TORRE DE VIENTO

El Puma forcejea con sus botas mientras los demás, escopeta al hombro, aguardan frente a la casa del guarda.

– Pero ¿qué pasa, hombre? – Torres se le acerca impaciente, poniéndose en cuclillas a observarlo –  ¿Es que no son tuyas, quizá?.

El Puma está sentado sobre una piedra grande, con el rostro morado por los esfuerzos. Sus manos tiran con fuerza del calzado hacia arriba, tratando de ajustarlo. Resopla y se le queda mirando.

– No, las mías estaban llenas de barro seco. ¡Hacía tanto que no cazaba¡. Estas son de Eduardo.

– La vedette del grupo – comenta Torres en voz baja.

– ¿La vedette? – el Puma lo mira con asombro.

– No, hombre, no seas mal pensado. Me refiero al mejor del grupo. Y no levantes la voz, que nos escucha.

– Bueno, nosotros vamos para allá – grita Eduardo desde un extremo del calvero, metiéndose decididamente entre los árboles seguido de Urrutia – luego nos vemos aquí al mediodía.

– ¿No le entra, don Gacho? – el guarda se le acerca. Es un hombre cincuentón, cutis cetrino, ojos francos y duros –  ¿Quiere usted que le eche una mano?.

– No, déjalo – El Puma se pone de pie, apretando contra el suelo – es que está demasiado justo. Ya esta mañana me ha dado la lata. Entrar, entra. El andar, es ya harina de otro costal.

– Pues, chico – dice Torres, alzándose a su vez –  ¿Qué quieres que hagamos?. Tú dirás si te quedas o vienes con nosotros – mueve la cabeza, mirándolo dubitativo – pues la verdad, no sé… Lo que es esta mañana, bien has corrido.

El otro tiene una sonrisa forzada.

– Ha sido ahora, al enfriarme.

– Sí, eso pasa siempre – el guarda se rasca la cabeza – si quiere usted… Hay otros señores que si les pasa algo… Vamos, algo de esto, cazan con alpargatas.

El Puma se echa a reír, apartando la cabeza.

– No yo. No estoy tan loco como para meterme así en esa maleza.

– Eso depende de la afición – arguye Torres – Bueno, entonces… ¿Le echas valor al toro?.

El otro se encoge de hombros.

– ¡Qué remedio¡ –  dice, avanzando unos metros – voy a ver si con el ejercicio se me pasa.

– Si fuera el ancho – comenta el guarda – pero lo que es el largo…

– Ya, ya… Ahí está la madre del borrego – El Puma se mira las botas y sigue andando con dificultad. Torres avanza a su lado.

– ¿Quieren ustedes que los acompañe, señores? – les grita Antonio, cuando llevan andada una veintena de pasos.

– No, gracias – Torres se vuelve, agradeciendo con un gesto – conocemos el camino. Y además enseguida vamos con Eduardo. Él chanela bien esto.

– Sí, viene casi todas las semanas. Yo voy a preparar la comida.

Los ve perderse tras unos roquedales. Se entra en la casa.

– ¡Paquita¡ –  llama, rebuscando por todas partes –  ¿Pero dónde te metes, niña?.

Una zagala de diecisiete o dieciocho años viene por el caminillo.

– ¡Aquí, papá¡ ¡Donde voy a estar¡.

– Anda, prepara la comida para los señores. No me gusta que barzonees por ahí.

– Fui a ayudarle a Rafael.

– ¿Qué le pasa al zagalón? ¿Es que le hace falta un ama de cría?.

Paquita se echa a reír entrando en la casa y empezando a hacer la comida.

– No, papá – dice con paciencia – Estos hombres… – murmura para sí – Es que son muchas las cabras que le toca ordeñar hoy.

– Y todos los días – contesta su padre, mientras alumbra un cigarro con la mecha. Ella sale de la casa , mirándole a la cara, muy seria.

