TORRE DE VIENTO

Rozas abre el anaranjado talonario de cheques y hojea con lentitud las últimas cifras inscritas en la matriz. Hay un talón de treinta mil pesetas, dos de veinte mil y uno de cincuenta mil. Veinte mil duros en total sin la menor referencia de facturas ni nombre de los beneficiarios. Sólo una palabra diminuta en cada esquina: “Personal”. Pero buscando con más detenimiento, los ojos expertos del apoderado encuentran un nombre en el ángulo oculto por la encuadernación: José.

Se queda con la mirada fija en el libro, apoltronándose pensativo en el centro del solitario despacho. Son las dos y media de la tarde y a las dos se han marchado todos de la tienda. El se ha entretenido algo para extender el talón para los transportes Bernal.

– Vaya – susurra – No creí que don Pedro fuera a ceder. Está visto, la gente más lista se vuelve infantil cuando quiere conseguir algo de verdad. Veinte mil duros, no hay que darle vueltas a la cosa, más claro que el agua.

Desde luego, el fracaso de José no ha traído más que disgustos a la familia, sin la menor compensación. El se opuso desde el primer momento a que entrara a formar parte del personal directivo de la tienda, pero su delicada posición entre dos aguas no le permitía abordar de frente el problema. Si el muchacho, con lo ilusionado que estaba con las charreteras, hubiera seguido el camino que le tiraba, muchos sinsabores se habría ahorrado el viejo. Ahora es ya demasiado tarde para intentar nada. De todas formas, él no puede consentir esta piratería que el mozo se trae ahora, derrochando alegremente en las carreras el sudor de los que trabajan en la tienda. Tendrá que hablarle luego a don Pedro para detener como sea estos desmanes.

Levantándose después de ordenar someramente la mesa, se dirige a la salida. Al atravesar la tienda echa una ojeada al patio a través del cristal esmerilado. Los grandes cuadrados de vidrio filtran la luz diurna de un claro mediodía. Tras vacilar un momento, deja el abrigo colgado del perchero.

Sale de la tienda y camina despacio por Riveros, aprovechando la acera del sol. Cuando va a desembocar en la Plaza Sarmiento, un citröen da la vuelta a la esquina con una audacia que él se tiene muy conocida. Hace una seña levantando el brazo y el coche se detiene a su lado con un seco frenazo.

– ¿Adonde vas? – pregunta, inclinado sobre la ventanilla.

– Venía a buscarte – le contesta ella – Como tardabas más de la cuenta…

Abre la portezuela y su marido sube.

– ¿A casa? – ella se le vuelve, flotando todavía en el aire el tono poco convencido de su pregunta. El la estudia un momento con una sonrisa. A su mujer le vuelve loca realizar las sorpresas que ella misma se prepara. Sobre todo esto de improvisarse un almuerzo en pleno coche, le encanta.

– No, si ya te conozco – le replica, apretándole concienzudamente un muslo – Vamos a “Bombín”. No está la niña en casa ¿eh?.

Ella hace un mohín de desagrado antes de contestar. Pone el vehículo en movimiento dándole marcha atrás y enfilando la calle Lonja.

– No, a media mañana vino por ella Charo Cisniega. Come hoy en su casa.

– Que no te gusta, vamos.

Ella tuerce la boca con disgusto.

– Ni pizca.

Él se recuesta en el asiento, moviendo filosóficamente la cabeza.

– ¡Bah¡ Pobre mujer.

Mercedes se vuelve vivamente a mirarlo, hablando sin perder de vista la película multicolor que desarrolla el coche en su marcha.

– No tan pobre, caray. Para mí es una pájara. No quiere dejar títere con cabeza entre el elemento masculino. Donde haya unos pantalones, allá va ella. Como para darle la Rosa de Oro.

Él se echa a reír. Su mujer toma siempre las cosas por la tremenda, con los sofocones que le ha costado ya las salidas que tiene ante la estupidez de cierta gente que se ven obligados a tratar. Bueno, es que hay cada elemento en Laverna de los que harían levantarse a un muerto. Por lo pronto tiene que reconocer que a ella rara vez le han engañado sus intuiciones.

– Bueno, mujer – le responde al fin – No hay que tomarse las cosas tan a pecho. Charito ya sabe donde le aprieta el zapato. Ella se divierte con las comedias de la otra.

