TORRE DE VIENTO

– Y tú, Pepe ¿tienes algo a la vista?.

Es el gobernador civil quien ha hablado. La abundante sotabarba de don Creso se esponja copiosa sobre los ojuelos grises salpicados de rojo y el inmenso cuello de pajarita. Su sólida humanidad se encaja regustosa en el sillón más amplio que existe en la casa de Román, expresamente construido para el caso.

El gran comedor ha estado a rebosar con sus doscientos y pico de comensales, pero el complicado servicio ha sido eficazmente desempeñado por diez camareros escogidos entre la flor y nata de la profesión. La sobremesa se realiza ahora en el salón de fumar, una de las estancias más grandes de la vivienda de la calle Lonja. La enorme mesa del centro, atestada de cajas de puros y cajetillas de cigarros, cobija también botellas de extraños formatos conteniendo licores de diversas marcas. Los fumadores han formado varios corrillos alrededor del nutrido muestrario, donde se discute y se charla con la pesadez característica que proporciona una buena digestión. Las señoras y los no fumadores han pasado directamente a la sala después de la comida.

El anfitrión hace los honores de la casa sentado a la izquierda de don Creso Chango, el gobernador civil venido ex profeso de la capital para hacer de padrino de boda de Carmencita. A la discreta pregunta de su invitado número uno, cuyo lazo interrogante aún vibra quedamente en el aire, se han entornado los ojos líquidos y maliciosos de Román. Encendiendo un Partagás que elige cuidadosamente de una caja próxima, se inclina confidencial hacia su amigo:

– Sí, algo a la vista hay, pero queda todavía que roer…

El gobernador le mira con fijeza, estableciendo automáticamente el contacto visual mutuo que desde siempre ha sido el obligado prólogo a sus conversaciones de negocios.

– Si se te puede echar una mano…

Román deniega amable con la cabeza.

– No, gracias, Creso, el pájaro es de esta jaula.

Chango deja caer sobre él una mirada escrutadora.

– ¿Está aquí?.

– Sí, a la izquierda – le contesta el joyero, moviendo apenas los labios – aquel viejo del pelo blanco y chaqueta del otro siglo.

El gobernador recorre con los ojos el círculo de invitados, fijando al fin su vista en un extremo del gran salón, cubierto por una niebla densa entre el run– run de las conversaciones.

– ¡Ajá¡ –  murmura par sus adentros – lo conozco.

– Sabes quien es ¿no?.

Don Creso valora pensativamente la capacidad de Román para pescar una pieza de tal tamaño.

– Es un pez gordo, Pepe. ¿Y tienes tú tragaderas…?.

El joyero, recostándose mejor en su butaca, muestra dos hileras de dientes que no conmueven demasiado a Chango.

– Abriéndolas bien… – susurra.

– Ya. ¿El negocio?.

– Sí, lleva ochenta años. Familia sólida, de la aristocracia de tupé.

– Y con pesetas, claro.

– Digo. Pero el viejo no lo suelta ni a la de tres.

– ¡Ah¡ –  don Creso levanta sus gruesas cejas con sorpresa –  ¿pero lo que tú quieres es…?

Román hace un gesto, como mostrando algo de una cegadora evidencia.

– Comprarlo, hombre, comprarlo.

– ¡Ah, vamos…¡ –  exclama el otro, mirándolo enseguida insinuante – hombre, si hubiera algún medio…

El joyero hace un rotundo ademán negativo.

– ¡Je¡ Ni hablar.

– Tú sabes que siempre hay combinaciones…

– Aquí no – Román aprieta expresivo el puño – está todo muy agarrado.

– A lo mejor el viejo tiene pecadillos…

– ¡Nones¡. Es un niño grande. Salvo, claro, la característica de la familia.

– ¡Ah, ah¡ ¿Es que es una familia con características?.

– Y característicos – ríe el joyero.

El gobernador entorna los ojos, sugiriendo:

– Quizá los hijos…

– Y el nieto. Es una alhajita el niño.

Chango se inclina hacia delante, asaltado de pronto por un recuerdo. Abre la boca y bajo su bigote blanco se agitan dos grandes incisivos.

– ¡Ah, sí¡ –  exclama – juerguea un poquillo… ya, ya sé… hasta allí ha llegado.

– Sí, el niño es rana. Ahí está el punto.

– Pero antes estará el papá.

– Y los titos. El papá no puede ver la tienda, uno de los titos está loco con su campo y el otro… ¡Puf¡ Si le ponen un puesto de altramuces…

– Los vende – completa Chango con una carcajada.

Hay una pausa larga, que don Creso aprovecha para llenarse de coñac la copa y escoger un puro de la caja. El joyero, dejándose caer en el asiento, escruta los grupos de invitados con ojos inquisitivos. ¡Buena panza se están poniendo los badulaques estos¡. Ya, ya irán soltando el juguillo. Girando en su sillón, ve a su izquierda la conocida espalda de Andradón, el alcalde tan buen amigo, que conversa con don Tomás, el cura que ha bendecido la ceremonia.

– ¿Qué pasa, hombre? – le pregunta, dándole una vigorosa palmada en el hombro –  ¿charlando de aventuras?.

