TORRE DE VIENTO

– ¡Derecha¡ –  grita el capataz –  ¡Vamos, bien¡.

Se acerca a la delantera del Paso y repica una vez. Los costaleros se detienen. Repica de nuevo. Como un solo hombre, el Paso baja y queda apontocado en el suelo, delante de la Catedral.

La Semana Santa lleva ya tres días en Laverna. El cristo de la Vega, siguiendo la inmemorial tradición, entra a su casa en Martes Santo. El imponente edificio, pétrea masa de cuadrada arquitectura, tiene ya sus puertas abiertas ante la cruz de guía. La fila de penitentes negros se extiende desde la plazoleta superior y describe una curva por la derecha para tomar la escalera lateral y descender hasta la plaza. En la Plaza de las Damas la gente lo inunda todo, desde el rellano de arriba hasta la explanada de abajo, pasando por los chiquillos que montan la balaustrada de piedra. Para el paso de penitentes queda sólo un estrecho camino de culebra, que va cerrándose detrás de los guardias municipales que forman la escolta del Cristo. La noche está iluminada de cirios, de olor a incienso, de estrellas pálidas que parpadean en el cielo negro.

La plaza, abierta por todos lados, es amplia, generosa, difusa. Sólo un murallón de casa cierra por la parte derecha, donde balcones abarrotados de gente se apretujan de supersticiosas vivencias. El capataz da la orden y el Paso, lentamente, como un solemne estandarte que pregonara antiguas victorias de la fe, se pone en marcha torciendo a la izquierda y montando la cuesta que lleva al primer rellano. El rosario de penitentes ya ha iniciado la marcha. Entre la masa oscilante de gente, que se empuja para ver, se oye un denso murmullo.

– ¡Callarse, que va a cantar¡.

– ¡Es la Marlena¡.

– ¡Dicen que la pagan¡.

– ¡Mentira, es su Cristo¡–

Un río de ojos se lanza al cierro central del murallón. Una mujer, en el medio, abre de pronto la mano derecha y se pone a cantar. El capataz detiene el Paso en la plataforma.

– ¿Quién me presta una escalera…?

            Andrés está justo delante del Paso. No ve la cara de la Marlena, pero atina sus gestos a través de la máscara. Un silencio súbito bate sus alas en la plaza inmensa. La voz de la Marlena trenza el aire con un escalofrío tembloroso. La saeta, ha empezado.

Andrés se queda escuchando, con el cuerpo tenso. Bajo la negra tela que la cubre, su boca se abre, hambrienta de aquel sabor castizamente popular. Aquello es algo que está muy lejos de la cerrada atmósfera de sacristía beata que se respira en algunas iglesias de Laverna. Aquello es algo que le sabe más bien a expresión de una danza que a manifestación de una fe, a espíritu vibrante del pueblo que a excrecencia lírica de unos conceptos de moral a los que se siente totalmente extraño. El, por su parte, hace tiempo que no siente, o quizá no ha sentido nunca la fe. Ir a la Iglesia, escuchar lo que allí dicen, rezar, ir a misa, ¿qué significa en verdad todo eso?. Cuantas veces ha ido, ha hecho esfuerzos por sentir emoción y a veces lo ha conseguido. Pero él sabe perfectamente que la emoción religiosa sólo la ha sentido a través del calor humano, jamás de forma directa. Cuando ha ido a la iglesia par sentir algo por su propia vena, por su propia arteria, por su propio corazón, ha salido defraudado. Pero cuando ha hablado con algún sacerdote de verdad, no con don Tomás desde luego, pero sí con don Anselmo, o ha visto algún hombre canoso arrodillarse a implorar con las manos apretadas, alguna muchacha de ojos limpios caminar a la comunión o alguna campesina renegrida alzar hacia un altar la cabeza envuelta en un pañolón negro, entonces, entonces sí ha sentido, ha sentido de verdad. Ha sabido que allí había algo, no sabía qué. Ahora, la saeta, fuerza vibrando de la entraña de un pueblo, le produce lo mismo.

– ¿Y si todo fuera mentira?. ¿Y si una mentira se hiciera verdad si un pueblo durante siglos la ha fecundado con lágrimas, con creencias, con dolor?. ¿Es que una intensa fuerza espiritual no puede crear en la nada misma, no puede inventar un mundo extraño y futuro cuando no le satisface aquél en que vive?. ¿Y si el origen de todo fuera simplemente el Dolor, el irremediable Dolor del mundo reventando caudaloso entre sus valvas gigantes y buscando frenéticamente un consuelo en otra vida mejor?. Y por otra parte, ¿es que no tiene una auténtica grandeza el reconocimiento de que detrás de nosotros, detrás de nuestras huellas, vendrá sólo un poco de viento y ya no existirá nada, absolutamente nada de un hombre que se movió, que sintió, que creó, que vivió, que murió finalmente, nada de su carne, de su espíritu, de su sangre?. Pero ahora es mejor no pensar, sino sentir lo que dice aquella mujer con su voz de estaño fundido. Ella habla de un hombre al que hace dos mil años mataron unos judíos. Y lo dice poniendo alma y sangre en la saeta, corazón y entraña viva. Y el pueblo, la gente que lo rodea, contesta con un ¡ole¡ sentido cuando ella termina.

El Paso reemprende la marcha, subiendo trabajosamente las dos cuestas que faltan. Cuando se detiene ante la gran boca de la puerta forrada de hierro, todo el mundo se estremece de júbilo pirotécnico. Es la entrada del Cristo de la Vega, la mejor entrada de todas las cofradías, se dice que mejor que la del Cachorro del Sevilla. Los grandes arcos superiores del edificio, central y laterales, se han llenado de luces, que bajan hasta las puertas correspondientes. Al otro lado de la calle, pegado al murallón, la torre del campanario está también cuajada de luminarias.

El primer cohete asciende veloz hasta el cielo y estalla iluminándolo con una luz violada. Luego viene el segundo, también solitario. Enseguida parten dos más, como dos caballeros que se disputaran una estrella. Pero uno de ellos se parte en el camino, con una luz débil y un ruido pobre. El otro asciende de magnífico y estalla rotundo, iluminando con su anaranjado fuego un vasto espacio. Luego es ya una serie ininterrumpida de bengalas que partiendo de los arcos y las torres del campanario atruenan la noche, cuajándola de colores.

Las campanas de la Catedral empiezan a voltear. Con una serie constante de traquidos empiezan a consumirse los propios arcos voltaicos, la propia geometría incandescente de la torre. Es la entrada del Cristo. Este resplandece entre nubes de humo y de luces. La plaza y el cielo se iluminan como si fuera de día. La masa negra de gente se deslía en colores, con los cohetes consumiéndose a un ritmo frenético. Las grandes puertas del templo cobijan al Cristo, escoltado por su guardia de municipales. Poco a poco, los arcos y la torres del campanario van entrando en la oscuridad, al consumirse las últimas bengalas. El gran aguafuerte religiosos ha terminado.

El Cruçisto es colocado en un rincón lateral de la nave derecha. Los cargadores salen de entre las cortinas de abajo, estirándose y resoplando con fatiga. La masa de hombres sudorosos es conducida a una destartalada pieza contigua. Cada uno lleva en su mano el cojín cabezal.

– ¡Bravillo¡ – exclama el Mojino, acercándose –  ¿fuerte?.

El otro lo mira y se tienta el ancho pecho.

– Como un toro, ¿y tú?.

– Bien – le contesta el Mojino, buscando con la vista –  ¿y el Seras?.

– Allá está.

– Vamos a comer.

Cada uno coge su piscolabis, que va entregando el sacristán de un enorme cesto que hay en el rincón. Los hombres se desparraman, sentándose en el suelo o sobre los dos escalones que parten la inmensa sala de dos trozos desiguales. En tiempos hubo allí un altar, ahora vacío.

– ¿Lo has visto? – pregunta el Seras, acomodándose al lado de los otros.

– Sí – el Bravillo, navaja en mano, corta su pan con tranquilidad – no se me escapa.

– Después, ya en la calle – dice el Mojino.

– ¡Callarse ya, coño¡.

Los tres hacen grupo en un rincón. Poco a poco van entrando penitentes que se juntan en la otra mitad de la sala. Se quitan los capirotes y los dejan caer sobre la pared junto con los cirios medio consumidos, que exhalan un olor penetrante. Andrés ve a Álvaro y se acerca a él, llevando el cap0uchón en la mano.

– ¡Fíjate¡ –  dice éste.

– ¿Qué pasa?.

– Don Miguel, el Puma, don Pedro, don José…

– Sí, hombre ¿qué te extraña?. Esta cofradía es de esos.

Álvaro lo mira con asombro.

– ¿Gente gorda?. No lo sabía.

¿Ahora te desayunas?

– Sí… – Álvaro aúpa el capirote, sopesándolo –  ¡Uf¡ Es molesto esto…

– Pues yo no cargo ahora con el capirote y la túnica.

– ¿Qué vas a hacer, entonces?.

– Subo luego a la celda que está arriba, en lo último. No hay nadie y otro día vengo a recogerlos.

– ¡Ah, bueno¡.

Todo el mundo fuma con ansia, llenando poco a poco la sala de humo y de conversaciones. Don Anselmo hace abrir los ventanales, que resultan sin embargo insuficientes dada la numerosa gente allí congregada. La pálida luz de las bombillas suspendidas de los costados da a todo un tinte amarillento, en contraste con las túnicas negras y los fajines de terciopelo morado. Las paredes, desnudas de muebles, son de cantos a líneas cuadradas de cal.

