TORRE DE VIENTO

– Hola, Pepe.

– Pasa, Juanjo – invita Román, echándose a un lado en la puerta de la trastienda – has tardado mucho.

El joven entra con lentitud, dejándose caer desmayadamente sobre un butacón.

– No he podido venir antes. El viejo está muy grave.

– De eso precisamente quería hablarte.

El joyero cierra las cortinas y enciende la luz, que se extiende sobre los escasos muebles del cuarto, destilándose con morosidad por la gran mesa del fondo, resplandeciente de joyas. Se deja caer en un butacón, frente a él.

– Es lástima – dice, hablando como de pasada – no le queda mucho tiempo al pobre… – alarga la mano hacia la mesa del despacho, acercando la tabaquera –  ¿Un cigarro? ¿Un puro, mejor?

Ambos los descabezan y Román extrae de su bolsillo un encendedor.

– Es la vida – tiende la llama a Juanjo y encendiendo a su vez, fija la vista en el muchacho – Y para lo que venga hay que estar prevenidos ¿no crees?

Juanjo agacha la cabeza sin contestar y con el dedo empuja la ceniza al suelo.

– Ahí tienes un cenicero

¡Ah, perdona¡ Como otras veces…

– Deja eso y vamos al grano – le replica el otro, escrutándolo con ojos decididos y entrando bruscamente en materia – yo tengo de ti un pagaré de tres mil quinientas pesetas y cinco más de dos mil cada uno, que hacen un total de trece mil quinientas. Todos sin fecha, sin vencimiento, a mi favor y firmados por ti ¿Estamos?

Juanjo asiente sin contestar, con la mirada fija en la alfombra.

– Ha llegado la hora de cobrar esos pagarés.

El muchacho levanta la cabeza, mirándolo de hito en hito.

– Yo ahora no puedo, Pepe… – empieza a decir con voz suplicante – todavía, en este momento… tú sabes…

Román, satisfecho de su reacción, extiende su gran mano, apaciguador.

– Yo sé muchas, pero muchas cosas, muchacho… Que Tu tienes dieciocho años, que eres por lo tanto menor de edad, que sería una tontería poner ahora fecha y vencimientos a los pagarés… Todo eso está previsto desde el principio, no hay ningún hilo suelto…

– ¿Entonces…? – Juanjo se inclina hacia delante, con una lucecita de temor en sus pupilas negras.

El joyero fuma con tranquilidad, aquietándolo con un gesto de benevolencia.

– Amiguito – insinúa con suavidad – a veces las deudas no se pagan con dinero. Hay otros materiales con los que se puede saldar – haciendo de pronto más íntimo su tono – Escúchame, Juanjo, te voy a hablar con entera franqueza… Es desde luego una confianza extraordinaria que te hago porque soy buen amigo tuyo y veo que aunque joven, no eres tonto ni mucho menos y tienes tu experiencia de la vida – se queda pensativo unos momentos, sacando una gran bocanada de su cigarro – Verás, Juanjo… Mi posición en Laverna está bastante firme, tú lo sabes, pero yo… paraaaa… continuar planes futuros que ahora no hacen al caso, tengo que conseguir lo que en terreno militar se llama una punta clave… algo sobre que apoyarme para seguir las operaciones, una posición intocable, en una palabra… para conseguirla, una posición intocable, en una palabra… Para conseguirla, yo ya he hecho la mitad del programa que tengo pensado. Por mi hija, casada con Rivera, he entroncado con una de las mejores familias de aquí. Bueno – deja aflorar a sus labios una sonrisa vagamente burlona – digo mejores en el sentido que le da la gente, porque sobre eso habría mucho que hablar… Pero no es ésta la ocasión… En fin, –  Remacha con un ademán concluyente – la primera parte de mi programa está realizado, pero queda la más difícil…

Se detiene un momento, con los ojos entornados. La mirada de Juanjo está obstinadamente fija en la mesa del fondo. La miríada de reflejos que despiden las joyas ejercen sobre él una maravillada fascinación.

– Se trata de la … tienda.

El joven se crispa sobre la butaca, pero sus ojos no se apartan del magnético resplandor que vibra como una animal vivo al fondo de la estancia.

