15

La mano de dedos finos y uñas afiladas teje y desteje la negra cabellera con un movimiento maquinal. El peine se incrusta y sale mientras su dueña se mira en el espejo central del tocador, guarnecido en celeste como las cortinas del cuarto y la colcha de la cama.

Carmen Gómez, pensativa, estudia sus rasgos en el cristal, recostándose a continuación en la silla, con una vaga ojeada hacia la plaza de las Damas, que se divisa a través del cierro. Los viejos árboles que la circundan empiezan a carnear en su corteza bruna, empujando hacia arriba una fresca vaharada de primavera, que se cuela por entre los barrotes del balconcillo. Sobre el cielo, como la cara gordinflona de un niño, flota una sola nube redonda.

Dejando caer sus manos con laxitud, se recuesta mejor en el sillón, cerrando los ojos. La puerta del cuarto se abre de improviso con un breve crujido. Su madre, recostada contra la jamba de la puerta, la contempla mientras se limpia las manos en el delantal de la cocina.

– ¿A qué hora viene hoy tu novio, niña?

Ella se vuelve apenas, saliendo de su abstracción.

– Hoy no viene, mamá.

– ¡Ah¡ –  Doña Laura, una señora muy trabajada y los cuatro embarazos que ha tenido, va a hablar de nuevo, pero meneando la cabeza, se limita a cerrar la puerta y marcharse a la cocina.

Carmen se queda mirando a través del cierro. Se levanta y apoyando la cara contra las rejas, otea curiosamente la plaza. El vasto recinto, alargado como un pan, se hunde entre los edificios hasta desembocar en el respiradero del arco, que comunica ya con las afueras. Son las dos de la tarde y el aire abrileño, lleno de codicia, guarda para ella un sabor conocido. Sí, es el recuerdo de un día de campo con Andrés. Se vuelve al tocador y poniéndose una horquilla en la boca, sigue domando sus cabellos. En la habitación contigua se oye de nuevo el rastrear de los pies de su madre.

– Niña – doña Laura entreabre la puerta – Aquí está Andrés. ¿No decías que no venía hoy?

– ¿Entro? –  la voz de él es inconfundible.

Ella se arregla presurosa la falda y se mira al espejo. Se da unos toques en el pelo y concede:

– Pasa.

Andrés, golpeando amistosamente el hombro de doña Laura, la deja pasar a la cocina, entrándose a seguido en el cuarto.

– Vine por si te encontraba. No estaba seguro…

Ella lo mira con cierto asombro.

– Pero…¿no te lo dije anoche? ¿Es que no sabes que los Seguros los cierran los sábados por la tarde?

Él se la queda mirando ensimismado, reaccionando de pronto con una palmada en la frente.

– Sí, es verdad, caramba. ¿Dónde tengo yo la cabeza?

A las tres de la tarde – le replica ella con una sonrisa – Pero ¡qué despistado, Dios mío¡

Andrés se sienta y la coge de la mano, atrayéndola hacia sí. Ella se resiste un poco, pero acaba sentándose sobre sus rodillas.

– Dame un beso.

Carmen lo abraza y junta su cara con la de él, besándolo en la boca con un soplo. El la ciñe por el talle, mientras ella le acaricia el pelo, mirándolo preocupada.

– ¿Qué  te pasa?

– Nada – le contesta él, entornando los ojos con vaguedad. Ella lo contempla unos instantes, levantándose enseguida a arreglar el desorden del tocador.

– Te encuentro raro – dice, volviéndosele – Hace unos días que estás triste.

– ¿Sí, tú crees? – Andrés se le acerca, abrazándola por detrás. Ella se vuelve un poco y él la besa en la mejilla. Se miran en el espejo, las dos aras juntas.

– ¿Por qué me gustas?

Ella se suelta, echándose a reír.

– Eso tú lo sabrás. Otras veces me lo has dicho tú.

– Ahora quiero que tú me lo digas.

– ¿Te acuerdas del poema que me dedicaste una vez?

– Sí, muy malo.

Ella se queda mirándolo, con una sonrisa brillante entre sus labios húmedos.

– Malo y todo, ahí lo decías.

– No me acuerdo.

– Cuando no quieres – le da un ligero cachete en la mejilla. El la agarra por el codo y la abraza, buscándole la boca.

Ella se resise, huyendo débilmente la cara.

– Suave… – dice, cediendo al fin. Pero él aplasta su boca contra la de ella, apasionado.

Déjame… – se deshace sofocada, acercándose al espejo y arreglándose el pelo – Que viene mi madre.

– Ya – Andrés se encoge de hombros, eligiendo un cigarro de su pitillera. Doña se apoya en el quicio de la puerta según costumbre, preguntándole con amabilidad:

– ¿Quiere usted almorzar hoy aquí, Andrés?

Él deniega con la cabeza.

– No, gracias, me marcho enseguida.