Don Francisco Andradón pertenece a una de las mejores familias de Sanlúcar y padece frecuentes ataques de asma, contraída durante los sobresaltos que le proporcionaban sus guardias nocturnas en las épocas de guerra. Se cuenta en Laverna que el nombramiento le vino estando en su bufete despachando y que inmediatamente llamó a su esposa y a su hija para comunicarles la noticia:

– ¡Carmela, Carmela¡ –  ¿Qué pasa, Paco? ¿Es el ataque?. Me has asustado – ‘Alcalde, alcalde¡ ¡Mira, lee¡ –  ¡Paco, Paco¡ ¿Pero estás loco? – lee, mujer –  ¡Patro, hija, Patro¡ –  ¿Qué pasa, mamás?  ¿Le ha dado el ataque a papá? –  ¡De alegría, hija, de alegría¡ ¡Lee, lee¡ ¡Alcalde, alcalde¡ –  ¡Alcalde¡ ¡Huy, qué gusto¡ ¡Cómo van a rabiar aquí¡. Las de Lozoya que no hacen más que tirar chinitas, las de Bermúdez que dicen que no tienes talento… –  ¡¡¿Cómo?¡¡ –  nada, hombre. ¿Le vas a hacer caso a esta loca?. Reformaremos la casa, el portal hay que cambiarlo… – pero, mujer, ¿no te das cuenta…? –  ¿Qué pasa, Paco?, me asustas… –  ¡Que no es alcalde de aquí, sino de Laverna¡ –  ¡Demonio, pues es verdad¡. Aquí está claro. ¡Patro, Patro¡ –  ¿Qué pasa, mamá? ¿Es ahora el ataque¿. ¡Que no le dé ahora, por Dios¡ –  ¡No, mujer, de Laverna, de Laverna –  ¿De Laverna, qué? –  ¡Alcalde de Laverna¡ ¿Es que no te das cuenta? –  ¡Vaya por Dios¡. Entonces las de Lozoya y las de Bermúdez… –  ¡Qué importa, niña¡. Rabiarán desde aquí… –  ¡Eso es, eso es¡. Y vendremos a verlas en el coche del Ayuntamiento… – pero… ¿es que no os dais cuenta de la responsabilidad…? –  ¡Tú te callas, hombre¡ –  te vamos a poner más guapo, papá… ¡Déjame que te dé dos besos¡. Y cuidadito con que te dé ahora el ataque ¿estamos?.

Una noticia circuló – quizá lanzada por las Bermúdez o las Lozoya – según la cual don Ramiro, el alcalde anterior, había intervenido demasiado oficiosamente en cierto negocio de aceite. Pero el escándalo se había podido contener gracias a la previsión del gobierno civil y don Ramiro pasó a la alcaldía de El Baladejo, en espera de vacante en población de mayor categoría.

Don Francisco se ha sobresaltado un tanto al sentir sobre sí la pesada mano de román. Dominando su primera impresión de fastidio, se vuelve a contestarle con una tímida sonrisa.

– Pues, sí, Pepe, algo hay de eso…

– Vamos, Paco, por favor…

El sacerdote tercia rápidamente, agitando la mano en señal de mucho.

– Don Francisco, ya, ya… Ya tiene que contar.

– ¡Vaya¡ –  Román gira por completo, interesado por sus nuevos interlocutores – tormentillas de juventud, seguro.

Don Francisco sonríe algo adormilado, repitiendo con su fina vocecita:

– Algo, algo hay de eso…

Se va formando el corro en torno al gobernador. Román maniobra par formar el cuadrilátero.

– Sí, sí – anima con su autoridad de dueño de la casa – pónganse cómodos, señores, que están en su casa.

El alcalde parece despertar de pronto, al conjuro de la presencia activa de su superior jerárquico. Se inclina, hablando con suma gravedad:

– Don Tomás me hablaba de los lobos.

Los ojos del joyero se animan con un relámpago. El cura tuerce la boca contrariado, con una mirada de reconvención al indiscreto. Don Creso aguza el oído ante tan extraña frase, que despierta sin embargo en él ciertos ecos.

– ¡Ah¡ –  exclama, dirigiéndose a don Tomás con interés –  ¿Es que es usted aficionado a la caza, señor párroco?.

– No, que va – replica éste, tragando saliva con esfuerzo y tratando en vano de sonreír – se trata de la Organización. El Opus.

– ¿Es que piensas entrar, Paco? – pregunta Román, asaeteándolo con los ojos.

El alcalde lamenta de súbito haberse metido en semejante berenjenal par huir de la pejiguera del cura.

– ¡Hombre, yo…¡ –  dice, medio ahogándose en su nerviosismo – la verdad… en fin, no comprendo muy bien eso, tendría que enterarme, no sé…

El cura le interrumpe con brusquedad, tratando de desviar en lo posible el escabroso tema:

– Don Francisco, en fin… Eso habría que hablarlo más despacio porque la verdad, no es esta la ocasión ni mucho menos. Aunque yo mismo la hay iniciado…

Chango alza de pronto un índice autoritario, mientras le brillan maliciosas las pupilas.

– Apúntelo usted, don Tomás. Yo conozco al señor y respondo de él. Ya le diré yo lo que tiene que hacer.

– Bueno… – El alcalde, acorralado por su superior, gira frenéticamente sus ojos ante las divertidas sonrisas de los otros – apúnteme usted, pero la verdad, no sé… no sé…

El comandante Recuera ha escuchado sus últimas palabras. Entre sus dedos enarbola triunfalmente un puro, extraído de una de las providenciales cajas abiertas sobre la mesa. Es un hombre de unos cuarenta años, de ojos negros y vivos. Las guías de su bigote, muy pronunciadas, son unos de los soportes donde en Laverna se han colgado muchas esperanzas de niñas casaderas, a pesar de la fama de solterón juerguista que goza el comandante.