– ¿La tienda? – dice con voz apagada.

– Sí – Román habla muy despacio – Los Grandes Almacenes.

Juanjo siente un repentino estremecimiento, pero su mirada no se aparta de los paneles, que reverberan de luces cambiantes. Haciendo un esfuerzo por superarse, fija sobre el joyero sus ojos sombríos.

– El abuelo no la venderá.

– ¿Crees que no lo sé, pollo? – Román se frota expansivamente las manos – No lo he abordado en directo, pero se lo he insinuado en una para de ocasiones y sé que no hay nada que hacer… por ese lado. El no se desprende de la tienda por nada del mundo. Pero… – su lengua arrastra las palabras con suavidad cuidadosa – él está malo, pero que muy malo… – mirándolo con fijeza y remachando las palabras – no le queda ni una semana de vida.

Juanjo procura disimular su brusco sobresalto.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– ¡Je¡ –  Román sonríe malicioso – yo tengo mis confidentes, hermano, que me traen noticias frescas. Esta es de ayer. Pero… – añade, recobrando su gesto serio – a lo que íbamos… Tu abuelo, el pobre, ha trabajado en su vida muchísimo y está muy gastado. La angina de pecho es una enfermedad tremenda y a su edad, figúrate…

Juanjo levanta la cabeza.

– Pero don Alejo puede equivocarse. Fíjate, casi todas las tarde sube allí Rozas y se llevan lo menos una hora hablando de negocios.

Román deniega con firmeza.

– Eso no quiere decir que el viejo tenga mucha cuerda, sino simplemente que se ocupa de la tienda… ¿qué va a hacer si no? Y además, lo que él tiene… Las anginas son como hachazaos, ataques que tiran robles que han aguantado siglos. Y tu abuelo ha sufrido ya dos muy graves… En fin, de eso no vamos a hablar ahora – fija en él sus ojos decididos – lo que yo quiero es poner aquí en claro tu modo de pagarme los pagarés.

– Ya te he dicho que por ahora…

– Por ahora nada, muchacho, ya lo sé. Pero muy pronto podrás hacerlo. Yo te daré una estupenda oportunidad para rescatarlos. Te será mucho más fácil que soltar dinero.

Juanjo lo mira con preocupación.

– Desde luego hay que estar prevenidos – sigue el joyero – la tienda gira siempre alrededor de tu abuelo, pero desgraciadamente a él le queda ya poco tiempo de vida y entonces el soporte principal se habrá desplazado. Entonces la dirección la llevará el Rozas ese que tenéis allí…

– Lleva en la tienda muchos años.

– Sí, demasiados… – Román tuerce la boca – Es un hombre que hay que reconocerlo, vale, y que va a hacer todo lo posible por conservar la tienda bajo la propiedad, ¡entérate bien¡ de tu abuela. Lo que quiere decir que podréis tener algún dinero a la muerte del viejo, pero que no mandareis en el negocio más de lo que mandáis ahora. Seréis, como siempre, unos ayudantes mejor o peor pagados, pero nada más. ¿Está claro?

El joven lo mira con suspicacia.

– ¿Y tú cómo sabes todo eso? Ni yo mismo…

– Tengo, ya te lo he dicho, mis medios de información.

– Que te callarás, claro…

– Exacto – replica tajante el joyero – y todo lo que te digo, que es a lo que vamos, va a misa. Muerto el viejo, vosotros continuaréis como hasta ahora, trabajando allí sin atribuciones de ninguna clase. ¿A ti te convence eso?

Juanjo se acaricia el cuello, pensativo.

– Hombre, yo… la verdad… Por ahora no me va del todo mal y…

Román lo interrumpe, vivamente molesto.

– Haz el favor, Juanjo – le reconviene con voz enérgica – estamos hablando muy en serio y planteando una situación que puede venir de un momento a otro.

– ¡Bueno, una situación en mi familia¡ –  masculla el otro entre dientes ¿Y qué quieres tú que yo haga?

– ¡Qué gracioso¡ –  exclama Román con aireado sarcasmo, poniéndose en pie y paseando a furiosos trancos por el cuarto –  ¡En tu familia¡ –  se le para delante, apoyándose en la mesa y mirándolo con inquisidores ojos –Mira, muchacho, yo cuento con que pongas de tu parte para que la tienda se pueda vender ¿Estamos? Y confío en que Eduardo y José sean también mis aliados.