La dueña de la casa se retira tras lanzar una ojeada de sospecha a la pareja, con una vaga sonrisa para sus adentros. Su bondadosa popa, balanceándose dentro de la ancha bata oscura, se aleja hacia el pasillo. El muchacho se sienta, conservando su aire distraído.

– Bueno, me voy – dice, levantándose de pronto y aplastando su cigarro contra el cenicero de la cómoda – Me queda poco tiempo – añade, echando una mirada al reloj.

Ella se le acerca, mirándolo con cariño.

– ¿A qué hora vendrás?

– No sé… a las ocho.

– ¿Adonde iremos?

– No sé… depende…

Se acerca a ella y la abraza. Carmen esconde la cara en su pecho.

– Ay, siempre con los prejuicios…

Ella levanta la cabeza, temblándole en las comisuras un mohín travieso.

– ¿Qué quieres, pillo? ¿No sabes que soy así?.

Él aprovecha la ocasión y la besa con fuerza. Ella, dejándose ganar, le echa los brazos al cuello.

– Andrés.

– ¿Qué?

– Tengo muchas ganas de poder hacerlo con entera libertad.

– Pues de ti depende.

– Ya sabes que no – sonríe ella.

Andrés se desprende, bajando cansadamente la cabeza.

– Siempre lo mismo. ¿Qué te dice el cura?

A ella se le nubla la cara, en un gesto de pronto serio.

– Soy yo, Andrés.

– Vamos – él arruga la frente –  ¿Qué importancia tiene besar?. Tenéis las niñas que vais a misa, unas ideas más absurdas en la cabeza…

– Absurdas o no – dice ella con suavidad – Con ellas vivimos.

– ¿Es que es pecado mortal?

– Sí – ella lo mira muy seria.

– ¡Bah¡ –  replica él, fastidiado. Da unos pasos hacia la puerta – Bueno, hasta luego.

Ella lo sigue por el corredor con cara preocupada.

– ¿Estás enfadado?.

– Nooo… – dice Andrés con trabajo – Pero es todo tan estúpido, tan absurdo…

Ella lo agarra del brazo, deteniéndolo frente a la puerta de salida.

– Hasta luego, doña Laura – dice él alzando ligeramente la voz, mientras se esfuerza por extraer una sonrisa.

La madre se asoma a la puerta de la cocina y estudia un momento la cara de ambos.

– Hasta luego, Andrés – le contesta, entrándose a seguido en la cocina a seguir la vigilancia de sus ollas. La costumbre de hablar sola no hay quien se la quite.

Carmen lo coge del brazo de nuevo, apretándoselo en un cálido gesto. Él la mira y ante su expresión, se le nublan ligeramente los ojos.

– Hasta luego.

– Sí.

El muchacho salva la escalera en cuatro trancos, mientras hace un ademán de fastidio. Lo de siempre, reconocer cada día que la actitud inquebrantable de ella no ha variado ni un ápice. Pero qué caramba, la cosa de fondo subsiste y eso no hay quien lo arranque. Se quieren, sobre eso no hay cáscaras, pero lo que a él le irrita es que hasta las expansiones más normales entre ellos parecen vigiladas por esas sotanas negras. Los curas estos se encuentran hasta en la sopa, advirtiendo siempre que el infierno existe y que cuidado con salirse del camino cerril trazado por sus bienaventuradas manos. Sabe Dios cómo tendrán ellos el alma.

Se dirige a su casa, que está poco distante. Sube la cuesta de San Luis, pasa por delante del Cabildo y atraviesa la Corredería. A seguido está su calle, pequeña pero de las más transitadas de la periferia del centro, pues sirve de enlace con el barrio obrero del Porvernir, uno de los más populosos de Laverna. Encuentra a poca gente conocida, a la que saluda con rapidez, continuando su paso vivo.

Sube la escalera de su casa, que arranca del alegre y diminuto patio adornado con macetas de pilistras. Los vecinos de abajo están ya almorzando y él los saluda al pasar. Arriba, su padre, ya sentado a la mesa, lee en un papel que mantiene muy cerca de sus ojos a causa de la pronunciada miopía. Andrés lo mira con atención desde el umbral de la puerta, con un levísimo fruncimiento entre las cejas. Reconoce que es buena persona, pero no muy inteligente. En cambio, su madre… Va a buscarla a la cocina, donde la encuentra dándole los últimos toques al puchero.

– Hola, mamá – la besa.

Doña Adela se desenvuelve bien en la casa, a pesar de que sólo tiene una chicuela de catorce años para los mandados y una lavandera que viene cada dos semanas a ayudarle a hacer la colada. Su marido en el escritorio de la fábrica no tiene un sueldo muy grande y hay que apañarse como sea para sacar la casa adelante. Menos mal que el sueldo del niño ya va ayudando algo.

– ¿Qué hay de comer?.

– Calamares, de los que a ti te gustan.