Román abre su boca en círculo y deja escapar un chorrito de humo. La amplia túnica no consigue disimular su vientre, que amenaza estallar bajo el apretado fajín.

– Te has portado, chacho – dice a Miguel, dándole una sonora palmada en la espalda –  ¡Menudo jefe nos ha salido¡.

Este sonríe halagado y se despoja cuidadosamente de la capa de mayordomo, colgándola del bastón de mando, apoyado en la pared. Forman grupo en uno de los rincones con José, Eduardo, Juanjo y don Pedro.

– Es el rey de la cofradía –suelta Juanjo.

Miguel sonríe de nuevo, pleno de euforia.

– No se me da mal la vara, es verdad.

– ¿Qué le pasa a usted, don Pedro? – pregunta Román, acercándose al anciano.

El dueño de los Grandes Almacenes, muy pálido, se ha apoyado en la pared.

– No sé… – dice con fatiga – mucho humo aquí… Un poco de mareo…

– Será mejor que entres en la iglesia, papá – aconseja Eduardo.

– Sí – don Pedro echa a andar, sostenido por Juanjo y José.

– Hay que buscar un poco de agua.

– Sí – asiente Miguel, movilizándose rápido – yo voy a buscar a don Anselmo.

Se dirige de nuevo a la sala. El Bravillo, que estaba a la puerta, se mete dentro velozmente, sin que Miguel llegue a verlo. Todo sigue invadido de gente y de humo. El párroco preside el grupo más numeroso.

– Don Anselmo –Duarte lo llama – perdonen, señores… – lo atrae a un lado – a mi padre le acaba de dar unas fatigas… Un poco de agua le vendría bien…

– Sí, sí – asiente presuroso el cura – vamos arriba. ¡Pobre don Pedro¡. Son muchos años, desde luego…

Miguel lo retiene por el brazo.

– No, no se moleste. Siga usted con ellos… No creo que tenga importancia. Dígame sólo…

– No faltaba más, hombre – le interrumpe don Anselmo con vigor – que a su edad todo tiene importancia. Voy a verlo. No, mejor… – añade, deteniéndose de pronto al llegar a la puerta – Yo voy a buscar a Ferrer para que lo atienda… Lo he visto por aquí. Usted haga el favor de subir por la escalerilla del fondo a la izquierda del altar. En el primer rellano a la derecha hay una puerta grande. Usted la empuja. Es la cocina y allí está Reinalda. Le pide usted agua o… mejor, por señas, porque es algo sorda… Yo no subo porque a mis años me cuesta Dios y ayuda embaularme la escalerita dichosa… Tenga usted cuidao que aquello está oscuro. Esta mañana se fundió la bombilla.

– Bueno, bueno… Usted busque a Ferrer.

Miguel atraviesa la gran nave casi solitaria y dirigiéndose al lugar indicado, empuja la puerta tras la que se inicia la escalera, comenzando a subir. El Bravillo se desliza por detrás y sube a su vez procurando no hacer ruido, pero Duarte lo oye y se vuelve. La oscuridad deja apenas vislumbrar los objetos.

– ¿Es usted, don Anselmo?.

– Sí.

Continúan subiendo unos cuantos escalones. Miguel sube con dificultad a causa de la larga túnica.

– ¿Pero por qué ha venido usted?. No hacía falta…

– Era absolutamente necesario…

La voz del campesino ha resonado profunda en el eco. Duarte se vuelve con sobresalto, deteniéndose junto a la baranda.

Su mirada se esfuerza en taladrar la oscuridad.

– ¿Quién es? – pregunta con voz tensa.

– Siga subiendo.

Las paredes de piedra despiden las voces, que parecen enredarse en los dos hombres. Duarte se busca cerillas en los bolsillos y rascando una, produce una luz temblorosa, que traza vacilante sombras en la pared.

– He preguntado quién es.

– ¿Es que no me conoce usted? – El Bravillo, a dos escalones de distancia, lo mira con sus pequeños ojos entornados. El fósforo se apaga y Miguel enciende otro, que ilumina la cara del jornalero a su lado.

– ¿Qué hace usted aquí?.

El Bravillo se ríe silencioso, con los ojos relucientes de un irónico brillo. Se lleva las manos a la cintura y extrae algo que el hacendado, consumida la cerilla entre sus dedos, no acierta a descubrir. Pero oye un ruido que conoce bien. Ha quemado demasiadas jornadas en el campo para desconocer el ruido de una faca al abrirse. Miguel aprieta la boca con fuerza, sintiéndose de pronto inundado de un sudor frío.

– ¿Qué piensa usted hacer?

– Siga subiendo, por favor.

Miguel nota la punta de la navaja en la espalda, sobre la túnica. Muy despacio, siguen subiendo. Llegan al polvoriento rellano, vagamente iluminado por una línea que se filtra por la rendija de la puerta. El campesino lleva bajo el brazo izquierdo un cirio  medio consumir, que aún despide un ligerísimo olor a quemado.

Es aquí – dice Duarte, tornándose a medias.

Volviendo a colocarse de espaldas, gira la cabeza muy despacio. De pronto, pega un salto y suelta una fuerte patada, pero el Bravillo salta también a un lado, esquivándola por poco. Duarte, a punto de perder el equilibrio, siente que la punta del cuchillo se le hunde en el pecho, al tiempo que una mano de hierro le aprieta el cuello sin piedad. La cara del jornalero está a pocos centímetros de la suya. La quijada le sobresale con dureza y su boca es una sola línea, con los ojos entrecerrados escrutándole malignos.

– Si vuelve usted a hacer un movimiento sin mi permiso, le hundo esto hasta el mango ¿estamos? – Miguel se asfixia, mientras siente que le chorrea por el pecho un hilo viscoso – Ahora va usted a agacharse muy despacio y a coger el cirio y encenderlo ¿oído? – le afloja algo la presión del cuello y el otro puede respirar con más libertad – vamos a seguir subiendo y hay que tener cuidado para que no se rompa la crisma más que quien tenga que rompérsela ¿estamos?. El velón va a llevarlo usted, pero ¡cuidadito¡ –  advierte, con ojos amenazadores – que no le dé a usted por tirármelo a la cara o por apagarlo, porque se encuentra usted con dos palmos de esto en un decir Jesús. Soy más fuerte y más

ágil que usted y además estoy armado. Conque ¡adelante¡.

La subida sigue de ese modo. La luz amarillenta del cirio ilumina la estrecha escalera, que se va retorciendo hasta llegar a la última plataforma. Una fría corriente de aire se cuela por la abierta puerta de la derecha.

– Proteja usted el cirio – ordena el Bravillo, sin perderlo un momento de vista – entre en el cuarto y cierre la ventana. No es cosa de coger una pulmonía a estas alturas.

Su tono es completamente serio. No abandona la espalda de Miguel, que continúa amenazada por la faca. La celda tiene un crucifijo en la pared, una silla de anea y una mesa larga y tosca, junto a la que hay una banqueta de iglesia. Al lado del colchón del fondo, hay un reclinatorio y a la derecha un estante con libros, mal colocados sobre los entrepaños. Todo está cubierto por una fina capa de polvo. El cirio deja resplandecer sobre la habitación una luz amarillenta e indecisa.

– Ponga usted el velón sobre la mesa, haga el favor. Si no se sostiene colóquelo entre la silla y la mesa.

Miguel lo apontoca con cuidado y consigue dejarlo en pie. Está muy pálido, pero sus movimientos son normales. El hilo rojo, corrido hasta la cintura, ha empezado a secarse, formando una delgada costra. El jornalero se apoya en la puerta sin perderlo de vista.

– Ahora va usted a sentarse en la cama y esperar, sin olvidarse de que yo manejo este cuchillito tanto de cerca como de lejos ¿estamos?.

Duarte se deja caer pesadamente sobre el colchón. El campesino se sienta en la silla delante de la puerta, conservándola algo entornada. Saca un cigarro y se acerca a encenderlo en el cirio, que ilumina un segundo su cara impenetrable.

– Si quiere fumar, fume.

Miguel deniega con la cabeza.

– No, gracias, ¿va usted a asesinarme?.

El Bravillo no responde. Suelta una bocanada de humos y mira a un rincón, yendo a sentarse. En su mano conserva la faca abierta, que mueve a la luz del cirio, arrancando fuertes reflejos a la hoja manchada de sangre. La tienta, mirándola fascinado.

– Su sangre – dice en voz muy baja – la sangre de un caballero andaluz. ¡Es roja¡ –  exclama, mientras sus ojos miran asombrados al terrateniente – tenía ganas de verla. Es roja. ¡Increíble¡.

Se oye un ruido de pasos sobre los escalones. El Bravillo se pone de pie y se acerca a la puerta, cerrándola hasta dejar una sola línea.

– ¿Quién?

– Nosotros.

El Seras y el Mojino entran despacio en el cuarto, echando una mirada grave a don Miguel.

– Di acuerdo, muchachos – dice su compañero – todo ha salido bien, mejor de lo que podíamos esperar. Me gusta mucho más esto – indica la estancia con un ademán preciso – aquí estaremos más tranquilos que en ningún lado. Y por casualidad están todos los elementos que nos hacen falta. Parece que Dios nos protege.

– Ya – los músculos de las caras bronceadas permanecen inmutables.

– ¿Quieres que me quede abajo vigilando? – Pregunta el Seras.

