TORRE DE VIENTO

Un domingo azul en el hipódromo. Banderines oro y sangre jalonan el circuito, agitándose al viento como aves prisioneras. Las cabezas apiladas de los espectadores empiezan a desintegrarse como un río de carne cuyos miles de brazos buscaran su salido.

– ¿Qué ha pasado? – Paco Cifuentes sale al encuentro de Riquelme, el jockey rojo que monta a “Barceloneta” –  ¿qué ha pasado?, dime.

El hombrecillo mantiene la cabeza baja, retorciendo la fusta entre sus manos crispadas.

– Que no lo entiendo, don Paco. Que en mi vía me ha pasao esto. No me respondía. Como si se hubiera pasao toa la noche corriendo. Y mírela usted cómo está ahora.

La yegua resopla a su lado, con os belfos y el cuello envueltos en una sábana de sudor. Paco, rodeado de un espeso círculo de gente, escruta su piel, recorriéndola con sus dedos centímetro a centímetro. Se agacha y le mira el sexo con detención. Luego le tienta las patas y sube las manos hasta las junturas. La yegua recula de pronto, soltando un relincho de dolor. Paco retira la mano llena de sangre mezclada con arena.

– ¡Canallas¡ –  exclama, silbándole las palabras entre los dientes apretados –  ¡que le hagan esto a un animal¡.

Sus ojos indignados recorren el círculo que le rodea, provocando un súbito paso de retroceso entre los más próximos a él. Pero sólo ve miradas de asombro y cejas levantadas de extrañeza. El jockey se le acerca indeciso. Él se vuelve, increpándole con dureza:

– Tú, Riquelme, tú no has mirado la yegua antes de salir.

El hombre pequeñajo baja la cabeza, tardando en contestar.

– Don Paco, siempre tengo la costumbre de hacerlo… Pero hoy se me pasó, la verdad… “Barceloneta” estaba tan tranquila… ¿quién iba a suponer…?.

Cifuentes se le acerca y con la misma mano llena de sangre lo agarra con fuerza por el cuello de la chaquetilla. Los del corro se arremolinan, pero nadie se atreve a intervenir.

– ¿Quién ha sido? –  le grita en la cara, sacudiéndole como un pelele –  ¡Habla¡.

El jockey amenaza ahogarse bajo la brutal presión. Sus ojos se abren desmesurados y la gorrilla rueda por el suelo.

– ¡Don Paco, por Dios¡ ¡Que tengo mujer e hijos, que yo no he sido¡ ¿Cómo voy yo.. a… querer… dañar… a “Barceloneta”?, si es la niña de mis ojos…

El otro lo mira muy fijo, cuadrada la mandíbula tensa. Lo suelta de pronto, dándole un empujón. Riquelme respira con fuerza, buscando enseguida la gorra y encasquetándosela.

– ¡Vamos adentro¡ –  ordena Paco, levantando el mentón con brusquedad – esto hay que averiguarlo. ¡Como sea¡.

Se meten en las caballerizas. Ya los mozos han empezado a limpiar, tras arropar a los caballos que han hecho la carrera.

– Oye, tú – Cifuentes se acerca a uno de los palafreneros –  ¿Eres tú el encargado de limpiar la cuadra de “Barceloneta”?.

El mozo lo mira muy asombrado.

– Sí, señor.

– ¿Tú no has visto acercarse a nadie antes de la carrera?.

– No señor. Había mucha gente, pero entrar en la cuadra, sólo a ése – señala el jockey.

– ¿Y no recuerdas haber visto a nadie rondando por aquí?.

– rondar, lo que se dice rondar, a todo el mundo, don Paco. Antes de las carreras está esto lleno de gente. Y periodistas, fotógrafos, el No– Do. A mí mismo me han hecho una foto…

– Eso no me interesa, muchacho. Me refiero a si has visto a alguien alrededor de “Barceloneta”. ¿No te ha escamado nada?.

El mozo se rasca la cabeza, arrugando la frente.

– Nada, señor.

– Toma cinco duros. Hay veinte más si te acuerdas de algo que dé una pista.

– Pero… ¿Qué ha pasado, don Paco? Si no lo explica…

– Han cortado en la pierna a “Barceloneta” y le han metido después arena.

– ¡Caray, qué cochinos¡ Descuide, don Paco, que si veo algo, ya se lo diré. Y no por el dinero.

– El dinero hace falta siempre, muchacho. Tú sabes donde vivo ¿no?. Pues refréscate la memoria a ver si cazamos al canalla.

– Sí, señor, haré lo que pueda.

Todas las pesquisas resultaron inútiles. Hasta más de las nueve estuvieron Cifuentes y Riquelme investigando por el aeródromo y las caballerizas y preguntando a mozos y guardas. Nadie había visto nada ni podía dar razón.

A las diez, a dos horas de terminada la carrera y después de dejar muy expresamente encargada la yegua al jefe de las caballerizas, partieron los dos para Laverna. Tuvieron suerte, porque encontraron acomodo en el coche de Eduardo duarte, que se había retrasado en el hipódromo a concertar una partida de caza con unos amigos.

Al día siguiente fue Paco a la agencia de detectives “La Brigada Discreta”, a buscar al director. Era un policía retirado, Ramón Custodia de nombre, al que hizo iniciar unas investigaciones a fondo.

Pero Román Custodia le entretuvo dos semanas sin encontrar nada de provecho y pasándole unas facturas que a Paco se le antojaban insufribles en su importe y en su cuidada caligrafía. Al cabo de ese tiempo fue a visitarle par cambiar puntos de vista sobre futuras averiguaciones.

Pero Cifuentes se caló el timo, tuvo una fuerte pelotera con él y lo expulsó de su casa.

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