29

 

Román, empotrado en el butacón de la trastienda, descuelga el auricular con un ágil movimiento.

– ¿Quién?

Su rostro se anima de súbito.

– ¿Cómo? ¿Eres tú, Creso? – pregunta con afanosa sonrisa – ¿qué pasa?.

– ¿Cómo? – replica, descomponiéndose de pronto en el colmo de la extrañeza –  ¿Qué vaya enseguida? ¿Y con el talonario de cheques?… Pero…

– ¿Y los pagarés de Juan José Duarte? Pero…

– Bueno, bueno, Creso, no hay que ponerse así, hombre… Si es de tanta importancia…¡Que son cincuenta kilómetros¡ Enseguida voy.

Cuelga el teléfono y se queda mirándolo con aire preocupado. Con un fruncimiento de cejas se palpa la chaqueta para asegurarse de que lleva encima el libro de cheques. Dirigiéndose a la caja empotrada en la pared rebusca en un montón de papeles, sacando de entre ellos un sobre que lleva escrito en la cubierta GRANDES ALMACENES DUARTE. Extrae de él los pagarés, echándoselos al bolsillo. Vuelve a cerrar la caja, saliendo con paso vivo de la trastienda.

– ¡Rogelio¡ –  el dependiente, de espaldas y muy atareado limpiando una vitrina, se vuelve con rapidez – voy a la capital. Algo importante.

– Sí, señor – le contesta monótonamente el otro.

– Si viene alguien preguntando por mí y tú lo conoces – le hace un guiño significativo – que vuelva a las cuatro. ¿Estamos’.

El empleado exhibe una sonrisa automática.

– Sí, señor, entendido.

– ¡Qué soso es¡ –  murmura el joyero para sí, mientras sale de la tienda – Pero… – Echa una precavida ojeada al escaparate – son millones…

Mientras dirige sus grandes zancadas hacia el estacionamiento del Chevrolet, no deja de dar vueltas en su cabeza a la reciente conversación telefónica. ¿Qué le tendrá que decir Creso con tanta urgencia? Antiguamente, cuando algo bueno se presentaba, estuviera donde estuviera, ésa era su manera de establecer contacto. Pero ahora, al cabo de tanto tiempo en que a pesar de la amistad sus intereses están desligados por completo, no acierta a ver la conexión. En fin, ¡quién sabe¡ los mejores negocios son los repentinos, aquellos en que cuando menos se piensa salta la liebre. Desde luego, por algo le habrá dicho que se lleve el talonario. Pero… ¿Y los pagarés de Juanjo, cómo se habrá enterado el muy zorro de Creso? ¿Y si hubiera forma de arreglar fácilmente lo de la tienda?

Pone en marcha el coche en dirección a la capital. Cogiendo una media de setenta, en tres cuartos de hora estará allí. Y de todas formas, más vale no calentarse la cabeza. Lo que sea, sonará.

En su despacho del Gobierno Civil, antigua Biblioteca Popular de la provincia, don Creso fuma su cotidiano puro mientras le indica un asiento frente al suyo. Su cara aparece tan inescrutable como de costumbre, pero sus párpados amoratados a diminutas venillas rojas no consiguen disimular el brillo especial de sus ojuelos. Manteniéndose muy erguido en su butacón, se frota blandamente la barbilla mientras pregunta en tono muy suave:

– ¿Has traído el talonario? ¿Y los pagarés?

Román, con la cara muy seria, se los alarga con aparente indiferencia. Su largo conocimiento de Creso le ha enseñado a conocer sus reacciones como si fueran las propias y la recepción que le ha dispensado lo ha puesto sobre ascuas, a pesar de su dominio de nervios. Su amigo echa una breve ojeada sobre los documentos y los deja caer con un seco golpe sobre el tablero. Entorna los ojos mirándolo con una desagradable fijeza, mientras sus labios redondean parsimoniosamente un chorrito de humo.

– Te la han jugado de puño, Pepe – le anuncia con acento cortante –, el tiro por la culata.

Román traga saliva con esfuerzo, a pesar de estar ya prevenido. Sus pupilas resplandecen diminutas entre las valvas arranadas de los párpados.

– ¿Cómo? – deja caer con la garganta seca.

