TORRE DE VIENTO

– ¡Dale, niña¡.

– Calla, malaje¡

En el centro de la caseta, bajo los cruces de  cadenetas y farolillos, la gitana y el bailaor trenzan unas sevillanas. Las palmas acompasados se mezclan al castañeteo de los palillos. La guitarra está tirante de alambres y quejas.

– ¡Juy¡.

– ¡Viva tu mare¡.

– ¡Jalea, niño¡.

El corro, muchedumbre de manos que aplauden y pies que taconean, saluda con una ovación cada número. Un mocetón moreno, traje corto y sombrero de ala ancha, sigue las evoluciones de la pareja, jaleando. La caseta es un mosaico viviente de colores. Trajes cortos de caballista, campánulas de gitanas, murmullos de corrillos, con gente sentada y de pie. Mesas al fondo con copas y botellas, platos con aceitunas sevillanas, salchichón, pescado frito, sardinas, chanquetes de Málaga, bocas de la Isla. Cigarros, puros, licores, peinetas, ajorcas, labios pintados, ojos negros, piropos, requiebros, sal, jadeos, bailes, teces morenas, dientes blancos, humo, flores, canciones, vino, humor, deseo… Todo cabe en el estrecho recinto de una caseta de feria.

– ¡Manué¡ ¡tómate una copa¡.

El Puma fuma junto al corro. Le acompañan Juanjo, Torres y Urrutia. El hombrín maduro, de ojos vivarachos y cutis de cobre, se vuelve con parsimonia. Tare una copa en la mano.

– ¡A su salú, don Gacho¡ ¡Y a la suya, señores¡.

– Gracias. Pero cántanos algo, Manué – pide Urrutia.

– Todavía es pronto – el gitano se ajusta la chaquetilla – tengo que ponerme a tono. Además – indica el corro – con este jaleo, cualquierilla…

– Los echamos – dice Juanjo.

– ¡Juy, juy, don Juanito¡ ¡No ha dicho usté ná¡. Echar al trío del Briba… ¡Hasta que ellos quieran¡.

– La caseta es de nosotros – tercia el Puma.

– Ya pué sé del Papa. Cuando el trío se calienta, échele usté guindas al pavo.

– ¡Vaya, hombre’ – El Puma se ladea muy flamencamente el sombrero –  ¡Habrá que joderse¡.

El hombrín guiña un ojo y saca una enorme lengua, relamiéndose.

– Y además, yo necesito todavía un tentempié. Con su permiso, señores.

Se va a la mesa y echándose otra copa, empieza a picar en todos los platos que encuentra a su alcance. Vuelve al grupo, confidencial.

– Si de veras quieren ustedes que el trío se dé andana, yo pueo… – vuelve a guiñar mientras sacude el aire con la derecha. El Puma se acerca al corro y Manué le sigue.

– Déjalos por ahora. No se portan mal.

La pareja continua incansable trenzando baile tras baile.

La gente a su alrededor la jalea sin parar.

– ¡Venga, Briba¡ ¡Eres el más grande¡

– ¡Arse, niña¡ ¡Que te quedas atrás¡

– ¡Y tú, esaborío¡ ¿Te has cansao?

– ¡Cállate, deslenguá¡ ¿No ves que ahora no toca?.

El Puma se vuelve al grupo.

– No lo hacen mal. Pero están sobrando.

– ¿Les digo algo, don Gacho? – dice el gitano – que como se lo diga usté, va a costar Dios y ayuda…

El otro se muerde el bigote. Sus ojos relucen de pronto.

– ¡Cállate, Manué¡ ¡Van a salir de estampía¡.

– ¡Juy, juy, don Gacho¡ ¿Qué se le ha ocurrío a usté?. ¡Que usté es de peligro¡.

– Nada, hombre – replica tranquilo el Puma – una broma inocente. Nada de particular.

Entra en la trastienda y sale al momento arrastrando un pedazo de lona. Lo lleva a un rincón de la caseta y envuelve con él una silla, colocándola detrás de un enorme testero de cajas con botellas vacías.

– Está muy cerca – dice.

– ¿De qué, Puma? – pregunta Juanjo, acercándose.

– Ayudarme. De este testero vamos a hacer dos.

