TORRE DE VIENTO

Doña María Luisa, luto riguroso, alarga el libro a su marido:

– ¿Lo has encontrado con facilidad?

– Si, donde tú me habías dicho.

Metido dentro del gran lecho matrimonial, coge el volumen con fatiga entre sus manos huesudas. La muerte de Miguel ha hecho que Don Pedro cayera en cama como fulminado. Su mujer lo mira con preocupación a través de sus enrojecidos ojos.

– Tráeme la pluma y las gafas.

Ella va a buscarlas a la chaqueta, alargándoselas.

– Arréglame los almohadones.

Él se incorpora para facilitarle el arreglo, empezando a escribir.

– No te canses mucho, Pedro.

– Hay que registrar las últimas cosas que han pasado – le contesta él monótonamente, sin mirarla.

Es un atardecer triste, que deja filtrar una luz cenizosa por la entreabierta ventana. Ha estado lloviendo todo el día y eso ha contribuido a despejar la atmósfera cargada de días atrás. Sin embargo, espesas nubes entoldan el cielo.

– ¿Quién es? – pregunta él de ponto.

Su mujer lo mira con sorpresa. Con la enfermedad no se le escapa el menor ruido de la casa.

– Voy a ver – dice, saliendo de la habitación.

Vuelve a entrar al cabo de un momento. Detrás de ella se perfila borrosamente una silueta. La luz del flexor que el enfermo ha encendido no alcanza a definirla.

– Es don Alejo, Pedro.

– ¡Ah, vamos¡.

– Buenas tardes – saluda el médico, sentándose en una silla a la cabecera –  ¿Cómo se anda hoy, don Pedro? – Se inclina sobre la cama y la luz se hunde entre sus espesos cabellos grises, chupándole más aún la cara seca y magra.

El enfermo se vuelve, con la pluma sobre el libros abierto.

– Peor, don Alejo – dice, moviendo desesperanzadoramente la cabeza – son ya demasiadas cosas.

– Vamos, don Pedro – le anima el otro – no hay que ser pesimista. Que hoy no tiene usted mal aspecto.

El dueño de la tienda hace un gesto indiferente.

– Porque usted no quiere… Yo me veo.

– ¡Vamos, vamos¡. El ánimo ¿cómo le va?

Don Pedro le mira con tal expresión que le hace desviar los ojos.

– ¿Cómo me puede ir, don Alejo? – dice, con una fatiga inmensa.

Doña María Luisa, sentada al pie de la cama, cierra un momento los ojos, crispando sus manos sobre la colcha gris. ¡Oh, Dios¡. El dolor de verlo impotente la está destrozando. Es como si a una le patearan de continuo el corazón.

La puerta de la habitación se entreabre con un breve ruido.

– El señor Rozas – anuncia Felisa.

– Dile que pase.

Entra el apoderado con la desenvoltura de quien conoce bien el terreno.

– Buenas tardes.

– Hola, Felipe – el anciano sonríe trabajosamente – aquí está don Alejo dándome la lata. Se cree que voy a pedirle permiso para morirme.

– ¿Quién habla de morirse? – Tercia el doctor, volviéndose a Rozas con un ademán ambiguo – Todavía…

Don Pedro levanta la cabeza mirándolo con amargura.

– Todavía, ¿qué?. ¿Todavía más?.

Todos callan en un penoso silencio. Rozas se acomoda en una silla a los pies de la cama. Don Alejo se lleva una mano a la boca, pensativo. Doña María Luisa suspira muy bajo. Un coche pasa por la calle y la luz de sus faros gira en la pared para apagarse enseguida en un gigantesco parpadeo.

– Perdonen, pero tengo que seguir escribiendo – anuncia don Pedro, prosiguiendo su tarea.

El médico se levanta, despidiéndose de ambos con un ligero apretón de manos. Doña María Luisa lo acompaña ala salida, dejando solos a los dos hombres.

– ¿Quiere que me marche, don Pedro?.

Este continúa escribiendo durante unos momentos. Sin alzar la cabeza, dice:

– No, Felipe, quédate. Tenemos que hablar.

Ella vuelve, echando una ojeada al cuarto para ver si todo está en orden.

– ¿Quieres dejarnos solos, María Luisa? – dice él, dejando el libro a un lado – Felipe y yo tenemos que hablar.

Ella lo mira indecisa.

– Procura no cansarte mucho.

– ¡Psht¡ –  el tiene unos ojos ausente – si no lo hago ahora, no tendré ya tiempo.

