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TORRE DE VIENTO

– ¡Qué¡, ¿estás cansado?.

– No, señor – contesta el cabrero – estoy acostumbrado a estos trotes.

Rafael sonríe. Es un mozo de cutis cetrino, ojos muy azules que contrastan con los dientes muy blancos y el negrísimo cabello ondulado. Eduardo lo observa con atención. Lleva ya una hora de caza y el montón de piezas demuestra su buena puntería.

– ¡Allá van dos, señor¡ –  grita el muchacho, señalando unos matorrales – no las desperdicie usted.

Pero Eduardo mira muy tranquilo, sin moverse, apoyando contra el suelo la culata del arma.

– Déjalas, ya tenemos bastante – dice, encogiéndose de hombros – de todos modos no vas a poder con ellas…

– Ya lo creo, sí señor. Y con cincuenta más.

Duarte lo mira con fijeza, acariciándose pensativamente la nuca.

– Ya, ya veo que eres fuerte.

El cabrero sonríe con jactancia, que procura disimular.

– Sí señor, bastante.

Se queda mirándolo y cambia su gesto sonriente ante los extraños ojos de Eduardo. Este desvía la vista mientras deja en el suelo la escopeta.

– ¡Uf¡ –  saca un pañuelo y se lo pasa por la cabeza, levantando el sombrero –  ¡qué calor¡, vamos a descansar un poco. He bebido mucho.

A la sombra de un árbol hay una piedra grande. Eduardo elige un sitio para sentarse.

– Ven, Rafael, aquí cabemos los dos.

Se acomodan juntos, Duarte con las piernas muy abiertas, Rafael muy juntas y con los codos encogidos.

– ¿Cuántos años tienes?.

– Dieciocho, señor – responde sin vacilar.

– Es decir, que pronto irás al servicio.

– Todavía me faltan tres años. Como hay que entrar con veintiuno cumplidos… Por lo menos eso me han dicho. A mí no me han mandado todavía ningún papel.

Eduardo lo mira con benevolencia.

– Ya, ya.. Y… ¿no te gustaría quizá hacerlo en algún cuerpo determinado, vamos… infantería, caballería?. Yo serví en infantería y lo pasé muy bien. Claro que iba bien recomendado. ¿No te gustaría a ti…?.

Rafael deniega con la cabeza.

– No, señor. Si hay que ir, iré, que no se diga. Pero como gustarme, no me gusta la mili.

El otro frunce las cejas, divertido.

– ¿Y eso…?.

El muchacho coge un palito del suelo y lo trocea mientras habla.

– Yo creo en lo que dice Antonio.

– ¿El guarda?.

– Sí, señor. Es un hombre que sabe lo suyo ¿sabe usted?. Hasta tiene libros en su casa. El dice que en la mili algo se aprende de la vida, pero que no compensa… Cuando se entra dice que hay que colgar… Bueno – hace un gesto vago, poniéndose muy rojo – usted ya me entiende… hay que colgarlos detrás de la puerta y recogerlos a la salida cuando se acaba.

Eduardo abre los ojos con asombros, descomponiéndosele de improviso la cara en una inmensa carcajada.

– ¡Jo, jo¡ –  ríe con estrépito, con las pupilas parpadeando veloces dentro del ahuevado cristalino – pues sí, algo… algo hay de eso… jo, jo… – una menuda salivilla se escapa entre sus dientes, en medio del gorgotero chapoteante del cuello. Termina por toser hasta ponerse bárbaramente amoratado.

Rafael lo mira con una avergonzada sonrisa, procurando ocultar la repugnancia que le invade. Eduardo se extrae un pañuelo y lagrimeando aún, se seca la boca y los ojos.

– Perdona, muchacho – le da una fuerte palmada en la rodilla – pero me ha hecho tanta gracia… – se queda observándolo con atención – y sigue, sigue, no te dé reparos en seguir… ¿qué ibas diciendo?.

El cabrero se ha quedado mudo de repente, con la vista baja.

– Nada – le replica con voz tímida – si no era nada… nada de particular…

– Que sí, hombre, que sí – Eduardo, ya serio, le insiste con una palmada en el hombro – que tú ibas a decir algo más, ya lo creo… si lo ibas a decir, estoy seguro de ello…

– Si no era nada de particular… – Rafael levanta la cabeza, sonriendo ante la insistencia del otro – nada, en fin…

– Que sí, hombre, que sí, algo ibas a decir.

El muchacho no sabe sonde mirar. Termina por resignarse, empezando a trocear un nuevo palito que coge del suelo.

– Era sobre el Juancio, el de la señora Andrea. Lo que hizo en la mili… Si no tiene nada de particular… – ante la mirada atenta y seria de Eduardo, continúa más animado – bueno, pues… él hace poco que ha venido… dice que no se pasa del todo mal, que se conocen cosas… a él le tocó de enfermero del comandante.

Duarte lo mira con asombro.

– Vaya, pues no está mal… ¿Es que había estudiado?.

Los ojos de Rafael ríen ante la pregunta.

– ¡Qué va, señor¡, ¡no le falta todavía nada a ése para desasnarse¡

Eduardo suelta una carcajada.

– Como decías que estaba de enfermero del comandante… Es que estaba enfermo ¿no?.