– ¿Qué es lo que piensas, papá?.

Él entorna los ojos, mientras escupe tabaco.

– Nada, mujer, pero donde mejor están las niñas es en su casa. No he querido decir otra cosa – cogiéndole la barba y mirándola en los ojos – Si lo digo por tu bien, niña…

Ella se deshace con suavidad, entrando en la casa.

– Rafael es bueno, papá.

– Yo no digo lo contrario – responde éste, yéndose a levantar la tapa de la gran cacerola – pero los hombres son muy buenos hasta que tropiezan con algo. Cada uno tenemos el flaco. ¡Qué bien huele esto, caramba¡ ¡Qué manos tienes, niña¡.

– Como que está hirviendo desde esta mañana.

– A las doce vendrán. ¿Qué te parecen estos señores?.

Paquita hace un mohín poco convencido. Su padre la mira con preocupación.

– Hay que respetarlos. Como si fueran los amos. Don Luis lo ha mandado así.

– Él vale más que todos estos – dice la niña, arrugando la frente, pensativa.

A mediodía regresan los cazadores. El Puma viene fastidiado, según dice. El coto es muy grande y pesa lo suyo. Es el que menos ha cazado. Rafael, el cabrero, viene con ellos cargado de piezas. Eduardo ha tomado unas cuantas para descargarlo.

El día está en todo su apogeo. Una brisa suave templa los nervios. Paquita saca una mesa y sillas y las coloca en el claro que hay delante de la casa. Va trayendo cubiertos y botellas. Rafael la ayuda a transportar la gran cacerola humeante. Ella empieza a servir.

– A mí no – dice el Puma, conteniéndola con la mano – estoy tan molido que ni ganas de comer tengo.

– Vamos, hombre – le animan los otros – que estás desconocido…

– Dejarme, no tengo ganas – se recuesta en la silla, pensativo. Sus ojos al desaire miran a Paquita entrar en la casa. Antonio pregunta las incidencias.

– Don Eduardo, por lo visto, ha encontrado un filón – dice Urrutia – pero lo que es éste y yo – señala a Torres nos persigue la negra. Por más vueltas que hemos dado…

Antonio sonríe con cauta cortesía.

– Si a los señores les apetece – sugiere – después de comer los puedo llevar a un escondite formidable. No está lejos de aquí y es caza segura.

– Pues no es mala idea – dice Torres –  ¿A ti qué te parece, Paco?.

Este asiente. Empiezan todos a comer. El Puma apenas prueba bocado, pero bebe más que ninguno, aunque Eduardo no le va a la zaga. Los brindis se suceden.

– ¡Por este hermoso día¡.

– ¡Porque se cace luego más que ahora¡.

– ¡Porque cada uno consiga lo que desee – ha sido el Puma quien ha lanzado estas palabras, con ojos vagos que se detienen un momento en la cara de Eduardo. Este se ha puesto pálido, pero alza la copa y se la bebe de un trago.

– Échate una copa, Antonio.

– Y tú, niña.

– Y tú, Rafael.

– Terminado el yantar, fuma un cigarro. Paquita saca de nuevo la cacerola y en un poyo comen los tres.

Eduardo es el primero en levantarse. Se le destacan unas manchas más oscuras en el rostro amoratado, como coaguladas bolsas de sangre.

– Bueno ¿qué pasa? ¿y esos ánimos? – coge la escopeta y se arregla la cartuchera.

Torres y Urrutia se levantan también. Rafael y Antonio se acercan. Sólo el Puma se queda sentado.

– A mí no hay quien me mueva – dice, moviendo la cabeza – yo no vuelvo a pasear el coto con estos borceguíes del diablo.

– Son unas botas magníficas – arguye Eduardo.

– Lo que sea. No tengo ganas de destrozarme los pies. ¿Qué papelito voy a hacer si no esta Semana Santa? – agrega, riéndose.