Juanjo lo mira con asombro.

– ¿Aliados? ¿Contra quién?

Su incomprensión pone frenético al joyero.

– ¡Contra quien va a ser¡ –  barbota, inclinando sobre él su rostro repentinamente congestionado. Se repone con un esfuerzo, dejándose caer en la butaca – te creía un poco más listo, vaya. ¿O es que quieres hacerte ahora el tonto? Mucho cuidadito con eso – agrega con acento amenazador – Yo sé que tú no eres tonto ni mucho menos y que cuando te da la gana comprendes lo que te conviene. ¡Vamos a ver¡ ¿Qué pensarías tú si esos pagarés se los llevara yo a tu abuelo? ¿Te imaginas el escandalito que te iba a armar?

¿Crees que ibas luego a tocar un céntimo de él? Tu madre tiene dinero, pero es una chirigota comparado con lo que tiene el viejo ¿no?

El joven, derrumbado sobre la silla, traga saliva con ansia.

– Tiene un poco, no mucho. Pero mi abuela no va a querer vender.

– Ni tu abuela ni Rozas van a querer vender – replica Román con energía – por eso, para… “convencerlos”, necesito aliados “diplomáticos”. Tú, Eduardo y José podréis serlo. A Eduardo la tienda le importa un pepino, José no la puede ni ver y tú… Bueno, tú… Tú puedes coger un buen pellizco de la venta con el que darte buena vida el resto de tus días…

Juanjo permanece callado. Román lo observa con inquietud.

– Bueno ¿qué pasa, qué piensas?

– ¿Tú qué quieres, que hablemos con Rozas?

– Y con tu abuela, pero en el momento oportuno y con mucha diplomacia. Cuando el viejo desaparezca no habrá uno que reúna lo que él tiene. El entiende el negocio y es el dueño. Mientras que después la dueña será tu abuela y el que entienda el negocio será el otro. Los dos unidos son invencibles.

El joven lo mira arrugando la frente.

– ¿Qué piensas hacer, Pepe?

– Es muy sencillo, amiguito – el joyero le da una palmada en la rodilla, sonriendo – Tu abuelo desaparecido – es la vida – la dueña es tu abuela. Aunque se hubiera dispuesto en el testamento que la tienda a ningún precio se venda, si después ella quiere, la tienda se vende. Pero falta que ella quiera. Medios. Que se le haga ver que Rozas no le interesa como administrador.

– ¿De qué manera? Él tiene hasta ahora la confianza de mis abuelos.

Román menea la cabeza con escepticismo.

– ¡Pero es tan fácil perder la confianza en un hombre¡

El muchacho se muerde nerviosamente una uña.

– ¿Qué quieres hacer, Pepe?

– Ya lo sabrás a su debido tiempo – le contesta, quedándose pensativo mientras lo observa – o quizá sea mejor que lo sepas ahora – se retrepa en la butaca dedicándole un súbito interés – vamos a ver, Juanjo. ¿Qué tiempo hace que conoces a Rozas?

– Pues… de toda la vida.

– No, no me has entendido, no me refiero a eso. Supongo, claro, que lo habrás visto de siempre en la tienda. Pero a lo que yo me refiero es a conocimiento vivo, directo, de hombre a hombre, diremos. ¿Qué tiempo hace que tú trabajas allí?.

– Año y medio.

– Año y medio. ¿Tú hablas con él?

– Muy poco. Yo estoy en otro despacho.

– ¿Tiene algún vicio? ¿Le gustan las cartas, las mujeres, el vino…?

– Pues… no sé, nunca he escuchado nada. Me parece que le gustará, pero como a todo quisque…

– ¡Qué lástima, hombre¡ –  exclama el joyero, dejándose caer muy despacio en el asiento – Yo tengo un medio – susurra, como hablando para sí – pero no quiero emplearlo, me costaría demasiado caro. Aunque resulta infalible, desde luego. Lo esencial aquí es separar a los dos.