Su mujer, ahogando un suspira entre sus labios prietos, vuelve a arreglarle la cabecera, saliendo a seguido del cuarto. El se recuesta sobre los almohadones, hablando con fatiga:

– Estoy anotando los últimos acontecimientos… – sus ojos miran al frente, vacíos – la muerte de Miguel.

– Todo está empantanado – dice Rozas – y hoy hace ocho días…

– Sí – le replica don Pedro con cansancio – ese García y sus policías son todos unos imbéciles.

– Por lo que él dice, se mueve mucho.

– ¡Bah¡ ¿Qué es lo que dice siempre la policía? – exclama el viejo, dando de lado la cuestión con un gesto brusco – bueno, dejemos eso… Al pobre Miguel no se le puede hacer nada con hablar. Lo que yo quiero es castigar a su asesino.

Deja el libro abierto sobre la mesa, quitándose pensativamente las gafas.

– Con Miguel no hay que contar – susurra muy bajo – quedan los tres peores. Eduardo, José y el niño… – se pasa la lengua por los labios resecos, mirando expectante a rozas – Felipe, nunca te he hecho la pregunta, pero… ¿Qué piensas tú de los tres?.

El apoderado se mueve intranquilo, considerando con atención al hombre que tiene delante. Ha dicho don Alejo que no vuelve a levantarse, pues lo del hijo ha sido para él el golpe de gracia. Los ojos se le mueven cansados y escépticos y sus gestos han perdido la elasticidad que tenían hace dos semanas.

– José es un elemento que vale, lo sabe usted.

– Sí – le replica el viejo con ligera impaciencia – y Eduardo y Juanjo que no valen, pero no es eso lo que te pregunto… Si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?.

Rozas deja transcurrir una pausa.

– Pensaría… que tengo una hija.

El enfermo se yergue con brusquedad, apretando enérgicamente la boca.

– Descartado – dice en tono cortante – no hay nada que hacer. Otra cosa.

El apoderado se inclina sobre la cama.

– Mire usted, don Pedro. Si José quisiera, no habría problema. Física y mentalmente está capacitado para dirigir la tienda, pero usted ya conoce su manera de pensar.

A don Pedro le asalta de pronto la horrible idea, que articula mirando con aprensión a Rozas.

– ¿Tú crees que cuando yo muera él tratará de venderla?, porque los otros no serán difíciles de convencer. Con tal de no trabajar…

– Está su señora.

El anciano se revuelve incómodo entre las sábanas.

– Mujeres… –  ,murmura con despecho – mujeres por todas partes… mi mujer, mi hija… no – deniega al fin con un gesto rotundo.

– La tienda puede quedar bajo doña María Luisa. ¿Por qué no?. Y ellos continuar como hasta ahora.

– Y tú dirigiéndola.

– ¿Qué solución, si no?. Si no admite a su hija…

Don Pedro rehúsa vigorosamente con la cabeza.

– Ni la nombres siguiera. Descartada, descartada de una vez por todas.

Se pone a tabalear con los dedos sobre el libro abierto y echándose hacia atrás, entorna los ojos.

– ¡Vaya, vaya¡ –  susurra – Miguel, a pesar de todo, podía haber servido… José… con el dinero que me ha costado… Porque Eduardo, nada… El niño, menos…

El apoderado se muerde los labios, guardando silencio. La obstinación del anciano le pone ligeramente nerviosos. Don Pedro no quiere convencerse, por lo visto, de que no hay nada que hacer. Si pudiera…

Unos pasos se oyen de pronto en la antesala. La puerta gira empujada por José, que permanece en el centro del umbral, observando.

– Buenas tardes – saluda, mientras avanza muy despacio hasta los pies de la cama. El pañuelo blanco del bolsillo alto de la chaqueta armoniza con su rostro de yeso, destacados ambos contra el traje negro.

– Hola, José – le contesta rozas.

El viejo, saliendo de su penosa abstracción, se limita a gestear con la cabeza.

– ¿Cómo te encuentras, papá?.

– Igual, hijo – dice con fatiga – Ya sabes que de ésta

– Nada, papá – José se frota las manos con fuerza, pero desvía la vista de los inexpresivos ojos de su padre – dentro de nada, como nuevo.

– ¡Je¡ –  Don Pedro frunce sarcástico los labios – cada uno sabe su hora.

Hay una larga pausa. José se inclina, apoyándose de codos sobre el espaldar inferior del lecho. Don Pedro cierra el libros y lo guarda en la mesilla de noche.

– ¿El libro de la familia?.

– Sí – su padre lo mira muy fijo – acabo de anotar la muerte de tu hermano.

José levanta las cejas.

– Todavía no se sabe nada.

– Nada.

Otra laguna de silencio en la enrarecida atmósfera del cuarto. José se mete las manos en los bolsillos con aire preocupado, dirigiéndose a la ventana a escrutar la calle.