– ¡Hum¡ –  Doña Mercedes frunce los labios. Pero no le da tiempo a más. Frena de pronto el coche, cuando ya iba a entrar en la carretera de Sevilla – Oye ¿sabes? – añade, excusándose con una sonrisa – Me he olvidado por completo…

Él la contempla con sosegados ojos, mostrándole que sus despistes no le cogen en manera alguna desprevenido. Treinta años de casado acorazan a cualquiera contra las intemperancias de todas las mujeres habidas y por haber.

– ¿Qué pasa? – le pregunta al cabo de un momento.

Ella hábilmente el citröen, mientras esboza un gesto de cómica resignación.

– Lo de siempre – dice – Que me he olvidado de que teníamos invitado a alguien. Es que no me ha pasado ni por la tela del pensamiento.

– ¿Quién es… ¿No será un imbécil de los que tenemos que aguantar a veces ¿no?.

– No, por Dios – exclama ella, expresiva – que yo también estoy hasta la coronilla. Capaz era de dejar plantado a quien fuera. ¡Que tengamos que soportar a tanto cretino¡. Es algo que me pone a veces hasta mala. Pero esta vez es distinto Paco Cifuentes.

– ¡Ah, vamos¡ –  él se tranquiliza de pronto – Con ése hay confianza y se puede hablar. Se pasa bien con él… Ya me temía que fuera alguno de los otros.

El vehículo circula ya la calle Honda, bajo el alto arco de entrada. En la casa del 92 les espera el invitado, sentado en un cojín del comedor. Puchi, la perrita blanca de la señora, juega a lanzarse sobre él, agazapada como una gran pelota rizosa.

– Vamos, hombre ¿qué pasa? – De rodillas sobre el almohadoncillo, Cifuentes abre los brazos con quejoso ademán declamatorio – Que hace un año que espero. ¡Y qué forma de aguantar al bichito¡ Es un diablo.

– Lo siento, Paco – Mercedes se le adelanta con una sonrisa, estrechándole calurosamente la mano – Te habíamos olvidado por completo. Con decirte que he dado marcha atrás desde la carretera de Sevilla.

– Vaya, ni que empezarais una nueva luna de miel.

Todos ríen.

– Perdona, Paco – dice ella, cogiendo la perrita en brazos y dirigiéndose a la puerta – Voy a quitar el diablo de en medio, que contigo ya tenemos bastante. Y voy también a dar instrucciones.

– Sería mejor… – sugiere Rozas, mientras su mujer se acerca desde el umbral, después de empujar fuera a Puchi – No habrá nada preparado ¿verdad? ¿Por qué no seguimos el proyecto que teníamos?. En lugar de dos seremos tres en el “Bombín. ¿Hace o no hace?.

– Por mí… – comenta ella ilusionada, consultando con los ojos a Cifuentes.

– Yo estoy de acuerdo – contesta éste, saludando como un actor ante el público – Allí se come de rechupete, sobre todo cuando se va de válvula. Además, que hace tiempo que no comía caliente y allí sirven como para chuparse los dedos.

– Entonces, te convidamos a desquitarte del hambre atrasada. Te pediremos dos litros de consomé.

– Y un litrillo de coñac.

– ¡No, por Dios¡.

El viaje en coche transcurre entre una anécdota de Rozas y unos comentarios picantes de Paco sobre las solteronas de la localidad, que Mercedes celebra con espontáneas risas. En casa de “Bombín” no hay nadie a esta hora, a pesar de su fama de celebrado restaurante. El buen tiempo y el hecho de ser sábado inglés no animan sin embargo a los laverneses, pues poca gente transita la avenida del parque. El tiempo abrileño se muestra magnífico y los naranjos que jalonan la carretera se revisten de verde, dejando asomar su promesa de azahar.

La pareja elige el menú consultando a Paco, que se ha arrellanado beatíficamente en su sillón, gozando del voluptuoso sol que atraviesa con sus lanzas el naciente emparrado del merendero.

– ¡Caray, qué tiempo tan formidable¡ –  exclama con un suspiro, ojos entornados – dan ganas de cantarlo…

– ¿Cantarlo¿ –  pregunta ella curiosa, alargando la petición al camarero –  ¿Qué es eso¿.

– Sí mujer, qué va a ser – le responde Paco, mostrando algo que considera de una cegadora evidencia – Cantarlo, cantarlo, como hacen esos locos que se llaman poetas…

A Mercedes le da un amago de risa, reprendiéndole con el índice.

