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TORRE DE VIENTO

Doña María Luisa avanza por el pasillo presurosa, abriendo con violencia la puerta de la habitación.

– ¡Pedro¡

– ¡María Luisa, ayúdame¡ –  Su marido está caído sobre la mesilla de noche, a punto de resbalar al suelo. Ha intentado levantarse, pero el ataque lo ha sorprendido antes de poder avanzar más. Se aferra con todas su fuerzas al borde de la cama y su mujer lo levanta, ayudándole a meterse dentro. El suelo junto al lecho está empapado de sangre.

– María Luisa, María Luisa… – Murmura el anciano, casi insensible sobre la revuelta cama –  ¡No te vayas, no te vayas¡

– Señora, señora – la doncella entra precipitadamente en la habitación –  ¿Qué pasa?

– ¡Corre, Felisa¡ –  le suplica ella con voz angustiada –  ¡Llama a don Alejo, corre¡ ¡Dile que ha tenido un ataque¡ ¡Y si no está él, que venga otro, pero aprisa, corriendo¡

La doncella sale disparada y doña María Luisa se inclina sobre la cama, escrutando con ansiedad el rostro del enfermo. Un débil estertor sale de su pecho. Le toma el pulso y lo siente latir muy débil y espaciado. Mira la sangre del suelo y se pone muy pálida, llevándose las manos al pecho y apretando fuertemente los puños: ¡Dios mío, Dios mío, dame fuerzas¡ ¿Qué hay que hacer, qué hay que hacer? ¡Pedro, Pedro¡

– María Luisa, no te vayas, no te vayas – suplica él entre ahogos. Se agarra a la falda, apretándola con sus manos crispadas y mirándola como un niño indefenso. Ella se sienta a su lado, inclinándose sobre su rostro y tratando de tranquilizarlo.

– Descuida, Pedro, estoy aquí a tu lado. Siempre.

– ¡Mis hijos¡

Ella le pasa una mano por la frente.

– Ahora vendrán, Pedro, enseguida vienen. Estate quieto, tranquilo… tranquilo…

El la mira con ojos implorantes.

– Voy a morirme… – balbucea.

– No, Pedro – ella sonríe con un esfuerzo terrible – ¿Quién te ha dicho eso? Te repondrás y…

– ¿Tú crees? – el anciano la mira incrédulo, con un brillito de esperanza en los ojos – he tenido un ataque, mucha sangre…

Ella le arregla el embozo de la cama.

– ¡Qué va, muy poca¡ –  dice tratando de ocultarle su apenado rostro – además, ya sabes que el médico ha dicho que eso es bueno…

El asiente con toda la escasa energía que le queda.

– Sí, es verdad. Después puedo respirar mejor… Entonces… ¿tú crees…?

– Claro, Pedro, claro – le anima ella – te pondrás bien y saldremos a la calle y tú irás cogido de mi brazo como tantas veces… ¿Es que no te acuerdas ya?

El, sepultado en la cama, habla con voz muy baja, como enajenado:

– ¡La calle¡ ¡Qué bonita es la calle¡ ¿Verdad, María Luisa?

Ella se muerde los labios para no estallar en sollozos.

Haciéndose de tripas el corazón, trata de levantarle el ánimo.

– Sí, Pedro, y ahora es primavera.

– ¡Qué bonita es la primavera¡ –  murmura él débilmente

– ¿Verdad, María Luisa? La primavera en la calle ¡qué bonita es¡

Se detiene cerrando los ojos. Ella le escruta con ansiedad.

– ¡Pedro, Pedro, por favor¡ –  le toma el pulso de nuevo.

– ¿Qué quieres? – él abre los ojos sin mirarla – es que no tengo más ganas de hablar. Pero ahora me siento mucho mejor. Tengo que guardar fuerzas para salir pronto a la calle, a la bonita calle…

– Bueno, sí, cállate entonces…

Se queda silenciosa y él cierra nuevamente los ojos, con sus manos apretando todavía la falda negra. La puerta se abre y entra don Alejo con sus pasos zanquilargos. La doncella le sigue.

– ¿Qué pasa? – pregunta con precipitado interés –  ¡Oh¡ –  se detiene delante del charco de sangre, que desprende un ligerísimo olor. Arruga profundamente las cejas, acercándose a la cama.