– Mal tiempo – comenta – y estamos en abril.

Rozas asiente sin decir palabra, observándolo con interés. José se retira de la ventana y vuelve a su sitio de antes. Juguetea nerviosamente con los borlones de la colcha, cruzando unos con otros y tratando de anudarlos. Los deja caer de pronto y se pasa una mano por los cabellos.

– Papá – la voz le sale floja, apenas audible.

Su padre lo mira expectante, afilado de ojos. José se pasa una lengua torpe por sus labios resecos.

– Como Felipe es de confianza – dice con timidez – verás… Es que he hecho últimamente unos gastillos… y tengo otros a la vista que…

El rostro de don Pedro se desencaja de pronto.

– ¡La feria¡ ¿eh? – barbota sarcástico, con pupilas irritadas por la cólera –  ¿Qué vas a celebrar? ¡Una doble muerte¡ ¿no?. La de tu hermanos y la mía, claro.

José suda copiosamente, con labios temblorosos que no encuentran palabras. A su cara ha subido de repente un vapor de sangre.

– ¡Papá, por Dios…¡ –  extiende las manos, sin saber como continuar.

Don Pedro alarga un brazo con furia:

– ¡Ya ves, Felipe¡. El señorito lo que piensa es en banquetearse, ahora que sabe que el papá va a morirse. No puede esperar a que yo cierre los ojos.

José no acierta a responder, agachando confundido la cabeza.

– para banquetitos ¡claro¡.

El ruido de pasos en la antesala se detiene ante la puerta, que se abre con preocupación.

– Hola, papá.

– Hola, abuelo.

– Hola, Rozas.

Eduardo y Juanjo, enfundados en negro, entran en la estancia. El viejo los mira con las cejas muy fruncidas, poseído aún de su arrebato. Rozas habla con rapidez, dirigiéndose a Eduardo:

– ¿Qué tal, liquidaste las facturas de la Lizarazu?.

Este carraspea un poco antes de responder.

– No, había algo raro, no sé qué de tantos por ciento. Las he dejado para mañana.

Su padre lo mira con furia, incorporándose violentamente en la cama.

– ¡Todo se deja aquí para mañana¡ –  le vocifera en la cara – Cuando te llegue la negra, también vas a dejarlo para mañana ¿no?.

Eduardo retrocede un paso, sin saber donde meterse.

– Pero, papá… – balbuceo con torpeza, quedándose con la boca medio abierta.

El viejo abarca el grupo en una ojeada, estudiando sus caras con encono. La degeneración que ve en los rostros de Eduardo y Juanjo le hace apretar las manos hasta clavarse las uñas.

– Ya estamos aquí reunidos todos los Duarte – dice con amargo sarcasmo –  ¡Los ilustres Duarte¡ ¡Vaya familia¡ ¿De donde habéis salido todos? ¿De mí? ¡Pero será posible¡

José aparta a Eduardo de un brusco manotazo, adelantándose con la mandíbula tensa y los ojos afiebrados y malignos. Su cara está lívida, como golpeada, y sus labios se le agitan incontenibles. Engarfiando rabiosamente sus manos sobre el espaldar, trata de conducir sus palabras, que le restallan silbantes entre los dientes apretados.

– ¡Hemos salido de donde nos han hecho, papá¡ –  barbota, escupiendo sobre le lecho menudas partículas de saliva – según nos hacen, así respondemos. Todos, Eduardo, yo, Juanjo, el mismo Miguel. Ninguno ¿te enteras?. Ninguno hemos salido de la nada. ¿Crees que tenemos toda la culpa de ser como somos?. ¡No¡ –  restalla rabiosos – los hombres salen de los ambientes en que viven, como los sapos de las charcas. Nosotros, este hombre y este otro – señala a Eduardo y a Juanjo – y yo mismo, hemos brotado de esa cosa podrida, muerta y repelente que es la cuna de muchos en esta ciudad vieja, estúpida y ñona. Aquí se estudia a los hombres y cuando se los ha catalogado, se les empuja en la dirección contraria a la suya, a la que ellos hubieran tomado. Se les detiene cuando habría que empujarlos, se les empuja cuando habría que detenerlos. Es los único que da de sí esta sociedad retrógrada y mezquina. ¿Es que tú crees que podrías haber hecho de mí un mandamás de la tienda?. ¿O de Eduardo o de Juanjo?. El que mejor te entendió fue Miguel, con ése no te valieron chinitas. Ni con tu hija, los dos mejores. Ellos sabían lo que querían y lucharon por ello. El ha muerto, ella como si hubiera muerto para ti. ¡Esa es tu familia, la que tú has creado con tu cerril egoísmo¡.

