TORRE DE VIENTO

José se detiene en la puerta de la calle y mira hacia arriba. Es un amanecer frío, de tintas rosadas en el rectángulo que proyectan las casas hacia el final de Riveros, mezcladas a los blancuzcos colores que con una leve iniciación azulada giran por encima de su cabeza. No circula todavía casi nadie, un coche de una panificadora, otro de una vaquería. Un airecillo fresco se cuela por los pulmones, haciendo encogerse el vientre con un leve escalofrío.

José baja el escalón y echa a andar hacia el final de la calle, con las manos hundidas en los bolsillos. La noche de vela se le nota en los párpados enrojecidos y en la fina película de barba. Aprieta los puños para calentarse, mientras atraviesa la Plaza Sarmiento, solitaria con sus palmeras arañando el cielo lívido. Un golfillo con un mazo de periódicos bajo el brazo pasa a su lado presuroso, restregándose las manos con gestos frioleros. José dobla la esquina de la derecha y entre en la Corredería.

La larga avenida está casi desierta, con el lento amanecer disolviéndose sobre las blancas crestas de los edificios. Pero bajo los naranjos que cuadriculan la acera se divisa alguien que viene en dirección opuesta, aunque el sombrero caído no permite adivinar su identidad. El incógnito da un puntapié a una mondadura de naranja y se queda contemplándola mientras ésta describe un círculo.

Duarte se detiene al llegar a su altura.

– Paco.

Este levanta la cabeza.

– Hola, José – dice monótono, dando una nueva patada a la cáscara –  ¿Adónde vas por aquí? ¿Vienes de juerga?

– No, Paco, de velar a mi padre.

Cifuentes lo mira con enorme sorpresa, levantándose de un papirotazo el sombrero hasta colocárselo derecho.

– ¡Caracoles¡ Pero… ¿ha muerto?

– Esta tarde, a las tres y pico – dice sobriamente José .

– ¡Vaya, hombre¡ –  Paco lo agarra del brazo, no repuesto aún de su asombro – Lo siento… Que no somos nadie – Agrega, con ademán resignado. Se queda un momento pensativo, escrutándolo después con atención –  ¿Y tú adónde vas ahora?.

José no contesta, entreteniéndose en ojear con vaguedad el horizonte de paredes blancas que parece carecer de límites al fondo de la calle.

– No sé… – dice al fin con indiferencia – Hay allí unos cuantos… Estaba aquello irrespirable y he salido a tomar un poco de fresco… ¿Y tú de dónde vienes?

Paco agacha la cabeza, se echa la mano al bolsillo y saca un revolver. Expulsa la última cápsula, vacía.

– Yo vengo del hipódromo de matar a mi yegua – dice con voz ronca.

– ¿A “Barceloneta? – El asombro de Duarte es enorme.

– ¡Sí, es la vida, coño¡ – exclama Paco, guardándose rabiosamente el arma – Mañana tenía que correr en Cádiz, estaba todo preparado, pero… Ayer, un perro gracioso le dio por rabiar y morder a “Barceloneta”. El mozo no sintió nada o no le dio la gana de oír a la yegua, que estaba loca en el establo, seguro… Ella tenía un instinto para eso formidable, ya quisieras tú haber visto… Bueno, pues, –  agrega, reanudando furiosamente el relato – cuando se dieron cuenta los cretinos, ya tenía la rabia en la sangre. Me llamaron enseguida, ya estaba allí el veterinario, pero ¡que si quieres¡ El muy grullo empezó a darme explicaciones de que si no podía ser la rabia, que si la rabia no se declara hasta los cuarenta días, que si patatín, que si patatán, que si había complicaciones, las idioteces que dicen todos cuando no hay nada que hacer… Desde luego no había más que ver al animalito, rabioso perdido… El cretino del veterinario estaba hecho un taco, sin saber por donde salir… Total – continúa con un colérico fruncimiento de boca – que naranjas de la China, que había que acabar con el bicho – Se saca de nuevo la pistola, accionando con ella – Yo mismo le reventé la cabeza… ¡Me miraba con unos ojos¡ ¡Como una persona¡ Pero no había más remedio, ¡coño¡ Me metí dentro como un loco y empecé a pegarle tiros. El primero la tumbó y ya parecía que se le había quitado la rabia, pero yo no podía ver las boqueadas aquellas tan tremendas que daba… La liquidé, le vacié el cargador en la cabeza… – se detiene de pronto, respirando con fatiga y guardándose el arma –  ¡Loco estaba¡

– ¿Y el perro?