– Yo no veo medio, la verdad…

– ¡Tú cállate, Juanjo¡ –  le corta con brusca dureza, entornando a seguido los ojos y estudiándolo con detenimiento – te veo muy tibio, amiguito. Ten cuidado con la herencia del abuelo, que peligra.

– Pero… – replica Juanjo, parpadeante –  ¿Qué puedo hacer yo?

El joyero extiende las manos.

– Déjame pensar.

Afuera ha oscurecido totalmente. Las luces de la calle y de la joyería compiten en arrancar destellos a las joyas que ocupan el trozo de mostrador frente a la trastienda, con le poderoso resplandor que se filtra a través de las rendijas de la mal corrida cortina. Juanjo, guiñando con los ojos, se entretiene en arrancar centelleos a las joyas del fondo, sin atreverse a interrumpir la meditación de Román. De pronto, éste hace un brusco movimiento. Mira al joven, estudiando sus rasgos uno por uno: la frente abombada, los ojos de continua expresión ausente, el rojo color de la piel, los labios sensuales y sin voluntad. Mueve la cabeza con aire de duda.

– Deja eso, Juanjo – dice, llamando su atención con un vigoroso agitar de su mano – hay un medio de que tú liquides tus pagarés.

– Tú dirás, Pepe – su gruesa lengua asoma con timidez entre los labios.

– Escucha, Juanjo – Román adopta una postura vagamente profesoral. Su mano abierta se va cerrando a medida que habla, como un puño de presa – cuando se trata de dominar a un hombre y éste por desgracia no tiene vicios, se le inventan los vicios. Si no le gusta el vino, un día lo pueden encontrar borracho en cualquier sitio sin que él mismo sepa donde ha empezado… Si no le gustan las cartas, hay partidas que no se pueden rehusar. Si no es mujeriego… se le inventan las faldas.

– ¿Llevándolo a una casa?

– No, ese pecadillo no es aquí ni en ninguna parte pecadillo. Se trataría de otra cosa… – se queda pensando un momento – por ejemplo, Juanjo, a tu abuela no le gustaría con los principios que tiene, que su administrador frecuentara esas casas, pero al fin y al cabo, eso es normal en un hombre. Pero… imagínate… imagínate… tienes que hacer un pequeño esfuerzo ya que se trata de pura imaginación, que a doña María Luisa no le agradara que a alguno, por ejemplo al señor Rozas, le gustara una determinada mujer. Una admiración, aunque sea platónica, puede ser quizá más peligrosa que cualquier asunto de faldas.

Juanjo lo mira con el ceño fruncido.

– No sé adonde quieres ir a parar.

– Muy sencillo, hijo mío – el joyero hace aún más persuasiva su voz – imagínate – pura imaginación, ya digo – que tu abuela tiene una mujer en su familia, hija, nieta, lo que sea, a la que el señor Rozas, hombre casado, muestra cierta admiración… respetuosa.

Juanjo se pone en pie de un salto. En su cara pálida se destacan pequeños rosetones.

– ¿Qué quieres decir, Pepe? – pregunta, con la voz alterada y sin mirarlo.

– No te sulfures, muchacho… ¿Por qué? ¿Es que el amigo Rozas no es muy duerño de admirar a quien le dé la gana?

Juanjo traga saliva.

– Eso… depende.

– Siéntate, hombre – el joyero le indica el asiento – y no me seas impaciente. Tú tienes una sangre muy viva y estas cosas hay que verlas con mucha calma. ¡Siéntate, te digo¡

Vencido por su ademán imperiosos Juanjo se sienta, acunando su cabeza entre las manos. Román le pone una mano en el hombro, apretándoselo un momento.

