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TORRE DE VIENTO

– Pasa, Juanita, mujer – invita amablemente el joyero, saliendo de detrás del mostrador con las manos extendidas – No te quedes ahí.

La Ibarragómez mira con curiosidad el trabajo que ejecuta el empleado a un costado del mostrador, mientras taconea levemente en el umbral con aire indeciso.

– Hola, Pepe – le saluda sonriente, avanzando al fin hacia él y estrechándole la mano. Deja caer su mirada sobre el conjunto del local con un vago interés – Pues nada, que pasaba por aquí y aprovecho para echar un vistazo. ¿No tendrías tú unos zarcillos…?.

Se interrumpe, acercándose a las cristaleras del local y mirándolo todo detenidamente. El joyero, apoyada su espalda en el mostrador, la observa con su indescifrable sonrisa de Buda.

– Pues tú dirás, Juanita – dice, abarcando con sus manos el conjunto – La tienda entera está para ti. Aquí tienes bicharracos de oro, de plata, de perlas… Puedes escoger lo que dé la gana…

– Ya, ya… – ella pasea por el local con expresión insatisfecha, balanceando su bolso al extremo de la mano. Se detiene de pronto, señalando la trastienda con un movimiento de barbilla – Quizá allí dentro…

Él, cómodamente apoyado en el bastimento de madera que soporta las vitrinas del interior, deniega amable con la cabeza.

– No, ahí no hay nada, Juanita – saca un puro, prestándole un largo momento de atención – De lo que tú quieres, todo se encuentra a la vista.

Ella lucha por dominar sus nervios tensos, tragando saliva con esfuerzo. Respira profundamente, mientras sus ojos parpadean en un súbito relajo.

Es que el otro día – dice con voz suave – Me pareció ver algo… Algo que me gustaba y que ahora no veo aquí… No sé.

Román enciende muy despacio el puro, extrayendo de él una deleitosa bocanada.

– Si quieres – dice al fin, sin apartarle los ojos entornados – Podemos verlos.

Ella mira con el rabillo al dependiente, que desde su entrada no ha levantado siquiera la cabeza, enfrascado en su trabajo.

– Gracias, Pepe – le agradece, decidiéndose a pasar a la trastienda con aire de quien ya conoce el camino.

El interior está sumido en una vaga penumbra. Román da luz a la lámpara del centro, que se refleja irisada sobre las joyas que relucen en la mesa del fondo. Juana atraviesa lentamente el cuarto, atraída por el resplandor que despiden, mientras Román la observa desde el umbral. Se vuelve hacia él al cabo de un momento, despojándose de sus guantes de cabritilla con calculados ademanes.

– Pues no hay nada de lo que yo vi aquí el otro día – comenta con indiferencia, acercándose a una de las butacas y dejándose caer a plomo sobre ella –  ¡Pero qué cansada estoy¡ –  exclama, cruzando las piernas con estudiada lentitud. Román observa su línea con frialdad, sentándose a continuación frente a ella.

– Y eso que no vengo de lejos – agrega, arreglándose el pelo con la punta de los dedos – De la tienda de los… – levanta de súbito la cabeza, acechantes los ojos – Duarte…

– ¡Ah¡ –  la exclamación queda detenida en el aire, como aguardando el complemento de una respuesta, pero los ojos relucientes de Juana no consiguen descifrar el fondo de los ojos claros de Román. Apretando su puño detrás del baluarte del bolso, procura contener el galope desenfrenado de sus nervios, que la empujarían a arañarle. Replegándose sobre sí misma, disimula en una brusca transición.

– ¡Pobre don Pedro¡ –  exclama con acento conmiserativo – lo encuentro cada día más incapaz. Bajaba de casa de ponerse una inyección y… – se detiene de pronto, humedeciendo sus labios, con los ojos fijos en él. Su voz se hace de repente normal al cambiar con brusquedad de tema – Ferrer me ha traído hasta aquí ¿sabes?, en su coche. Ha estado muy simpático… En su juventud tiene que haber valido mucho… ¿no crees?.

Sus palabras quedan colgadas en el ambiente tenso del cuarto, extrañamente rígidas ante la expresión felina de Román.

– Y… – la voz del joyero ha lanzado la conjunción con suavidad. Ella lo contempla unos momentos, ahogando entre sus labios una mueca satisfecha. Abre de pronto su bolso, diciendo:

– A propósito, Pepe… – dice, sintiéndose ya más centrada en la situación – traigo aquí unos anillos… Quizá pudieran convenirte…

Deslía con habilidad el paquetito, dejándolo abierto sobre la mesilla del centro. Se echa de nuevo hacia atrás con el busto muy alto, contemplándolo entre sus pestañas. El joyero, dejando flotar una cortina de humo alrededor de sus cabellos grisáceos, echa una furtiva ojeada a las joyas.

– Eso… – dice con lentitud – depende…

Ella lo observa durante un largo momento. Sacando del bolso un paquete de Chester prende un cigarrillo, tragando el humo con rapidez. Sus ojos se entrecierran mientras sus labios redondean con avaricia la boca del pitillo.

– Pues sí – añade con la voz levemente enronquecida – Ferrer es magnífico. ¡Y qué talento¡. De joven tiene que haber sido un guapo mozo… – Sus ojos se dilatan de pronto, con el cuerpo basculando hacia delante en una tensión repentina. De su garganta seca brotan corpúsculos de humo, envueltos con su aliento. Las ventanillas de su nariz respiran con un aire vagamente animal –  ¡Don Pedro tiene una angina de pecho y no le quedan dos meses de vida¡.

Se deja caer con violencia contra el respaldo. El joyero, sin perder su pacífica expresión, saca de su cartera un billete de quinientas pesetas, poniéndolo con sobrio gesto sobre la mesa. Ella aplasta el Chester contra el cenicero y hace crujir el verdoso papel entre dos brillantes uñas rojas.

– Por los anillos – dice mientras se levanta, arreglándose la falda y poniéndose los guantes. Le estrecha la mano con rapidez.

– Hasta pronto, Pepe.

Este tarda unos segundos en contestar, mirándola irse con una mirada indefinible.

– Adiós, preciosa.

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