– ¡El perro, je¡ –  prosigue Paco con violento sarcasmo – El perro se lo había cargado ella nada más lo vio entrar en la cuadra, aunque no pudo evitar el primer mordisco. De una coz lo reventó contra la pared. Allí estaba hecho unos zorros – se detiene, moviendo apenadamente la cabeza –  ¡Era más lista¡ No se resentía ya nada de la faenita que le hicieron en la pata. Ya querría yo haber cogido al cabrón…

A José se le muda de subió el color. Contempla la cabeza baja del otro y un temblor se le inicia en los pulsos, pero sobreponiéndose con un esfuerzo, le pone una mano en el hombro, mientras dice con lentitud:

– Yo fui ese cabrón, Paco.

– ¡Tú¡ –  Cifuentes se desprende de un salto, mirándolo con enorme estupor –  ¿Tú fuiste el que sangraste a “Barceloneta” en la pierna? ¡Tú estás loco¡

José deniega firmemente con la cabeza.

– No, Paco, yo fui.

– ¡Tú fuiste¡ –  La brusca conciencia del hecho hace brotar una llamarada violenta en sus ojos. Con un rabioso ademán agarra a José por el cuello, apretándoselo en un brutal zarandeo. Este se deja manejar como un pelele.

– ¡Tú fuiste, canalla¡ –  Estalla de pronto, dándole una bofetada –  ¡Tú fuiste quien rajaste a mi yegua¡ ¿Por qué? – grita con más fuerza aún –  ¡Habla, dime¡ ¿Por qué?.

La cara de José está amoratada. La férrea mano amenaza ahogarlo, pero él no hace lo más mínimo para desprenderse. Paco lo mira con dureza durante un largo momento y afloja algo la presión.

– ¡Habla¡

Duarte traga aire con esfuerzo, haciendo que su rostro recobre algo del color normal. Sus palabras le salen sin embargo claras.

– Yo te odiaba, Paco.

Este lo sacude con fuerza.

– ¿Por qué? – le barbota a la cara –  ¿Por qué me odiabas? ¡habla, hijo de puta¡ ¿Qué daño te he hecho yo a ti?

José se muerde los labios, conteniéndose ante el insulto. Tarda en contestar.

– A mí solo, no. A todos.

En su sorpresa, Cifuentes lo suelta dando un paso atrás.

– ¿Quiénes son todos?

José se arregla el cuello, respirando hondo varias veces.

– Eso no es fácil de decir. Vamos a cualquier sitio.

El otro, furioso aún, está a punto de sacudirlo de nuevo, pero vencido por su ademán resuelto, lo sigue tras ligera vacilación. Uno en pos de otro bajan por el patio de San Francisco y entran en “La Vega”. La sala del café es grande y está llena de mesas, pero a esta hora sólo hay un camarero limpiando el mostrador y dos chóferes de los camiones de pescado, que matan el gusanillo con las correspondientes copas de anís.

– Vamos al fondo – Dice José, entrando como en terreno conocido.

Cifuentes está a punto de decir algo, pero se calla. Se sientan a una mesa junto al estrado donde los domingos y festivos ponen orquesta y animadora. Piden café por una seña.

– Bien – Paco se cruza de brazos, mirándolo con dureza

– Estoy esperando que te expliques.

Duarte mueve su café con mucha calma. El ruido de la cucharilla dentro del vaso iirita los nervios del otro.

– ¡Deja ya de mover¡

– Ya está movido – contesta José, impasible.

Paco se cruza nuevamente de brazos sin tocar su servicio, esforzándose en hablar con naturalidad:

– Estoy esperando que te expliques.