– ¡Cállate¡ –  le grita su padre, con la cara desencajada.

– ¡No quiero¡ –  grita José más alto –  ¡la tienda es todo para ti¡. Acumular, acumular, acumular. Y nosotros ¿qué?, si hubieras podido, nos habrías amarrado a las mesas con cadenas. Todo lo has sacrificado por ella, tus hijos, tu mujer, tú mismo… – Baja de pronto la voz, hablando amargo –  ¿crees que valía la pena, papá?. Y ahora, ¿qué encuentras? ¡Nada¡ Que no hay quien de los tuyos quiera la tienda…

– Pero hay otros que se harán cargo de ella – dice el viejo masticando con fuerza las palabras – y vosotros no tendréis un céntimo, ¿estamos?.

– Papá – interviene Eduardo adelantándose – nosotros hacemos lo que podemos…

– ¡No¡ –  le grita su padre, apretando los puños – menos, mucho menos de lo que podéis. ¿Qué hace el otro? ¡Hablar de toros y de fútbol¡ ¿Qué hace el inteligente José? ¡Pajaritas¡. Aquí los únicos que hemos mantenido el negocio, Rozas y yo. Sin nosotros, todo se habría venido abajo hace tiempo. Pero cuando yo muera, todo estará arreglado para que la tienda siga como hasta aquí.

José se encoge de hombros.

– Haz lo que quieras, papá – dice, saliendo con rapidez de la habitación.

– Nosotros hacemos lo que podemos – repite Eduardo.

Su padre lo mira furioso.

– Eso es lo único que sabes decir. ¡Dilo otra vez, hombre¡.

Eduardo baja la cabeza, confuso.

– Y el otro, a tu lado, como un poste. No sabe ni abrir la boca ¿es que estás borracho?.

– ¿Yo qué quieres que te diga, abuelo? – Juanjo no levanta la vista de la alfombra – yo trabajo también en la tienda.

– ¿Y será cínico? – don Pedro se deja caer sobre la almohada con una risa amarga –  ¡dice que trabaja¡ –  extendiendo de pronto el brazo hacia la puerta –  ¡Marchaos, marchaos¡.

A paso lento, cabeza gacha, abandonan los dos el cuarto. Eduardo echa aún desde la puerta una mirada de perro apaleado. Don Pedro se vuelve hacia Rozas.

– ¿Qué te parece, Felipe, los hijos que me han tocado?.

Insultándome encima…

– José desde luego es una lástima…

– Sí – el enfermo humilla la cabeza, respirando con violencia – él es el único que tiene nervio, pero con los nervios desquiciados, con la cabeza llena de ideas absurdas. No abandona por nada del mundo su obsesión aquella de la milicia. ¡Como si allí fuera a encontrar las facilidades que aquí…¡.

Rozas menea la cabeza, dubitativo.

– No es cuestión de facilidades, don Pedro, lo sabe usted.

El anciano se deja caer sobre la cama, respirando con fatiga.

– Ya, ya se ha hablado de eso – dice , apartando el tema con un ademán brusco – esta escena me ha dejado casi agotado – mirándolo con ligero aire de disculpa – ha sido bien desagradable, lo reconozco, pero créeme, Felipe, no había más remedio. He aguardado hasta última hora la reacción de José a la muerte de su hermano, a ver si por fin se decidía… Pero nada, lo único que se le ha ocurrido es pedir más dinero.

– Usted le lleva ya dado mucho.

– Sí, con la idiota esperanza de ver si quería, si les daba la gana de preocuparse de lo que al fin y al cabo, es suyo. Pero nada, no hay nada que hacer.

– ¿Qué piensa hacer usted, entonces?.

– Seguir tu consejo. Tú seguirás al frente  de la tienda, hay que seguir defendiéndola. Ya sabes que tenemos un lobo a la puerta que quiere comérsela.

– Román.

– Sí, el granuja ése – Don Pedro se anima hablando. Un poco de color le nace en las mejillas y sus movimientos son más precisos – ya escuchaste a los dos compadres en la boda de la niña. Fue el otro el primero que lanzó la andanada, para despistar. Luego ha sido Román el que ha lanzado unos pildorazos. Tendiendo las redes a ver si queríamos pescar. Pero se va a llevar chasco ese lagarto.

– El quiere consolidarse como persona honorable.

– ¡Y, ya¡ Como tantos otros de aquí. ¡Valiente honorabilidad tiene algunos¡. Como para carcajearse… Y éste, como si no le bastara la joyería…

– Es que querrá entrar por la puerta grande, por lo visto.

