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TORRE DE VIENTO

En el pequeño escritorio anexo a la sala de matrimonio, don Pedro se frota las manos mirando a su hijo. La ventana que da al patio, lagrimeando bajo la constante lluvia, convierte el silencio del cuarto en una gran sábana blanca cortada en tiras por el menudo repiqueteo en los cristales. El anciano se inclina hacia delante, rompiendo la larga pausa:

Y es la única solución que veo. Yo quiero que la tienda quede en nuestras manos, bajo nuestras riendas. Tú puedes hacerte cargo de ella, hijo, porque ya sabes de lo que es capaza cualquiera de los otros. Tú has hecho prosperar el cortijo. Puedes hacerte ahora cargo de la tienda. ¿Por qué no¿ Contesta.

Miguel se pasa la lengua por los labios, desviando los ojos hacia los líquidos dedos que se deshojan sobre el balconcillo. Llegó hace una media hora a la tienda y su padre lo acogió como si no lo hubiera visto en muchos años. Lo ha hecho subir con él a la casa y le ha hablado durante largo rato. El le ha escuchado con atención, a pesar de saber desde el principio adonde quería ir a parar el viejo. Cruza inquieto las piernas, sin decidirse a empezar. Al fin, con la cabeza baja, saca su voz pausada de los momentos difíciles:

– Papá, la tienda, la verdad, no es para mí… – lo mira a los ojos, tragando saliva con esfuerzo – Ya hablamos de eso una vez y me parece que quedamos completamente de acuerdo… ¿Yo qué quieres que te diga? – se pasa la mano por el cuello en un gesto expresivo – Yo me ahogo ahí dentro… Por otra parte, falta, lo que se dice mucha falta, no te hago, vamos, me parece… Tienes ahí un buen elemento que te ayuda mucho. Ese Rozas se desenvuelve muy bien, por lo que me has dicho…

Su padre lo mira con fijeza, recostándose con la cabeza baja mientras ahoga un vago suspiro. Sus manos se crispan con fuerza, luchando por encontrar el ritmo normal de su corazón que ya empieza a fastidiarle. Miguel no comprende que ahora las cosas son diferentes, aunque ya se lo ha explicado. Levantándose con rapidez rodea la mesa, sentándose a su lado y apoyándole la mano en la rodilla.

– Mira, Miguel – le explica con paciencia, mirándole con ojos donde aún brilla una lucecita de esperanza – Hace más de ochenta años que tenemos la tienda. Yo llevo bregando con ella toda mi vida. Es para mí… ¿cómo te diría yo?. Algo precioso, estupendo… Como una mujer cuando se está enamorado, eso es… Es la mejor comparación que te puedo hacer… Pero yo, es mi desgracia, –  dice moviendo la cabeza con pesar – Soy ya demasiado viejo para seguir llevándola y el único de mi sangre que me puede sustituir eres tú… de los demás ninguno sirve. Ya te lo he explicado en otras ocasiones y tú lo sabes mejor que nadie… ¿Es que se puede conseguir algo de un resentido y de dos borrachos inútiles?.

Miguel no responde enseguida. Manteniendo la cabeza gacha, aprieta la boca mientras enciende un cigarro, dándole una ancha chupada entre sus labios gordos. Recruza las piernas para evitar la mano del viejo en la rodilla. Este se echa bruscamente hacia atrás, aguantando la respiración sin apartarle los ojos.

.papá, yo no sé como explicarte… – empieza con lentitud, mientras busca sobre la mesa un cenicero que no encuentra en su turbación. Deja caer la ceniza al suelo de un brusco papirotazo, añadiendo con repentina cólera, apenas contenida –  ¿Yo, qué quieres que te diga?, ya me has oído otras veces. Si ninguno sabe dirigir el negocio, llevadlo entre tú y rozas. ¿Por qué no¿.

Se queda mirándolo, con las facciones contraídas. El tono suyo es el único que puede hacer recular al testarudo viejo, que se muere por encontrar un heredero par la dichosa tienda. Se remueve inquieto en la silla, huyendo de la expresión de su cara y mirando a otro lado. Uf, valiente fastidio., ya está hasta la coronilla de los pildorazos que le tira cada vez que lo ve. El viejo es un duro, lo ha demostrado toda la vida, pero en esta ocasión, qué diablos, se está comportando con la cabezonería de un chiquillo.