– Que hay centenares, Paco. Ten cuidado con ellos.

Él se encoge despectivamente de hombros.

– Yo, por mí, con su pan se lo coman. Si ya estoy curado de espanto… A estas alturas para mí los poetas ni chicha ni limoná. Hubo un tiempo en que me gustaba hojear algo, pero desde que empecé a leer un día versitos a la luna, a la amadita y a qué sé yo más de cursi, se acabó para mí el folklorillo ese. ¡Valiente pamema¡.

– Antes de la guerra – interviene Rozas – privaba mucho eso, ya lo habrás oído. La teoría del arte por el arte…

– Sí, ya sé… – le interrumpe Paco con viveza, alzando el brazo – La monserga esa. A mí me dejaba frío, vaya castaña. Como que se lo saltaba todo a la torera.

– Pues la moda hacía furor, sobre todo en Madrid. Decían que el arte es un juego ocioso para personas muy desocupadas. Algo así como cazar mariposas o coleccionar sellos.

– A mí me parece absurdo – Tercia Mercedes – Es algo que queda tan lejano, tna sin sentimiento…

Cifuentes se incorpora en la silla, interesado por el tema.

– Desde luego aquí había también movimientos poéticos de esos. Pero maldito si me acuerdo. Tú estabas ya en Laverna, ¿no, Felipe?.

Sí, nosotros vinimos aquí poco antes de la guerra – explica Rozas – En Madrid, en el cogollo de los entendidos, yo me acuerdo de que hacía furor eso del arte por el arte, aunque ya se estaba levantando otra corriente más sana que apenas llegó a madurar, me parece… Desde luego fue una pena, con lo que vino después… – se queda unos instantes pensativo, prosiguiendo con voz tensa – Había hombres inteligentes y sensibles, pero muy alejados de lo que pasaba en la calle, que se extraviaron deshumanizando su arte hasta matarlo. La teoría esa, lanzada por un dirigente intelectual de primer orden, desde luego en perfecta contradicción consigo mismo, causó verdaderos estragos. El error de esa magnífica cabeza y creo que ni aún ahora se pueden medir sus funestas consecuencias. Metió por la vía de Tarifa a muchos de los hombres que podían haber echado los cimientos del nuevo mundo que se pedía a gritos. El motor que lo habría puesto todo en marcha quedó ahogado en el primer resuello.

– La mayoría eran escritores acomodados – añade Mercedes – Nosotros vivimos esa realidad porque teníamos muy buenos amigos entre ellos. Pero muy pocos veían venir los acontecimientos.

– La guerra, claro – arguye Paco – El acontecimiento gordo que se lo llevó todo por delante. Entonces todos se quedarían con la boca abierta ¿no?.

– Y tanto – replica apasionadamente Rozas – Si los llamados a controlar la marea social que subía se hubieran encontrado en su puesto, otro gallo nos cantaría ahora. Los extremistas irresponsables de ambos bandos habrían sido metidos en cintura en un régimen a la vez de disciplina y de libertad. Se vivía sobre un volcán y ellos, los dirigentes teóricos, en la higuera, sin enterarse hasta que el volcán hizo explosión, inundándolo todo. Hubo muy pocos que dieran el grito de alerta. Fue una verdadera lástima, la verdad. Lo del arte al servicio del pueblo no tuvo materialmente tiempo de arraigar. Quizá cinco años antes lo habría salvado todo.

Hay una larga pausa de silencio, poblada de recuerdos. El peso de los viejos sucesos parece gravitar como una losa sobre todos.

– En fin – Paco hace un ademán concluyente – Que la trampa y el cartón continúa todavía… ¿no?.

– No – Rozas habla con ojos graves, pesando cada palabra. Ya hay voces que gritan con fuerza. Hombres de carne y hueso que vibran al dolor de los otros.

Cifuentes frunce mucho las cejas.

– No será aquí, vamos… Porque lo que aquí tenemos… El academiquito ese de al lado, el cruzadito de los etcétera…

– Sí, vaya elemento. Primero, halagando la beatería lasciva de una sociedad vieja, después, dando consejos a los jóvenes… Para que lo vieran bien, se subió a La Tabla Redonda.

