TORRE DE VIENTO

El Bravillo corre a campo traviesa. Sabe que ha perdido mucho tiempo, pero confía en la agilidad de sus piernas. El atajo le servirá de mucho para acortar el coche do don Miguel. Además, si éste ha ido al cortijo Lobato, tendrá tiempo sobrado de alcanzarlo.

Al cabo de veinte minutos de marcha, tras saltar un par de cercas, llega a la casilla del peón caminero. Jadea como un fuelle.

– ¿Has visto pasar el coche de don Miguel?

Decir don Miguel es bastante. Juan lleva treinta años en la casilla y conoce a todo el mundo en varias leguas a la redonda. No se le escapa ninguna novedad del contorno.

– No, me parece que no ha pasado.

– Yo lo he atravesado todo. No puede haber pasado. Tenía que ir a ver a don Daniel.

– Ah, entonces de seguro tardará todavía algo – Juan mira extrañado la mojada figura del jornalero – ¿Es cosa importante lo tuyo?

El Bravillo se seca la cara con la manga. La llovizna es persistente y cala como una agua mansa.

– Pues sí, cuando vengo hasta aquí… Una miaja importante. Cuestión de barriga.

– ¿De barriga? – Juan le mira, levantando mucho las cejas. Reacciona de pronto – Pero metete dentro, hombre. Espérale aquí. Don Miguel no tardará, creo…

El campesino menea la cabeza.

– No, prefiero ir a su encuentro.

– Pero vas a pillar una buena.

– Mejor.

– Y después la familia ¿qué?.

El Bravillo mira a Juan a los ojos. Hace muchos años que se conocen, pero el peón caminero nunca le ha visto mirar como hoy.

– Yo miro por mi mujer y mis hijos ahora, en este momento – dice, con ojos duros como cristales – Cuando la estire, habrá sido por ellos. Y  entonces – se encoge de hombros – Que luchen ellos. Yo no habré podido hacer más.

Echa a andar por la carretera, completamente enfangada bajo la lluvia tenaz. A trescientos metros, tras una curva, ve aparecer el Austin. Se para en medio de la carretera y el coche se detiene. Los cien dedos lluviosos baten con fuerza sobre la charolada carrocería. El campesino se acerca a la ventanilla, quitándose la boina. Miguel baja el cristal.

– Buenos días, don Miguel.

– Hola – el hacendado lo mira de arriba abajo –  ¿qué hay?.

– Usted perdone. He venido por el atajo para alcanzarlo.

– Bueno ¿qué hay?, tengo prisa.

Sí, señor – el Bravillo habla apresurado, mientras retuerce la boina entre las manos y los pelos se le caen sobre la frente empapada – Hoy Rodríguez nos ha dicho que había que trabajar en “El Pantanillo”. Y allí hay casi medio metro de agua. Como es terreno bajo…

Duarte se remueve con impaciencia.

– Sí, ya sé. Es me ha dicho que no queréis trabajar.

Queremos trabajar, sí señor – dice el otro con rapidez suplicante – Pero metidos en agua hasta la rodilla, la verdad, don Miguel…

Este se recuesta sobre el asiento volviendo el cuerpo y colocando su brazo derecho sobre el volante, mientras levanta mucho la cabeza.

– Rodríguez ha dicho que había trabajo allí ¿no?, pues hay que hacerlo.

– Don Miguel, hay otros trabajos que se pueden hacer hoy y que no son en “El Pantanillo”… Además, este invierno, ya sabe usted, el Mochales y el Rufino estuvieron una semana metidos en agua y la pulmonía se los llevó.

Miguel tuerce la boca, dando una palmada sobre el volante.

Yo siento esas cosas… Pero ¿qué queréis?. El primer principio es obedecer, que luego vendrá el mandar. Si hay un trabajo que hacer, se hace y se acabó. Me duele la boca de decirlo.

El Bravillo calla un momento, desconcertado. Las gotas de agua le resbalan por la cara y él vuelve a secárselas con la manga. Sus manos retuercen la boina con torpeza.

– Señor, tengo mujer y dos hijos pequeños. Tengo que trabajar todos los días para dales de comer.

El amo hace un gesto de impaciencia.

– Muy bien, trabaja. Tienes trabajo.

– Pero, don Miguel, no se puede trabajar con medio metro de agua…

– Yo de eso no entiendo – contesta el hacendado, poniendo el motor en marcha.

– Don Miguel, por favor…

– El capataz es el que manda. Que resuelva él.

– Usted ya le conoce, don Miguel. Rodríguez es testarudo. Cuando se le mete algo en la cabeza…

Miguel se encoge de hombros.

– Eso es cosa suya.

El ruido del motor, unido al de la lluvia, casi ahoga las palabras. Miguel aprieta los labios impacientes y mira al Bravillo. A éste se le descomponen las facciones y una llamarada brilla en sus ojos. Sus manos no son ya torpes y aprietan la boina con fuerza.

– Don Miguel… – empieza a decir. Le tiemblan los labios y Duarte sabe que no es el miedo. Siente que algo frío le entra por el costado, paralizándolo. De improviso, cortando la palabra del otro, pone el coche en marcha, alejándose con rapidez.

El Bravillo se queda en mitad de la carretera, bajo la lluvia, que le resbala mansa por el rostro. Se encasqueta la boina hasta las orejas y se dirige a casa del peón caminero.

Este lo recibe con un buen fuego y le da de comer, pero lo mira con extrañeza. Juan hace muchos años que conoce al Bravillo, pero nunca ha visto sangre en sus ojos.

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