– Por favor – ruega, indicándole con un gesto que se aparte del enfermo. Inclinándose sobre él lo ausculta, torciendo la boca mientras le toma el pulso – ni la mitad, es increíble. Y, con lo que ha soltado…

– ¡Don Alejo¡ –  la expresión suplicante de ella hace volver la cabeza al médico. Son ya demasiados años de conocerse, de frecuentar la casa durante todas las enfermedades de los hijos. Cogiéndola suavemente por el brazo, la conduce a un rincón.

– Ha perdido demasiada sangre – le susurra con gravedad – el ataque lo ha librado de ahogarse, pero… lo ha debilitado.

Ella lo mira con una tremenda aprensión.

– ¿Qué esperanzas hay?

El desvía la vista sin responder.

– ¡Don Alejo, por Dios¡

El médico abre los brazos en un ademán de impotencia.

– ¿Qué quiere usted, doña María Luisa? Cuando las hay aunque sean remotas, lo digo siempre. Cuando un enfermo está en la situación de su marido, es un milagro que viva todavía…

– ¿Es que no puede usted ponerle unas inyecciones? Lo que sea, don Alejo… Algo para levantarlo…

El la mira con aire grave.

– ¿Ha dicho si quería confesar?

Ella baja la cabeza con desaliento, conteniendo las lágrimas.

– Sí, voy a llamar enseguida a don Anselmo, el de siempre.

Hay una pausa de doloroso silencio. Don Alejo le pone una mano en el hombro, moviendo desesperanzadoramente la cabeza.

– En ese caso – agrega, sobreponiéndose con un esfuerzo – voy a ponerle una inyección fuerte para reanimarlo y que pueda confesar. El efecto le durará unas tres horas… Después…

Felisa recoge las huellas del acceso. El médico se saca del bolsillo una caja de ampollas e inyecta una a don Pedro.

La puerta de la habitación se abre, dando paso a Rozas, y José, que preceden a Juanjo y Eduardo.

– ¿Qué hay? – pregunta el primero a la dueña de la casa.

– Un ataque terrible – le contesta ella muy bajo. Se acerca a su marido para secarle con cuidado la frente empapada en sudor.

Don Alejo hace una ligera seña a los tres, conduciéndolos hasta el rincón. Juanjo permanece junto al lecho.

– Es definitivo–  El médico se dirige principalmente a Rozas – No llega a esta noche.

– ¡Esta noche! –Exclama José.

– Sí, el ataque lo ha matado. Si no lo llega a tener, se habría asfixiado ya. Teniéndolo se ha despejado. La muerte será algo más tranquila.

– ¿Y no se les puede hacer nada?–  Pregunta Eduardo.

– Yo le acabo de inyectar. Es algo muy fuerte. Ahora se reanimará y estará casi normal. Con eso podrá hacer confesión, después …– El médico hace un expresivo gesto – El efecto es de unas tres horas… Ahora es la una – añade, mirando el  reloj–  a eso de las cuatro, quizá antes …

Don Alejo  se despide, después de observar atentamente al enfermo y auscultarlo. Los demás rodean la cama, esperando la reacción del anciano. Un poco de color ha nacido en las mejillas de do Pedro, que sigue3 con los ojos cerrados. De vez en cuando sus dedos palpan nerviosamente la falda de su mujer, que continua sentada a su lado.

– José –   dice ella en voz baja – hay que avisar a don Anselmo.

Al cabo de media hora se presenta el sacerdote. Se sienta a la cabecera de la cama, se informa del ataque y ruega que despejen el cuarto. Todos se retiran a la habitación contigua.

– Usted quédese – Dice a la dueña de la casa – Pero retírese un poco, por favor.

– Sí, pero él no sabe que está usted aquí. ¡Pedro!

El anciano abre los ojos, parpadeando unos segundos.

– ¿Qué? – Contesta con voz casi normal.

– Ha venido a verte un amigo, don Anselmo.

Don Pedro vuelve la cabeza, quedándose mirando muy fijo. Dice con sencillez:

– Es que voy a morirme ¿no?

Ella va a responder, pero el cura le ataja con un ademán.

– Nadie sabe el momento exacto en que va a rendir cuentas, pero conviene estar preparados, don Pedro. ¿Quiere  usted confesarse?

El enfermo recapacita unos momentos.

– Sí, aun tengo fuerzas – Dios, tratando de incorporarse  sin conseguirlo –Ayúdame, María Luisa.

Ella lo hace, poniéndole detrás lo almohadones. Va a retirarse al otro cuarto, pero él la retiene.

– No, quédate aquí –Su tono es ya normal y sus ojos brillan lúcidos – Ponte al otro lado. Me siento muy bien ahora, es extraordinario…

Doña María Luisa se retira a un extremo de la habitación. Don Anselmo se recoge sobre sí mismo, reconcentrando sus pensamientos.