– No, no hace falta. Y si te ve cualquiera, se escamaría y le podría dar por subir hasta aquí. Además, esto va a ser más largo de lo que tú te imaginas. Cierra la puerta.

Se adelanta al centro de la habitación y deja el cuchillo sobre la mesa, mientras lo recorre todo con la vista.

– ¡Vaya¡ –  exclama, dejando entrever una mueca satisfecha – Lo que yo decía. No falta nada.

Coge la banqueta y la pega a la pared, frente a la puerta.

– Mojino, coge por ese lado – le señala un extremo de la mesa – Tú, Seras, sostén el cirio mientras cambiamos. Vamos a ponerlo frente a la banqueta.

Sacando del estante unos cuantos libros, los coloca sobre la mesa. Descuelga el crucifijo de la pared y lo asienta de pie entre ellos, asegurando también con algunos volúmenes la estabilidad del cirio. Sitúa después la silla frente al tinglado, a unos tres pasos.

– Usted, don Miguel, aquí – se la señala – Tú, Seras, a la derecha de la banqueta, yo en el centro y tú, Mojino, a mi izquierda.

El terrateniente está muy pálido, pero se sienta cruzando las piernas con tranquilidad. Sobre la costra del pecho fluye de nuevo una línea sangrienta que le llega al fajín. El Bravillo, en el centro de la mesa, dice:

– Si quiere usted quitarse la túnica, puede hacerlo.

– No – dice secamente Miguel, intentando meterse las manos en los bolsillos. La túnica no los tiene y él se limita a cruzarse de brazos.

– Entonces, podemos empezar – dice el jornalero, dejando deslizar con ligera fluencia sus palabras – Don Miguel, usted ya ha visto que esto es un tribunal. Este crucifijo aquí delante es en atención a usted, porque sabemos es católico. De nosotros tres, ninguno es creyente. Siendo tres campesinos, esto va a llamarse por lo tanto, Tribunal del Pueblo. Teniendo el crucifijo, los representamos a todos, creyentes y no creyentes. Se trata de eso, de representarlos a todos.

Miguel se yergue en la silla, con el labio inferior avanzando muy pronunciado:

– Lo que yo me pregunto ¿con qué derecho se me trae aquí a punta de cuchillo ante un tribunal que se da a sí mismo ese nombre?.

El Bravillo cruza las manos sobre la mesa, concentrándose unos momentos. Levanta a continuación la cabeza y mirándolo muy fijo, empieza a hablar con voz tranquila:

– Con el que nos han dado en reunión general mil doscientos trabajadores de cinco pueblos andaluces de las provincias. Contamos además con la autoridad moral que nos da la muerte de Carlos González Fernández, Pedro Roger Rocamora, Sebastián López Álamo, Cayetano González Pedrosa y Rufino Reyes Conde, estos últimos conocidos por el Mochales y el Rufino. Todos son hombres que han muerto mitad de hambre y mitad de pulmonía este invierno pasado cuando trabajaban en “La Guindalilla” durante nueve horas diarias metidos en treinta centímetros de agua. Nos apoyan el hambre de sus viudas e hijos, así como el hambre atrasada de todos los hombres, mujeres y niños que durante diez años han dependido de “La Guindalilla” para vivir.

– No reconozco la validez de este tribunal – exclama Miguel con brusca energía.

El Bravillo se encoge de hombros.

– Discutir la validez de este tribunal, aunque sea cosa de fundamento, es algo que hemos discutido entre nosotros y a lo que se ha llegado a un acuerdo. Naturalmente, nunca podremos esperar que la gente como usted acepte un tribunal erigido por el Pueblo. Es siempre el Pueblo el que se erige a sí mismo en tribunal y juzga, sentencia y ejecuta. Los tribunales en general los nombra el conjunto de la gente del cual forma parte el reo. En este caso la gente es la que pertenece a “La Guindalilla”, que fundada en el derecho natural nos ha elegido a nosotros para el juicio a que se le va a someter.

Duarte frunce de nuevo los labios, pero se calla. El Mojino y el Seras lo escrutan con fijeza, mientras su compañero continúa con voz firme:

– Nosotros seremos su juez, su fiscal y su verdugo, si hay que serlo. Usted será el reo y el defensor. Como yo tengo una facilidad de palabra de que ellos carecen, voy a contar los hechos con brevedad.

Se cruza de brazos, entornando levemente los ojos y levantando el mentón.

– Usted es el dueño de “La Guindalilla”. Ocupa en la buena época, esto es, en la recolección, sesenta hombre. En la época floja, veinte.

Duarte se encrespa de pronto, dejando asomar a sus labios una leve espuma.

– ¿Qué culpa tengo yo de que no haya trabajo para todos? ¿Ni de que los sueldos no sean muy altos en las malas épocas?.

El campesino se queda mirándolo con dureza, bajando sus párpados a continuación. Enseguida hace un ademán apaciguador, tratando de aplacarlo.

– Déjeme ahora hablar a mí, por favor. Luego le tocará a usted. Las cosas hay que presentarlas por su orden. El invierno pasado empleó usted veintidós hombres en “El Pantanillo”, que trabajaron durante tres semanas con treinta y treinta y cinco centímetros de agua. Se le hizo ver por estos hombre, yo personalmente, que en esas condiciones era imposible trabajar, ya que las pulmonías se nos llevaban al otro mundo en menos que canta un gallo. Primero cayó el Rufino, el Rocamora y el Álamo. Usted fue al entierro de los tres, pero no remedió nada. Había trabajo en “La Higuerilla”, en “El Pedregoso” y en “La Machamala”, donde por ser terreno alto estaba encharcado pero sin nivel de agua. Sin embargo, usted nos mantuvo por disciplina en “El Pantanillo” hasta quince días después de la muerte del Mochales y el Carlos, dos más que cayeron. Usted también fue al entierro. Su tozudez criminal había matado a cinco hombres jóvenes que todos dejaban mujer e hijos. El mes pasado ocurrió lo mismo. Usted tenía trabajo en “La Higuerilla” y en “La Machamala” y sin embargo, nos volvió a ofrecer “El Pantanillo” o el hambre. Escogimos el hambre, muerte más lenta. Usted, desde entonces, hace un mes y para mantener la disciplina entre los jornaleros, reitera cada semana su ofrecimiento de trabajo en “El Pantanillo”. El nivel de agua continúa el mismo. Eso este año. El año pasado murieron Doroteo Villas Jiménez, Servando Rodríguez Camuñas y Telesforo de la Bárcena Ruiz. Todos habían trabajado en “El Pantanillo” durante casi todo el invierno. Los tres murieron de pulmonía doble. Se ahogaron como si los hubieran metido en un barril de agua. El que una persona que trabaje para usted muera de pulmonía, no quiere decir que usted tenga la culpa. Si un hombre no es fuerte para resistir una enfermedad y se muere, nadie tiene la culpa si no existe un motivo primero y si después se toman todos los medios para salvarlo. Pero este caso es diferente, porque son ocho casos, que no sen más porque todavía no se pueden apreciar los daños totales producidos por esas condiciones de trabajo. Y además este año en marzo a la pulmonía le quitamos las oportunidades que hemos agregado al hambre. Por eso sólo han muerto cinco, que con los del tres del año pasado, suman ocho. Para que esos hombres hayan muerto, usted ha puesto “El Pantanillo” a su disposición y una falta total de asistencia cuando cayeron fulminantemente enfermos. Usted no ha cogido un cuchillo y ha matado a esos hombres, es verdad, pero usted ha creado las condiciones de trabajo y la indiferencia después para que esos hombres hayan caído, con la agravante de la situación que sigue usted proponiendo a sus braceros, todo por mantener su cruel disciplina. La alternativa es “El Pantanillo”, muerte por pulmonía, o la inacción, muerte por hambre. Está usted ante nosotros por responsable directo de la muerte de ocho hombres y por su condena al hambre permanente a sesenta trabajadores y familias durante diez años. Puede usted decir lo que quiera.

El rostro de Miguel está lívido, bañado en una espesa película de sudor que lo anega hasta el cuello. Se esfuerza por hablar, pero un nudo de nervios congestionados le aprieta la garganta.

– ¡Mierda¡ –  barbota al fin, escupiendo entre los labios correones de saliva –  ¡Lo que yo diga no servirá para nada¡ ¡Mierda¡ –  masculla de nuevo, mirándolos con ferocidad –  ¡Se han convertido ustedes en un tribunal de asesinos¡.

El Mojino hace un movimiento brusco, pero el Bravillo le aprieta el brazo con fuerza, sin apartar los ojos de Miguel.

– ¡Quieto, Mojino¡ –  le ordena con voz imperiosa. Inclinándose hacia delante con el rostro contraído, agrega – Estamos aguardando lo que tiene usted que decir.

El hacendado se seca el sudor con la manga, respirando con fuerza. Mira a su alrededor como un animal acorralado.

– Yo no tengo la culpa de que esos hombres hayan muerto – dice con voz débil, derrumbándose de pronto, agotado – Cuando me entere habían caído ya.

El jornalero lo escruta con su aire grave.

– Usted sabía que aquellos hombres habían salido de allí con pulmonía doble. Eso debiera haberle bastado para enterarse.

– No pude enterarme… – sigue Miguel, con voz ahogada – Y en cuanto a las condiciones de trabajo, pueden cambiarse enseguida. Creo que podrá hacerse mañana mismo.