– Mira, Rozas – explica decididamente don Pedro – la puerta grande nuestra admite a mucha gente que a veces no debiera. Pero en este caso al señor Román le va a resultar estrecha para su barriga. Yo ya le he dado a entender que naranjas de la China. Yo antes de venderle la tienda a él, soy capaz de quemarla. Ha servido durante muchos años para un negocio limpio y no tengo ganas de que venga el primer bodoque a llenármela de basura. Mientras yo viva, no hay miedo. El sabe que yo soy inatacable. Pero ha cometido la imprudencia de levantar la caza antes de tiempo. Confiando en que el fracaso con mis hijos y que además soy ya viejo le facilitaría el camino, ha descubierto las baterías. Todavía no me ha hecho ninguna propuesta seria, pero desde la boda de la niña lo estoy viendo venir. Si hubiera aguardado a que yo me saliera de escena, habría tenido más probabilidades, pero ahora las cosas van a quedar amarradas con ancla – varía de tono, moviendo la cabeza con sarcasmo – son los lobos, Felipe, los lobos que tienen hambre y no quieren esperar… Pero en esta ocasión al amigo Román va a mascar en hueso, a pesar de lo retorcidos que tiene los colmillos. Mi testamento no va a dejar un hilo de donde él pueda tirar – se queda pensativo un momento, agregando a continuación – yo voy a seguir lo que tú me has dicho, ya que no veo otro remedio. Por lo pronto, yo confío en tu inteligencia y en tu habilidad para defender la tienda. Pero ten en cuenta que con estos lobos hace falta también mucha picardía y un rato de mala leche. Como ellos la tienen.

– Descuide usted, don Pedro. Usted dejando bien atados tos los cabos, no hay nada que temer. Yo ya me conozco bien a esta clase de gente.

– Mi mujer lo tendrá todo – sigue el anciano, reflejando una nueva vivacidad en sus ojos – eso reza el contrato de matrimonio. Ella será la dueña de todo, pero bajo tu completa administración. “La Guindalilla” es un buen negocio y si encuentras a alguien capacitado para dirigirla, podemos continuar con ella. Si no encontramos a nadie que merezca confianza, se vende. A lo mejor le interesa a Román. Eso no tendría inconveniente en vendérsela, naturalmente si la paga bien. Si no, no faltarán compradores. He estudiado aquello y hay buena extensión en que enterrando unos miles de duros, se puede transformar fácilmente en regadío. En fin, eso ya lo estudiaremos. Miguel había hecho unos proyectos que deben estar en el cortijo. A mí me parecieron muy buenos cuando me los expuso. Allí está ahora el capataz, Rodríguez. Tú puedes ir a verlo y que te dé todos los papeles del despacho. Aquí los estudiaremos y veremos lo que puede hacerse. Si se pudiera poner al frente del cortijo algún buen técnico, miel sobre hojuelas. O algún campesino experimentado. Confío más en éstos, porque tienen amor de verdad a la tierra. En fin, todo depende de las reformas que haya que hacer en “La Guindalilla”… De todas formas, lo que primero hay que encontrar es un hábil hombre de confianza que no robe mucho o un técnico que aunque robe más, haga producir el cortijo. Eso te descargaría a ti de trabajo y responsabilidades de detalles. Tú lo revisarías todo y serías el administrador, naturalmente.

– Ya, ya… – asiente Rozas, mirando con asombro el cambio que se ha operado en don Pedro. Sus movimientos son más firmes y sus ojos relucen con un brillo que no es el enfermizo de días atrás.

– Bueno, por ahora eso es todo – remacha el anciano, dejándose caer pesadamente sobre los almohadones – yo voy a hacer que avisen a Olavide para el testamente y para darte poderes totales. Ahora estoy muy cansado y lo recibiré mañana. Haz el favor de decirle a mi mujer cuando salgas que me traiga ya la medicina. Creo que la necesito.

– Bien, don Pedro – Rozas se pone decididamente en pie, mirándolo con curiosidad – está usted transformado ¡caramba¡. Después de la escena…

El viejo sonríe con tristeza.

– El canto del cisne, Felipe. Yo no vuelvo a levantarme, como si lo estuviera viendo… Pero ahora todavía necesito fuerzas para defender mi obra. Eso es lo que me revive como un milagro. El imbécil de mi hijo cree que todo es el dinero, pero es algo más. Si hubiera sido eso, no tenía por qué haberle dado un céntimo – lo mira con expresión  pensativa – todos los hombres somos algo canallas, Felipe, pero también tenemos todos algo intocable… yo he sido un egoísta toda mi vida, pero no para todas las cosas. Y con él no me he portado bien en una ocasión cegado por la tienda, por lo demás no tiene de qué quejarse – se queda callado unos momentos, tendiéndole la mano a continuación – bueno, basta de tabarra. Hasta mañana, Felipe. Ven a la hora de almorzar.