– ¿Qué tiempo hace que no se confiesa, don Pedro?

– Tráteme de tú, padre…– Se queda unos momentos pensativo, tratando de recordar –No me acuerdo –Dice al fin, volviéndose hacia su mujer y alzando ligeramente la voz –¿Cuándo me confesé por última vez, María Luisa? ¿Tú te acuerdas?

– Sí –Ella se acerca un instante a la cama –Desde el bautizo de Juanjo. Dieciocho años.

– Ya… – El cura lo estudia durante unos segundos –Vamos a ver, empecemos por los Mandamientos.

Don Pedro tarde en responder, tras un embarazoso silencio.

– Casi no se acuerdo, Padre.

– Vamos a ver, hijo … ¿No recuerdas el primero ¿Amar a Dios sobre todas las cosas. ¿Qué has hecho tú de ese Mandamiento?

– El anciano reflexiona antes de contestar. Una arruga profunda le cruza la frente.

– No he amado a Dios, padre, no me he acordado de él siquiera.

– ¡Vaya! –Don Anselmo traga saliva –El segundo: No jurar su Santo Nombre en vano. El tercero, santificar fiestas. El cuarto, honrar padre y madre. A ver esos.

– Pues …no he jurado, he ido a misa todos los domingos y precepto y respeté a mis padres cuando los tenía.

– No matar, no fornicar.

– No he matado, padre. Y no he fornicado desde hace  mucho tiempo, como usted comprendera. Lo último que hice ya salió cuando el bautizo del niño.

– La voz de don Anselmo vibra con ligera fuerza al anunciar el séptimo:

– No robar.

Don Pedro se remueve inquieto, pasándose una mano por la cara y diciendo al fin:

– Bueno, padre, usted sabe lo que son los negocios…

El sacerdote lo mira muy serio, con la boca recogida:

– No, hijo mío, eso lo sabrás tú, yo sólo sé confesar.

El anciano se pasa una lengua difícil por lo labios.

– Bueno, padre, robar …lo que se dice robar… no.

– ¡Hum! –Don Anselmo lo mira con suspicacia – No te entiendo …¿Qué quiere decir eso? – Sus ojos lo escudriñan con más seriedad que nunca – ¿Negocios…”inteligentes”?

El dueño de la tienda lanza un suspiro de alivio.

– Eso es, padre, usted lo ha dicho.

El cura tuerce el gesto y se abrocha un botón de la sotana.

– Hijo mío … –Dice muy despacio, moviendo la cabeza con desaprobación –Me temo que ahí no estemos de acuerdo. Las gentes de negocios califican de “inteligentes” negocios francamente sucios.

Don Pedro enrojece de pronto.

– No, padre –Dios con la voz alterada –eso no.

– Pero vamos a ver –Don Anselmo hace un leve ademán de impaciencia–  ¿Has robado o no?

El enfermo, nervioso, no parece encontrar una fácil respuesta.

– Bueno, padre… Robar , ya le dijo, lo que se dice robar, no…

El sacerdote lo escruta con atención, poco convencido.

– ¡Hum! No sé …Tus vacilaciones indican que no tienes la conciencia tranquila. Luego volveremos sobre esto.

Don Pedro parece encontrar al fin las palabras necesarias.

– No, padre, no he robado. He tenido muchas ganancias, eso es cierto, pero he pagado siempre mis impuestos y he satisfecho religiosamente sus sueldos a los empleados…– Vacila un momento, añadiendo – unos sueldos no muy altos desde luego, porque para los tiempos que corren, padre de tiempos, hijo mío –Refuta el cura con firme serenidad–  Si has tenido buenas ganancias, eso indica que los tiempos han sido buenos para ti. Y con respecto a pagar los impuestos y satisfacer religiosamente los sueldos, eso es ya un recurso muy gastado, una válvula que algunos cogen para querer demostrar que han sido equitativos y justos. Yo no digo que pagar los impuestos esté mal, aunque a veces sean un poco altos y estén mal repartidos. Pero pagar religiosamente a los empleados para mí significa pagarlos de acuerdo con la religión, es decir, unos sueldos que permitan vivir con decencia y un relativo desahogo. ¿Has hecho tú eso?

Don Pedro no sabe como evadirse de aquel callejón sin salida.

– Bueno, padre, yo no conozco las interioridades de cada uno…

El sacerdote se revuelve, algo molesto por la escurridiza respuesta.

