que se escurre como anguila.

– ¿Y quién ha sido el que ha empezado? – Miguel se detiene delante de Rodríguez. Este se pasa la mano por la boca.

– ¿Quién va a ser, don Miguel?. El de siempre, el Bravillo. Si no fuera por él, los otros habrían ido. Ya ha visto como mira para acá.

Los gruesos labios de Duarte se cierran con dureza.

– Ya le arreglaré yo las cuentas a ése… Nos estamos tropezando demasiado… Es el gallito ¿no?.

– Sí, señor – asiente Rodríguez rápido – Yo creo que sin él los otros habrían ido. Pero él les habla, les convence. Yo creo que es comunista.

– Con que comunista ¿eh?. Ya me encargaré yo…

Pero la voz de Miguel es ahora baja y floja. Parece haberse desinflado de pronto. Vacila, mientras se sienta a la mesa.

– Ejem… Bueno, acabo de recibir un telefonazo de mi padre para que vaya enseguida…

– Sí, señor – le contesta apresuradamente el capataz.

Miguel lo mira. Sigue hablando.

– Me tengo que ir a Laverna ahora mismo. ¿Está preparado el coche?.

– Voy a ver, don Miguel – hace ademán de salir.

– No, deja, ya lo veré yo. En lo que te diga del trabajo, ahora no hay por qué continuar. Diles que trabajen en “El Pantanillo” o no hay peonada hoy.

– Sí, señor – Rodríguez se inclina mucho, con la boina entre los dedos – Es lo que había pensado.

–Tú y yo estamos siempre de acuerdo ¿no? – la voz del amo es blanda, pero sus ojos rebuscan el alma del capataz.

– Sí, señor – el tono del otro es cauteloso, como si adentrara en arena movediza.

El hacendado se levanta y toma el pellizón que descansa sobre la silla.

– Yo voy a la ciudad. Volveré mañana, creo.

– Sí, señor.

El capataz se hace a un lado y Duarte sale. Pasa por delante del grupo y da unos buenos días secos. Los hombres se le quedan mirando mientras le saludan cachazudos, pero Miguel se mete en el coche y pone el motor en marcha.

– ¡Rodríguez¡ – llama de pronto – este acude a toda prisa.

– Si llaman otra vez por teléfono, diles que yo ya voy para allí, pero que tardaré un poco porque voy a desviarme para pasar por el cortijo de los Lobato. ¿Estamos?.

– Sí, don Miguel, ya sabe usted que soy bien mandado. No se me olvidará.

– Está bien. Hasta mañana.

– Buenos días , don Miguel.

El Austin se pierde en dirección a la carretera. La gente lo ve marchar impasible, mientras aguarda a Rodríguez. Unas gotas empiezan a caer.

– Ya os habréis dado cuenta – comunica el capataz con mal disimulada satisfacción – Don Miguel dice que, o se trabaja hoy en “El Pantanillo” o no hay peonada. No estamos aquí para aguantar flojos.

Uno de los campesinos se adelanta. Tiene ojos pequeños y decididos, cara regordeta y es bajo y grueso.

Tú sabes que en “El Pantanillo” hay casi medio metro de agua – dice muy tranquilo, marcando mucho las palabras – ¿Se lo has dicho a don Miguel?.

– Claro, ¿no se lo voy a decir? – pero la voz del capataz es floja, deshilachada, con los ojos desviados.

– Eres un embustero, Rodríguez – increpa el otro, manteniéndose sin embargo muy sereno.

El capataz se engalla:

– Aquí no hay ningún hijo de puta me que llame embustero.

Se ha alzado en toda su estatura, pero un ligerísimo temblor de sus labios lo denuncia. Los demás se han acercado despacio y contemplan la escena, impasibles. Hay algunas caras burlonas, pero la mayoría son inexpresivas.

La cara del campesino es de piedra. Sus ojos relucen:

– Es verdad, muchacho, tienes toda la razón. Ningún hijo de puta te lo ha llamado. He sido yo.

El capataz queda desconcertado. Los otros sonríen, divertidos. Pero el gesto del Bravillo es duro. La boca le sale aquijarada.

– Bueno – Rodríguez da dos pasos atrás – Haced lo que queráis. Don Miguel ha dicho ya la última palabra.

– La última palabra nunca se dice, muchacho – el Bravillo habla muy reposado – Sólo cuando se tiene la caja clavada. ¿Y tan mal quieres a tu amo que dices que ha dicho la última palabra?. Se conoce que no tienes hoy la cabeza muy allá.

Le vuelve la espalda con desprecio, mientras los demás corean sus palabras con una franca carcajada. Rodríguez cierra los puños y va a dar un paso, pero se detiene.

– Vosotros podéis hacer lo que queráis – dice el Bravillo, rodeado de todos sus compañeros – Yo por mi parte no trabajo hoy. Y tengo además mucha prisa, algo urgente que hacer. Y contigo – se vuelve el capataz, mirándolo con fijeza – Ya se hablará más despacio.

Rodríguez frunce el ceño, con una lucecita de temor en los ojos.

– Yo estoy contigo – dice uno al Bravillo.

– Y yo.

– Y yo.

– Y todos.

– Así me gusta, muchachos – dice grave el campesino – Es la forma de conseguir un poco de justicia. La justicia es el pan para todos. Pero ahora tengo que irme. Hasta luego.

Rodríguez contrae los puños, viéndolo marchar. El jornalero corre a campo traviesa a buena velocidad. Los demás también le mira ir.

– Bueno, entonces…¿no queréis trabajar? ¿Es que no queréis comer? ¿No pensáis en la familia, en los chiquillos…?.

– El capataz se les acerca con las manos extendidas, levantando mucho la voz – Mirad que es ya muy tarde, pero que todavía podéis empezar la peonada…

– ¿En “El Pantanillo”? – pregunta el Mojino, un tipo escuálido y muy moreno.

– En “El Pantanillo”, sí señor.

El mentón levantado del capataz no admite réplica. Su voz corta el aire con fuerza.

– Por mí, no – contesta el Seras, un viejuco de abundante pelo entrecano – Ya se han muerto este invierno cinco de pulmonía, entre ellos mi hijo. Y yo no quiero morirme. Todavía tengo que acordarme mucho de él y hacer que se acuerden otros.

– Su boca, sin dientes, es una línea metálica.

– Hay trabajo en otros sitios – asegura alguien.

– Hoy se trabaja en “El Pantanillo” o no se trabaja – termina, lapidario, Rodríguez.

Los campesinos le miran. Ante los ojos de todos, fijos sobre él, Rodríguez aprieta la boca, ceñudo. Los hombres van desfilando. Se ha elegido.

Los goterones son cada vez más fuertes.

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