– Escucha, Pepe – Don Creso habla con la concisión de un despacho telegráfico – no hay que andarse por las ramas… Esto – añade, extendiendo sobre la carpeta una hoja de papel – es un oficio con membrete del Ministerio de Justicia, que dice así: “El Ministerio de Justicia declara haber recibido de don José Román Vallanzo, domiciliado en calle Lonja número 74 de la ciudad de Laverna y de profesión joyero, la suma de trescientas mil pesetas para los fondos del presupuesto nacional del año en curso, en concepto de ayuda extraordinaria. Por Dios, por España y su Revolución Nacional Sindicalista. Madrid, a tantos del tanto del tanto. Firmado, el propio Ministro”.

Levantando la hoja hasta cierta altura, la deja revolotear blandamente sobre la mesa. El papel gira un momento en el aire para aplomarse enseguida sobre la madera con un balanceo juguetón. Román, respirando entrecortadamente, lo contempla con fascinados ojos. De pronto, trasmudando la cara con un esfuerzo considerable, se echa a reír a carcajadas. El gobernador permanece callado analizándolo con divertido interés.

– Te hace gracia – comenta, frunciendo la boca con malicia.

Román recobra de súbito la seriedad, limpiándose las lágrimas que a su pesar le enturbian regocijadamente la vista.

– Es una broma – dice al fin con aire convencido –  ¿Quién firma eso, vamos a ver?

– Armagán.

– Es amigo mío – replica el joyero con una amplísima sonrisa – es una broma.

Don Creso, chupando con delicadeza de su puro, lo estudia con el aire distante y curioso de quien contempla las diabluras de un chiquillo cuyos manejos sabe exactamente adonde van a ir a parar. Su mirada se endurece de pronto, fatigada de aquel juego demasiado visto.

– Peor, si es amigo tuyo – dice, adoptando la postura fríamente austera de sus grandes ocasiones – Ya te he dicho que te ha salido el tiro por la culata.

El otro se le queda mirando intrigado, con una vaga sospecha que le salta irremediablemente a los ojos.

– No te entiendo – dice con voz algo trémula.

Chango se acomoda en su butacón, preguntando con conciso interés:

– ¿Qué tiempo hace que murió el viejo Duarte?

Román no abandona su mueca de extrañeza.

– ¿Qué tiene eso que ver…? – ante la mirada implacable del otro, contesta presuroso – unas tres semanas, poco más o menos.

– ¡Ajá¡ –  Los dos dientes delanteros de la autoridad se apoyan incisivamente en el labio inferior, acusando un estremecimiento – Han andado listos, muy listos…

– Si no me explicas nada – exclama Román algo irritado – me quedo en ayunas…

Su amigo extiende la mano con frialdad.

– Enseguida, muchacho – le contesta con un ligero sarcasmo, alargando deliberadamente la pausa a pesar de la manifiesta impaciencia del otro – Esta vez te has cogido los dedos como el niño que quiere cerrar una gaveta. Con esto – Indica el oficio con el índice – vienen dos cuartillas con el origen de todo.

Román lo mira con ansiedad.

– Déjame verlas.

Chango se encoge de hombros, aplastando la colilla contra el cenicero.

– Es inútil – replica – en dos palabras te lo cuento – se repantiga en su butacón, cruzando las piernas – A ti te interesaba la tienda del viejo ¿no?

– Sí, tú lo sabías…

– ¿Qué has hecho para obtenerla? ¿Alguna proposición directa?

Román parece encontrar de pronto el hilo del ovillo. Una vez centradas las cuestiones es mucho más fácil resolverlas.

– No – contesta con precisión – eso hubiera sido pinchar en hueso. Ya te enteraste en mi casa de cómo pensaba el viejo.

– Me refiero a los herederos.

– No, el testamento prohibía expresamente la venta de la tienda. Tenía que seguir propiedad de la mujer y bajo la dirección de rozas, el apoderado – Se queda un momento indeciso, aguardando vanamente una respuesta – Ya la conociste allí, en la boda de mi hija…

Don Creso enarca una ceja ante las regocijantes palabras de Román.

– ¡Je¡ –  exclama con un regusto irónico –  ¡Y tanto que le conocí¡ ¡Y ahora mucho, pero que muchísimo mejor¡

Sus labios se crispan sarcásticos bajo el cuidado bigote blanco, mientras recobra trabajosamente la seriedad:

– Bueno, entonces… ¿Qué has hecho para obtenerla?