– Ni hace falta, hijo mío – dice con tono enérgico – ni hace falta, eso se ve a la legua – se inclina de pronto sobre él, mirándolo con fijeza – vamos a ver ¿te piden anticipos con frecuencia?

El enfermo vacila antes de responder.

– Pues sí, padre… Pero si no se saben administrar ¿qué quiere usted?

– Yo no quiero nada – le replica don Anselmo severamente – sólo ayudarte a sacar tus cuentas con el más allá. Y ni allí ni ahora vale engañarse. De la administración doméstica de tus empleados sabemos un rato tú y yo, porque a mi confesionario da la casualidad que viene a parar muchas, pero muchísimas cosas…

El viejo cierra la boca de pronto, encerrándose en sí mismo.

– Yo les pago de acuerdo a la ley.

La voz del sacerdote no pierde nada de su serena firmeza.

– Tú sabes que en la ley hay un espíritu y una letra. Y que seguir la segunda sin respetar el primero, no vale ante el Divino Tribunal. ¿Comprendes lo que te quiero decir?

Don Pedro baja la cabeza, confundido.

– Sí, padre.

– Pasemos al octavo. No levantar falso testimonio ni mentir.

– Bueno, padre… – el enfermo, mal repuesto aún, vacila eligiendo con cuidado las palabras – en cuanto a la primera, estoy tranquilo… Lo otro, vamos, lo otro… Mentir, bueno… ¿Quién no miento? En fin, padre…

– Los negocios ¿no, hijo mío?

Don Pedro trata vanamente de sonreir.

– Bueno, padre, usted sabe… los negocios son así…

– No, hijo mío – reconviene con tranquila energía don Anselmo – los negocios no son “así”. Los negociantes desleales y trapisondistas son los que hacen los negocios “así”, como tú dices. Los negociantes honrados hacen los negocios como Dios manda. ¡Vamos a hablar con claridad¡ ¿Cuántas veces según tú hace falta engañar en los negocios cada día?

– ¡Jesús, padre¡–  el anciano parpadea sorprendido, forzando una sonrisa que se hiela ante la expresión seria del sacerdote – pues no sé… Pone usted unas preguntas… ¿Qué sé yo…?

– ¿Cuatro, cinco, seis…? Vamos.

– Pues no sé, la verdad… Ponga usted seis o siete.

– La última vez que te confesaste fue hace dieciocho años. Siete mentiras diarias durante dieciocho años de negocio.

Don Anselmo establece sus cálculos. Don Pedro lo observa en silencio, con el ceño fruncido.

– Alrededor de cuarenta mil. Buen saco de pecados has llevado colgados durante tantos años – mueve la cabeza con pesar – y lo triste es que haya tantos católicos como tú, que no son católicos ni son nada… – procurando dejar de lado la cuestión, lo observa muy fijo – Bueno, vamos a ver… ¿Han sido esas mentiras gordas? ¿Han sido como para causar perjuicios serios?

– Que yo sepa no, padre… No ha muerto nadie ni…

– Ni ha sido nadie perjudicado en sus bienes.

Don Pedro no sabe como ponerse.

– Bueno, padre, usted sabe que los negocios operan sobre los bienes ajenos, vamos…

– No – deniega con firmeza don Anselmo – yo no sé nada de eso, yo me acuesto a las ocho. Contesta con la sinceridad que hace media hora te estoy pidiendo. ¿Has causado perjuicios serios con esas mentiras?

– Estoy tranquilo, padre… Si ellos arriesgaban su dinero, yo también el mío. Unas veces he sido yo el engañado y otras ellos. No por mentiras francas, porque ésas cuestan muy caras en los negocios sino por semiverdades o cosas que se pasan o se ocultan. Estoy tranquilo porque no he causado ningún gran perjuicio, que yo sepa.

– Bien, hijo, mejor… Vamos ahora, noveno. No desearás la mujer de tu prójimo y décimo, no codiciarás los bienes ajenos.

– Nada, padre. El primero lo tengo ya confesado hace ya mucho tiempo y el otro, he codiciado el beneficio legítimo de la tienda.

– Si ha sido así, pase – don Anselmo se suena suavemente, mientras lo observa con atención – registra ahora tu memoria ¿Tienes algo de qué acusarte? ¿Enemigos, odios, ofensas…?

– No, padre, mis hijos me han hecho sufrir mucho por como se han portado conmigo, pero a pesar de todo, son  mis hijos…

– La niña…

Don Pedro siente demudársele la cara.