– Eso depende de la decisión que se tome con usted – dice el Bravillo con frialdad – Podrá usted hacerlo o no.

Miguel siente de pronto un vuelco en su pecho. Agarrándose convulso a la silla, lo mira con ojos incrédulos.

– ¿Qué quiere usted decir? – balbucea, tragando apenas saliva –  ¿Es que van ustedes a matarme?

– Se va a proceder enseguida al voto. Será inapelable. Sólo caben dos soluciones. Libertad o muerte. Como comprenderá, no hay soluciones intermedias.

– Usted me odia. Aquel día en la carretera usted me hubiera matado si hubiera podido.

– Quizá, don Miguel – le contesta el otro con serenidad – Pero yo sólo soy una pequeña parte de este gran problema. Yo soy uno de los sesenta que hace diez años trabaja para usted y se muere de hambre por culpa de usted.

– Pero eso puede arreglarse.

– Se arreglará enseguida, don Miguel. La decisión para su muerte deberá ser unánime. Si no, quedará usted libre.

¡Libre¡ Una chispa de esperanza brilla en los ojos del hacendado, que ya no mira al Bravillo. Sabe que por ese lado no hay solución. Su mirada se fija con desesperada impotencia en el Seras, buscando en él una tabla a que agarrarse. El viejo lo mira tranquilo con sus ojos extrañamente azules, donde él no ve un trasfondo. Las mejillas flácida, la gran nariz nudosa destacándose agresiva en medio de la cara, la boca consumida, la frente plagada de bronceadas arrugas, no dejan retratar ninguna emoción. Los ojos le miran inmóviles como si detrás de las cuencas no latiera ni un pensamiento ni una sensación.

Miguel vuelve sus ojos al Mojino. Este tiene una cara madura de color tierra, donde ojos negros y lucientes reflejan todavía juventud que contradice los hachazos que el tiempo ha impreso en los dobleces del cuello. La cabeza maciza se asienta en un grueso alvéolo. La chispa burlona de la mirada parece consustancial con él.

Por último, sus ojos vuelven al Bravillo. Un hombre rechoncho y firme que le habló muchas veces en la hacienda y una vez en la carretera, bajo la lluvia. Lo recuerda ahora con la boina entre las manos, el pelo mojado sobre la frente y el agua cayéndole lenta sobre la cara, como un llanto. De seguro, es un hombre que no ha llorado nunca y que si ha llorado, lo ha hecho hace mucho tiempo. Le dijo que tenía mujer e hijos y que tenía que trabajar todos los días para darles de comer. Se expresaba con torpeza y le habló de pulmonías, de muertes, de las mismas cosas que ha hablado ahora. Es un trabajador del campo, pero sabe hablar. Una vez oyó algo de él. Sí, que se hubiera podido ir a la ciudad si hubiera querido, pero que habría tenido que dejar en el campo la mujer y los hijos. Y no quiso. Debe ser uno de esos tipos que se empapan de doctrinas políticas a fuerza de leer libros a la luz de una vela en la gañanía. Y que después toman el camino del anarquismo o del comunismo. Hombres que en otro país habrían muerto ya en una barricada, o se habrían convertido en líderes revolucionarios. Son esta clase de hombres enormemente peligrosos para la estabilidad de un régimen social. Emplean siempre la bomba, el asesinato político, la huelga armada o el frente de la batalla. Ahora preside lo que él llama un Tribunal del Pueblo. Y, realmente, ése es su puesto. Los ojillos parecen haberle aumentado y habérsele hecho profundos, serenos, muy serenos, con una serenidad que a Miguel se le cuela como un estilete en el corazón. No, de este hombre no es razonable esperar piedad.

La pausa ha sido densa, interminable, como un lago de miel híbrido de sangre. Miguel está desplomado en su silla y le parece que la atmósfera de la celda es ya un lago sangriento y dulce, donde se oye respirar el glu– glu de su propia sangre, saliendo en borbotones tenues de un agujero que algún mal hombre le ha hecho en mitad del corazón. Recuerda como una vez, cuando tenía ocho años, rodó por las escaleras de su casa y se hizo una brecha en la frente y la sangre salía incontenible y se le derramaba por las cejas, la nariz y la boca, donde tenía un gusto salado y a la vez dulce. Su madre bajó enseguida: ¡Hijo, que no te puedes estar quieto¡ ¡Hay que ver, Dios mío, la sangre que suelta esta criatura¡ ¡Llama a don Alejo, Felisa¡ Felisa tenía entonces dieciocho años y le gustaba mucho hablar por teléfono. Sí, y ahora él tiene cuarenta y tres y Felisa ya ha perdido el gusto de hablar por teléfono. Se ha transformado en una cincuentona que no sabe más que mandar. Pero entonces vino don Alejo y le curó enseguida la sangre. ¡Qué simpático estuvo¡ Acababa de salir de la Universidad y estaba algo pagado de sí mismo, pero… ¡qué hábil fue¡ Le cortó la sangre en un decir Jesús. Ahora don Alejo tiene sesenta años, mira a la gente muy serio y ya no está poseído de sí mismo, aunque sigue cortando la sangre con la misma facilidad que entonces. No parece sino como si la sangre le tuviera miedo a don Alejo y en cuanto le oyera venir se hiciera un ovillito dentro de la carne y se le perdieran las ganas de salir. Si él pudiera llamar a don Alejo ¡qué feliz sería¡. Don Alejo vendría y la sangre de Miguel se le quedaría toda dentro, sin miedo a que una nueva brecha la hiciera salir.

Pero…

– Bien, don Miguel – dice el Bravillo – vamos a votar.

Duarte levanta la cabeza. Tiene que haberse desvanecido un poco. La túnica está manchada de sangre fresca. ¡Ah¡ Es la brecha de los ocho años que vuelve a salir. ¡qué tenaz es la sangre, Dios mío¡ Pero no. Esta sangre le viene de la brecha del pecho. Se la hizo el Bravillo en espera de hacérsela mayor. ¡Pero qué malo es el Bravillo¡ Quiere comer todos los días ¿Y por qué? Es un hombre como todos los hombres… ¿Y por qué querrán todos los hombres comer? ¡Ah¡ El Mojino se ha levantado y se acerca a él y dice algo que él no acierta a entender. ¡Pero qué lejos habla¡. Se le mueven los labios y dice algo, pero él no oye nada. ¿Será posible que se haya quedado sordo?. Luego es el Seras el que viene y dice algo. Pero él tampoco lo oye. ¿Qué dirá el Seras?. Claro, es un hombre que está tan delgado que la voz tiene que quedarse enormemente lejos de quien la escucha. Tiene ganas de decirle que hable más alto, que no lo oye. Y después viene el bravillo, que es el demonio, el que tenía el cuchillo en la mano y quiso matarlo, pinchándole en el pecho y haciéndole salir sangre… sangre… sangre… ese líquido tan bello, tan fragante, tan genial, que los hombres han inventado para vivir sin morirse. ¡Y qué bella es la vida¡ ¡Y que gusto andar por la calle y sentir el sol en la cara o en el cogote si se va en dirección opuesta¡ ¡Y los árboles de abril cuando la primavera empieza¡ Mañana hará en “La Guindalilla” un hermoso día y él saldrá a la besana y dirá a los jornaleros que es la hora de bailar… ¡Ah¡ Pero allí estará el Bravillo con su faca hablando con don Alejo y diciéndole que le va a hacer sangre a él, a Miguel, para que no tenga necesidad de rodar por las escaleras. Y Felisa le llamaría enseguida por teléfono porque el señorito Miguel se ha hecho daño con el cuchillo del bravillo. Y entonces vendrá don Alejo muy poseído de sí mismo… Un golpe en la puerta… Sí, es don Alejo que viene a asustar a la sangre de Miguel para que no salga…

El Bravillo da un salto hacia la puerta.

– ¿Quién?

– ¿Quién hay aquí?

– Silencio – susurra, volviéndose a los otros, pero sin dejar de apoyar sus manos en el cerrojo – Es un hombre joven – señalando imperiosamente a Duarte – Apartadlo, al rincón.

Entre los dos levantan con esfuerzo la silla donde está Miguel semidesvanecido, transportándolo al sitio indicado. El campesino entreabre la puerta, escrutando la penumbra del exterior.

– ¿Qué hay?

– ¡Qué oscuro está esto¡ –  se queja Andrés, mostrando abrazados contra su pecho el capirote y la túnica – Por favor, creí que no había nadie… Venía a dejar esto aquí, era para recogerlo otro día – lo mira muy fijo, procurando distinguir su rostro en la vaga claridad – Pero… no le conozco a usted.

Estira de pronto el cuello, tratando de ver por encima de su hombro.

– Pero no tiene usted apenas luz – dice sorprendido, mirándole con una súbita sospecha –  ¿Quién es usted?.

El campesino le detalla de arriba abajo.

– ¿Y usted?

Andrés vacila un momento.

– Yo venía a dejar esto.

El otro alarga la mano.

– Démelo, entonces…

El joven echa el cuerpo hacia atrás, frunciendo las cejas.

– No, a usted no… – lo mira muy fijo –  ¿No ha venido aquí Reinalda?.

– Ese… Ha salido – El jornalero extiende el brazo de nuevo – Démelo, si para el caso es lo mismo…

El muchacho deniega enérgicamente con la cabeza.

– No, qué va a ser… – se queda observándolo. De repente, apoyando el puño sobre la otra hoja de la puerta, la abre del todo. Aparece la mesa con el cirio, el crucifijo y la faca. El campesino se cruza de brazos, mirándolo con cara fosca.