– Bueno, pero… – arguye maliciosamente Mercedes –  ¿Es que nos podemos quejar aquí?. Tenemos los Juegos Florales ¿es que no os basta?.

– ¡Vaya bromazo que le han gastado a la Poesía con los dichosos Juegos¡ –  exclama Paco, abriendo mucho los brazos – Mercedes, por favor… – agrega, reconviniéndola con los ojos – Los choteítos en casa.

– Hombre, pues tú sabes – interviene Rozas con un brillo particular en los ojos – Hay cosas que no se pueden negar. Una de ellas es que Andalucía es enormemente prolífica en poetas y que no hay quien se escape sin hacer sus decimitas del diablo, aunque sean unas aleluyas al vino… Es lo más socorridos. Ya sabrás que aquí tenemos hasta especialistas…

– ¡Caramba¡ –  replica Cifuentes – Si aquí los versos salen del aire. Llega Semana Santa, versos al canto. Llega la Feria, más versos… Versos hasta en la sopa.

– Pues como en todas partes, paco – dice rozas, recobrando la seriedad – Yo desde luego estoy harto de escuchar que en Andalucía hay más poetas que en todo el resto de España. Es un poco exagerado, la verdad. Yo creo que se hacen versos como en otros sitios, ni más ni menos, ni mejores ni peores. ¿Tú no crees que en  eso hay un rato de tópico?.

– Puede ser – concede Cifuentes – Es más, casi estoy contigo. Lástima que no sea mi especialidad, hombre. Saldríamos de dudas.

Los otros se echan a reír.

– Ni la mía tampoco – le refuta el apoderado – Pero ya se lo preguntaremos a alguno. A Perico de la Plata.

– No digas eso, Felipe, de que no es tu especialidad – tercia de pronto su mujer, sonriendo con picardía – Por lo menos lo ha sido. Que muy guardados tengo unos sonetos de hace treinta años.

– Vaya, vaya – su marido sonríe ligeramente, mirando a otro lado – A buena hora has venido tú a sacar…

Cifuentes se le queda mirando con sorpresa. Con los ojos muy abiertos, le escruta con fruición.

– ¡Ajá¡ ¿Con que esas tenemos?. Don Felipe Rozas, el segundo de a bordo de los Grandes Almacenes, nos viene a resultar todo un señor poeta de tomo y lomo. Vaya con el señor, y qué calladito se lo tenía.

– Bueno, mujer… – el apoderado le dirige una mirada de reproche – Buena cosa has venido tú a sacar… Decirle a este tarambana mis secretillos de juventud… Ea – concluye, extendiendo el brazo y destapando la fuente humeante que acerca el camarero – Dejaos de poetas y catemos este pollo, que vale un soneto.

– Pero que va a durar menos – le replica Cifuentes, alargando el plato, mientras lo escruta todavía con una curiosidad nueva – Pero vamos a ver, Felipe, – le aborda de nuevo –  ¿es verdad que tú…? – Hace un ademán de escribir. Mercedes suelta una carcajada.

– Claro, hombre – le contesta, orgullosa – Pues qué te creías, ¿qué esto ha sido  siempre así?. Felipe escribía en “El Heraldo” y en “El Guadalete” unos artículos preciosos… Y una vez le publicaron un himno, un himno magnífico, ocupaba media página del periódico. Me acuerdo como si lo estuviera viendo – entorna los ojos – Pero luego hubo que quemarlo, como casi toda la biblioteca de casa. Iba dedicado a “La Niña Bonita”.

– Ajá, “La Niña Bonita” – Paco abre mucho los ojos – No te conocía político, hombre.

– Ya lo creo – continúa Mercedes explicándole con vivacidad – Y de los que pegaban fuerte en los periódicos. Lo pasó luego más mal… Pero todos los partidos se lo rifaban y…

Doña Mercedes se interrumpe de súbito al ver la cara de su marido. Los ojos de Rozas vuelan sobre la carretera, el paisaje, un coche azul que pasa… Su expresión es indefinible, como un lago insondable en el que sin embargo flotara algo muerto y olvidado. Sus manos permanecen muy quietas sobre el mantel.

– Perdona, Felipe, no debí… Pero…

– Déjalo, mujer – él se pasa la mano por la frente, cuajada de diminutas arrugas – No tiene importancia.

Su gesto, no obstante, parece haber cambiado el día. Unas nubes parecen amontonarse sobre el corazón de los tres comensales.

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