– Eso es harina de otro costal, padre. La niña…

En los ojos tranquilos del confesor hay una llamarada de energía.

– La niña ¿qué? Toda la harina es ahora del mismo costas de pecados.

– La niña ha sido muy rebelde, don Anselmo. No ha obedecido a su padre, que lo que quería era únicamente su bien. Ha sido una hija muy descastada que no me ha respetado. Se casó con quien le dio la gana.

– ¿Qué tienes contra el yerno?

El enfermo desvía los ojos.

– El yerno, padre, el yerno… – dice, marcando mucho las palabras – Es un hombre sin educación, un militarote que la engatusó con la tontería del uniforme, buscaba el dinero…

El cura lo escudriña con intensidad, haciéndole desviar nuevamente la vista.

– Ella no es feliz, por lo tanto.

Don Pedro tarda en contestar.

– Bueno, no sé – dice con voz forzada – no he oído decir nada.

– Usted ha preguntado por ella.

El viejo vuelve la cabeza, irritado.

– No, no he querido que me hablen de esa hija descastada… nunca.

La mirada severa del sacerdote lo atosiga, haciéndole removerse inquieto.

– Creo que sí – dice muy bajo – que han congeniado…

– Y entonces – replica don Anselmo, dando un pleno sentido a cada una de sus palabras –  ¿cómo se explica usted que ella, una muchacha tan educada, supongo yo, vamos, haya podido congeniar con un hombre sin educación, un militarote que lo único que tenía era el uniforme, un hombre que cuando se enteró de que usted la desheredaba apresuró su boda con ella?

– Bueno, padre, eso son cosas de familia…

– Nada, hijo mío – reconviene el sacerdote, muy sereno sin embargo – eso son cosas de Dios, pecados de soberbia. La verdadera, la auténtica iglesia católica que milita en la misericordia de Cristo, no admite esas cosas de familia, como tú las llamas. Dios, con su justicia y perdón, penetra en todos los rincones y habrá que rendir muy estrecha cuenta cuando se fue soberbio, cuando se antepuso el egoísmo personal a la justicia y a la verdadera caridad cristiana.

– Ella desobedeció, padre, ella pecó.

Don Anselmo sigue hablando con voz clara y firme. Doña María Luisa, oyendo algunas palabras sueltas, intuye el sentido total de sus frases.

– No, hijo mío, ella no pecó. Cuando para defender una felicidad legítima ella se puso enfrente de ti lo hizo sin rencor, con dignidad, te dijo que quería a un hombre digno y que quería casarse con él. Y tú lo negaste, tú lo despreciaste, tú no toleraste que aquel hombre honrado, pero pobre y de humilde familia, hiciera feliz a tu hija. El no llevaba lo que tú querías, o un apellido muy largo aunque estuviera cubierto de cieno, o una fortuna muy grande aunque también estuviera manchada. Eso es lo que se desprendía de los candidatos que le ofreciste tú. Ella hizo bien manteniéndose firme. Un Mandamiento de la ley de Dios dice: Honra a tu padre y a tu madre, pero los dos primeros pecados capitales de esa ley, óyelo bien, los dos primeros son la soberbia y la avaricia.

Al rostro de don Pedro sube un flujo de sangre.

– Por favor, padre…

– Escúchame, hijo – el sacerdote se inclina más sobre él – hay unas palabras muy hermosas en ese Padrenuestro que quizá hayas olvidado. Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Aquí no hay deuda por parte de tu hija, porque ella está limpia de ofensa. Ella ha venido a verte varias veces desde que estás malo y tú nunca has querido recibirla.

Don Pedro aprieta la boca, mirando recto frente a sí.

– Fue desobediente, padre.

– ¡Y dale¡ –  exclama el sacerdote con vigor – lo fue con razón. Yo habría hecho lo mismo que ella y no me habría remordido la conciencia.

– La absolución, padre.

Don Anselmo deniega con la cabeza. Habla con acento tranquilo:

– No, hijo mío, imposible. Sigues en pecado mortal.

– Yo quería todo el bien para ella.

– Puede ser, pero después has visto que ella es feliz.

¿Y que más le puedes pedir a un yerno, dime?

– Podía haberlo sido mucho más – replica tercamente don Pedro – si me hubiera hecho caso…

El cura se echa atrás con impaciencia.

– Te obstinas, hijo, en el pecado de la soberbia y así no podemos llegar a la absolución.