– ¿Qué pasa? ¿Es que no se puede rezar aquí con tranquilidad sin que vengan a molestarle a uno?.

– Sí, claro… – los ojos de Andrés lo registran todo.

De pronto se detienen sobre un charquito de sangre en el sitio que ocupaba Miguel. El Bravillo sigue la dirección de su mirada. Lo agarra del brazo y lo empuja dentro del cuarto.

– Vamos – dice con rudeza – Si tiene tanta curiosidad, entre de una vez.

Andrés, paralizado, no opone resistencia. El grupo de Duarte derrumbado en la silla con los dos campesinos a su lado, acapara toda su atención.

– Bueno – dice el jornalero, sarcástico –  ¿No es eso lo que andaba buscando?. Ahí tiene lo que hay.

– ¡Don Miguel¡

El Bravillo se acerca hasta casi rozarlo.

– Justo, don Miguel Duarte ¿Qué pasa?.

– Está herido – Andrés se le aproxima con los ojos muy abiertos. Los campesinos le observan en silencio.

– Sin importancia – replica el Bravillo, rebuscándose un cigarro en los bolsillos y encendiéndolo en el cirio –  ¿Y usted quién es?.

Andrés lo mira con fijeza sin hacer caso de su pregunta.

– ¿Quién lo ha herido?

– Yo ¿Qué hay con eso? – contesta el otro con brusquedad – Había que sangrarlo un poco – añade al cabo de un momento, yéndose a la puerta y cerrándola con cuidado. El muchacho lo observa con el ceño fruncido.

– ¿Quiénes son ustedes? ¿costaleros?.

– Le he preguntado a usted quién es – dice el Bravillo, muy tranquilo.

El joven traga saliva antes de contestar.

– Soy un empleado de los Grandes Almacenes.

– ¡Vaya¡ –  El bracero alza una ceja, chasqueando la lengua – empleado de los Grandes Almacenes… ya, ya… Pero siéntese, amigo, siéntese… – su tono es de pronto más amable, mientras le señala la cama.

El joven vacila un momento, pero obedece sin decir palabra. El jornalero, muy despacio, se coloca frente a él, apoyándose de espaldas en el reclinatorio y observándole durante la larga pausa.

Andrés se remueve inquieto, apretando entre sus dedos la túnica. Aquella extraña escena le paraliza, impidiéndole siquiera pensar y produciéndole una vaga sensación de asfixia que se le localiza principalmente en el tenso ardor de la garganta. Sin embargo, las manos, inmóviles sobre sus rodillas, se le agarrotan heladas como nieve. Una gota de sudor, como un inmenso ejército de átomos vivientes, va creciendo con lentitud al borde de sus cabellos. Sus oídos captan de pronto el silencio, como hecho de un muro sólido que emitiera vibraciones sucesivas de estaño. Sus ojos fascinados contemplan el cigarro del Bravillo, una larga serpiente azul girando perezosamente en torno al bronceado rostro, como queriendo aprisionarlo con su cabeza gaseosa. La sangre sobre el suelo es como un latigazo rojo que hiciera vibrar furiosamente las fibras más secretas de su sangre. La estancia, volcada sobre sí misma, da un latido profundo, como el hálito gigantesco de miles de pechos que respiraran a la vez.

– ¿Qué edad tiene usted?

La voz es como un puñal rajando de golpe una pared de carne.

Las manos de Andrés se inmovilizan. Sus puños, cerrados sobre la tela negra, se abren con lentitud. La lágrima de sudor, detenida de súbito sobre la sien, empieza a resbalar atraída por el abismo de la boca. El muchacho se la seca con la manga, mientras respira con fuerza. En sus ojos nace una lucecita de reto.

– La mitad que usted.

El Bravillo lo mira muy serio.

– No le pregunto en broma.

– Ni yo le hablo – replica Andrés con naturalidad – veintidós años. ¿Para qué quiere usted saberlo?.

– Ya se lo diré – le contesta con calma – Quizá le diga muchas cosas… ¿Qué tiempo hace que está en los Almacenes esos?.

– En los Grandes Almacenes, cuatro años.

– ¡Ya¡ –  El Bravillo, pensativo, se pasa una mano por la frente, paseando por la habitación. Se detiene de pronto, mirándolo de costado.

– ¿No tiene usted frío?

Andrés lo mira con asombro.

– No sé… – se frota las manos en un gesto inconsciente. Luego se saca el aplastado capirote de debajo del brazo y haciendo un paquete con la túnica, lo deja sobre la cama. Se inclina hacia delante, mostrando unos ojos curiosos.

– ¿Por qué me pregunta usted todo eso?.

El otro sigue paseando, sin darle una respuesta. Se detiene frente a Duarte y lo contempla durante un largo rato. Sus compañeros, imantados, siguen con la vista cada uno de sus movimientos. El vuelve al reclinatorio, de donde toma el cigarro, ya un minúsculo cuadrado blanco.

–  Dígame – le pregunta al fin decidirme –  ¿Qué piensa usted de la revolución social?.

Andrés lo mira extrañado, frotándose las manos vacilante.

– Pues…

– ¿Qué sueldo tiene usted?

El muchacho alza de pronto la barbilla, con el cuerpo envarado.

– ¿Y usted quién es para preguntármelo?

El campesino aplasta la colilla contra el suelo, encogiéndose de hombros.

– Usted lo dijo antes. Un costalero – se detiene un momento, añadiendo con voz repentinamente endurecida – hace mucho tiempo que cargo sobre mis espaldas. Los otros también.

De eso no se vive.

Los ojos del Bravillo tienen un relámpago.

– Tiene usted razón. Eso no es vivir.

– Gano seiscientas cincuenta pesetas.

– Es usted soltero, claro.

– Sí… – dice con trabajo –  ¡Qué remedio¡

– ¿Qué piensa usted hacer para ganar más dinero? ¿Tiene novia?.

– Sí, hace dos años.

– Bien ¿y qué?

Andrés sonríe de pronto.

– ¿Qué se puede hacer?

El Bravillo continúa con los brazos cruzados. Se pasa la mano por su barba erizada y lo escruta con atención. Da unos pasos y vuelve a observarlo, caviloso. Andrés no tiene miedo. Siente que una extraña tranquilidad lo posee, aunque está preocupado por el hijo del jefe. No sabiendo como preguntar, mira por detrás del campesino.

– ¿Qué tiene don Miguel?.

– Cristales – La voz carece de matices.

El joven lo mira grave. Algo ha oído decir. El jornalero vuelve a apoyarse en el mueble, manteniéndose frente a él muy erguido.

– ¿Qué lee usted?

– De todo.

– ¡Ya¡ De todo… lo que aquí se permite ¿no? ¿Autores?

El joven recapacita un poco. ¿Qué sabrá este tipo de autores?.

– Zweig, Maurois, Ludwig…

– Biografías.

– Mann, Dostoiewswki, Balzac, dickens…

– Viejos. Y todo literature. ¿Y Voltaire, Marx, Lenin, Bakunin…?

Andrés deniega con la cabeza.

– Nada, no los hay aquí… Y además, no encajo mucho.

– ¿Por…?.

– Soy aficionado

– ¡Vaya¡ –  El bravillo lo mira con sorpresa – escribe.

Andrés sonríe, volviendo la cabeza.

– Pinitos.

– Ya, ya… Por ahí se empieza ¿Qué escribe?.

– ¡Psht¡ –  le contesta, frunciendo la boca – todavía influencias. Relatos cortos.

– ¿Publica?

– No. ¿Dónde?.

El campesino se acaricia la mandíbula, pensativo.

– De la cosa social ¿Qué piensa usted?.

– Muchas cosas – dice Andrés con ligera vacilación – pero … la verdad, no sé… Tengo que mascar mucho todavía…

– Ya va siendo hora de empezar.

– Pienso que en lo social hay cosas buenas y cosas malas, como en todo. Cosas que arreglar, vamos…ç        – Su sueldo, por ejemplo… su boda…

El joven lo mira escrutador. Ve que habla en serio.

– Sí ¿Por qué no?

– ¿Qué ha pensado para arreglarlo?

– Por ahora, leer.

– Buena respuesta – los ojos del campesino brillan apreciativos – pero insuficiente. No tiene usted libros.

– Los conseguiré.

– No es fácil.

Los conseguiré.

– Bien, bien… – refuerza el bravillo con una vaga sonrisa – si usted quiere, yo puedo proporcionárselos.

A Andrés le brillan los ojos.

– No tengo mucho dinero.

– Prestados.

– De acuerdo.

– El joven espera, no sabe qué. La atmósfera irreal de la estancia no le causa asombro ni miedo. Y aquel hombre le interesa. Un hombre de carne y hueso, como pocos se ven. ¿Quién será?. ¿Será un anarquista de los que salen en algunas novelas prohibidas de Blasco Ibáñez?. Se acuerda de Salvoechea. No, este hombre no tiene pinta de iluminado. Aunque ¡quién sabe¡. Los tiempos cambian.

– ¿Ha asistido alguna vez a un juicio?.

Andrés levanta la cabeza con sorpresa.

– Sí, una vez. Y otras compuse tribunal.

– ¿Componente de un tribunal?. Es usted muy joven.

– Fue en los Grandes Almacenes. Un recadero se insolentó con un jefe.

– Claro, lo echaron.