– ¿De qué se trata, señores? – pregunta con amabilidad, mientras enciende golosamente el puro –  ¿es que todavía duran las suscripciones para la peana de San Antonio?.

– ¡Je¡ –  Román estalla en una brusca risotada – se trata de otra clase de enganche.

– Le hace a usted la competencia – advierte don Creso, regodeándose ante la perspectiva que vislumbra – está reclutando

El comandante se deja caer apoyando un codo sobre la esquina de la mesa, interesado ante lo que presiente divertido acertijo.

– A ver, a ver… ¿Quién me explica eso?.

– ¡Por favor, señores¡ –  El cura se remueve nerviosamente en la silla, dirigiendo en torno temerosas ojeadas – que no se trata de un juego, vamos…

– ¿Quién le ha dicho a usted que no? – el gobernador se inclina mucho hacia delante, regocijado de ojos –  ¡Venga, venga, don Tomás¡. Desembuche usted al amigo Recuera. Estamos en familia ¡qué caramba¡. Las ocasiones hay que cogerlas por los pelos.

El párroco tiene un brusco carraspeo, mientras se agita intranquilo en su silla. Empuja de ponto su cabeza al centro del círculo, hablando muy bajo:

– Se trata del Opus.

El cuerpo del militar se envara de súbito. Su boca, torcida en una brusca contracción, traga saliva con esfuerzo que trata de disimular.

– ¡Ah, ya¡ –  exclama, ensayando una sonrisa –  ¡qué interesante, vaya¡.

– ¡Qué¡ –  los ojos felinamente alertas de Román estudian su cara –  ¿no le apetece mejor ser lobo que cordero?.

– ¡Ya lo creo¡ –  exclama Recuera calurosamente, irguiéndose en toda su estatura. La sonrisa brilla entre sus labios húmedos, pero los dientes blancos amenazan quebrar la boca del puro, mientras sus dedos giran inquietos en torno a la oscura superficie – me parece de perlas, ya digo… pero…ejem – carraspea con fuerza, acentuando más su sonrisa – vamos… en confianza, señores, también me gustan otras cosas… Todavía, la verdad…

– ¡Ah¡ –  Don Creso suelta una risotada algo despectiva – usted no quiere cortarse la coleta ¡vaya¡.

El comandante enrojece un poco, mientras chupa del puro con su eterna sonrisa forzada.

– Con franqueza, señores… La verdad, es una Organización muy bonita, y…

El gobernador le interrumpe con brusquedad, riendo.

– Hecho, don Tomás. Ya tiene usted otro en el saco.

– Don Creso, que no se trata de un juego… – suplica el cura.

– Si ya lo sé, ya digo – apunta el otro con naturalidad – pero lo que yo digo, hay que echarse “palante”. Si no… ¿Dónde hace usted el reclutamiento?.

– Bueno – tercia Recuera, sonriendo siempre aunque las quijadas empiezan a dolerle – lo dejaremos para otro día, ¿no, don Tomás?.

– Que la ocasión la pintan calva – arguye Román.

El comandante se echa a reír, soltando una bocanada mientras da un paso de retroceso.

– Bueno, señores, voy a ver si las señoras necesitan algo – explicada con embarazada calma – Porque ¡caramba¡ –  agrega con una galante inclinación – está aquí la flor y nata… Con que dicho – da un segundo paso, dejando escapar un suspiro de alivio – hasta luego, señores.

– Adiós, Recuera.

El cura frunce los labios, decepcionado.

– Es el ejército – murmura – demasiada sangre…

El joyero le da una palmada en la espalda.

– De sesenta para arriba, sí. A ése le faltan veinte lo menos, todavía moja lo suyo. No se le piden peras al olmo.

Don Tomás se engresca de ponto como un gallo de pelea.

– Pues otros más jóvenes han entrado – dice con energía – militares, digo… ya lo creo que han entrado. Y de todas las profesiones.

– Ya, ya… – le corta Chango, molesto por la salida y sin hacerle mucho caso. Hay un momento de silencio que él aprovecha para seguir rumiando una idea fija – Pepe – se inclina hacia su amigo –  ¿Por qué no llamas a don Pedro?. Tengo ganas de conocerlo. Nunca he hablado con él.

El joyero se queda mirándolo indecisamente unos momentos.

– Como quieras, Creso. Pero con éste – advierte levantando el índice – nada de Opus ¿entendido?.

Los demás asienten sin rechistar. Román se yergue en su sillón, despatarrado.

– ¡Don Pedro¡ –  llama, reprochando con una ancha sonrisa –  ¡pero qué lejos se me ha ido usted¡. ¿Es que no le apetece tomarse una copa con los amigos?.

Duarte levanta la cabeza, fijando sus ojos sobre el grupo con aire indefinible.

– ¿Por qué no, amigo Román? – le contesta sonriendo también, pero con la voz algo forzada. Susurra mientras se levanta – ven conmigo, Felipe. No me gusta nada ese grupito.

– Lo trae – dice en voz baja el joyero – no me gusta nada el otro.

– ¿Por…? – Chango interroga sin mover apenas los labios –  ¿Qué tienes contra él?.

– Nada, no sé, no me gusta. El sexto sentido.