Sin comprender, van desmochando la cabeza de la montaña, colocando cajas a su lado hasta formar un nuevo promontorio. El Puma coloca detrás del nuevo testero la silla enfundada.

Crítico, mira su obra.

– Ya no está tan cerca de la pared. No es peligroso.

– ¿Qué vas a hacer?.

– Ya veréis. Ponerse delante. Taparme.

Saca su mechero y prende fuego a la loneta. Una leve columna de humo empieza a elevarse tras las cajas de botellas. Los otros se vuelven como el rayo.

– ¿Qué has hecho, Puma?.

– ¡Callarse, que no pasa nada¡ –  dice imperioso, mientras avanza al centro de la caseta –  ¡Gritad conmigo¡ ¡Y enseguida pirarse por la trastienda¡.

– ¡Fuego¡

– ¡Fuego¡

– ¡Fuego¡

– ¡Jesús¡

– ¡Fuego¡

– ¡Que nos quemamos tós¡

Al cabo de un cuarto de hora.

– ¿Qué os decía?.

El gitano pisotea la lona. Un humillo denso lo invade todo. Las puertas de la trastienda están abiertas de par en par.

– ¡Uf¡ ¡Vaya broma, don Gacho¡ ¡No estarán cabreaos¡

– ¡Qué va, hombre¡ Les ha hecho gracia.

– A pique de quemarlo tó, don Gacho. Esta ha sido inocente, menos mal… Porque se gasta usté unas que… ya, ya…

– Nada, hombre, esto es tapa entre dos copas… Bueno, Juanito, o tú, Paco… Porque tú te quedas aquí ¿no, Juanjo?

– Sí, hombre, no conviene que me vean.

– ¡Vaya por Dios¡. Con lo contento que estará allá Miguel de que tú te diviertas aquí.

– La gente, que es así.

– Ya. Iletrada y murmuradora – El Puma se dirige a Urrutia y a Torres – Bueno, ¿quién de los dos va por el bureo?. ¿Por qué no vais los dos?. Así lo traéis más pronto. Ya sabéis el sitio.

Torres se encoge de hombros.

– Por mí, conforme. ¿Vamos, Paco?.

– Tu, tu… – chasca el Puma, deteniéndolos – no salgáis por ahí. Por atrás. Todavía hay gente.

– ¿Los acompaño yo? – dice el gitano.

– No, hombre, tú te quedas aquí. ¿Qué vamos a hacer entretanto si no?.

– volvemos enseguida.

– Que estamos deseandito.

– Bueno, vamos a calentar un poco la tripa – se sientan los tres alrededor de una mesa y el Puma va sirviendo – Cántanos algo, Manué.

Este bebe, se levanta y coge la guitarra.

– Sin eso – ordena el Puma – Jondo. A seco.

– Como quiera, don Gacho, pero hay que estar más a tono.

– Bebe, como, ahí tienes.

– No es eso, pero allá va.

El gitano se marca una seguiriya:

 

Pensamiento mío

                               ¿Adónde te vas?

                               No vayas a casa de quién tú solías

                               que no pués entrar.

El Puma se levanta, impaciente.

– No está mal, Manué. Pero te faltan grados.

– Otras veces te sale – dice Juanjo – empujas.

– ¡Juy¡ –  exclama Manué –  ¡No hace falta ná pa eso¡ Aquí estamos en la Siberia.

– Ahí tienes de todo – replica Juanjo, señalando la mesa – y Feria.

– ¡Juy, don Juanjo¡ ¡No hace falta ná¡ Noche, acompañamiento, ambiente… Y el corazón en su punto. ¡El embrujo¡.

– Descuida, hombre, que ahora lo tendrás.

– Aquí estamos – Torres aparece en la puerta – ahí vienen todos.

El Puma se adelanta.

– ¿Quién?.

– ¡Lo principá del cante¡ –  una moza morena, gitana joven, salta al centro de la caseta – ¡Y del baile¡.

– Hola, Maruja.

– ¡Hola, don Gacho y compaña¡ ¿Qué me cuentas, Manué?

– ¡Penas¡

– ¡Vaya, hombre¡ Que te da por lo trágico.

– ¿Quién viene contigo? – pregunta Juanjo, mirándola goloso. Ella lo mira con picardía, echándose a reír.

– ¿Quién va a venir, don Juanjo? El de siempre.