– Mira, Paco – Duarte bebe muy tranquilo su café y nada parece poder alterarle – Te voy a hablar con mucha franqueza… Con el corazón en la mano ¿no se dice así? – sus ojos brillan irónicos, pero recobrando instantáneamente la seriedad, se reconcentra durante unos momentos antes de seguir – Tú ya sabes que yo soy un tipo descentrado, pero con cierta inteligencia y que me doy cuenta de algunas cosas que a otros se les pasa por alto – se queda observándolo durante la breve pausa – Por ejemplo, de tu manera de ser y de actuar… De todos nosotros, ya sabes a los que me refiero, tú te destacas ¿cómo diría yo? Como un burlón, como el Gran Burlón diría yo… Me parece que ese el es calificativo que mejor te cuadra… – se recuesta de nuevo en la butaca, estudiándolo con ojos entrecerrados – Pero de vez en cuando tienes un gesto dramático del que todo el mundo se alegra en su más profundo interior, siempre que no le toque a él, claro… Y en el entierro del Puma tú tuviste ese gesto… Armaste un escándalo, te portaste como un anarquista entre un coro de beatas, que eso éramos casi todos allí… Entre bromas y veras, Paco, cuando tú te emborrachas, tú que nos perteneces, que eres como todos nosotros, cuando te emborrachas, digo, o te haces el borracho, te separas del conjunto y entonces somos tus enemigos. Yo ahora estoy en una situación de ánimo, no sé si por la muerte de mi padre o simplemente porque no he dormido esta noche, en que no me importa nada decirte que como fracasado soy un resentido y que a veces no puedo tolerar el que te pongas frente a nosotros como un enemigo que dice…

Se detiene, estudiando el efecto de sus palabras. Paco lo mira con gravedad sin hacer el menor signo de impaciencia.

– …verdades dolorosas – concluye José con voz tensa – En ti, tú lo sabes mejor que nadie, aunque quizá no hayas llegado a definírtelo tú mismo, hay dos Paco Cifuentes. Uno, sereno, un aristócrata inútil como tantos, que va de juerga con todos y que no se diferencia en nada de ellos. El otro, un hombre amargado que no tiene fuerzas para evadirse del medio en que vive y al que odia, castigándolo con su desplantes burlones y posturas tragicómicas. Apoyándose en el vino, ese hombre empieza a soltar lo que guarda dentro y entonces se transforma en…

Paco escucha sombrío, con los ojos entornado. José se ha detenido un momento, eligiendo sus palabras con plena conciencia de cada una de ellas.

– … en algo que llega demasiado hondo a la acorchada piel de los que somos un poco concientes del papel que hacemos. Te transformas en… una conciencia.

Cifuentes siente un repentino estremecimiento. Inclinando la cabeza sin responder, guarda un penoso silencio.

– ¿Una conciencia? – dice con mucha lentitud al cabo de un larguísimo momento. Su rostro parece de pronto lleno de arrugas, que ensombrecen infinitamente su pálida cara –. Sí, es verdad, José… Pero no en una conciencia, sino… – levanta la cabeza, mirándolo con ojos vacíos – en mi propia conciencia…

Duarte le pone una mano en el brazo.