– El amigo Rozas también tomará una copa – explica don Pedro – estábamos hablando y…

– No faltaba más – dice Román con calor –  ¿Y qué? Hablando de la tienda, seguro…

– Justo – El viejo lo mira con irónicos ojos abiertos. ¿Cómo lo ha adivinado?.

Román, prefiriendo pasar por alto la alusión, le responde con gravedad:

– Por nada, es tema. Voy a presentarles. Don Pedro Duarte, dueño de los Grandes Almacenes. Bueno, aquí ya lo sabe, el señor Gobernador… Aquí se le trata de usted… Y por otro lado, el señor Rozas, segundo de a bordo…

Los saludos concluyen con una ampliación de las sillas que forman el corro. Román ofrece copas a los nuevos contertulios.

– He oído hablar mucho de los Grandes Almacenes – dice cordial don Creso – son muy conocidos.

– Son ochenta años – dice sobriamente don Pedro, paladeando el coñac.

– Fundado por su…

– Mi padre. 1870. Yo lo cogí el 95.

– ¡Caramba¡ –  el gobernador exhibe una amable sorpresa – casi sesenta años.

– Eso mismo. ¿Un cigarro?.

Don Pedro ofrece de su pitillera. Chango se dirige a Rozas con acogedora cortesía:

.Usted… también en la tienda… bueno… – se interrumpe, mirando a su alrededor en busca de un asentimiento – creo que por antonomasia la llaman así ¿no. Señores?.

– Sí – le contesta don pedro – Rozas es mi segundo, mi mejor hombre.

– José es inteligente – dice Román sin mirarlo, mientras masca su puro.

El viejo baja la cabeza con un cigarro entre los labios. Enciende con tranquilidad, pero el mechero tiembla un segundo en sus manos.

– Sí, el día de mañana puede seguir con ella – sus ojos se aprietan en un relámpago de reto –  ¿Por qué no?.

– O quizá Eduardo – apunta suavemente el joyero – o Miguel ¿no?.

Rozas lo mira con fijeza, hablando con voz seca y tensa:

– Don Pedro está por ahora contento de llevarla.

– ¡Y por muchos años¡ –  le contesta el otro, moviendo aprobador la cabeza – lo que hay que ver lo trabajada que se la tiene usted. ¡Hay que ver lo que usted ha sudado allí¡ ¿Eh, don Pedro?.

Este lo mira con profundos ojos serios.

– Ella se lo merece ¿no cree?.

– ¡Ya lo creo¡ –  contesta Román con calor – tú la conoces ¿no, Creso?.

– Sí, he pasado unas cuantas veces por allí.

– ¡Es la mejor de Laverna¡ –  interviene apasionadamente don Tomás – y que muchas de otras ciudades más importantes.

– Pues yo tengo la impresión de que don Pedro un día, quizá muy pronto, nos dará una sorpresa – comenta Chango. Su mirada ha revoloteado un segundo por la cara de Román, que se contrae ligeramente – son ya muchos años y hay que buscarse el merecido descanso… Toda la vida bregando con la tienda… ¡hay que ver lo que supone eso¡.

Duarte se repantiga despacio en su sillón, sintiéndose terriblemente incómodo.

– No, yo no dejaré la tienda mientras viva – dice con firmeza – y cuando muera quiero dejarla en buenas manos.

– ¿Sus hijos? – insinúa el gobernador.

Don Pedro suelta una bocanada de humo, mientras coge su copa con mano algo temblorosa.

– Es probable – dice muy bajo.

– No le gustaría venderla ¿verdad? – la voz de don Creso es de una suavidad de terciopelo.

El dueño de la tienda, más repuesto, bebe tranquilo un sorbo.

– No, la tienda es algo mío – dice, con una expresión que no admite réplica.

Chango asiente con una media sonrisa aprobatoria.

– La tienda es algo consustancial con don Pedro – interviene Rozas – sería inútil pretender separarlos – sus ojos se fijan en Román, reflejando una instantánea dureza, que se transforma enseguida en una finura amable – tan inútil como intentar separar dos buenos… amigos.

Su gesto indica con gentileza al gobernador y al joyero, pero su sonrisa está llena de significados. Román se ha echado bruscamente hacia atrás, sorprendido ante la inesperada arremetida. Don Creso estudia un largo momento la apacible cara de rozas, dejando caer sus párpados con un mudo asentimiento sobre sus ojos ahuevados y estriados de rojo.

– ¿Estuvo usted en la ofensiva del Ebro? – pregunta de pronto con aparente indiferencia.

El brusco cambio de tema crea una atmósfera tensa, que resuelve don Pedro con una rápida respuesta.

– No – dice con seguridad – Él estuvo aquí toda la guerra.

– Excepto un corto período en la zona republicana – dice el apoderado con sencillez – unos diez meses.

– ¡Caramba¡ –  exclama Román – no tan corto. ¿Y… qué tal la zona… “republicana”?

– Bien.

– ¡Ajá¡ –  el gobernador se mira las uñas, muy interesado – era simpático Manolo Azaña ¿no?.

– Mucho – replica Rozas tranquilo – los periódicos lo decían. Un buen conductor.

– Demasiado… avanzado – Román mueve crítico la cabeza – no sé qué habría pasado si no llegamos a tiempo.

Don Tomás interviene, súbitamente enérgico:

– La victoria nacional vino a acabar con muchas injusticias. Iglesias quemadas, muchos compañeros asesinados…

La frase, entrando en la conversación con un ímpetu nuevo, crea el vacío de un molesto silencio, que resuelve Rozas con su voz grave y segura:

– Usted lo ha dicho, señor párroco – replica, mirándolo muy fijo – muchos hombres asesinados. Y un gran fanatismo. La misión de amor de la Iglesia española tuvo su más alta ocasión para manifestarse ¿no está usted de acuerdo conmigo, señor cura?.