– Mira, Juanjo, en la vida se juega para ganar. El que diga otra cosa es un tonto o un falso. Si hay que conseguir algo, se va por el camino que lleva al fin. De la manera más rápida y mejor. Eso es sencillamente táctica de ganador. Es la que yo he practicado siempre y casi siempre me ha salido bien. Bueno… – sigue, sin perder de vista uno solo de sus gestos – pues, a lo que íbamos… Vosotros en la familia, salvo por la causa de la tienda, cosa bastante importante, lo reconozco, os lleváis bien. Tu abuela es una mujer que aunque mayor, sabe llevar la casa como nadie. La unidad en la familia es una cosa básica, créeme. Ella es tradicional, diremos, y gobierna según sus principios religiosos, ésos un poco antiguos que no permiten que en la cocina se junten el tenedor y la cuchara. Ella sabe la vida que lleváis fuera, pero sois todos ya bastante crecidos y ella no puede hacer nada por impedirlo. Ahora bien, dentro de la casa la cosa varía. Allí andáis todos bien derechos. Claro que no pasáis mucho tiempo en ella, salvo tu abuelo, claro, sobre todo ahora que está malo. Pero cuando alguno de la familia llega mareado, procura que la abuela no se entere, porque no sé si la queréis mucho o lo que hay es un canguelo bastante regular.

– ¿Cómo sabes tú todo eso?

El joyero hace un ademán displicente.

– Eso no importa, el caso es que lo sé. Déjame seguir. Como te digo, tu casa es un santuario. Fuera de ella, vosotros seréis lo que queráis, Barrabás incluso. Dentro, unos corderitos, paraíso terrena. Tu abuelo, tu tío, tus padres, tú, todos bajo la maternal tutela de doña María Luisa. Perfecto. Ella lleva el timón del hogar y… – se calla de pronto, haciendo una larga pausa y hablando después con palabras tensas – Juanjo, suponte tú que alguien quiere turbar esa armonía de tu casa. Tu abuela será la primera que saldrá a defenderla ¿no?

Juanjo asiente manteniendo muy cerrada la boca.

– Bueno, verás – Román habla muy despacio, pasándose de vez en cuando la lengua por los labios y observando atento el efecto de sus palabras – lo que te voy a decir es para una persona inteligente y que sepa ver las cosas bajo un prisma realista. Aquí se trata de la eficacia, no  se trata de otra cosa. El medio puede parecer no muy católico, pero cuando se tiene enfrente un enemigo tan sólido como parece ser ese Rozas, no hay que andarse por las ramas. Voy, por lo tanto, a hablarte con entera franqueza. Rozas, en este momento ya, a causa de la enfermedad de tu abuelo, va entrando en ese sagrado círculo  familiar que tu abuela ha creado. Esta lo ve con satisfacción, pues lo conoce hace muchos años y tiene absoluta confianza en él. Cuando tu abuelo muera – por desgracia el pobre está ya muy gastado y ha trabajado mucho en su vida –  , entonces Rozas entrará todavía en la casa con mayor intimidad. Podrá llegar a cualquier hora del día y será siempre bien recibido. Prácticamente será el amo de la tienda y vosotros seréis sus dependientes. La cosa, encajada desde ese ángulo, va sobre ruedas. En el ambiente familiar ha entrado un buen amigo, joven aún, simpático y que lleva todo el peso de la tienda, es decir, un hombre al que hay que hacerle caso. Pero de pronto ¿qué vemos? Este hombre viene cada vez con más frecuencia a la casa y es por negocios siempre, claro. Tiene al corriente a su dueña de las incidencias más importantes en la marcha de la tienda. Pero un buen día doña María Luisa, prevenida, ve una cosa rara, una mirada, una seña, se da cuenta de que en la casa existe además otra mujer y de que el señor Rozas es un hombre.

Juanjo se levanta con brusquedad, presa de violenta agitación. Su cara está lívida y sus labios se mueven con torpeza. Vuelve a dejarse caer pesadamente en la butaca, ocultando el rostro entre las manos.

– ¡Es mi madre, Pepe, es mi madre¡

El joyero se inclina sobre él y lo agarra del brazo, hablándole casi con cariño:

