TORRE DE VIENTO

La presidencia del duelo, enfundada en negro y tonos oscuros, con algunos verdes de uniformes militares y compuesta de parientes y mandamases, se forma contra una de las grandes casa de la Corredería, mientras el coche fúnebre, rodeado de coronas, se sitúa algo más avanzado.

El hormiguero de gente va desfilando ante la presidencia y estrechando manos o diciendo algunas rápidas palabras. Luego, los coches que forman una larga ristra detrás del mortuorio, se van llenando de acompañantes. Hay una señal invisible y la comitiva se pone en marcha.

– ¡Pobre Gacho¡ –  Cifuentes ocupa uno de los coches, al lado de Juanjo. En la delantera del Austin conduce José, con Eduardo a su derecha.

– ¡Quién lo iba a decir¡ –  comenta Juanjo, pesaroso –  ¡Con lo bien que lo pasamos aquella noche¡

– Fue al salir – dice Paco – salió despechugado y desde aquel mismo momento empezó a estornudar. Nada, pensé yo, un resfriado de nariz.

– Pero luego tomó la cuesta abajo – Eduardo vuelve la cabeza – cuando  yo estuve en su casa, ya no había quien lo salvara… Don Alejo había perdido toda esperanza…

– Tuvo que ser doble – arguye José, deteniendo el coche mientras vigila un cruce de calles – además, no me lo explico… Nadie se muere hoy de una pulmonía, por doble que sea…

– En medio de todo está explicado – sigue Cifuentes – primero, la caseta, luego, el coche, luego en la venta se desnudó haciendo el gallito… – se dirige de pronto al joven –  ¡Oye, ahor que me acuerdo, Juanjo¡ ¿Te llamaron a juicio por lo del guardia?

Metido en fila, el coche reanuda de pronto su marcha, desembocando en la última calle antes de salir a las afueras. La brusca curva hace tambalearse a Juanjo, retardando su respuesta:

– Sí, hombre, pero nada de importancia… – contesta al fin, con una mueca satisfecha – una multa de poca monta. Román nos ayudó mucho, con las influencias que tiene… la multa, y que no lo volviéramos a hacer…

– ¡Chico, pues con una multita…¡

– Eso es lo que yo digo – corrobora el joven, riendo – que no vale la pena…

– Pues fue primero lo de la caseta – repita Paco, reanudando el hilo – después el coche con todas las ventanillas abiertas, porque decían todos que ardían, y después el otro folklore. Yo le dije: Mira, Puma, déjate de bulerías y veta a tu casa. El, ni puñetero caso que me hizo.

– ¡Qué lástima¡ –  comenta Eduardo compasivamente, agarrándose en un brusco viraje del vehículo – porque era un buen elemento. Para una juerga, el primero… – volviéndose con curiosidad hacia los otros –  ¿Y cuántos años tenía?

– No sé… – Cifuentes está pensativo – pero y iba más que corrido, tenía que andar por lo cuarenta y ocho o cincuenta. En la flor de la edad, ya digo… – se agacha de súbito, rebuscando debajo de los asientos – Bueno, yo voy a seguir mi rito…

– ¡Déjate, Paco¡ –  José vuelve vivamente la cabeza –  ¡Que es el Puma¡

El otro, sacando de debajo del transportín una botella, se alza mirando a José con asombro.

– ¿Y qué? Razón de más. Yo cuando se muere uno de mis amigos, me tomo un par de botellas en el entierro y luego digo unas palabras siguiendo la inspiración del momento. Yo sé que eso les alegra el corazón en el otro barrio, estén en las calderas de Perico o peleándose para que San Pedro les dé las llaves. Y con los amigos del alma – sus ojos relucen irónicos, mientras su boca se tuerce en una mueca súbitamente cruel – con los amigos del alma como don Gacho, razón de más. Bueno… – agrega dando un ligero empujón a Juanjo para situarse detrás – taparme un poco, tú, muchacho.

– Nadie te ve, hombre – ríe Eduardo, mirándolo con benevolencia – estamos nosotros…

– Por si las moscas… – Paco se deja resbalar al fondo del coche y empina la botella, bebiendo un largo trago sin respirar apenas, a pesar de los vaivenes del coche. El líquido le gorgotea ruidoso al pasar, mientras el contenido de la botella baja con rapidez, hasta quedar mediada.

– ¡Vaya tragaderas, caramba¡ –  Juanjo lo mira admirado –  ¿quién te ha enseñado a beber?