Don Pedro se queda silencioso durante un largo momento, en el que sólo se escucha el ruido monótono de la lluvia sobre las losas del patio. Levantándose con cansado gesto, da unos pasos por la estancia, con las manos en los bolsillos. Con los hombros caídos se detiene delante del retrato de su padre, colgado en el testero principal de la habitación.

El me habría comprendido, seguro – dice, levantando la cabeza hacia donde le contemplan los ojos fríos y la boca mordaz de don Arturo – Es algo que se siente, pero que no se puede explicar. ¡Oh, Miguel, yo quisiera…¡

Este deniega con la cabeza, levantándose y yéndose a apoyar en la consola del fondo.

– Papá ¿qué quieres? – le pregunta, tratando de dominar el tono crispado de sus palabras – ¿Qué yo sea un amargado como José?… Nooo… De ninguna manera – se acerca a su padre, pasándose trabajosamente la lengua por los labios – Seamos realistas y veamos las cosas tal y como son, no como queremos que sean. Yo quiero hacer en “La Guindalilla” las cosas que me gusta hacer a mí, no hacer aquí las cosas que te gustan a ti. Aquí las paredes se me antojan las de una cárcel. Para mí, te lo aseguro, no hay nada como aquello.

De pronto, al decir estas palabras, recuerda los ojos del Bravillo. Se siente un poco molesto por el recuerdo. ¡Bah¡ Siempre pasa lo mismo y nunca ocurre nada. Pero esta vez… procurando desechar esos pensamientos, se aproxima a su padre hasta casi rozarlo.

– ¿Has pensado en tu hija?

– ¡¡No¡¡ –  la respuesta de don Pedro es brusca como un disparo – Ella, no – continúa , poseído aún de su arrebato – Esa hija desobediente no puede, no debe poner sus pies aquí. Y no quiero hablar de ella.

Miguel hace un ademán de impotencia.

– Como quieras, papá. Pero María Luisa no es tonta y podría hacer muchas cosas si quisiera.

Su padre lo mira con ojos furiosamente asombrados, cortando de pronto el aire con la mano, como un hachazo.

– ¿Estás loco? ¿Unas mujer interviniendo en nuestro negocio?.

Miguel procura dominar su tono premiosos y duro.

– ¿Por qué no?. Los tiempos han cambiado mucho, papá. En todas partes y sobre todo en Norteamérica, las mujeres intervienen en todo. ¿Por qué no aquí?. Tenemos que modificar muchos procedimientos viejos…

– Sí, cuando a ti te conviene – sigue don Pedro, despectivo – Ella se casó con un militarote contra mi voluntad. Podría haber hecho un matrimonio muy ventajoso. Que pague ahora las consecuencias.

Su hijo se le queda mirando, suspira cansadamente y da unos pasos hacia la puerta.

– Bueno, papá…

Don Pedro lo mira con las cejas fruncidas.

– ¿Qué pasa?

– Me vuelvo al cortijo.

– Luego – la cara de su padre se distiende, implorante de súbito –  ¿Es imposible?.

Miguel, desde el umbral de la puerta, de unos pasos hacia el interior de la habitación. Sus manos, gruesos dedos de nudillos perdidos, avanzan como queriendo asir algo intangible. Enseguida se abaten a lo largo de su corpulenta figura.

– Sí, papá – le responde con acritud – Completamente imposible. No más José en la familia. ¿Qué ganaríamos ninguno con ello? Rozas, lo sabes , es suficiente.

– ¡Cállate¡ –  le contesta airado su padre, bajando enseguida su tono en una brusca transición hasta hacerlo digno – Así no llegaremos a ninguna parte. Puedes marcharte.

Miguel tuerce la boca, quedándose contemplando la hosca figura que le ordena salir. Es cierto, cuando a los viejos les da por chochear, no hay quien los aguante. La tabarra durará hasta el día menos pensado, en que vuelva a empezar. Ahora lo que él va a hacer es tomar las de Villadiego, allá se las componga él a su manera, el cabezón.

Don Pedro, dejándose caer en la butaca, observa como muy despacio su última esperanza abre la puerta con un último encogimiento de hombros, perdiéndose en dirección a la escalera.

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