– El fanatismo lo hubo por ambas partes – tercia don Francisco. Todos habían olvidado su presencia y lo miran con asombro – se defendían los principios, pero hubo también muchos rencores que encontraron la ocasión de cebarse.

– Los comunistas y los anarquistas hicieron muchas barbaridades – dice don Tomás – la pureza de nuestra religión estuvo en peligro.

– Muchas más cosas lo estuvieron – contesta fríamente el apoderado – sobre la sangre se amontonó la sangre.

– ¿Era usted republicano, Rozas? – Don Creso habla con suavidad, pero un breve rictus le tuerce la boca – naturalmente, como comprenderá, es una pregunta que carece ahora de importancia. Todos en aquel entonces éramos un poco de todo. Yo mismo fui socialista durante unos meses. Pero ahora, afortunadamente, gracias a la vigorosa mano que nos gobierna, el orden está establecido – sus ojos escrutan inquisitivos los rostros que le escuchan –  ¿verdad, señores? – agrega, recargando su voz expresiva.

Todos asienten sin decir palabra, menos Rozas que se yergue en su sillón, hablando con voz clara:

– Yo pertenecía a Izquierda Republicana.

– Pero por poco tiempo – tercia el dueño de la tienda – en la guerra enseguida te viniste para acá. Regresaste el 38, creo.

– Un poco más tarde, don Pedro. Mayo del 39.

– Fue una gloriosísima jornada – comenta don Tomás – comenzó una paz que hacía mucha falta en España.

– ¿Y usted, Rozas, no ha vuelto a ocuparse de política desde entonces?.

– No, don Creso. La política murió para mí el año 36.

– Querrá decir el 39.

– No, en la guerra no se hacía ya política, se hacía sangre.

– ¿Dónde estuvo usted?.

– Recorrí toda España.

– Algún batallón.

– Sí.

El gobernador se recuesta pesadamente en su sillón, entornando los ojos con aire fatigado.

– La guerra es una cosa interesante, a pesar de todo – susurra con una vaga nostalgia –  ¡Preferible a tantas otras…¡. Algo en realidad lleno de vida, aunque terrible si se tiene mucha imaginación. Yo combatí mucho por aquel entonces, tenía vitalidad para rato – sus ojos flotan morosamente sobre las personas y los objetos del salón con una expresión de lejanía – luego lo meten a uno a gobernador y se acaba todo.

– ¡Je¡ –  Tomás se inclina de pronto sobre él con una ancha sonrisa – Querrás decir que empieza.

Chango frunce mucho las cejas. El bigote blanco sobre los labios morados se agita, enseñando los dos dientes en un gesto ligeramente despectivo.

– ¡Oh, mon vieux¡. Tú nunca podrás comprender ciertas cosas – se queda pensativo, bajando la cabeza – sí, es verdad, detrás empieza una nueva época. Ya no se mata en la trinchera.

– Se hace justicia en los tribunales – dice con energía don Tomás.

El gobernador mira al cura con expresión indefinible, haciendo que éste se agite intranquilo en la silla. Hay una pausa densa, donde parecen levantarse recuerdos tumultuosos de viejas luchas y viejos rencores. Don Creso bebe su coñac de un solo trago, volviendo a mirar a don Tomás.

– Sí, señor cura – su rostro es inescrutable, pero una menuda salivilla va escupida entre sus palabras – se restablece en el lugar que le corresponde a la Iglesia de Cristo. Fue nuestro objetivo.

Se echa coñac de nuevo y vuelve a beber. Echa una ojeada a su alrededor y se incorpora de pronto, chasqueando la lengua.

– ¡Eh, oiga, García¡ Tómese una copa con nosotros. Y usted también, Ilustrísimo ¿no les apetece?.

El jefe de policía y el director del Banco General Español interrumpen su conversación, acercándose sonrientes.

– Gracias, don Creso.

– Bueno, creo que aquí todos se conocen – dice éste con desenvoltura – Yo soy en la reunión el único extraño. Todos los demás son de la casa ¿no?.

– ¡Claro¡ –  ríe García – Todos los tengo fichados.

– ¿Es que hay algún indeseable?.

Todos celebran la salida de Chango, pero algunas caras se alargan enseguida.

– A propósito – interviene el gobernador – al veros juntos a los dos me he acordado de una película que ví… hace… Sí, hará más de veinte años. Estaba yo en París pasando unas vacaciones… Pero siéntense, hombre… ¿Qué hacen de pie como dos colegiales?.

El corro se abre y García y don Martel acercan sus sillas. Román le llena dos copas y les ofrece puros.

– ¡Oh, París en aquella época¡ –  exclama don Pedro, con los ojos entrañados de recuerdos – yo hice un viaje antes de la guerra… ¡Algo inolvidable¡ ¡Qué rue de la Paix¡ ¡Qué establecimientos¡ Sedas de Lyon…

– ¡Y el Moulin Rouge¡ –  le interrumpe don Creso –  ¡Y Pigalle¡ ¿Dónde los deja usted?. Buen tiempo aquel, sí señor. Buenas mozas aquellas… Y amables, ya lo creo…

– ¡Hum¡ –  don Tomás frunce mucho los labios – Sí, sí, Francia.. cultura… pero lo que es la moral…

El gobernador lo mira con asombro.