– Ah, vamos. Paco.

– Mi novio, sí señó. Y el otro, el Antonio.

– Bueno, a ver si se lucen ustedes – Los ojos del Puma se animan – que hoy es la última Feria.

– Molíos que estamos, don Gacho, pero se echa el alma.

– ¿Una copa? – Torres reparte vino a los tres. Se forma el corro.

– ¿Qué va a sé? – pregunta el Antonio, templando la guitarra. Es un cincuentón tranquilo, de cabellos canos que asoman por la delantera del sombrero típico.

– Primero, teclea – dice la Maruja, batiendo palmas – Y tú, Manué, espabila que estamos en Feria.

– ¡Venga, niña¡ ¡Al arranque¡

Se inicia la sevillana. Paco y Maruja bordan el cante de Manué.

La pareja evoluciona con gracia, haciendo ritmo y rima del cantar. Los cuatro espectadores baten palmas cada uno a su estilo.

– ¡Don Juanjo, don Juanjo¡ –  exclama el gitano en un intervalo –  ¡que me clava usté las palmas¡

Juanjo se pone colorado y deja de tocarlas. Toman una copa. El ambiente se va caldeando. Un golpe suena en la puerta. El Puma va a abrir.

– ¿Quién?

– ¡Nosotros¡

– ¿Eres tú, Paco?

– ¡Dame un abrazo, Gacho¡ ¿Quién va a ser si no? ¡Y Pepe el de la bisutería, y Antonio, el yerno– conde, y tres tipas para montarlas¡ Y…¡asómbrate¡ ¡La Soledad¡

– pasad – invita el otro – acabamos de empezar. Pero ahora vamos a armarla en grande. ¿Vienen ustedes borrachos? ¿Qué tal, Soledad?.

Cifuentes y los otros entran en la caseta.

– ¿Es que hay que preguntarlo? – tercia Rivera. El yerno de Román es un hombre mediano de estatura, ojos claros y barbilla sacada –  ¡Ya decía yo¡ Teníais que estar aquí.

¡Y venimos a armarla¡.

Se echan copas, se fuma y se toman tapas, se charla y vuelve a hacerse el corro. Román habla con la Soledad. La Soledad es mujer de cuarenta años y la mejor cantaora de la provincia.

– Está esto calentito – comenta el joyero.

– Ni la mitá, don José.

– Bueno – don Gacho hace una reverencia – pues de ti depende, Soledad.

– Cuando quieras – dice ésta al Antonio.

Todos se callan, serios. Saben lo que va a venir. El Antonio se toma una copa y empieza a rasguear. Sus ojillos están animados. Es la Soledad, la está acompañando en el cante grande.

La guitarra se conjura de misterio al embrujo de la debla. Sus sonidos nacen preñados de luces violentas. El aire denso de la caseta se espesa como una niebla química. La Soledad apura una copa y levanta la cabeza. Empieza a cantar.

La debla se desarrolla en sus escalones clásicos, se levanta,  juega en el aire con llenos temblores. La Soledad juega con su voz, la hace fácil diablura del cante, la arranca viejos ecos de dormidas melodías, la hace acostarse, durmiendo cien sueños juntos.

– ¡Olé¡

– ¡Bien¡

– ¡Bravo¡

– ¡Viva tu mare, Soledad¡

Esta sonríe y se pasa una lengua por los labios.

– ¡Así se canta en Pigalle¡

Es el hombrín gitano, Manué. La Soledad se vuelve como si la hubiera mordido una serpiente. Sus ojos relumbran, sus manos se crispan un segundo, pero Manué la mira con frialdad. La mujer se va a la mesa y de un trago apura una copa de cazalla. Los ojos del Antonio relucen. ¡Ahora va a cantar la Soledad¡

Empieza a pulsar. La guitarra se agarra a la debla, se tritura en la búsqueda última de su esencia, se ahoga en clamor para respirar su último grito. La garganta de la mujer desgarrada no es ya melodía viva, es el llanto y el himno de la libertad conseguida a través de la muerte de la forma. La debla no tiene ahora escalones clásicos, no se levanta ni juega en el aire ni hace diabluras ni trae resonancias melódicas de viejos ecos. Se ha empobrecido de formas para levantarse en un solo y único alarido, yéndose a buscar en la profundidad vieja de los siglos el misterio de la sangre, la pasión agónica y la corriente viva de donde fluye sin cesar el dolor de la raza, allí donde en ritmos mágicos brotan las esencias madres al conjuro milagroso del duende. El duende, manantial de la armonía sin reglas ni medidas, ha prendido en la Soledad, la ha vaciado de músicas externas y ha hecho brotar de su fondo el grito último, el grito de pasión y de sinceridad que pone en contacto con el tuétano del Amor vivo, el crisol donde – en vértices ganados al tiempo y al espacio – se funden los misteriosos universos del uno y el Todo.