Paquita retira los platos de la mesa. Los otros forman grupo.

– Bueno, hombre – Urrutia se le acerca – pues nosotros no estamos dispuestos a perder la tarde. No vamos con Eduardo porque le espantamos la caza, pero Antonio nos acompaña. A ver si hay más suerte.

Mira a los otros.

– Pero hay que distribuirse. Vamos a ver. Tú, Eduardo, vas solo.

– Pero yo necesito a alguien para las piezas.

– Rafael puede acompañarle, señor – sugiere Antonio.

Los ojos de Eduardo relucen un segundo. Enseguida baja los párpados.

– Bueno. Y tú puedes acompañar a los dos señores.

– Eso es, don Eduardo.

– Y tú, zángano – dice Torres, zarandeando al Puma por el hombro –  ¿Qué vas a hacer?.

El otro hace un gesto de indiferencia.

– Yo, ¿qué quieres que haga?. Me aburriré como una ostra.

– Así poca caza vas a tener.

Don Gacho repite su ademán, pero sus manos se agarrotan levemente:

– Poca, sí.

Se pierden todos entre la espesura, con un debilitamiento paulatino de voces. Paquita recoge los restos del almuerzo y empieza a fregar en la cocina.

La brisa ha caído de pronto, dando lugar a un mediodía abrumador. El tiempo transcurre con una lentitud exasperante. De vez en cuando turba la calma los secos taponazos de las escopetas de los cazadores. Otras veces es el agudo chirriar de una cigarra que se tuesta al sol. El cielo añil, de una dureza inquebrantable, no soporta una sola nube sobre su superficie.

El Puma se remueve inquieto sobre la silla, aflojándose el cuello de la camisa. Su rostro, rojo, aparece lleno de verdugones.

– ¡Paquita¡ –  la voz le ha salido ronca.

– Mande usted, don Gacho –le contesta la muchacha desde el umbral.

– Tráeme un poco de agua ¿quieres?.

– Sí, señor.

Ella entra y vuelve a salir al cabo de unos momentos. Sobre una bandejita de madera trae el vaso. Se acerca y se lo ofrece.

– Ponlo ahí encima – El Puma señala la mesa con el mentón. Paquita lo hace. Él alarga la mano con suavidad y la coge por la muñeca. Ella se pone de pronto muy encarnada y trata de soltarse con ademán tranquilo. Don Gacho la mira con los párpados entornados. Un gesto lobuno le tuerce la boca al sonreir.

– Pero qué prisa tienes, mujer. Siéntate aquí un momento.

La muchacha se ha soltado, manteniéndose respetuosa delante de él.

– Tengo que hacer, don Gacho.

– Ya lo harás luego. ¿No te da lo mismo?.

– Hay que hacerlo ahora. Luego será tarde.

Los ojos del Puma relucen. Su boca se crispa mientras respira con fuerza. Enciende un cigarro y la observa a través del humo.

– tú lo has dicho, niña. Luego será tarde.

– Con su permiso, señor. Voy a segur.

Ella se mete en la casa, pero al cabo de unos segundos un leve ruido le hace volver la cabeza. Él está en el umbral, mirándola con ojos acechantes. Ella retrocede y se aplasta contra la pared, con los ojos muy abiertos. Él avanza muy despacio, parándose en medio de la habitación con las manos en los bolsillos. Con los párpados velados, fuerza una sonrisa entre sus labios secos.

– Pero ¿qué te pasa, mujer? – levanta la cabeza, detallando someramente el interior –  ¿Es que no se puede curiosear aquí dentro?.

Ella traga saliva con ansia, apartándose de la pared.

– Esto es muy pequeño – dice.

– Claro… claro… – de pronto, él cambia el gesto y avanza dos pasos, con el cigarro colgado de los labios – Escúchame, pequeña… Tienes miedo de mí ¿no¿ No tienes por qué. ¿Es que no te gustaría tener algo así como…?.