– Es igual, Paco, tu conciencia se transforma en la nuestra, porque todos somos iguales – su tono se hace de pronto muy rápido, como deseoso de quitarse un gran peso de encima – y a lo que iba a explicarte… Yo te vi un día. Estabas en las carreras con Juana y yo te odiaba, porque nosotros los resentidos somos los que mas huimos de nuestra conciencia, porque cuando ésta se dirige a nosotros, nos encuentra siempre en carne viva. Estabas con Juana y no tenías el aspecto de siempre  y no porque estuvieses con ella, ella al fin y al cabo es para ti como uno de nosotros. Era algo más sencillo. Estabas con algo menos que una persona, pero que para ti representaba algo más. Una yegua. Y estabas loco, saltabas como si tuvieras doce años. Tu yegua había ganado y tú la besabas, la acariciabas como si fuera una muchacha. Y yo que te odiaba, sentí alegría, una alegría llena de mala uva, muy distinta de la que tú tenías. He aquí Paco Cifuentes, pensé yo, el hombre que se burla de todo, besando a una animal porque ha corrido más que otros… Y surgió la idea, Paco. ¿Recuerdas que un día estabas en mi casa y yo llegué sin tú esperarme, porque me creías en Sevilla?. Entre bromas y veras, porque ya nos éramos mutuamente antipáticos, nos tratamos de Cifuentes y Duarte en lugar de Paco y José como acostumbrábamos. Y por conservar esa especie de reto burlón, pero que guardaba un fondo de verdad, nos dimos cita el domingo a las siete en el hipódromo, como si fuéramos allí a rompernos las narices… El domingo en el hipódromo, maldito si tú te acordabas de la cita. Corría tu “Barceloneta”… Pero mi memoria era mejor. Yo estaba allí a las siete, la hora en que empezaba la carrera, pero tú no podías verme, rodeado de gente como estabas, y además yo estaba cerca de ti, pero oculto. Y tu cara, aquella tarde, no estuvo para besar ni acariciar a tu cabello. ¿Te acuerdas? – añade con una repentina contracción en la cara – , tu yegua estaba herida y había sido yo, que desde aquel día en que e vi por primera vez con ella vencedora, no podía soportar tu alegría… Yo había herido a tu caballo para que tú no pudieras recibirlo con aquella alegría que yo odiaba…

Paco aprieta la boca, con los ojos duros.

– ¿Tú mismo fuiste el que la rajaste?

– No – deniega muy despacio José, respondiendo forzado a la pregunta – yo no tengo práctica ninguna en caballos y no quería hacerle más que perder la carrera. Tenía que ser alguien que los conociera y además yo no tenía ocasión de meterme en las cuadras.

– ¿Quién fue entonces?

José apura el resto de su vaso.

– ¿Qué importa eso ya? – replica con desgana – “Barceloneta” ha muerto y además, aunque estuviera viva, yo no te lo diría.

Paco se le queda mirando.

– ¡Eres un cerdo, José¡ –  las palabras le han borbotado restallantes en medio de la forzada calma que le atiranta las mejillas.

Duarte enciende una cigarro con tranquilidad, pero la llama de la cerilla ha temblado un segundo en su mano. Por su cara se extiende un tono rosa ante la mirada rencorosamente despreciativa del otro.

– Sí, tienes razón, Paco – dice con una mueca, mientras apaga el fósforo – . Yo soy un cerdo que reconoce que lo es, lo que ya es un mérito. Ahora ya no te odio ni podría volver a odiarte. No sé en verdad qué ha sido… Desde aquel domingo en que vi tu expresión de rabia y de disgusto, tenía un vago deseo de contártelo todo, porque pensaba que así encontraría la satisfacción que no encontré entonces. Pero… – agrega con un gesto terriblemente cansado – ha llegado hoy, mi padre se ha muerto y hasta me ha pedido perdón por mi cobardía cuando decidí entrar en la tienda en vez de ser militar… Te he encontrado después en la calle y me has contado que has matado a tu yegua… Entonces… me he sentido como desfondado. Parece como si esas dos muertes me hubieran dejado vacío. Como si yo sólo hubiera vivido para esos dos odios, el de mi padre y el tuyo. Y ahora… – se queda mirándolo con inexpresivos ojos ¿Qué hacer?

Cifuentes aprieta los labios con la cabeza baja, derrumbado en la silla. Mueve la mano hacia el otro, pero sin llegar a tocarla, la deja caer lacia sobre su propia rodilla.

José lo mira con unos ojos horriblemente contraídos. Sus rasgos aparecen blandos y cansados, como una máscara que se hubiera usado demasiado tiempo.

– Yo tampoco lo sé… – dice en voz muy baja.

Cifuentes lo escruta vago e impersonal, con los bordes de la boca curvados cansadamente hacia abajo.

– Ya no existe nada entre nosotros – dice al fin, mirando a José como si fuera un objeto que hace tiempo hubiera dejado de interesarle. El odio, al fin y al cabo, es un sentimiento de gente fuerte. A nosotros sólo nos queda el aborrecimiento, el hastío…

José se levanta, moviendo todas sus articulaciones con una inmensa fatiga que amenaza llegar a la náusea.

– ¿Pagas?

– Sí.

Las puertas del café se cierran sobre las dos siluetas.

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