Rozas lo mira consideradamente un largo momento. Le estrecha la mano en silencio.

– Hasta mañana, don Pedro.

Baja la escalera, pensativo. Son ya las nueve y el levante que soplaba por la tarde ha despojado el firmamento de nubes, dando lugar a una noche templada. En el cielo marino guiñan algunas estrellas. El apoderado echa a andar hacia la Plaza Sarmiento.

De la bocacalle de San Francisco se acerca alguien que se detiene a su lado.

– Señor Rozas.

– ¿Eres tú, Andrés? – su jefe lo mira con curiosidad –  ¿qué hay?.

– Quería hablarle.

– Bueno… dime lo que quieras.

– No aquí.

El apoderado lo mira con extrañeza.

– Pues… si quieres, podemos ir a un café ¿hace?.

El muchacho se pasa la lengua por los labios, sin abandonar su aire tenso.

– Señor rozas, un café… Preferiría otro sitio, la verdad.

– Vamos a mi casa, entonces.

Echan a andar hacia la calle Honda.

– Y… poco más o menos – pregunta Rozas con interés, observándolo atentamente –  ¿de qué se trata.

El muchacho menea la cabeza sin responder.

– Asunto personal – dice al fin – es una consulta, un consejo que necesito.

– Ya.

En casa del apoderado sólo está una de las criadas.

– Doña Mercedes salió hace un cuarto de hora con la señorita. Dijeron que si usted venía, señor, que iban al Villavisión con los señores de Guiraldez.

– Entonces es que van a la tercera. Nosotros vamos al saloncito. Que no se nos moleste para nada.

– Ven aquí, Andrés – el dueño de la casa lo conduce por el brazo – en el saloncito estaremos más tranquilos. Siéntate ahí enfrente y si quieres una copa, ahí tienes una botella y servicio. Yo no bebo. Y cuando tú quieras.

– Gracias, señor Rozas – el joven se sirve – pero lo necesito.

Sus mejillas enflaquecidas tienen ya un poco de color.

Sus ojos aparecen cargados y su boca dibuja una mueca de cansancio. Su jefe lo observa con atención.

– Señor Rozas – el joven empieza a hablar muy despacio, con las mejillas tirantes, –  es usted la única persona en quien encuentro la suficiente fuerza y comprensión para ayudarme… Esta última semana ha sido dura para mí, he tenido fiebres continuas y mis noches han sido de pesadilla. Lo que yo le quiero hablar no se relaciona nada con la tienda. Se trata – sus ojos buscan con avidez la reacción de rozas – de don Miguel Duarte.

El apoderado se echa hacia atrás con un movimiento brusco, pero se calla. El muchacho se pasa la lengua por los labios sedientos.

– Yo conozco cómo, quién y por qué mataron a don Miguel.

La mirada de Rozas escruta hasta el fondo su trastornada cara. Muy despacio, va desarrollando Andrés sus recuerdos del Martes Santo, su subida a la celda, su conversación con el Bravillo, su ataque, la historia del campesino, el brusco arrebato y la huída. El globo de cristal esparce una luz dulce sobre ambos, extendiéndose sobre la mesilla que los separa y los muebles de la estancia, que aparecen suavemente iluminados en sus contornos. La botella y las copas recogen la miríada de luces que brotan de la lámpara y la absorben en el vidrio negro, despidiéndolas en el cristal incoloro y brillante. El apoderado, echado hacia atrás, mantiene sus codos sobre los brazos del butacón rojo, a la vez que apoya la boca sobre sus manos unidas. Andrés está inclinado hacia delante con los codos en las rodillas y las manos inmóviles y cruzadas.

– Esoj es todo – dice cuando termina, recostándose con un suspiro de alivio.

Hay un silencio que se oye. Un coche pasa por la calle y el ruido entra por la ventana, extendiéndose en mil por la estancia. Las voces de la casa resuenan lejanas, como si hasta ahora no hubieran existido.

– Tú no sabes que hacer.

Andrés lo mira sombríamente.

– Sí, a don Miguel lo han matado  y yo sé quién.

Rozas lo observa muy fijo y articula con lentitud:

– Un tribunal.

=Un tribunal?.

– Sí – dice el dueño de la casa con firmeza – aquello… era un tribunal.

– Lo mató el Seras.

– Alguien tiene que ejecutar. El verdugo.

– Yo no sé si lo que aquel hombre me dijo era verdad.