– Yo no puedo perdonarla, padre – Don Pedro sigue derecho sobre los almohadones, mirando a su frente muy fijo – fui intransigente porque era mi deber.

– Yo tampoco puedo perdonarte. Seré intransigente porque es el mío.

– ¡Padre¡ –  El anciano se vuelve de pronto, con una súplica en los ojos. Don Anselmo lo mira sereno, pero su pie bajo la cama no deja de moverse.

– ¿Perdonas a tu hija? Mejor dicho ¿Te reconcilias con ella?

– Por favor, padre, me queda poco de vida…

– Razón de más. ¿Cómo vas a presentarte así ante El? Tienes que perdonar a tu hija, es decir a quien no te ha ofendido y te quiere, a pesar de tu conducta para con ella.

– Ella no me quiere, padre, me detesta.

– Estás equivocado. ¿Quieres que la llamemos?

Don Pedro desvía la vista.

– No.

– No puedes morir con ese odio en el corazón, hijo – dice el sacerdote con forzada calma – tu testamento, si lo has hecho, tienes que cambiarlo también.

– Todo es para mi mujer.

– Bien – el cura vuelve a sonarse despaciosamente – no entiendo mucho, pero en ese caso ella dispondrá lo mejor.

Se queda mirándolo, aguardando una respuesta. Los ojos de don Pedro permanecen fijos, mientras una leve sombra los empaña. Su mujer se le acerca, hablándole con ardor:

– ¡Pedro¡

El se vuelve con vivacidad.

– ¿Qué?

– Haz las paces con ella.

El la mira con reproche.

– ¡Tú también¡

– ¡Ella te quiere, tú lo sabes, yo te lo he dicho más de una vez, aunque tú nunca has querido escucharlo¡ Ella aguarda a que tú nunca has querido escucharlo¡ Ella aguarda a que tú la llames. ¡Hazlo¡

El sigue siempre con su ceño hosco.

– No, ella tiene el justo castigo que se buscó con su terquedad.

– Ella espera en la sala, Pedro. Hace dos horas que llegó, porque yo mandé llamarla.

Su marido la mira con irritación:

– ¡Tú has hecho eso¡

– ¡Sí, porque es tu hija¡ ¡Y tú, Pedro, tienes que reconciliarte con ella antes de morir¡

– ¡Antes de morir¡ –  Don Pedro se ha puesto lívido –  ¡Voy a morir¡

Hay un silencio denso en la habitación, un silencio tremendo que se palpa, que se agita, que se agarra a los muebles y los pone en danza, un silencio mascado de tinieblas, un silencio donde la eternidad parece abrirse para don Pedro. ¡La eternidad, la eternidad, la eternidad¡ ¿Qué es la eternidad, Dios mío? Una palabra, una sola y única palabra que se abre como una boca inmensa que no se acaba nunca. Algo enigmático e interminable. Eso es, interminable, esa feroz cualidad que no se puede comparar con nada absolutamente de este mundo. Arcángeles y hombre que danzan al mismo compás, triturándose delante de un ser misteriosos que los mira con un ojo inmenso, un ojo inmenso como el tiempo. Y sentir que sólo falta dar dos pasos, quizá uno solo para entrar en esa danza loca y eterna. ¡Eterna¡ ¡Qué palabra tan terrible¡ Don Pedro siente que algo lo llama, que desde una esquina del tiempo algo parece llamarlo para que se decida y dé ese paso tan pequeño que le falta por dar. Y después él empezará a danzar con unas fuerzas redivivas y quizá con un aspecto nuevo. Y su mujer lo mirará con tristeza, porque él no danzará bien. Algún peso terrible se le colgará de los hombros, quizá sea el peso de una hija agarrado al corazón, algo en suma, que no le permitirá hacer el rigodón de la eternidad. ¿Será como dice don Anselmo, la soberbia? La soberbia no puede pesar tanto como para impedir una buena danza. El ha bailado algunas veces, no muchas desde luego, desde que rompió con su hija y siempre lo ha hecho bien. ¡Ah¡ Pero es que este baile con el ángel es distinto. Aquí no sirven de nada las lecciones de la tierra. Aquí hay que danzar con el espíritu, con el corazón ligero, con las piernas muy ágiles. Si no, se cansa uno y se cae, se empieza a caer en un agujero, un agujero muy hondo, profundísimo, un agujero que no se acaba nunca, un agujero eterno…

Doña María Luisa y don Anselmo observan como abre los ojos.

– Llama a mi hija.

