TORRE DE VIENTO

En la trastienda, la voz de don Pedro, acogiendo con cortesía al joyero, suena sin embargo a la defensiva, con un leve matiz desafiante:

– ¿Y qué? De paseo ¿no?.

Román, muy prensado en el sillón de brazos, se remueve intranquilo a su pesar.

– Pues nada, que daba una vuelta por aquí y he aprovechado para liquidar las “facturitas” pendientes.

El triple saludo del joyero ha sido caluroso. Pero la correspondencia le ha sido bien diferente. Empezando por José una cordial acogida, que pasando por la matizada corrección de Rozas, llega a frialdad ostensible en el dueño de la tienda.

– ¿Qué? – José pregunta desde la puerta, acercándose con las facturas en la mano

– ¿Mucho negocio con la Semana Santa?

Román aparenta desenvoltura, pero el aleteo de sus ojos oscuros traiciona aun su desconcierto ante una acogida que imaginaba más cordial.

– No me digas, hombre – contesta sonriendo – Todo está tan malo…

– ¿No se vende? – Don Pedro se deja caer sobre su sillón, aguzándolo con una mirada penetrante.

El joyero ofrece abierta su pitillera. Duarte deniega con un ademán algo seco, Rozas dice correctamente gracias y José toma un pitillo. Un leve tono rojizo se incrusta en las mejillas de Román. Hace muchos años que él no le hacen un desaire. No obstante, dominándose, enciende con parsimonia su cigarro, inclinándose hacia delante con una sonrisa. El breve intervalo le ha servido para entirse el maestro de siempre. Se siente luchador astuto por encima de todo.

– Poco, don Pedro, muy poco… – Dice con voz deliberadamente tranquila – ¿Qué quiere usted? La gente no tiene dinero. Si fuera usted, claro, sería distinto…

– ¿Por qué?

La pregunta cortante de don Pedro no le desconcierta esta vez. Sus dedos amorcillados sostienen con delicadez el cigarro llevándoselo a la boca. Su gruesa humanidad parece esponjarse con la pregunta, ya encajada en el ambiente ligeramente hostil de la estancia. José mira con una silenciosa sonrisa el diálogo entablado. Rozas parece exclusivamente ocupado en sus papeles.

– ¿Por qué va a ser don Pedro? – dice con seguridad – Usted tiene muy acreditada la casa. ¿Quién podría negarlo? No hay nadie en Laverna que pueda desconocer la labor que usted realiza.

– ¿La labor que yo realizo? – pregunta extrañado don Pedro. La voz flexible del joyero habla despaciosamente, como para dar tiempo a que sus ojos escrutadores estudien cada detalle de los tres rostros que se alzan frente a él.

– Sí claro. Dentro del comercio de la ciudad, ya sabe usted lo que representa su tienda, don Pedro – se inclina sobre la mesa apoyando los antebrazos en el borde – La importancia de la casa ya la conocen todos…

El diálogo adrede vago y fútil irrita a don Pedro, pero con una irritación que no excluye un aire preocupado. Se cuadra bruscamente en su sillón, con el rostro tenso.

– ¿Adónde quiere usted ir a parar?

La agresiva pregunta parece rebotar en la grasosa carne de Román. Sonríe bajando los ojos hacia el cenicero, donde aplasta la colilla. Se siente de pronto dueño de la situación.

– No se le puede a usted hablar de la tienda, don Pedro, ni aun para alabarla. Enseguida se pone usted en guardia como si fueran a quitársela.

El dueño de la tienda acusa el golpe. Sus labios tiemblan un segundo, pero una repentina llamarada brilla en sus ojos.

– Nadie sería capaz de eso – dice con energía, muy inclinado hacia su interlocutor – la tienda es mía y después será de mis hijos, la tienda es Duarte hasta los huesos.

La cara de Román refleja un involuntario respeto, que lo hace envararse en su sillón. José mira a su padre con curiosidad. Rozas fija agudamente sus ojos en el joyero, que extiende su mano en un gesto conciliador.

– Nadie ha dicho nada, don Pedro. ¿Es que no la ha sudado usted? Lo que le pasa es que tiene usted los nervios de punta, eso es todo. Y es muy lógico que defienda su tienda, se lo merece. Pero no contra enemigos imaginarios – Hace una pausa con un segundo de transición, dirigiéndose a José con tono digno – ¿Tienes ahí el importe total de las facturas, José?

Se echa mano al bolsillo interior de la chaqueta y extrae un talonario de cheques, extendiendo uno por el importe que el otro le indica y alargándoselo a continuación. El viejo lo observa preocupado.

– Bueno, don Pedro, hasta otro día – estrecha su mano y la de Rozas y añade con un leve roce de desafío – Y que no se dé usted quebraderos de cabeza gratis, permítame que se lo diga como buen amigo.

José lo ciñe amistosamente del brazo y lo acompaña a la puerta de la calle.

– ¡El farsante¡ – Exclama don Pedro – Y éste – señala con un pulgar desdeñoso la mesa vacía de su hijo – como si ya no hubiera clases, como si los granujas y las personas honradas fuéramos todos lo mismo. ¿Tú qué piensas de todo esto, Felipe?. Rozas se encuentra pensativo, moviendo la cabeza con aire de duda.

– No sé, don Pedro. Pero éste anda buscando algo. La excusa esta de las “facturitas”, como él dice, no vale.

– Eso es lo que yo me pregunto. Tú ya conoces a este pájaro ¿no? La historia que tiene es como para dejarse la cartera en casa cuando hay que visitarlo.

Rozas lo mira con curiosidad.

– Sí, algo he oído decir…

Don Pedro se encoge de hombros con una sonrisa forzada.

– El hijo de tal que peor ha parido madre. Ya antes de la guerra, en la dictadura de Primo de rivera, se ensució lo suyo, dándole suministros al ejército. Y cuando la guerra empezó y después en el año del hambre, con el estraperlo de aceita. Pero camiones y camiones.

– ¡Vaya¡

– Tiene ya mucho, pero muchísimo dinero, millones. Se le han venido dadas. En el escaparate de la joyería tiene permanente una verdadera fortuna – Se queda pensando, sentencioso – En esto, todo es empezar. Tanto te da embarrarte por una perra gorda como por un millón. Y el granuja tuvo vista. Se amarró al carro del vencedor y ya lo ves, de Juan Lanas a amigote del Director General de Suministros, del Gobernador Civil y qué sé yo de cuantos más… Y ahora, a la bartola… En fin… – Añade, con un expresivo gesto de desdén – Cada prójimo con sus pecados…

José vuelve de la calle, sentándose silenciosamente en su mesa. Su padre se vuelve a mirarlo.

– ¿Y que te ha contado el pájaro ese?

Su hijo se encoge de hombros.

– Nada ¿qué me iba a contar?

– Buena persona ¿eh?

– A mí me parece simpático ¿por qué no?

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