– ¡Pero don Tomás¡ Si allí vamos todos a perder la moral de aquí, aunque sólo sea por una semana…

– No me gusta Francia, don Creso.

Román no puede ocultar su extrañeza.

– ¡Ah¡ ¿Pero usted la conoce?.

– No, es decir… – el cura se aturrulla un poco – personalmente… no, pero he oído… corrupción, libelos… una libertad escandalosa… Mujeres descocadas por la calle…

– ¡Vaya, vaya, señor cura¡ –  Rozas mantiene una ceja irónicamente levantada – usted tiene opiniones muy personales. ¿Qué le gusta entonces? ¿Inglaterra?.

Don Tomás mantiene su obstinado gesto, volviendo la cabeza.

– Tampoco – dice, hincando la palabra – para mí, Alemania, la “Kultur” alemana…

– Hegel, Kant… Bergson… – Rozas se detiene un momento añadiendo – Nietzsche era también alemán…

El sacerdote levanta escandalizado la cabeza.

– ¡Nietzsche, no¡ –  barbota con irritación, con el rostro súbitamente congestionado –  ¡Nietzsche, no¡ –  barbota con irritación, con el rostro súbitamente congestionado –  ¡Nietzsche, no¡ ¡De ninguna manera¡

– ¿Es que Nietzsche no tiene acaso su lugar en la “Kultur” alemana? – interroga Rozas con suavidad.

El otro lo mira con furiosos ojos.

– ¡No, Nietzsche, no¡ ¡Un descreído¡.

– ¿No cree usted – replica Rozas sin alterarse – que Nietzsche creía en Dios de una forma que usted nunca podría llegar a creer?.

El cura le echa una mirada feroz. Coge nerviosamente un puro de la mesa y lo enciende con mano temblorosa de coraje. Los otros miran divertidos como aspira una excesiva bocanada, que le produce un brutal acceso de tos.

– Bueno – replica al cabo de unos instantes, encontrándose algo más sosegado, aunque con el rostro cuajado aún de moretones – yo considero en la “Kultur” alemana todos los que usted dijo antes. Menos Nietzsche.

– Bergson era francés – arguye Rozas, manteniendo su mirada dura y su voz clara y cortante.

– Bueno, bueno… – el otro desvía la cabeza, confundido – en fin, cultura… lo que se dice cultura…

– ¿Hitler… quizá?.

El párroco encuentra una airosa escapada. Habla ya con voz segura, con los ojos muy brillantes.

– Un gran hombre. Enérgico.

– Ya. ¿Un predestinado de la historia?.

– Sí, eso es… le falló…

– ¿Qué?.

El sacerdote mira al apoderado, que lo vigila con ojos penetrantes. Se calla de pronto, encogiendo los hombros.

– Es historia.

– Bueno, don Creso. ¿Qué es lo que nos iba usted a decir sobre los dos?.

Don Martel aguarda interesado, después de su pregunta. García bebe, esperando también con curiosidad.

– Nada, señores – replica el gobernador, sin concederle importancia a la cosa – no creo que a estas alturas sea ya interesante. Y además no recuerdo bien. No me quedo nunca con los títulos de las películas ¡vaya¡.

– Pero – insiste García – usted se ha referido a un detalle concreto. ¿Es que había en la película dos personajes…?. En fin…

– No, no eran dos personajes – Chango se rasca delicadamente el cabello con el meñique – salía un chiflado, creo… Un anarquista que lo quería poner todo patas arriba. Decía muchas chaladuras, pero a veces soltaba cosas que se le quedaban a uno dentro. Y vosotros, al veros juntos, me lo ha hecho recordar…

– ¿Qué frase era? – pregunta don Martel –  ¿Es que no la recuerda?.

– Pues sí – los ojos cargados del gobernador indican que el coñac de Román tiene buena graduación. Se lleva el puro a la boca y muy despacio deja salir una bocanada de humo. Todos le aguardan con disimulada impaciencia.

– Vamos, Creso… – le anima Román.

Chango mira a García y después a don Martel.

– Al fin y al cabo – dice, haciendo un ademán como quien le da lo mismo – la frase era: “Un antiguo jefe de policía hará siempre un buen director de banca”.

Suelta una nueva bocanada, que estalla súbitamente en el silencio absoluto que ha seguido a su respuesta. El primero en reír es el banquero, pero un ligero rojo que no es debido al licor se extiende por su cara, mientras fuma más aprisa. Los demás celebran regocijadamente la frase, mientras García se inclina.

– Debe entenderlo como un cumplido ¿no?.

Don Creso se levanta, aplastando el puro contra el cenicero.

– Tómelo como quiera, García – dice, dirigiéndose a la puerta – yo voy a hacer aguas.

– ¿Se marcha usted ya, don Creso?.

Don Eloy Calasanz ha detenido al gobernador cerca de la puerta. El director de “La Estafeta de Laverna” es un hombre bajo, de pelo planchado y ojos diminutos. Aparenta unos cuarenta y cinco años y su forma de enfocar los artículos de fondo complace sobremanera a las clases oficialmente cultas de la ciudad.

– No – le responde Chango – voy al water. ¿Quieres usted algo?.

– Del water precisamente, no

– ¡Ah, perdone¡ –  exclama el otro, echándose a reír –  ¿Alguna noticia?.