Andrés, sonríe a la sonrisa de su madre.

– Bien, mamá, eres formidable.

El muchacho se queda mirándola, mientras ella trastea en la cocina, vigilando el último hervor de la olla. Se entienden bien, aunque él sea reacio a dedicarle las confidencias que suelta a Álvaro. ¿Para qué amargarla si ella no puede hacer nada?. Andrés, sin embargo, ha observado que cuando él está distraído, su madre le deja caer encima una mirada larga, preocupada, volviendo luego la cabeza con un vago suspiro de presentimientos. Por otra parte, ella tiene cierta culturita y le ha infiltrado su amor a los libros en las largas conversaciones que mantienen por la noche de sobremesa. Le corrige y discute sobre los pinitos literarios que el joven  empieza a hilvanar. Doña Adela dice que le falta experiencia, pero cree ciegamente en su talento. Ella conoce también algo de solfeo y en sus tiempos de soltera dio un par de conciertos de violín en ocasiones muy solemnes en que se reunían en la casa toda la patulea de tíos, sobrinos y primos.

Andrés entra en el comedor.

– Hola, papá – le saluda despreocupadamente, mientras echa una distraída ojeada a los libros del estante.

– Hola, Andrés – Don Antonio deja a un lado el programa de Semana Santa y le mira interesado –  ¿Qué hay?.

El muchacho se sienta a la mesa, jugueteando con el cuchillo sin dedicar mucha atención a la pregunta.

– Poca cosa – responde al fin.

– ¿Sales en alguna cofradía? – su padre le señala el programa que hay sobre la mesa y Andrés le echa una rápida ojeada. La máscara del penitente, con la redonda pirámide del capirote, ocupa todo el rectángulo, dejando sólo un filo blanco en los bordes.

– ¡Ah, sí¡ En el Cristo de la Vega – le contesta, con un leve gesto indiferente – Costumbre, me metió Álvaro. Pero lo voy a dejar, no me interesa.

Su padre se queda contemplándolo sin decir nada. Doña Adela trae la sopa y empiezan a comer.

– ¿Qué hora es? – pregunta su hijo – Porque tengo que darme prisa, me parece.

– No, es pronto para ti – dice su padre, sacando su viejo reloj del chaleco – Las tres menos cuarto.

Andrés lo mira con un disgusto que trata vanamente de disimular.

– ¿Pero cuando lo vas a cambiar, papá? – su tono es de quien ha hecho muchas veces la misma pregunta.

– ¿Por qué razón? – su padre lo mira de hito en hito, parpadeando con sus ojos miopes – Me sirve.

– Oh, papá, está anticuado.

Don Antonio frunce mucho las cejas, hablando con voz firme.

– Me he prometido conservar este reloj hasta que pase algo importante aquí. Quiero decir, en Laverna.

Andrés lo mira intrigado, sin perder de vista la sonrisa enterada de su madre.

– Y… ¿se puede saber?

Su padre lo mira unos momentos, después inclina la cabeza con brusquedad, mientras sigue comiendo.

– Más adelante.

– ¿Cuándo haya pasado?

Don Antonio lo mira molesto. Pocas veces le han visto en su casa esa expresión.

– Cuando vaya a pasar – dice, recalcando cada palabra – Lo compré un 14 de abril y lo dejaré otro 14 de abril.

Andrés lo mira con extrañeza, terminando por hacer un gesto de indiferencia ante aquellas palabras cuyo significado se le escapa. Su padre no parece tener más ganas de hablar y él se levanta, acabada ya la comida.

– Bueno, voy a leer un poco… Aunque sólo sea un cuarto de hora.+   Su padre levanta la cabeza, ya variado el semblante.

– Te he comprado una biografía de Stendhal. Pasaba por la librería y… Es de Zweig.

Su hijo lo mira con sorpresa.

– Gracias, papá – dice pesaroso – Pero ya la tenía…

Don Antonio se inmuta.

– Ah, bueno – exclama, espiando la reacción de Andrés – será cuestión de cambiarla ¿no?.

– Pero la otra que tienes – tercia vivamente su madre – Está muy vieja.

– Es verdad  –  dice el chico. Su padre lo mira esperanzado – Pero lo que me interesan son libros nuevos. De todos modos, gracias, papá.

– Iré a cambiarlo.

A Andrés se le descompone de pronto la cara en un gesto extraño, súbitamente duro.

– Será mejor que mamá te acompañe. O yo. Tú no sabes los libros que tengo. Ni mis preferencias.

Su padre agacha la cabeza. Doña Adela reconviene a su hijo con la mirada, pero Andrés se la sostiene sin parpadear.

Más tarde se arrepintió de la escena. Le pareció que aún sin quererlo, había resultado  una pequeña venganza ruin por la discusión del reloj. Pero una oscura razón interna, flotando desde lo más profundo de su conciencia, le hizo no arrepentirse demasiado.

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