– ¡Cállate, imbécil¡ Claro que es tu madre. Pero ella misma ¡entérate¡ ella misma no va a saber nada. Tú imagínate que alguien, completamente de la familia, es decir, de absoluta confianza, le dice a tu abuela que le parece que el señor Rozas… ¿Comprendes, Juanjillo? Nada más que eso. Divide y vencerás, dice el proverbio. No va a pasar nada, porque tu madre no sabrá nada en absoluto. Es adorada en secreto y ella no se entera. Pero tu abuela lo sabe y basta. Sorprende una mirada y eso le basta. Y como ella sabe que Rozas es hombre de temperamento, puede temer que el platonismo se convierta en otra cosa… ¡Escúchame, Juanjo¡ –  continúa, apretándole efusivamente el brazo –  ¡Compréndeme y no hagas escrúpulos de beata¡ Todo eso son meras suposiciones, nada más que meras suposiciones. Tu madre ni se entera, el señor Rozas tampoco, pero tu abuela empieza a rodar la bola en su cabeza y ¿qué es lo que no piensa una mujer cuando se pone a pensar? Ella pensará que de qué se ha enamorado Rozas, que si tu madre no tiene ya dieciocho años, que si pito, que si flauta. Pero encontrará una explicación ella sola. Empezará a verle a tu madre, al dado de sus virtudes existentes, otras que en realidad no tiene. O un cutis bonito, o unas manos muy finas o una gran calidad en la sonrisa, cualquier cosa. Ellas siempre están dispuestas a creer en el amor, por viejas que sean. Y además, ella tiene mucha experiencia y sabrá que los hombres se enamoran de cualquier cosa y por los motivos más estúpidos o insignificantes… Repito que esto pasará solamente en la cabeza de tu abuela, pero eso bastará a distanciarlo del señor administrador, al que empezará a considerar peligroso para la paz familiar. No se atreverá a enfrentarle el problema porque hay una barrera de prejuicios muy difícil de saltar y porque ella carecerá naturalmente de una prueba tangible, a más de tratarse de una materia muy delicada. Todos serán pequeños detalles inocentes, pero que ella interpretará y verá agigantados por lo que cree saber. Poco a poco, ella estimará prudente alejar al señor Rozas del ambiente familiar, pretextando excusas más o menos viables. Una vez emprendido el camino de la desconfianza, no se para. De ahí a encontrar un pequeño fallo en el negocio, no hay más que un paso. De eso a estimar que al fin y al cabo el negocio no es una cosa tan importante como parecía y que sí da muchos quebraderos de cabeza, hay otro paso, ya mayor. De ahí a considerar que la tienda puede venderse, está el paso definitivo. ¿Comprendes, Juanjo?

Este asiente con la cabeza baja.

– Tú me entiendes. Rozas se opondrá, naturalmente, pero eso no hará sino aumentar la desconfianza de ella. Y entonces, ya están divididos. El mandato de tu abuelo en el testamento de no vender la tienda, será ya papel mojado. Ella pensará que habiendo variado las circunstancias y que siendo necesario conservar a todo trance la paz en la familia, el mismo don Pedro aprobaría la venta de la tienda. No hay nada más fácil que encontrar razones cuando se quiere hacer una cosa. De esa manera tu abuela se libra de una vez de todas su preocupaciones. Las del negocio y las que le salgan por el presunto enamoramiento del señor Rozas. Y si ella piensa que él puede quedar en la calle, no hay ningún inconveniente en que su antiguo administrador siga trabajando par el nuevo propietario ¿por qué no? Un hombre capacitado que conoce el negocio al dedillo y que no acostumbra a ensuciarse las manos ¡adelante¡ ¿Qué el señor Rozas no ve eso con buenos ojos y doña María Luisa no quiere ponerlo en la disyuntiva de irse a la calle o servir a disgusto al nuevo dueño? Se le ofrece un puesto en “La Guindalilla” a veinte kilómetros de Laverna, con ruego de supervisión personal porque se desconfía de tal o de cual. Y negocio terminado. La cuestión está zanjada.

Juanjo mantiene en la boca una mueca de disgusto.

– Es mi madre, Pepe, es mi madre.