– Sí, pero muy personal. Me agradaría insertar mañana una nota sobre las alteraciones en el personal de la Diputación. Los jaleíllos esos que corren…

Don Creso hace un gesto de indiferencia.

– ¿Para qué hombre?. Ponga usted lo de siempre. Ya sabe usted la táctica a seguir.

– ¿Palo y tentetieso?.

El gobernador suelta una risotada brutal.

– No, ahora ha variado. Tentetieso y palo. Bueno… – avanza un paso con impaciencia – perdone, pero esto no aguanta.

– Hasta ahora, don Creso.

Cuando vuelve a la reunión, don Francisco, arrastrando mucho los pies, es el primero en levantarse.

– Bueno, mi señora y mi hija me estarán esperando.

– ¿Qué hora es? – pregunta Chango.

– Las ocho.

– ¡Caray¡ Y la boda fue a las cuatro. Dentro de media hora nos vamos a Cádiz. Mi chofer estará abajo ¿no?.

Todos se van despidiendo, dejando solos a don Creso con el dueño de la casa.

– Bueno ¿qué te han parecido?.

El gobernador hace una mueca.

– Que hay de todo. El cura es un chufla. Pero ese rozas… demasiado despabilado.. Hay que vigilar mucho aquí.

– García no es tonto. Y nadie dice esta boca es mía.

– ¡Hum¡ Donde menos se piensa… No me gusta nada ese Rozas. Demasiada personalidad.

– Pues no hay por donde pescarlo.

– Ya veremos… Eso de que no hay por donde pescarlo… ¡Imaginación, querido, un poco de imaginación¡ Con la imaginación se llega lejos.

– Y… ¡ El joyero hace ademán de zurrar.

– ¡Ajá¡ –  aprueba expresivo Chango – con eso, también.

Se deja caer de nuevo en la butaca y apura complacidamente su copa, eligiendo un nuevo puro.

– Charlemos, hombre, charlemos… tengo ganas de que emprendamos algo juntos. Hace tiempo que no movemos un dedo.

– Los tiempos han variado, Creso.

– Y el temple.

Ya sabes que no es verdad.

El otro le pone una mano en el hombro.

– Era una broma, muchacho. Ya sé que sigues tan jabato como antes.

– Podríamos…

– ¡Pepe¡ –  El Puma irrumpe de pronto en la sala, seguido de Cifuentes, que viene detrás de él con piernas rígidas que presienten ya las inevitables camballadas –  ¿Has visto por aquí…? ¡Ah, perdona¡ –  exclama, disculpándose – como vi tanta gente que salía, creí que te habías quedado solo – se vuelve de súbito a Chango, hablándole con tono de admiración –  ¡Don Creso, qué bien nos ha presidido usted¡ Su brindis ha sido sensacional.

Paco se acerca a la mesa y levantando en alto una copa vacía, simula gravemente el brindis de Chango.

– Por la felicidad de los novios en el marco de la nueva España y porque le nazcan a Román unos nietos que sean fieles seguidores de su brillante carrera – se lleva de pronto las manos a la boca, tratando de contener las carcajadas que estremecen todo su cuerpo –  ¡Formidable, don Creso, formidable¡ ¡Digo que formidable¡.

Chango y el Puma se echan también a reír, pero Román permanece con las cejas muy fruncidas.

– Mira, Paco – dice, con acento duro – haz el favor de ir a cachondearte de la estatua de Martínez Campos. Lo que es aquí menos broma.

– Pero ¿qué te pasa, Pepe? – Paco pone un gesto compungido – hoy que estás en el prólogo de la abuelancia, que toda la casa reluce como una patena, que has conseguido casar a tu hija con un majo de bombo y platillo… ¿Qué más quieres? ¡Alegría, alegría¡ –  grita, dando saltos por la habitación, que milagrosamente no le hacen resbalar al suelo.

Todos corean su actuación con una carcajada.

– ¡Cállate, malasombra¡ –  le reconviene el Puma – inaguantable ¿eh¿ –  pero su rostro embobado lo desmiento.

Cifuentes, en el centro del salón, asume postura de actor, dando de vez en cuando una camballada sobre sus vacilantes pies.

– En la vida hace falta alegría, ¡alegría¡. Todo el mundo se aburre y encuentra ingrata la vida, Pepe. Y eres tú el que me pides que me ciña a la realidad, que es tan fea y tan tonta como las hijas de los ricos. Tú eres el que me pides eso – lo señala acusadoramente – tú nada menos, ilustre abuelo de nietos ilustrísimos que darán lustre a tu propia insigne. La dinastía de Román, y romana por lo tanto, se inicia con don Pepe I, sigue con Carmencita, y en breve la buena moza dará al sol brillante de Laverna unos vástagos llorones que de seguro se llamarán Román de primero y Rivera de segundo, para conservar la casta. Pero el padre le pone en la canastilla el título de conde de Villahoja y el abuelo revienta de gozo en la joyería de la calle Lonja.

– No hay que hacerle caso – Román se recuesta en su silla con resignación, apoyando su cabeza sobre el puño – está borracho perdido.

Paco se le acerca, extendiendo su acusador índice.

– Tú lo has dicho, majo, es cuando estoy en forma. Como que llevo la bodega de Río Viejo en la barriga – se da pronto una palmada en la frente – Oye, muchacho, otra cosa que se me olvidaba… Alguien me dijo algo para que te lo soplara con delicadeza al oído. Tú sabes que ése es mi oficio. Y me dio dinerito fresco. ¡Mira¡.