De improviso, pega un salto y se encuentra junto a ella, abrazándola y buscándole la boca. Paquita, dominada por su estatura, trata de soltarse, luchando con todas su fuerzas. Grita, pero él, aplastándose de constado contra ella, le tapa la boca con la mano izquierda, mientras la derecha la agarra por el escote y tira fuertemente hacia abajo, desgarrando el vestido hasta la cintura y hurgándole en los senos. Ella, sofocada, se aparta tomando nuevas fuerzas y tratando de gritar de nuevo, pero él la empuja la boca tan brutalmente, que la chiquilla no puede gritar. La mano derecha del Puma desciende rápida, levantándole la falda hasta la cintura. Ella, ante el empujón, pierde el equilibrio y rueda por el suelo, mientras él le rasga la ropa interior.

Un fuerte golpe en la puerta le hace volverse de pronto. Es Antonio, el guarda. Su cara está amoratada y sus ojos relucen como brasas. Trae una escopeta en la mano, con el cuerpo agitándosele todo de coraje.

– ¡Fuera de aquí¡ –  grita, temblándole en las manos el arma –  ¡Fuera¡.

El Puma se alza con lentitud y se arregla el pelo caído sobre la frente, echándolo atrás con un movimiento de cabeza. Sin mirar al guarda, sale de la casa.

La muchacha se levanta y con las manos trata de cubrirse. Mantiene la cabeza baja.

– Mírame a los ojos, Paquita – le dice su padre con voz ruda –  ¿Qué ha pasado?.

Ella levanta la cabeza y las lágrimas contenidas empiezan a correr por su cara. Con un manotón nerviosos y colérico, se las seca.

– Nada, papá. Has llegado a tiempo… ¡Cochino¡. Estos señoritos no hacen más que porquerías… Sabía lo que iba a pasar, pero no me atrevía a decir nada antes de irte. Como dices que tengo así la cabeza… Pero ni quise salir de casa. El mismo me llamá.

Su padre la mira inquisitivo:

– ¿Es verdad que no ha pasado nada?.

Paquita se rebusca el escapulario entre la ropa desgarrada.

– Por esta cruz te lo juro.

Antonio asiente escueto con la cabeza, saliendo de la casa.

El Puma está en medio de la plazoleta, frente a la puerta, con los pulgares de cada mano metidos en el pantalón. Está muy pálido y sus ojos miran con cierta vaguedad. Antonio, con la escopeta aún en la mano, tiene ademanes tranquilos. Habla marcando mucho las palabras:

– Es usted un canalla completo, Don Gacho.

El Puma tuerce la boca, pero se calla.

– Y tiene usted una cabeza muy bonita ¿sabe usted? – el guarda escupe duramente las palabras entre la violencia contenida de sus dientes – y los cartuchos de esta escopeta están enamorados de su cabeza de usted ¿me entiende?.

Con gestos tensos abre el arma y saca la munición, apretándola entre sus nudosos dedos crispados. Lo mira con duros ojos rabiosos.

– Estos cartuchitos… me los voy a guardar ¿sabe?. Y si le da a usted por venir aquí otra vez, ya sabe que los tiene a su disposición. Se los entregaré de mil amores, pero a una velocidad que no le va a gustar nada ¿estamos? – su rostro, una mezcla de rojos ángulos en piedra, se contrae apretando su ardor contenido entre las cuencas movibles –  ¡Aquí no se admiten cosas de chulos, por muy grandes de España que sean¡.

Señalando el camino con un brazo extendido:

– Por ahí se sale del coto… señorito. ¡Que no vuelva a ver su puerca jeta por aquí¡ Y… otra vez… búsquese mejores botas para cazar… perdices. ¡Aquí son demasiado indigestas para gentuza como usted¡

El Puma se muerde los labios, da media vuelta y se pierde en el bosquecillo.

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