– Y vuelta, hombre… ¡Sí¡ –  afirma el otro con calor –  ¿Pero no te digo que todo va a pasar en el cerebro de tu abuela? Sólo y exclusivamente. Un detalle, una mirad, un fruncir de cejas, lo más insignificante y que realmente lo es, será interpretado por ella, engordado y aplicado a su idea. Y tu madre y el Rozas sin enterarse, en la higuera, porque tu abuela cuidará de disimular, ¿comprendes? Si está clarísimo… – hace una corta pausa, variando el tono – ahora bien, en la familia hace falta alguien , alguien de quien no pueda dudar tu abuela, que sea quien levante la caza, es decir, quien le insinúe el asuntillo. Tu padre no puede ser, es el marido de tu madre. Tu tío Eduardo… tu tío Eduardo… sería ideal para el caso… Pero estás tú, Juanjo, un muchacho tímido que no se atreve a confiar sus sospechas a nadie, menos a un hombre, que no encuentra más refugio que el de su abuela, alguien a quien poder decir, sacándose a la fuerza las palabras del cuerpo y con la vista baja, las cosas que le ha parecido entrever, un pequeño detalle, algo visto entre dos cortinas, algo desde luego absolutamente limpio por parte de su madre, pero que indica que el administrador ha fijado sus ojos en alguien que no debiera y se porta de una manera algo peligrosa para la futura armonía del hogar.

– Pero Eduardo – dice Juanjo con avidez – sería ideal para eso. Tú mismo lo has dicho.

Román fija en él unos ojos taladrantes, pero se echa a reír de pronto, palmeándose las rodillas en su excitación.

– Es verdad… Y si pudiéramos… – dice, dominándose y exhibiendo un repentino pesar – pero es imposible, no puede ser… El inconveniente para ti es que las personas como tu abuela conceden más crédito a la “sana madurez” de tu tío… Pero ¡qué caramba¡ –  exclama, recobrando su anterior animación – todo no se puede tener… Es una buena regla conformarse con lo que se puede adquirir.

– ¿Cómo? No te entiendo.

– Está claro, muchacho. Entre Eduardo y yo no existe la confianza que hay entre nosotros dos ¿comprendes? – hace un guiño significativo – Tú y yo tenemos ciertos lazos que es menester no desaprovechar, ¿estamos?

El joven se muerde los labios con despecho.

– Bueno… Entonces, estamos de acuerdo ¿no

Juanjo sigue sin decir palabra.

– Quien calla otorga, dice el refrán. Y además, ¿qué te parecería ver junto a unos pagarés que tú conoces un cheque firmado por Pepe Román? Un hermoso cheque, pongamos… por la misma cantidad del total de los pagarés. Como si los pagarés te los debiera yo a ti ¿qué te parece? ¡Tendría gracia, caramba¡

Se frota las manos y levantándose, le da una fuerte palmada en la espalda.

– ¿Y cuándo convendría iniciar eso? –  pregunta Juanjo – cuando el viejo… – cierra los ojos, expresivo.

– No, no – deniega el joyero con viveza – enseguida… Ya lo tengo pensado. En cuanto se vea que Rozas puede dar esos de sí. La actitud de tu abuela hacia él puede incluso cambiar o limitar en el testamento las atribuciones del administrador. Ella no le hablará de eso a su marido para no crearle preocupaciones, ahora que está con un pie en la sepultura. Que muera tranquilo pensando que ella y Rozas formarán un sólido bloque. Pero tu abuela puede insinuar cosas, sugerir cambios, en una palabra, establecer una disimulada resistencia pasiva contra Rozas a fin de que el viejo no le dé muchos vuelos ¿entendido?

– Sí – replica Juanjo, atento – pero habrá que pensar lo que le tengo que decir.

– Eso no te lo puedo yo decir ahora desde aquí – le contesta Román, satisfecho del rumbo que lleva el asunto – es preciso que tú te apliques a observar las entradas y salidas de Rozas en la casa y las visitas al viejo en las que este presente tu madre. O cualquier conversación trivial de ellos en el recibidor, cualquier visita en la que también haya estado presente tu abuela, en fin, unas observaciones indispensables sobre las cuales elaborar el plan a seguir. Tú vienes aquí dentro de un par de días, por ejemplo… O mejor, nos podemos ver en “La España” como cosa casual. A esta misma hora. No conviene que te vean mucho por aquí.

– ¿No será demasiado pronto¿ Pasado mañana…

– Sí, es muy pronto, pero hay que aprovechar el tiempo. A tu abuelo le queda poco de vida y por lo tanto, los días son preciosos. Tú ven pasado mañana con lo que hayas podido recoger y con esas observaciones veremos lo que se le puede sugerir a tu abuela. ¿De acuerdo¿

– De acuerdo, Pepe.

– Adiós, general.

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