La Soledad ha terminado. Alguien bebe una copa, alguien suspira, alguien ahoga un lamento. La debla está todavía viva en el corazón y en el aire. Todos parecen despertar de ese ensueño que durante unos minutos ha entretejido su vida en un ritmo más alto, más ardiente, pleno de esencias.

– Ahora sí, Soledad.

Es Manué, el gitano, Levanta una copa. Bebe como si quisiera echar adentro algo que se le ha quedado en la garganta.

– ¡Sensacional¡ –  exclama Juanjo – Hay algo…

– ¡Todo¡ –  El Puma aprueba con la cabeza.

– Ahora, una zambra – pide Román – que la parejita se despeine.

Se inicia la zambra. Después unas alegrías, más sevillanas. Todo va cobrando un humor espeso de cháchara y requiebro, de sensualidad y ritmo. Entran más amigos, la Soledad vuelve a cantar, la caseta se va llenando. Un velillo serpenteante se cierne sobre los grupos de cabezas, jugando entre las cadenetas, enroscándose a las caras difuminadas, girando en torno a las luces gelatinosas y amarillas. Juanjo, en un rincón, juguetea con la Corales. El Puma, recostado en una silla, bebe copa tras copa, sin perder la compostura. A su lado le babosea la Irene entre arrumacos. Román, con el sombrero ancho del hombrín dentro de su gruesa mano, lo hace girar como un tío– vivo, mientras se ríe a mares al ver la cara suplicante del gitano.

En otro grupo Juanito Torres baila por lo fino con una mozuela. Más allá, Paco Urrutia soba con disimulo a la Niña del Espejo. El Puma se levanta con los ojos turbios. La Irene se le cuelga del brazo.

– ¡Déjame, mujer¡

– ¡No seas malo, gachó¡

– ¡Te he dicho que sueltes¡ –  le da un ligero empujón.

– Bueno, don gacho, no hay que ponerse así, hombre.

La Irene se acerca a Román, le quita el sombrero que éste se había colocado en la rodilla y se lo pone en la cabeza.

– Dame el sombrero, monada – ruega el gitano – no me gustan esas bromas.

– Y con el señor sí ¿eh, arrastrao? – contesta ella, encajándoselo mejor al joyero. Este la ciñe por la cintura y ella se le sienta en las rodillas.

– Hola, don Pepe – le rodea el cuello con los brazos.

– Hola, vida – Román la besa en un brazo. La Irene le corresponde en la frente.

– Déjame que te bese, salao.

– Lo que quieras, prenda.

Ella lo vuelve a besar. El joyero se ríe.

– Tómate una copa, niña.

– Y ciento, majo.

La moza se la bebe de un trago. Se le queda mirando.

– Pero… ¡Qué cabeza tienes, don Pepe¡ ¡Si te queda el sombrero en el aire¡ ¡El millón de ideas que tú guardas ahí dentro¡’

– Un poco menos, resalá.

– No me digas – contesta distraída, mirándolo a continuación insinuante –  ¿Tienes ganas de… folklore?

– ¡Qué pregunta, mujer¡ Contigo en los brazos, no quiero otra.

– Si no te digo con otra ¡esaborío¡ –  le empuja el pecho, confianzuda.

– Después. Ahora cuéntame cosas.

– ¿Qué quieres que te cuente? – se pone el sombrero en la cabeza –  ¡Ja, ja¡ ¡Pero sí para mí misma es un granito de arena¡ ¡toma, Manué, que aquí sólo metes tu huesecito de aceituna¡

El gitano coge por fin su sombrero y se aleja más que de prisa. La Irene se queda mirando al joyero.

– Cuéntame un chiste – le pide éste.