– Aquí es el biberón, compadre – le contesta el otro, incorporándose con trabajo –  ¿quieres?

El joven deniega con la cabeza.

– Gracias, es pronto.

Paco lo mira con ojos ya enturbiados.

– ¡Psht¡ –  chista con displicencia – como quieras, más hay. ¿Por donde vamos ya?

– Llevamos hecho un par de kilómetros – dice José.

– Bueno, todavía faltan tres… ¿No queréis echar un trago, tú, vosotros?

Los dos rehusan. El se encoge de hombros, recostándose pacíficamente en el interior del vehículo.

– Ustedes se lo pierden.

– Hace un día estupendo.

– De primavera – Paco suelta una intempestiva risotada – a la gente que se muere en primavera, maldita la gracia que le hará – mira de ponto por la ventanilla –  ¡Caramba, pues es verdad¡ ¡Vaya día¡

Una brisa suave entra por la ventanilla. El día está tibio, casi caluroso. La estación ha entrado este año con fuerza, tiñendo los campos de colores. Los cinco kilómetros hasta el cementerio de la Trinidad están inundados de caseríos blancos que nacen del paisaje como castillos de confitería. La tierra está verde y los árboles tienen ya brotes tiernos, crecidos con las últimas lluvias.

– ¡Qué lástima, hombre¡ –  exclama Eduardo – Es un día como aquél en que fuimos de caza por última vez.

Cifuentes, retrepándose, se dedica a apurar la botella, sujetándola con ambas manos ante los bruscos saltos del Austin. Incorporándose, suelta de improviso una carcajada. Los otros le miran con asombro. Su cara ha enrojecido y sus ojos miran a su alrededor, resbalando alegremente sobre todas las cosas.

– Sí, muchachos – dice, riéndose más aún –  ¿Qué me miráis? Me río. En los entierros es donde más me divierto. Pienso entonces que la vida es hermosa y digna de vivirla.

– Y de beberla – completa Juanjo con una sonrisa.

El otro le da un abrazo, palmeándole generosamente la espalda.

– Chócala, hermano, tú eres el mejor de tu casta. ¿Quieres un trago?

– No – ríe Juanjo, tratando de desprenderse – es muy temprano.

– ¡Qué va, hombre¡ Las once de la mañana. Tenía el estómago sin probar ni gloria, pero lo estoy poniendo a modo… Bueno, tú haz lo que quieras, ya me pedirás después y no habrá. Ahora estoy algo alegrillo… Con un poco más me pongo en mi punto.

Se asoma a la ventanilla, dejando colgar su cabeza del exterior.

– ¡Coño, ya llegamos¡ –  se retira apresuradamente, sacando otra botella de debajo del asiento y echando un largo trago con los ojos cerrados. Se alza de nuevo, dando con el codo un empujón al muchacho.

– ¡Venga, sal¡ –  el coche se detiene en la plazoleta del cementerio, detrás de los otros – Ya estamos en el baile. Que es la hora de la diversión.

– ¡Caramba¡ –  José se baja, mirándolo con atención divertida –  ¡Qué pronto te ha hecho efecto¡ Estás como un pavo de colorado.

– ¡Color hermoso, mon vieux¡ –  le grita Paco, empujándolo con decisión –  ¡Vamos¡

– ¿Y las botellas? – pregunta Eduardo, deteniéndose –  ¿las has guardado debajo?

– ¡Qué va, hombre¡ –  Paco sigue andando con paso poco firme –  ¿Para qué? Una se ha quedado en el coche, vacía, claro… La otra… – se entreabre la chaqueta con triunfante gesto y la muestra metida en un bolsillo enorme – Especial para el caso.

El cementerio de la Trinidad tiene delante una plazuela redonda con unos árboles escuchumizados en el centro. Forma un gran arco de ladrillos finos rectangulares guarnecidos de rejas, entre otros dos más pequeños. La capilla está a la derecha del tercer arco. De ella sale un cura y dos monaguillos que siguen el coche fúnebre, precediendo al cortejo de acompañantes. El coche mortuorio penetra en el inmenso patio de tapias blancas, inundado de tumbas, cruces y mausoleos, deteniéndose al llegar a las primeras. El sacerdote se descubre ante el féretro y masculla unos latines con indiferencia, dando a continuación varios brochazos con el hisopo.

– ¿Vais alguno de vosotros a cargar? – pregunta Paco, que va agarrado al brazo de José.