El joven lo mira con firmeza.

– No, perdió cinco días de vacaciones. El jefe tenía razón.

– ¿Usted presenció la… “insolencia”?

– Se escucharon a las dos partes.

– ¡Claro… claro¡ Y después el recadero tenía que seguir bajo el mando del jefe.

– Bueno… natural.

Hay una pausa larga.

– ¿Quiere usted formar parte de un tribunal otra vez? Puedo someterle un caso.

Andrés lo mira con ojos contraídos.

– ¿Por qué no?

– Escuche, entonces. Estamos en el campo. Usted que tiene sensibilidad, puede adornarlo si quiere con las galas de la poesía.

– No. Prefiero el campo.

– Bien – El Bravillo se reconcentra unos momentos, prosiguiendo a continuación – El campo es muy grande, inmensamente grande, puede usted tardar en recorrerlo dos horas en coche. Hay terreno alto y terreno bajo, montecillos y marismas, y todo pertenece a un solo hombre, que es dueño y señor. Dentro de la hacienda, en cabañas y casas, viven sesenta hombres con sus familias. En la época del arado, la siembra y la recolección, trabajan para el amo. En los buenos años todo dura alrededor de ciento cincuenta días, en los malos alcanza a noventa. Durante esas épocas los trabajadores y sus familias comen. Después se acaba el trabajo y la comida. Se come tagarnina o lo que se encuentra.

– Bueno, pero… ¿y lo que se saca en la buena época?.

– Los sueldos son bajos. Los jornaleros son muchos y el amo puede elegir. Él fija el salario y el que quiere, acepta. El que no, se come los codos en familia. Y como ésta pide, el hombre trabaja por lo que sea. Está claro que el ahorro es imposible.

– Pero sobre los beneficios de las cosechas…

– Usted habla en banca, amigo. En el campo las ganancias son todas para el amo. El campesino percibe un salario. No le quiero generalizar, ahora quiero concretarle un caso. En el mes de marzo la cosecha está floja todavía, pero hay trabajo que hacer. Malezas que arrancar, arbustos que talar… Se pueden emplear hasta veinte hombres, un treinta por ciento de los disponibles. Pero ha llovido mucho y los terrenos bajos tienen treinta y treinta y cinco centímetros de agua.

– Pero habrá otros…

– Justo, hay otros – prosigue el Bravillo con su tono fríamente informativo – Terrenos más altos que sólo están encharcados. En ellos también hay trabajo, pero el amo ha dado ya la orden y hay que trabajar. El que quiera, en los terrenos bajos.

– Pero se le puede hablar, se le puede decir… Es algo que está de cajón.

No está de cajón. El amo no se vuelve nunca atrás. Quizá si llega a informarse antes de las condiciones del terreno, manda a trabajar en los altos. Pero como no se ha preocupado porque no es época de siembra ni de recolección, allá va. Trabajo en las marismas, el que quiera. El que no, a su casa a comer tagarninas, si las encuentra. Los hijos y la mujer piden de comer y los hombres van a trabajar, aunque sea al infierno. Aquello es el infierno, aunque no de fuego, sino de agua. Se pescan pulmonías y un año caen tres hombres para no levantarse más. Dejan mujer e hijos. ¿De qué sigue viviendo esta gente? ¡Misterio¡. Habiendo hombres de sobra, no se emplean mujeres ni niños en el trabajo. El amo va al entierro y les da unas pesetas para que se alivien. Y a otra cosa.

– pero nadie se muere de una pulmonía en estos tiempos. Hay remedios…

– Eso es lo que usted cree. Se llama al médico y éste viene cuando le parece. Hay pocos con conciencia. Son del seguro, figúrese… Viven lejos y están muy ocupados, dicen. Llegan  la más de las veces a certificar la defunción.

– Pero se puede plantear una denuncia. Ante un caso determinado…

– ¿Quién va a hacerla?. Los interesados no saben expresarse, la mayoría son analfabetos. Desde pequeños han tenido que ayudar y se han retirado pronto de la escuela, si es que han ido. Y los que podrían hacer la denuncia en su nombre, no quieren comprometerse. Son los intereses creados, junto con las cobardías colectivas creadas.

Andrés le mira de pronto con la mandíbula tensa, los ojos duros y brillantes.

– Pero usted quiere comprometerse, usted sabe expresarse, usted tiene cultura.

– Sí, yo he azacaneado mucho por ahí. He leído todo lo que ha podido y tengo mis puntos de vista. Yo he planteado en dos años seis denuncias. Me han recibido con caras largas, encareciéndome la responsabilidad que contraía y sus posibles consecuencias por hache o por be se han quedado llenas de polvo en los juzgados. Allí son maestros en parar lo que les conviene. He ido una docena de veces y he recibido toda suerte de consejos y razones, si hay que llamarlo de algún modo. ¡No te comprometas¡ ¡A ti que más te da…¡ ¡Ande tú caliente…¡ He insistido hasta que han llegado a la amenaza velada, desvelándola después. Se comprende todo. La investigación que se iniciaría pondría en claro las condiciones de trabajo de los jornaleros y eso no le interesa más que a éstos…

– Pero todo eso está podrido…

– Sí, salvo escasas excepciones, ése el es clima general. Para que vea, le contaré un caso. Es al margen de esto, pero interesante por lo revelador. Se lo voy a refrescar, porque aunque pasó en Laverna, de seguro sabe usted de esto mucho menos que yo. La camarilla está tan bien organizada que sólo deja salir a la luz pequeñas olas, reflejo de la tempestad que ahoga. Un niño de seis años, de familia campesina muy bien situada, cayó enfermo. El médico le recetó unos antibióticos y el practicante, Pazón se llamaba, iba todos los días a ponerle la inyección. Pero el pequeño, cosa rara, no mejoraba. Esto escamó algo a la nodriza, la única que se preocupaba allí realmente de él. El padre era un bruto y la madre había muerto. Un día la nodriza entró bruscamente en el cuarto contigo al dormitorio, donde Pazón preparaba las inyecciones y lo sorprendió sustituyendo la ampolla de la caja por una que traía en los bolsillos. Diariamente inyectaba al niño unos polvos inofensivos en lugar de la penicilina. Se armó un escándalo a cencerros tapados, la prensa no dijo oste ni moste y el practicante pasó cinco días en la cárcel, para salir el sexto a seguir poniendo inyecciones. El niño murió y la familia lo enterró.

– ¿Y la nodriza?.

– La mandaron al campo a que repusiera de la muerte del pequeño. Dijeron que con la cabeza a pájaros que tenía los dedos se le volvían huéspedes y que veía practiacantes malvados por todas partes.

Andrés, agachando la cabeza, siente pesar de pronto sobre él toda la abrumadora irrealidad de las cosas que escucha. Se siente sumergido de súbito en un mundo extraño, un mundo en el que se hubieran extraviado de repente todas las normas de vida conocidas, un mundo extraño, un mundo en el que se hubieran extraviado de repente todas las normas de vida conocidas, un mundo en el que se alzaran normas de vida conocidas, un mundo en el que se alzaran victoriosas como leyes todas las estúpidas manías de los viejos emperadores sanguinarios. Le parece vivir una pesadilla de locos que gritaran en su cerebro cosas horrendas, como decretos que se impusieran sádicamente a los demás, valiéndose de una fuerza bruta heredada de los feroces tiempos cavernícolas. Él sabía solamente que un niño había muerto, que una nodriza loca acusaba de haberlo matado a un practicante intachable, una persona honorabilísima. Se tomó la medida preventiva de encerrarlo en la cárcel para iniciar las investigaciones. El practicante había salido al cabo de unos días con la cabeza muy alta a seguir poniendo inyecciones. Una persona honorabilísima, así decían.

– A lo que íbamos – continúa el Bravillo – estos tres hombres han muerto y aquí no ha pasado nada. El invierno siguiente pasa lo mismo. Hay trabajo en terrenos altos y terrenos bajos, pero el amo manda trabajar en los bajos y no rectifica. Al capataz le dice que hay que mantener la disciplina. Los hombres agachan la cabeza, trabajan y caen cinco. Los demás entonces se retiran y viven del aire. Llega marzo de este año. La misma canción, pero los hombres prefieren el hambre. Ni uno solo trabaja. El amo se encoge de hombros. El trabajo no es urgente hasta la recolección. Y en la recolección hay fuego en el cielo y en la tierra. Nada está encharcado y no hay problema. Pero este año no hay que esperar a que venga el fuego de la recolección. Ha llegado en el mes de abril. El fuego está ya en la sangre de los hombres que tienen hambre de días, de meses, de siglos…

Los ojos del Bravillo brillan con ardor contenido. Su boca está cerrada como una roca. Andrés lo mira grave, contraído hasta la entraña.

– Y los hombres han cogido al amo y se han convertido en su tribunal. Han juzgado al amo y lo han condenado.

Andrés levanta la cabeza con fuerza.

– ¿A qué?

– A muerte – la voz del jornalero es muy baja. Sus ojos tienen el brillo del basalto.

– Es él – el muchacho, muy pálido, señala el rincón con un movimiento de cabeza.

– Sí – dice muy lento el campesino – es don Miguel Duarte. Ocho hombres muertos en estos últimos dos años. Antes, en los ocho anteriores, más… más… Y diez años de hambre a sesenta, hijos y mujeres.

El joven siente durante un segundo la impresión irreal del momento que vive. Se pasa lentamente una mano por los cabellos, preguntando:

– ¿Qué piensa usted hacer?