Ella se lanza hacia la puerta y desde el umbral hace una seña. María Luisa Duarte se levanta, entrando en la habitación. Su madre la agarra del brazo y la conduce hasta la cama, manteniéndola sujeta por los hombros y mirando intensamente a su marido.

– Hola, papá – saluda la muchacha en voz muy baja, mirándolo con aire sereno y grave.

Su padre la mira como si la viera por primera vez, con unos ojos curiosamente observadores que quieren llegar a su más íntimo fondo. Hay una pausa tensa, cargada de significados y recuerdos, donde parecen querer desarrollarse apretadamente todos esos largos años que han vivido separados. Como si los sentimientos, petrificados hasta ahora en una helada atmósfera irreal, se transformaran de súbito en seres vivos que buscaran impetuosos su cauce normal hasta la sangre. Los dos permanecen inmóviles, como fascinados por el descubrimiento insólito de su sola presencia. Luego, el anciano se lleva la mano al pecho y cierra los ojos un momento, dejándose caer hacia atrás.

– Hola, hija – dice con fatiga.

Ella aprieta los labios en un gesto irreprimible. ¡Ha cambiado su padre tanto desde la última vez que lo vio¡

– Papá ¿tu como estás?

El viejo respira hondo.

– Bien, hija, bien. Pero… siéntate…

Ella lo hace al borde de la cama.

– ¿Has venido sola?

La muchacha asiente con la cabeza, mientras se esfuerza en eliminar algo que se le ha agarrado a la garganta.

– No conozco a mi nieta… ni a mi yerno.

María Luisa lucha por hablar sin traicionarse.

– La niña está en el colegio, papá, y él está en el cuartes. Yo vine en cuanto me avisaron. Pero voy a ir por ella – añade, levantándose.

El la retiene con un gesto, haciendo que se siente otra vez.

– No, manda por ella. Y que lo avisen también a él. Tú no te retires. Tú, María Luisa – dice, dirigiéndose a su mujer – avisa para que vengan los dos.

– Sí, Pedro – contesta ella, saliendo presurosa del cuarto.

El habla con voz ahogada:

– ¡Qué de tiempo sin vernos¡ ¿verdad?

– Sí, papá – le contesta ella, ya más serena – yo he querido verte…

El anciano la ataja con suavidad.

– Ya lo sé, hija.

– ¿Tú cómo te encuentras, papá?

El hace un ademán de resignación.

– ¿No lo ves, María Luisa? Me queda poco.

– ¡No digas eso, papá¡ –  exclama impulsivamente ella.

– Es verdad – dice él con tristeza – no sirve de nada decirlo. Pero… – su expresión cambia hasta esforzar una sonrisa – Me alegro de verte. Hacía mucho tiempo, es verdad. Yo he sido muy duro contigo, pero ahora… va a terminarse todo.

La muchacha oprime los labios, conteniendo un sollozo. Su padre, el animoso don Pedro, ya no es ni sombra de lo que era. Ha desmejorado mucho desde la última vez que lo vio. Fue en la iglesia. Ella estaba arrodillada a un extremo de la nave y lo vio entrar con paso todavía firme. Se puso en su sitio de siempre, a la izquierda del altar. Y una claridad aromada de finísimo polvo entraba por la alta vidriera, iluminando su figura, todavía erguida. Y de esto hace sólo tres meses. Ahora es un viejo decrépito de movimientos torpes y una débil y lenta luz en las pupilas.

Y don Pedro ve a su hija crecida, porque no consigue situarla cuando la vio por última vez hace siete años, cuando él la recibió en el salón viejo y ella le anunció con firmeza que iba a casarse con un capitán de infantería hijo de un simple farmacéutico, de quien estaba enamorada. Que sabía su oposición, pero que ventilaba su felicidad y por eso la defendía por encima de todo. El se puso violento y la amenazó con desheredarla, pero ella se encogió de hombros y él, a los pocos días, se enteró por los periódicos de que se había casado. La imagen de ella le resulta ahora borrosa, tenía entonces veintitrés años y era muy parecida a la muchacha que tiene ahora delante. Pero del fondo de su memoria emerge triunfante otra imagen más antigua, pero más fresca, de perfiles más netos. Una niña de catorce años, sonriente, que corre con unas pernas enfundadas en medias negras y lleva un sombrerito azul con una pluma blanca. La cartera la lleva bajo el brazo y los guantes, blancos también, contrastan con el abrigo azul que encubre el uniforme del mismo color. La niña llega a su despacho y lo besa, sentándose en sus rodillas y soplándole al oído que necesita cinco duros para comprarse un libro de texto. Enseguida se levanta y le rebusca en el interior de la chaqueta sacándole la cartera y tendiéndosela. El se ríe y sacando un billete se lo da a cambio de un beso, que ella le duplica. Luego, su figura ágil se pierde en el pasillo, porque va a llegar tarde al colegio. Esta imagen juguetea en su mente y ¡es tan distinta de los cálidos ojos que le miran ahora con pena¡ Pero los ojos, precisamente los ojos, son idénticos, aunque ya han vivido una vida desde entonces. Sí, un hombre vive en ella y de esa unión ha brotado una chiquilla que dentro de poco será como era su madre en la forma que él la recuerda ahora… Es la vida ¡La vida¡ Y él es ya la muerte…