– Lo dejaremos para los familiares – le contesta éste, mirándolo con ironía –  ¿o quieres tú?

Cifuentes deja caer sobre él un relampagueo extraño, echándose bruscamente a reír.

– No, amigo, yo tengo que rezar el responso.

– ¿Cómo? – Eduardo se estremece ante la enigmática expresión de los ojos cargado de Paco.

– Ya veréis, hermanos.

Sacan la caja entre cuatro. Román es uno de los que cargan. En las otras esquinas van Recuera el comandante, Güiraldez y un primo hermano del muerto, pariente el más próximo. La comitiva se pone en marcha, atraviesa el primer patio y entra en el segundo. El panteón de los Romé está al fondo, pero el acompañamiento, dirigido por un sepulturero, se desvía a la izquierda antes de llegar.

– ¿Qué pasa? – pregunta Juanjo a Cifuentes –  ¿Cómo no lo llevan al panteón?

– ¡Huy, verás¡ –  Paco apuña los dedos – El panteón está así de atestado. Queda sitio para un fiambre y nada más. Y la madre del Gacho quiere el día de mañana, cuando estire la pata, ocuparlo junto a su marido. El puma estará en una sepultura corriente, muy buena desde luego, hasta que se agrande el panteón o se haga otro.

El cortejo se ha detenido ante la abierta boca de la fosa. Los sudorosos cargadores entregan el ataúd a los sepultureros, que lo meten entre cuerdas. Los que llevan sombreros se descubren, agrupándose todos junto a la sepultura para contemplar la operación. Hay una gran calma en el vasto recinto, donde las cruces, lápidas y túmulos parecen cobrar repentinamente una viva presencia. Los enterradores bajan la caja con precauciones, dejando deslizar las gruesas cuerdas entre sus manos callosas. Enseguida las retiran, sacándolas por los lados del féretro, ya sepulto. La primera paletada de tierra cae.

El sol, cayendo sobre el grupo, lo envuelve todo en una atmósfera ardiente y neta, que recorta duramente los objetos y las personas. Román, Recuera, Güiraldez, y el primo hermano del difunto son los más próximos a la fosa. Detrás están Andradón, Rozas, Juanjo, Eduardo, José, don Alejo, Rivera, Urrutia, don Martesl el director de banca, Torres, García, un representante del gobernador civil y treinta y tantas personas más. Cifuentes, algo apartado, aprieta la botella contra su chaqueta. Está sudando, con el sol de plano sobre su rostro rojo. La segunda paletada de tierra ha caído sobre el ataúd con un ruido extraño, casi metálico. Es el crucifijo.

Paco se adelanta unos pasos hasta el borde de la fosa. Su mirada se fija en el grupo, turbio de colores en luz, estudiando cada cara que lo mira expectante. Empieza a hablar.

– Señores, en honor de nuestro amigo Puma, muerto dolorosamente en la batalla de la feria, digo de la vida, yo voy a recitar un poema fúnebre. Es el “Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido”, original de un amigo mío. Un gran tipo. Compuesto para la presente ocasión.

José se adelanta con la cara demudada, agarrándolo del brazo con fuerza. Hay murmullos de sorpresa en el grupo. Román intenta avanzar también, pero se queda, tras vacilar unos segundos. Sonrisas burlonas circulan por algunos rostros. Los sepultureros se han detenido, aguardando a que se cumpla el obligado ritual de los discursos.

– ¿Qué vas a hacer, Paco? – le apremia José en voz baja.

El otro forcejea unos momentos, consiguiendo desprenderse a medias.

– Tú déjame, muchacho.

– Estás borracho, Paco.

– No lo niego. Un poco  achispao nada más.

Se le retira dos pasos y sacando la botella, la esgrime con la mano derecha. José lo contempla petrificado. Cifuentes empieza a recitar:

Buen don Guido, ya eres ido

y para siempre jamás…

¡Buen don Guido, y equipaje,

buen viaje¡…

¡Oh, flor de una aristocracia¡

            Intenta decir algo más, se rebusca en la memoria y suelta una interjección. José lo agarra nuevamente del brazo junto con Román, pero él se desprende con violencia y avanza tambaleando hasta la fosa. De pronto, su expresión varía y sus ojos brillan, inspirados. Recita alzando la botella como una bandera:

 

 

Metido en tosco sayal

las yertas manos en cruz

¡tan formal¡

el caballero andaluz

 

Con una especie de rabia histérica, estrella la botella contra el féretro.

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