Ella lo mira de través.

– ¿Cuál, el de mi vida?

– Sí, ¿por qué no?

– Mi vida es un chiste – ella tuerce la boca, con los ojos empequeñecidos –  ¿tú crees…?

Román hace una mueca con los labios.

– Puede…

– Todas tenemos una tragedia aquí dentro – se toca el pecho, con ademán dramático.

– ¡Puf¡ Camelo.

– Tú no sabes, don Pepe… Ni la mitá de la mitá.

– ¡Huy’ Que me ha salido sabia la niña. ¿Vas a contarme un folletín?

– Calla, malaje. Dame una copa.

El joyero se la alarga. Ella la apura sin respirar.

– ¿Te molesto? – le toca la rodilla –  ¿Peso mucho?

– Si te pones al lado, será mejor. Como dos buenos amigos ¿hace?

– Los amigos – hay un asomo de sarcasmo en la voz de la Irene –  ¿dónde están?

– ¿Nunca los has tenido?

La fulana se encoge de hombros, sentándose a su lado.

– Cuando una tiene de aquí – se toca el cuerpo – todos son amigos. Para esto – se inca el sexo – después…¡Psst¡

– ¡Vaya, mujer, que te ha dado por lo triste¡ ¿Tanto te ha pinchado la vida?

– ¡Juy, la vía¡ ¡Cuchillitos que tiene…¡

– ¡Vamos, mujer¡ –  El Puma se le acerca y agarrándola del brazo, se la quiere llevar –  ¡Vamos a calentar esto¡

– ¡La vía, don Pepe¡ –  La Irene se vuelve a mirarlo, forzando una risa, con un gesto de quien le da todo igual – ya ve usté…

Román mueve la cabeza con indiferencia.

– ¡Ponte ahí enfrente, niña¡ –  El Puma tiene los ojos enrojecidos y el sombrero sobre la coronilla – vamos a dar una lección a esta gente. ¡Venga¡

La pareja empieza a bailar unas sevillanas. A su alrededor se juntan algunos, coreándolos. Juanjo tiene abrazada en un rincón a la Corales, que vuelve ligeramente la cabeza para escapar al fuerte vaho de alcohol. Sobre una silla está medio derribada la Niña del Espejo, con Urrutia que la pellizca y acaricia tumbado a sus pies. Ella se baja a besarlo de vez en cuando, mientras le dice, acariciándole el pelo_ –  Vamos, niño, que te has bebío una bodega. Aunque yo también… – se pasa la mano por la frente sudorosa y lucha por despejar los ojos. Torres, dando vueltas alrededor de la Irene y el Puma, palmotea al ritmo de la música. Equilibra para no caer, dando feroces camballadas.

– ¡Venga, venga¡ –  grita hasta enronquecer –  ¡El circo, el circo, benga, venga¡

– ¡Déjame, Juanito¡ –  Cifuentes lo empuja a un lado, mientras se agacha siguiendo con los ojos los pies de la pareja. Aplaude frenético –  ¡Eso, eso es, eso es¡ ¡Bravo, viva tu mare¡ ¡Vaya estilo¡ ¡Venga, venga¡

Sigue palmoteando. Está rojo y ronco. Torres continúa dando vueltas a su alrededor. El pasodoble se hace de pronto estridente a fuerza de violencia. Los sonidos estallan, rompiéndose en miles de fragmentos, que giran frenéticos en torno a los cristales de las lámparas. El Puma de repente grita, atrayendo a la Irene y mordiéndola en su abrazo. Ella no se queja, pero cierra los ojos. El la vuelve a besar. Luego grita de nuevo en medio de la caseta:

– ¡Venga, negra¡ ¡Vamos adentro¡ –  su rostro está congestionado y sus ojos brillan con unas estrías sanguinolentas. La agarra del brazo y la lleva para la trastienda. Ella fuerza una risa estridente –  ¡Y tú, Juanjo¡ ¡Vamos adentro¡ ¡Paco, tu, vengo¡ –  se vuelve antes de entrar –  ¡Y todos¡ ¡Pepe, espabila¡ ¡ Y tú, Antoñito¡ ¿Qué te pasa, hombre? ¡Venga, adentro todo el mundo, que hay para todos¡

Antoñito Rivera vomita en un rincón. Su suegro pasa por delante y lo mira con ligero asco. Ya va quedando poca gente. La Soledad y los bailaores hace mucho que se han ido.