El campesino lo mira muy sereno.

– El tribunal ha dicho ya su última palabra. Allá nos hemos reunido hombres de cinco pueblos, otorgando naturalmente preferencia a la gente de “La Guindalilla”. Nosotros hemos sido elegidos para formar el tribunal. Y hemos juzgado y condenado ya.

Andrés está sereno, clarividente como nunca lo estuvo.

– La vida de un hombre es siempre sagrada. No se le puede matar.

En la mirada del Bravillo se enciende un fuego sombrío. Se acerca mucho a Andrés.

– ¿Y las nuestras? – grita de pronto, restallándola la voz como un latigazo –  ¿Es que no son vidas humanas?.

– Sí, pero… – el muchacho se echa hacia atrás, experimentando un inmenso vacío que lo deja laxo hasta la médula. Siente como si todo su cuerpo fuera líquido, como si quisiera escaparse de sí mismo, dejándole sólo la débil cobertura de su carne. Los dos hombres que custodian al derribado Miguel lo han escuchado todo, pero permanecen a su lado como dos estatuas de piedra. Él se refuerza por verlo, pero lo tapa el Seras con su menudo cuerpo de viejo campesino. Tras el Seras, un hombre que ha sentido contraídas toda su vida las entrañas por el hambre, se oculta el cuerpo todavía vivo y caliente de Miguel. ¡Miguel Duarte¡ j¡Don Miguel Duarte, el hijo de don Pedro Duarte, el dueño de los Grandes Almacenes de Laverna, la ciudad más estúpidamente vacía de la Andalucía occidental, petrificada en el rincón más maravillosamente bello de España¡ ¡Don Miguel Duarte, un hombre entre los millones de hombres que desde los comienzos de la vida se ha tragado la muerte¡ ¡Don Miguel Duarte, un hombre entre los millones de hombres que desde los comienzos de la vida se ha tragado la muerte¡ ¡Don Miguel Duarte, rama de un viejo tronco monárquico y aristocrático, cuyos ascendientes brillaron con nobleza en las antiguas cortes palaciegas¡. ¡Don Miguel Duarte, simplemente un hombre injusto y malo al que van a matar unos campesinos¡ ¿Por qué?. Salir del recinto sagrado de la vida por el camino que inevitablemente conduce a la muerte, es algo encadenado al hombre de una manera férrea desde la cuna. Pero ir a su encuentro, empujar a un hombre a su último encuentro, es algo que se escapa a la conciencia viva de la mente humana. La vida, ese hálito milagrosamente natural que se expande rumoroso en la carne del hombre, no puede ser roto por la voluntad de ese mismo hombre en cuyas arterias palpita la misteriosa sensación inexplicable. La vida lleva ya en sí su lirismo pequeño y su inmensa tragedia. El hálito madre es ya algo sensorial y diminuto y a la vez algo alto, magnífico y trágico. Y hay tantas, tan innumerables cosas que contienen la vida… La vida está maravillosamente derramada por el mundo en un inmenso cántico donde se mezclan la carne y la sangre, el odio y el amor, la belleza y la muerte… El inmenso abanico del mundo está pleno, resplandeciente de vida, abriéndose y cerrándose continuamente en el universal anhelo… en la fabulosa riqueza de sus varillas innumerables viven los peces de los mares, las aves de los cielos, las multitudes que gritan, los hombre que luchan en la guerra, las parejas de amantes que duermen juntos, los campesinos que miran al cielo, los hijos que piden pan, don Miguel cuando anda por la calle, don Miguel cuando dice que no, don Miguel cuando mira a los campos, don Miguel cuando está sentado vestido con una túnica negra entre dos hombres que lo van a matar… ¡Todo eso es la vida¡. Una vida que el Bravillo quiere destruir para que otras criaturas, para que el sol acaricie unos vientres menos vacíos, para que unos hombres famélicos de cara bronceada puedan sonreír alguna vez, para  que unos niños puedan comer pan y sentir como el aceite le chorrea por los labios, mientras unas mujeres de caras chupadas se sonreirán al verlos…

– ¡No¡ –  gritando de pronto su horror, Andrés se planta de un salto en medio de la celda, apretando los puños hasta hacer blanquear los nudillos. Sus ojos cargados de sangre están furiosamente dilatados y su boca escupe rabiosamente las palabras a la cara del Bravillo –  ¡No¡ –  grita hasta enloquecer –  ¡Ustedes no pueden hacer eso¡ ¡Ustedes no pueden matar¡. ¡La sangre de un hombre no se puede romper como un trozo de papel¡. ¡La vida es siempre sagrada¡. ¡Matar, matar, matar¡. ¡No se puede matar para dar la vida¡.

Se lanza de pronto sobre él, atenazándole por la camisa con fuerzas que duplica su rabiosa exaltación. El Mojino salta a su vez, agarrándolo por los hombros.

– ¡Quieto, Mojino¡ –  ordena imperioso el Bravillo, dando un salto hacia atrás y arrastrando consigo a Andrés, mientras pone sus manos sobre las suyas agarrotadas –  ¡Yo solo me basto¡.

– ¡Y ustedes quieren que yo diga que sí, que eso es justo y admirable¡ –  continúa gritando, mientras le sacude convulsivamente por el cuello –  ¡Que hay que matar a un hombre para que los otros vivan, que sólo así se puede instalar la justicia en la tierra, matando hombres¡ ¡no¡ –  vuelve a gritar con más fuerza –  ¡Yo no puedo consentir esos¡ ¡Yo no puedo creer eso¡.

Sus gritos acaban de pronto en un ronco estertor. Sus manos se abren lentamente, soltando la camisa del campesino y deslizándose a lo largo de su cuerpo, mientras él cae de rodillas, presa de una crisis nerviosa que convulsiona su cuerpo en sollozos. Permanece a currucas en el suelo, totalmente derrumbado.

El Bravillo lo mira con una infinita piedad. Se agacha y lo agarra por los brazos, levantándolo. La cara de Andrés está llena de lágrimas, que él se seca con rabia. Su cuerpo todavía se estremece en convulsiones mientras vuelve la cara, evitando la mirada del otro. El jornalero lo conduce hasta la cama, haciéndole sentarse en ella.

– ¡Pobre pequeño¡ –  su mano callosa, conmovida, le acaricia torpemente un hombro –  ¡Cuánto tienes todavía que ver¡.

Su boca tiene un pliegue infinitamente amargo, mientras observa al muchacho, que se va calmando poco a poco.

– Escúchame – se inclina sobre él, halándole con la mayor dulzura posible –  ¿cómo te llamas?.

– Andrés.

– Pues bien, Andrés, tranquilízate – lo golpea suavemente en la espalda – Ya sé que es muy rudo para ti… Pero vamos, tranquilízate…

Andrés sigue con la cabeza baja, apretando un pañuelo entre sus manos.

– No – murmura con obstinación – eso no…

– Bueno… Pero… ¿te encuentras ya más tranquilo?.

El muchacho asiente con la cabeza.

– Sí…

– Va a ser algo largo.

– No importa – dice, mirándole con firmeza – dígame lo que sea.

– Bien, entonces, escúchame – el Bravillo se levanta, sentándose en el reclinatorio y quedando con su cabeza a la altura de la de Andrés – voy a hablarte con una sinceridad como pocas veces la he tenido en mi vida, una sinceridad total. Tú consideras que la vida es sagrada porque eres un hombre puro, Andrés, pero nosotros, los que hemos nacido y vivido siempre en el campo, no entendemos nada de eso. Pero hay algo que nos da la medida de lo que la vida vale, de lo que para un campesino que sólo tiene sus brazos, significa vivir. Todo nuestro concepto de la vida está condicionado por el impacto brutal que recibimos al tomar conciencia de que la vida existe. Ya desde pequeños sentimos el calor del sol sobre nuestros cuerpos desnudos, el cielo azul sobre nuestras cabezas, el fuego de las eras cuando seguimos en su faena a nuestros padres, el temblor que tiene el cuerpo de nuestra madre cuando nos aprieta contra su pecho para darnos calor en las noches de invierno… Y a pesar de todo sentimos que la vida es hermosa, que hay un gozo de vivir en todo lo que existe. Pero luego vamos creciendo y dándonos cuenta… Yo no fui siquiera a la escuela. A los ocho años iba detrás de mi padre recogiendo rastrojos. Cuando tuve doce, cayó un libro en mis manos. Un libro que hablaba de un caballero loco que se fue por el mundo a deshacer entuertos. Yo no sabía leer, pero con aquel libro, aprendí. Me divertía aquella historia de los molinos y los discursos del tipo. A los quince años ya empezaba a ver claro. Sentía que por todo el cuerpo me roían gusanos cuando veía cosas. Mi padre era un pobre hombre que cuando venía del trabajo, ya oscurecido, se ponía a mirar la tierra y el cielo con ojos estúpidos. Pero a veces decía cosas que se me quedaban grabadas. No olvidaré nunca una tarde que vino con una capacha de tagarninas en la mano. Se sentó en el suelo, cogió una y durante mucho rato, la mantuvo a la altura de sus ojos. Me miró y la puso contra el sol poniente, extendiendo el brazo: “Mira, Juan… Esto hará… La Revolución Universal”. Ahora pienso que podría quizá haber sido una gran hombre si hubiera tenido ocasión. ¡Quién sabe¡. A veces tenía un destello de inteligencia en los ojos, que se le apagaba enseguida. Se le atrofió el cerebro, no cabe duda. Un día me fui con dos más a trabajar a unas eras a veinte kilómetros y cuando volví a la semana, estaba muerto. Su expresión de miedo continuo había desaparecido, con la cara tranquila como nunca la había visto. Sus palabras de entonces se me antojaron una profecía.