Saca del bolsillo dos arrugados billetes de quinientas pesetas y los agita delante de sus asombrados ojos.

– Este es el precio a mis honradas intenciones. Me dicen algo a la oreja, aflojan la mosca y yo suelto la bomba. Pero ahora no me acuerdo de lo que tengo que decir. Ya te lo diré otro día…

Se guarda los billetes, mirando de pronto a don Creso como si lo viera por primera vez. Se loe pone delante y lo señala repetidamente con el dedo sin decir nada. Los otros le miran con estupor y la sonrisa regocijada de don Creso se borra de su boca como por encanto.

– ¡Ah, señor gobernador¡. Vuecencia Ilustrísima es un hombre feliz. No tiene más que mandar y todo el mundo boca abajo. ¡Cuánta felicidad reparte Vuecencia por el mundo, ciudades y campiñas incluidas¡ ¿Qué a Fulanito le hace falta esto?. Pues lo otro. ¡Y cuánto gozo proporciona ser feliz¡. Bueno, he dicho una perogrullada, pero digo tantas… Usted me disculpa, señor gobernador, pero hoy es un gran día para mí, porque el amigo Román es muy feliz. Ha casado a su hija con un conde arruinado y eso vuelve tarumba a cualquiera. El conde repinta sus blasones y Román dora su parné… ¿A usted qué le parece, señor gobernador?… Todo el mundo es feliz aquí. Allí están todos como cubas y juegan al escondite. Figúrese usted lo que pasará… ¡Ja, ja¡. ¿No quiere usted jugar al escondite, señor gobernador?. Podría usted toparse con cada moza que está pimpando por lo que usted sabe… ¡Viva Laverna, cuna de la cultura y de los buenos modos¡

– Buena la has cogido, amigo – el Puma lo agarra del brazo y trata de arrastrarlo hasta el jardín – a ver si te despejas ahí fuera.

Cifuentes se deja llevar dando traspiés, pero al llegar a la puerta se agarra a ella con todas sus fuerzas, gritando:

– ¡Vayan ustedes, señores¡. ¡Verán lo que es bueno, ja, ja¡. Román y don Creso pasan al salón de donde ha desaparecido la mayor parte de los invitados. Repartidos por la estancia se encuentran doña Elisa, la dueña de la casa, Torres, la condesa de Cerro– cristo, la Uriarte, la Guiraldez y la Ibarragómez, con cuatro o cinco personas más. La conversación se mantiene animada a base de chistes.

Doña Elisa sale a su encuentro. Es una señora gruesa, de papada abacial y movimientos que trata de hacer distinguidos. Es muy popular en los círculos religiosos de Laverna, pues su carnet de novenas se encuentra siempre su laborioso concurso.

– ¡Don Creso, qué lástima que su señora no haya podido venir¡ ¿Y es grave lo que tiene?

– No, señora – contesta imperturbable el gobernador – el periodo que no le ha salido bien.

– ¡Jesús, don Creso¡ –  ella le pone una mano en el hombro, soltando una risita escandalizada –  ¡qué cosas tiene usted¡.

– ¿Por qué, Elisa? – le interroga Román, procurando ponerse a todo –  ¿es que a ti no te ha pasado?.

Ella lo mira con las cejas muy juntas soltando a continuación su risita.

– ¡Por Dios, Pepe¡ ¿tú también? ¡Jesús, estos hombres son el acabose¡

Ellos se miran. Doña Elisa marcha delante de ellos consciente de su importancia ante los demás invitados.

– Vengan por aquí. Los jóvenes están jugando.

– ¿Al escondite?

– Pregunta don Creso muy serio.

Ella se detiene, mirándolo con sorpresa.

– Justamente ¿lo sabía?. Es un juego muy divertido.

Juanjo atraviesa la pieza en aquel momento. Al pasar a la altura del grupo, da un ligero traspiés –  ¿qué haces, Juanjo? – pregunta el joyero.

– Estoy jugando.

– ¿Al escondite también, eh?

– ¡Claro¡ –  el joven lo agarra por el brazo atrayéndole a un lado, sin cuidarse para nada de los otros, que lo observan con curiosidad – oye, Pepe ¿me puedes dejar dos mil pesetas?.

El joyero vuelve la cabeza al sentir la bofetada de vino.

– Ya van muchas.

– ¿Qué importa?. Ya sabes que estamos forrados. ¿Cuándo te veo?.

Román piensa un momento – después, a las diez, en mi despacho.

– ¿Qué hora es ahora?.

– Las ocho y media.

– Bueno, yo creo que esto durará todavía. Con el cachondeo que hay…

– En el despacho te espero.

– En ti confío.

– Descuida.

El muchacho se aleja, atravesando el comedor y cruzando junto a la escalera que conduce al segundo.

– ¡Chist¡ ¡Juanjo¡

Detrás de una enorme pilistra, oculta tras un alto macetero en triángulo, la Cisniega le hace señas. El hueco de la escalera proyecta una favorecedora penumbra.

– ¿Adonde vas?

– A buscaros – contesta Juanjo, acercándose.

– ¡Vaya¡

– Pero me quedo aquí contigo – dice, intentando entrar de costado.

– ¡Pero si no hay apenas sitio…¡

– No, pero apretándose bien… Ya verás, ya verás…

– Bueno, pero nos van a ver.

– ¡Qué va, mujer¡ Lo que yo digo, apretándose…

– Pero no hagas ruido… Bueno, ¿pero te vas a estar quieto?.

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