Rozas coge una de las copas entre sus manos, acunando su redondez entre ellas. La mira con atención y luego estudia sus reflejos a la luz de la lámpara. No mira al muchacho.

Lo era, Andrés. Todo lo que aquel hombre dijo iba a misa.

– ¿Usted cómo lo sabe?.

El apoderado deja la copa sobre la mesilla y lo mira con gravedad.

– Sabemos todo lo que pasa en el cortijo.

Andrés lo mira con asombro.

– ¿Por don Miguel?.

– No, por él. Y cuando digo “sabemos”, no me refiero a los de la tienda.

– ¿A quién entonces?.

Rozas vuelve a acunar la copa entre sus dedos.

– Aquel hombre era anarcosindicalista. Las cuestiones sociales ya no quedan encerradas en los límites de un cortijo.

Como el Bravillo sabía, hace años se inició un despertar. Ahora… se ha iniciado otro y hay corrientes de información que nos enteran de todas las cosas que pasan. Y entre esas cosas, la mayoría malas, claro, las de “La Guindalilla” es una de ellas.

Andrés lo escruta con ansiedad.

– Entonces… ¿Usted cree justo lo que ha pasado?–

Rozas se remueve inquieto, dejando la copa sobre la mesa.

– Por un lado, lo creo inevitable – dice con lentitud – por otro, no me parece injusto. Si a ti te llevan a un campo y te ponen en su lugar ¿obrarías de un modo muy distinto?. Mira a esos hombres. De un lado, muchas probabilidades de morirse. Del otro, también. Sueldos de hambre, siempre. Hace muy poco, según cifras recogidas por el Arzobispo de Valencia, el jornal medio para los trabajadores de la industria y del campo no llega ni a la mitad del mínimo indispensable para su subsistencia. ¿Qué te parece a ti? – Coge la botella y va echando líquido muy lentamente en la copa de Andrés – hay ciertos elementos que quieren poner troncos para contener torrentes. Si los troncos son muy grandes y muy duros, el agua podrá ser contenida durante cierto tiempo, pero después, llega un día en que los troncos son destrozados sin remedio y el agua se desborda inundándolo todo, las buenas y las malas tierras.

Andrés frunce mucho las cejas.

– No le entiendo.

– No es difícil – el apoderado lo mira con gravedad, tendiéndole la copa – sustituye los troncos por hombres, el agua por hombres también y la que luego se desborda, por sangre. Aquel hombre te preguntó cuánto ganabas y si te pensabas  casar pronto… Ahora tienes sólo veintidós años y has pensado vagamente en ello. Pero dentro de cuatro tendrás veintiséis y llevarás seis años de relaciones. ¿Podrás casarte ya?. La mayoría de los que están en la tienda se casan alrededor de los veintiocho o los treinta y eso después de estar reuniendo céntimo a céntimo durante cuatro o cinco años, si no más. Hay otros hombres que ni siquiera trabajan y que pueden casarse cuando les da la gana, a los dieciséis, a los veinte, a los cuarenta, porque tienen medios sobrados para ello. Esos hombres, muchas veces, son troncos. Y hay muchos como tú, que son agua. Y fíjate bien lo que te digo – añade, mirándolo con más seriedad que nunca – llegará un día, quizá muy próximo, en que tu novia se abrazará a ti como sólo saben abrazarse las mujeres al hombre que quieren, y entonces tú sentirás hasta lo más hondo que eso no puede seguir así. Y entonces – su voz vibra de pronto con mayor fuerza – tú serás una gota del torrente. De ese torrente que ha aplastado a don Miguel.

Andrés contempla a Rozas como si lo viera por primera vez. La mirada del apoderado tiene una serenidad inflexible, si boca, un gesto duro y austero.

– ¿Y eso no tiene solución?

– Por ahora…ésa.

El muchacho lo mira perplejo.

– Entonces… ¿Usted cree que lo mejor es que me calle?.

– Mira, Andrés, yo en tu lugar no diría nada. Y no tendría ni pesadillas ni escrúpulos de conciencia. Si hablaras, entonces posiblemente se extremarían las cosas. Y llegando al fondo de la cuestión, no sabemos hasta qué punto los tribunales de una ciudad son más competentes que ése de que me acabas de hablar. Esto no quiere decir que yo apruebe lo que esos hombre han hecho, a eso habría que darle todavía unas cuantas vueltas, pero si a esos campesinos los coge la justicia, ésta no hace distingos. Corta. Y al fin y al cabo, lo que ellos han hechos es un a modo de justicia. Justicia bruta, no lo niego, pero con cierta respetable dosis de derecho. Si tú hablaras, las cosas se complicarían y entonces sí que habría injusticias de verdad.