Se queda callado unos momentos, con la mirada poblada de recuerdos.

– Yo no tenía nada que hacer allí. Mi madre había muerto hacía tiempo. Enterré a mi padre y cogiendo unas alforjas con alguna comida, el libro y la tagarnina que era toda su herencia, me eché a rodar por España, Andalucía, Extremadura, Castilla, León, ésas fueron mis principales rutas. Pero tenía curiosidad por todas. Viví temporadas en todos los rincones y pasé hambres de todos los colores. Así me fui haciendo. Era buen jornalero y rendía en todas partes. Y fue reuniendo inquietudes en todos los campos. Los hombres nacían, vivían y morían y muchos no se daban cuenta de por qué, de por qué vivían en la miseria, de por qué comían pan abundante unos días y otros tenían que apretarse la barriga y apretárselas a sus hijos. Pero se iniciaba un despertar. Había hombres que hablaban ya, que gritaban como animales triturados, que sentían que la vida podía llegar un día a ser hermosa y que no se resignaban a morir sin conocer su belleza. Hombres a los que se hablaba de fundar una cooperativa y se quedaban fríos, pero que tendían sus manos ardientes si se les ofrecía una bomba. <y yo sabía que aquello había que cambiarlo, que la bomba sirve a veces, pero que la mayoría de los casos sólo hace saltar. No consigue más. Me hice buhonero de libros y empecé a venderlos como pan. Aquello era su pan, yo estaba seguro. Aunque luego vi tantas cosas… Los hombres no tenían dinero, pero a mí tampoco me hacía falta. Teniendo un fuego donde calentarme, un pedazo de pan que comer y un poco de paja para dormir, estaba contento. Se enteraron de los libros que vendía y me metieron en la cárcel. Estuve seis meses. Cuando salí continué vendiendo con más preocupaciones. Tardaron esta vez un año en volver a pescarme, porque cambiaba continuamente de ruta y bordeaba las poblaciones. Estuve preso dos años, pero no importaba. Esos mismos libros que vendía, los encontré en la cárcel, a escondidas, claro. Allí puede leerlos con más detención. Y empecé a pensar con todas mis fuerzas y el libro del loco caballero se llenó para mí entonces de sentido. Detrás de los molinos, de los cabreros burlones, de los galeotes desagradecidos, yo ya veía otras cosas. Mundos, mundos, mundos. Mundos enormes, significados terribles a cosas que me habían parecido siempre triviales. Mi cultura aumentaba. Mientras más sabía, más quería saber. Cuando salí de rejas, me advirtieron seriamente. Yo dije que no había necesidad, que allí había aprendido mucho y que no volvería a vender libros. Me felicitaron por mis buenas disposiciones y aun me ofrecieron una colocación de ropavejero en la ciudad. Yo dije que no, que había heredado unos cuartos en mi pueblo y que pensaba poner un tabernucho. Lo primero era verdad. Había aprendido bastante y no pensaba volver a vender libros. Podía haberme quedado en la ciudad. Con lo que ya sabía, podía haber encontrado allí cualquier cosa. Pero el campo me atraía de una manera invencible. Yo quería a los campesinos, sentía su dolor como mío, yo mismo era un jornalero  como ellos. Yo los quería con todas sus cerrilidades, sus egoísmos y sus triquiñuelas, yo amaba su voz y sus manos calientes que imploran y su piel, la más llagada de todas las pieles… Yo amaba su miedo continuo al bordel del hambre, del fuego del cielo y del agua desbordante, porque quería con todas mis fuerzas desterrarlo para siempre y verlos quitarse su máscara, su máscara triste y estúpida de siglos. Y que sonrieran a la vida y que sintieran en cada uno de sus poros calientes que la vida valía la pena de vivirse.

– Fui anarquista y actuaba de enlace en la Confederación. Hacía faenas de todas clases, chapuzas, menesteres pequeños que me permitían vivir. El 35 me casé. Era un chaval todavía y me establecía en “La Guindalilla” con don Enrique Valle, el propietario anterior. Las condiciones eran malas, pero yo esperaba mejorarían pronto. Vino la guerra y combatí en una unidad de mi Organización, la anarcosindicalista. Recorrí de nuevo toda España y llegué a comandante. El 39 tuvimos que meternos en Francia, donde vivimos como pudimos. Los franceses en general se portaron inmejorable. Cuando llegó la guerra mundial, me metí de nuevo en España y como pude, andando con cien ojos, porque había patrullas por todas partes, llegué a Andalucía. Aquí seguía ella. No le había pasado nada, pero el chiquitín había muerto. Yo había esperado hacer algo grande de él. Todo estaba vigilado, muchos compañeros habían muerto en la guerra, otros habían sido fusilados, otros estaban presos, no existían Federaciones. Empecé la reorganización a la vez que trabajaba de día en el cortijo. Estaba fichado, pero había hecho promesa formal de consagrarme exclusivamente a mi trabajo, sin meterme para nada en política. Por un milagro me dejaron tranquilo. Yo cumplí lo ofrecido, mi trabajo era reorganizar las federaciones de la Organización, tarea social, no política. Así hemos ido baqueteando durante todos estos años. Hemos sufrido persecuciones, encarcelamientos, muchos compañeros fusilados, yo he pasado muchas temporadas en la cárcel, pero todo estaba previsto y no han podido probarme nunca nada. Y con el nuevo amo, estos últimos diez años en “La Guindalilla” han sido de prueba. En todas las regiones campesinas, no hablemos ya de las ciudades, desde el fin de la guerra se han producido hechos que claman al cielo. En Andalucía, injusticias a montones. El caso nuestro es sólo una pequeñísima parte de miles de hechos que se producen continuamente en todos los sitios donde las propiedades son tan inmensas. Unas veces son directo los amos, otras los capataces o los encargados que sólo ven por los ojos de los que los pagan. Y en “La Guindalilla” todo ha venido a fulminar el mes pasado. Hambre o muerte, esa es la solución que se nos ha ofrecido. Y, aunque no en la forma que él creía, hemos escogido muerte. Reunidos mil doscientos compañeros, trabajadores de cinco pueblos, se ha elegido el tribunal popular que integramos los tres. El Seras, el Mojino y yo. Esos es todo. Si no hay nadie, absolutamente nadie en el mundo que nos haga justicia, es preciso que nos la hagamos nosotros mismos.

– No se puede decir que esos ocho hombres hayan sido matados por él.

Andrés se ha levantado y mira fijamente al Bravillo. Este se alza a su vez.

– ¿Qué es preciso entones? – barbota, brotando de sus ojos una llamarada –  ¿Es que solamente se mata con un cuchillo?. ¿Es que la muerte por hambre no es una muerte tan segura como la de un cuchillo?. ¿Es que no se ha matado a esos hombres como si los hubieran metido en agua hasta ahogarlos?.

Sin poder resistir aquellos ojos que lo queman como brasas, Andrés vuelve la cabeza.

– No sé… – murmura.

Cuando deliberadamente se crean las condiciones para que la muerte de un hombre se produzca y se mantienen contra otros hombres esas condiciones a sabiendas de sus consecuencias y pudiendo fácilmente remediarlas, el hombre que mantiene esas condiciones, es un asesino.

– ¡Matar¡ –  la voz de Andrés es muy baja. Sus ojos permanecen fijos en la cruz que preside la mesa. La señala – aquel lo prohibió. Murió por todos.

– Los ojos del Bravillo relumbran. Extiende el brazo:

– Si hace falta mi vida para que mañana todos los que están en el campo conmigo puedan vivir, que me claven en un madero como a ése.

Andrés siente que algo se le agarrota muy adentro, como una tenaza de hierro súbitamente introducida en su carne. El silencio parece llenarse de pronto de latidos terribles. La luz amarillenta del cirio, trazando sombras chinescas en las paredes, refleja el cuerpo del Seras, que se adelanta con las manos extendidas.

– No hay necesidad de discutir ya.

Todos le miran, sorprendidos. El Bravillo pega un salto, agarrándolo fuertemente por el brazo. Ve a Miguel

– ¿Qué has hechos? – grita.

La luz mortecina y cambiante del velón alumbra la cara impasible del viejo.

– Lo acabo de matar.

– ¿Qué has hecho, Seras? – el campesino, furioso, lo sacude con fuerza por el cuello, sin que el otro se mueva siquiera.

– Te habías olvidado de una cosa – dice muy bajo.

– ¿Qué?.

– Que el Rufino era mi hijo. Ibas a perdonarlo ¿no?.

El Bravillo vuelve la cabeza evitando su mirada y soltándolo.

– No sé… – murmura.

Andrés contempla la escena con los ojos atónitos. Miguel yace en la silla en una postura grotesca, con las ciegas cuencas muy abiertas. Un canalillo de sangre va saliendo con lentitud de su costado izquierdo y va empapando la túnica, la silla, el suelo, donde forma un charco.

– ¡Asesino¡ ¡Asesino¡.

Ante el asombro de todos, el muchacho sacude convulsivamente al Seras, que no se defiende. Le da un terrible empujón, tirándolo contra la pared. Luego de un salto sale de la estancia, precipitándose escaleras abajo.

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