El hombrín duerme pacífico sobre una mesa, con la cabeza sepultada entre los brazos. Rivera se mete en la trastienda, dando traspiés.

 

A las nueve de la mañana, unos golpes tremendos sacuden la caseta. El Puma sale maldiciendo, con la cara abotagada.

– ¿Quién hay aquí?

Rafaelito Güiraldez, con el sombrero muy caído sobre la cara, se tambalea al gritar:

– ¿Estás tú solo, Gacho?

– ¡No, hombre¡ –  responde éste, a gritos también – ¡Estamos aquí toda la pandilla¡ ¡Aaaa… chist¡

El otro pega de pronto un salto, agarrándolo del brazo.

– ¡Venga, hombre, te vas a poner a estornudar ahora¡ ¡Que la tenemos organizada en la Venta de Maurito¡ ¡Que están el Maletas y el Niño del Oro¡ ¡Y la Palmera y todo el mundo…¡ ¡Venga, vamos¡

Se mete en la caseta, gritando. Al cabo de unos minutos van saliendo todos, ojos violáceos, despeinados, bostezando mientras se tambalean.

– ¡Venga¡ –  grita el Puma, arengando con los brazos –  ¡Que hay que terminar bien la feria¡ ¡Venga¡ ¡A la Venta de Maurito¡ ¡Que Rafaelillo ha traído el choche¡ ¡Yo lo llevo¡ ¡Aaaa… chíst¡

– ¿Pero tú estás bueno para llevarlo? – pregunta Juanjo, encasquetándose la chaqueta como puede.

El otro lo mira airado.

– ¡Pero hombre, qué pregunta¡ ¡ Tú estás todavía ajumao¡ ¡No sabes que soy el rey, el rey del volante, el rey¡ ¡Aaaa…chíst¡

Un airecillo frío se cuela por la puerta de la caseta. El Puma, todavía gritando y estornudando, la abre de par en par. Es una mañana entoldada y tristona sobre el Real de la Feria, completamente vacío. Un guardia solitario pasea al fina de la avenida. Van saliendo todos y montando en el coche, donde se apretujan entre exclamaciones. El coche arranca con un breve balanceo.

– ¡Para, Puma, para¡ –  grita Juanjo de pronto –  ¡Que me estoy meando¡

– ¡Venga, hombre, que ocurrencia¡ –  grita éste también –  ¡Y yo que carajo¡ ¡Aguántate, ya mearás luego¡

– ¡Que no puedo, hombre¡

– Bueno, hombre… ¡Ah¡ –  los ojos de don Gacho relucen en un relámpago –  ¡Vamos todos a mear, muchachos¡ ¿De acuerdo?

– Sí, sí… ¡ corean todos a carcajadas.

– Pero no sabéis donde… ¡Ya veréis¡ Si está hecho para eso, hombre… ¡Caray, otra vez¡ ¡Aaaa… chíst¡ ¡He pescado una buena¡ Pero ya veréis ahora…

Enfila el coche por la gran avenida del Real. El municipal mira calmosamente el atestado Cadillac.

– ¡Guardia¡ –  El Puma detiene el coche. El otro se acerca y don Gacho habla bajo: Juanfo, y tú, Paco, y tú, Joselito, tenéis ganas de mear ¿no? Vamos a mear todos. ¡Salid conmigo¡ ¡Y preparados¡

Deja abierta la portezuela, adelantándose a los otros.

– Señor guardia.

El municipal frunce el ceño.

– Ustedes dirán, señores.

– Tenemos ganas de mear.

El guardia lo mira con frialdad – allí tienen – extiende el brazo en una dirección.

– Está muy lejos – contesta el Puma, con los ojos brillantes. Hace un gesto a sus compañeros –  ¡Venga, muchachos¡ ¡Sujetármelo¡

El guardia da un salto hacia atrás y agarra la porra, pero no le da tiempo a sacarla. Juanjo, Torres y Urrutia lo han sujetado con fuerza. Se debate corajudo, lanzando maldiciones.

El Puma le retira la varilla negra de la mandíbula y con delicadeza le saca el casco blanco

El coche rebota de carcajadas vinosas.

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