Andrés se queda contemplándolo durante un largo rato. De su cara ha desaparecido la expresión inquieta que lo torturaba. Poniéndose en pie, saca un cigarro del bolsillo, encendiéndolo mientras observa al apoderado.

– No sé si te he convencido – dice éste, señalándole el asiento que ocupaba – pero  ¿quieres volver a sentarte?.

El muchacho le obedece, con los ojos fijos en la alfombra.

– Me he quedado más tranquilo – dice – pero tengo que darle vueltas todavía a muchas cosas.

– Es natural – Rozas sonríe ligeramente – esa experiencia que has tenido no se da todos los días. Trastorna demasiado, pero a fin de cuentas es posible que eso sea fecundo para ti.

Andrés lo mira con incredulidad.

– Sí, sí… – sigue rozas, acentuando su vaga sonrisa – no me mires así… a veces un buen choque conviene. No tan duro como el que tú has recibido, claro… Pero luego queda un sedimento que templa el carácter – le señala la mesa –pero tómate otra copa, te sentará bien. Y ponte cómodo, haz el favor… porque tengo curiosidad, cuéntame… ¿qué es lo que escribes?.

El joven sonríe con algo de burla.

– ¡Bah¡. Eso no tiene importancia.

– ¿Quién ha dicho que no?.

– Al lado de esto…

– Todas las cosas tienen importancia. Lo que hay que saber es colocarlas en su sitio. Cuando pase algún tiempo, esto de ahora tendrá menos importancia y es posible que tus pinitos tengan mucha más.

Andrés se encoge de hombros, quedando pensativo.

– Es posible – dice – pero ahora no puedo hablar de eso.

– ¿Por qué no?. Cuando tienes algo entre ceja y ceja, no hay nada como meter otra cosa para desalojarla. ¿Qué es lo que escribes?.

– Ya sabe usted – le contesta, medio convencido – cuentos, impresiones…

– ¿De quién te notas influencias?.

– ¡Uf¡. Son tantos…

– ¡Magnífico¡. Eso es como decir ninguna.

Andrés sonríe. Su rostro está cambiado.

– Querría leer algo tuyo.

– No vale la pena.

– Bien, bien, me gusta tu modestia, pero no tanta. Un poquillo de orgullo es a veces como la sal en el puchero. Con que, quedamos en que me vas a dar a leer algo tuyo ¿no?.

– Si usted se empeña…

– ¡Ya lo creo que me empeño, hombre¡. En mis tiempos yo tuve también mi sarampión literario. Bueno, no totalmente, porque yo le echaba mucha pimienta política.

Andrés abre mucho los ojos.

– No lo sabía.

– Ya… ya…

– Me lo enseñará usted.

– Otro día, habrá ocasiones. Y… ¿qué proyectos tienes?.

– Por ahora leer, estudiar técnicas.

– Observa la vida, Andrés, mira lo que pasa a tu alrededor. Esa es tu materia prima, por mala que te parezca. El oficio viene luego sin querer. Abre los ojos y observa, deduce…

– Eso hago.

– Los libros sirven de mucho, claro. Te abren horizontes, pero no conviene atiborrarse de ellos. De vez en cuando hay que sentarse al balcón a ver pasar a la gente.

El joven se echa a reír.

– Ya veo que usted lo ha hecho.

Rozas ríe francamente también.

– ¡Ya lo creo¡. Y he aprendido mucho. En mis tiempos me ponía en la esquina de una calle y catalogaba tipos de toda hechuras. Es un deporte interesante. Y barato.

– No olvidaré eso.

– Y lo otro sepúltalo en tu cabeza. Que se quede en el fondo.

– No podré olvidarlo en toda mi vida.

– Sí… – asiente el apoderado – lo creo. Pero vendrán otras cosas y se amontonarán encima. Puede que un día ni te acuerdes. O mejor, que te acuerdes de tal manera que sepas colocarlo a su distancia exacta de ti.

– Creo que siempre estará muy encima.

– El tiempo lo dirá – dice Rozas, acompañándolo a la salida – el tiempo tiene una boca muy grande y se lo traga casi todo. Si la memoria no fuera olvidando poco a poco, no habría quien viviera.

– Adiós, señor Rozas sonríe Andrés, agradecido – y muchas gracias por todo.

– Llévame algo de lo tuyo a la tienda.

– Si usted se empeña…

Rozas le da una afectuosa palmada en la espalda.

– ¡Y vuelta, muchacho¡ ¿No te he dicho que me empeño?.

– Si, señor, se lo llevaré.

– Hasta mañana, pues.

– Hasta mañana. Buenas noches.

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