– ¡Ca, no señor¡. Lo llamaban “El Enfermero” por guasa, porque lo que le tocaba todos los días era limpiarle la perrita. Se llevaba haciéndolo toda la mañana. Continuamente se desangraba por el trasero.

– ¡Caray, vaya fama¡.

– Pero él no estaba a disgusto, no crea usted. Como era en invierno, se llevaba toda la mañana con el trapo en la mano tomando el sol en el patinillo del cuartel.

– ¡Ah, vamos¡ Si le gustaba…

– Pero a mí no me gustaría hacer eso. Además, él sigue siendo muy bestia. Mismo, ha vuelto sin saber leer ni escribir. Y yo creo que a la mili se va para otra cosa, vamos, a mí me parece…

– Bueno – Eduardo hace un ademán indiferente – claro, a otra cosa…

El cabrero se anima ante su silencio, que interpreta como una aprobación.

– Yo no soy muy leído, la verdad, pero cuando estoy con las cabras leo un poco porque no me gusta ser atrasado… y servir a la patria, vamos, no es lo qua hacía el Juancio…

Duarte se echa a reír.

– Vamos, que tus libros no hablan de la perrita del comandante.+

– No, señor – replica Rafael, alzando vivamente la cabeza – Los libros no hablan de la perrita del comandante, esté usted seguro.. Los libros dicen cosas muy bonitas, eso sí… y yo hablé de ellas con el Juancio y no entendía ni papa… ni gorda… No sabía ni para qué había ido a la mili el muy bruto…

– Para el carro, muchacho… – dice Eduardo, deteniendo con la mano sus excitadas palabras – que no es para tanto, hombre…

– Pero sí había que oírlo, las tonterías que decía…

– Bueno, bueno… ya está bien, hombre… – Duarte lo mira de súbito con un nuevo interés – y dime, porque tengo curiosidad, ¿qué es lo que decían los libros esos…?.

– ¿Qué iban a decir?. Palabras, palabras, todo mentira… Que si la defensa de la nación, que si la hermandad de todos los españoles… qué sé yo… Cuando vino el Juancio yo fui a hablar con el y…

– Y te encontrarse con la perrita ¿no?.

– Sí, señor, con la perrita. Yo esperaba que el Juancio me contara tantas cosas… Y me salió con aquello… Como que no lo puedo ver desde entonces…

– Bueno, muchacho, no te apures por eso – Eduardo le palmea afectuosamente la rodilla, dejando la mano apoyada en ella – lo que tienes que ver es que el servicio militar lo tienes encima como quien dice…

– Tanto como encima… Aún me faltan tres años.

Duarte aprieta la rodilla del montaraz con gesto confianzudo. Su sonrisa se hace más amplia.

– ¿Y en estos tres años a ti te va a gustar quedarte en esto cerros cuidando cabras?.

– Sí, señor – Rafael habla con firmeza – la verdad, yo he estado en la ciudad bastantes veces y… y nada, no me tira… Mucha gente, muchos autos que lo marean a uno, muchos escaparates, pero no sé – agrega, mirando al suelo con obstinación – allí falta algo.

Eduardo alza los hombros.

– Bueno, bueno, eso son ideas tuyas… Allí hay cosas estupendas de las que tú podrías disfrutar.

El cabrero tuerce la boca. Le molesta un poco la mano del señor sobre su rodilla, pero no se atreve a moverse.

– Mira – dice Eduardo, retirando su mano y pasándola al hombro. Sus ojos se enturbian ligeramente – Para que veas que te quiero bien… Me has sido simpático, caramba. ¿Querrías venirte conmigo de chofer?. Tendrías uniforme, calzado, comida y un sueldo. No muy alto desde luego, pero vamos…

Su mano ha descendido con suavidad por la espalda. Rafael se pone en pie de un salto.

– ¡No, señor¡ –  grita de pronto en un arrebato. Los ojos le relucen y las ventanillas de su nariz resoplan –  ¡No quiero, no me interesa, no¡.

Eduardo se ha puesto encarnado. Sus orejas parecen a punto de reventar, mientras unas manchas moradas se extienden sobre su piel. Coge la escopeta y avanza unos pasos.

– Bueno, hombre, no te pongas así, caray… Al fin y al cabo, no es para tanto…

Rafael, con las mejillas contraídas, no le aparta los ojos.

– Para usted, puede que no. Para mí, sí.

Eduardo ensaya una sonrisa conciliadora.

– ¡Caray, qué genio tan fuerte¡, nada hombre, olvidemos lo pasado. Yo te he preguntado si te interesaba eso…

– “Eso” – el muchacho parece hinchar la palabra – no me interesa.

– Bueno, hombre, pues no hay más que hablar. Vamos a seguir cazando. Y toma…

Se saca veinte duros del bolsillo. Rafael retrocede un paso.

– No, gracias – dice, frunciendo los labios – no diré nada, pero ahora me voy a casa.

Se acerca al montón de perdices y carga con ellas, echando a andar por el caminejo. Eduardo escupe el suelo con fuerza.

– ¡Qué lástima¡ ¡Con lo dócil que parecía¡

Lo ve perderse tras un brusco recodo. Se encoge de hombros.

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