Doña María Luisa ha vuelto silenciosa, sentándose a los pies de la cama. Don Anselmo contempla pensativo la escena. La soberbia de don Pedro. ¡La soberbia¡ Algo que como una piedra arrastra y lleva hasta el fondo… Aquí es como la raíz del carácter, del mal carácter de muchos que él conoce y que no se doblegan aunque los maten.

– Hija.

– Dime, papá.

– Yo no tenía que haberme opuesto a tu boda – dice con fatiga – yo lo hice queriéndole buscar una felicidad más grande.

– Ya lo sé, papá, pero la felicidad ya la tengo. Mi marido me quiere, yo a él, y tenemos la niña. ¿Qué más podemos desear?

– Sí, hija, es verdad, pero el dinero nunca sobra. Ya tu madre se encargará de darte lo que te corresponde. ¿Quieres besarme, hija? Que esto termine como debió haber empezado. Ahora me queda poco y necesito la absolución.

Ella se retira al fondo del cuarto después de besarlo en ambas mejillas. El sacerdote absuelve al enfermo y empieza a rezar en voz baja las preces de los agonizantes, secundado por doña María Luisa. Van entrando los hijos y Rozas. Don Pedro habla ya con voz muy débil, aunque sin interrupciones. Las fuerzas se le van agotando rápidamente.

– Acercaos todos. Me queda poco, lo noto, pero aun puedo hablar – sus pupilas tienen cierta firmeza vacilante – poneos alrededor mío.

Todos le obedecen, desplegándose. El anciano, recostado en los almohadones, empieza a hablar con una fatiga inmensa, fijando los ojos en cada uno de ellos.

– A ti, Rozas, los recomiendo. Haz lo que puedas por ellos. Y vosotros, hijos, quedad con Dios. Ha habido errores de comprensión entre nosotros, ahora lo veo con más claridad que nunca… Yo he hecho mucho mal a José, lo sé y por eso le pido que me perdone. Por la tienda, por ella lo he sacrificado. Ese es mi dolor real de esta hora. Pero también he tenido culpas de indiferencia para con vosotros. No me he ocupado sino cuando me habéis hecho falta. Y claro, ha pasado lo que tenía que pasar. Habéis respondido lógicamente a lo que yo he sido para con vosotros, mejor dicho, a lo que por mi falta no he llegado a ser. Pero todo quede en esta hora enterrado. Las culpas cuando se reconocen de frente hacen menos daño. Nosotros durante mucho tiempo parece que hemos estado equivocándonos al querer entendernos. Y yo deseo que ahora todo quede claro. Si he tenido culpas para con vosotros, que las he tenido, perdonadme, y que esto sirva para que el día de mañana no tengáis que hacerlo con vuestros hijos. Tú, José, no te has preocupado en absoluto de tu hijo, preocúpate en adelante. Tú, hija no te tengo que decir nada, ya te lo he dicho todo. Tú, Eduardo, funda una familia, puede ser el árbol que te dé fuerza y tú, Juanjo, varía. Variad todos. ¡Hay tantas cosas que variar…¡ ¡Y tú, María Luisa, vela lo que puedas por ellos, les hace tanta falta… –se detiene un momento, respirando con angustia – decidle de mi parte adiós a Mariana. Quizá su madre haya muerto también a estas horas.

Una luz cada vez más apagada brilla en sus ojos.

– Siento que no podré ver ya a mi nieta… Es lástima, María Luisa… Debe parecerse tanto a ti… Pero… ahora… veré… a Miguel…

Un estremecimiento recorre todo su cuerpo. Hace un esfuerzo por continuar, pero sin conseguirlo, se desploma sobre la cabecera con los ojos muy abiertos. Un nuevo escalofrío lo recorre antes de quedar inmóvil.

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