El joyero vacila antes de dar a conocer su entrevista con Juanjo. Don Creso golpea la mesa, impaciente ante aquella tozudez estúpida.

– Es inútil, Pepe – le reconviene, moviendo desdeñosamente la cabeza – Ya no hay nada que hacer.

Román, resignado, cuenta su conversación con Juanjo. El otro, que lo ha escuchado muy atento, deja flotar sobre él una mirada un tanto despectiva.

– ¿Y en ese niño confiabas para que pusiera a la abuela en ascuas con el cuento ése?

– No – El joyero enrojece ligeramente – Eso es lo que él creía… Yo contaba también con la Ibarragómez y… en fin, el niño sería sólo el punto de partida, luego habría otras cosillas que desencadenarían el asunto. Por mi parte nunca confié en el niño solo … vamos.

Chango lo mira de través mientras elige un nuevo Corona de su tabaquera.

– Peoncillos, Pepe, peoncillos – Contesta con burlona ligereza, mientras enciende el puro con tranquilidad – El temple, Pepe, el temple – Prosigue con aire de irónica superioridad que fastidia enormemente al otro –  ¿Qué has hecho del viejo temple? ¿Y la vieja astucia, vamos a ver? ¿Qué has hecho de ellos?

Al joyero aquello le hiere hasta lo más hondo. Enrojece como un pavo, parpadeando mientras pregunta con voz ahogada:

– ¿Qué ha pasado, Creso?

Este se queda mirándolo con una lucecita astuta en los ojos. Su mueca de fastidio no consigue sin embargo disimular una embozada satisfacción que se desprende de la estudiada superioridad de sus ademanes.

– Lo que tenía que pasar, Pepe – dice, lanzando una golosa bocanada – Que tu plan, muy bonito en teoría, lo reconozco, te lo han mojado hasta el culo. Tú no has tenido la elemental precaución de medir la gente con que te enfrentabas y – señala el oficio – ahí tocas las consecuencias… – se inclina de súbito sobre él con los ojos endurecidos, hablando con voz tirante – Escúchame, Pepe, por si todavía no has entendido. Tú has hecho un plan para gentecilla de poco más o menos y esta gente tiene de aquí – Se toca la frente con ademán expresivo – pero mucho, muchísimo más de lo que tú crees, muchacho. Es gente de altura – Hace una breve pausa, siguiendo a continuación con su voz seca y clara – Entérate ahora de lo que ha pasado. Doña María Luisa, la viuda, se calló la boca mientras su marido estuvo vivo, escuchó lo que el nene le decía y se quedó como si tal cosa. Enseguida empezó a observar de verdad y al los cuatro días como quien dice de la muerte del viejo, cogió al niño y me lo volvió del revés. Por lo que me han dicho – Añade, agitando la mano en señal de cantidad – buena es la tal señora para andarse con tiquis miquis cuando le tocan a la familia. El niño cantó mejor que la Tebaldi y a seguido se convocó a reunión general al Rozas, al niño mismo y a la intrigantuela esa del nombre tan largo, la Ibarranosequé, que no sé por donde diablos se habrán enterado de sus manejitos. La tal Ibarra se desfondó como un regional ante un primera división y a las primeras de cambio cantó las cuarenta también, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, vaya. Enseguida los despidieron a los dos, supongo que casi a patadas y entre la señora y el Rozas determinaron vengar el honor de la familia. Ella pensaba ir a verte a la tienda nada menos, y ella sola, con la mayor dignidad y señorío a pesar de sus sesenta y tantos años, sacarte a relucir los trapos sucios y ponerte la cara bien colorada… Ni Isabel la Católica, vaya. Pero el señor es Fernando de Aragón, por si no lo sabes… la hizo cambiar de opinión, aunque no fácilmente. Urdieron un nuevo plan, lo urdió él, mejor dicho, y los dos, ni cortos ni perezosos, en un avión a Madrid. Removieron influencias en menos que canta un gallo, y se fueron después al Ministerio. Armagán, ya prevenido, los recibió como si hubieran sido los reyes de España. Estuvieron diez minutos con él y – agita expresivamente le despacho – Aquí tienes el resultado – Se queda estudiándolo durante un largo momento, añadiendo – Ellos han manejado influencias de que ya te harás idea…

– ¡Pero eso es un disparate¡ –  Balbucea Román con los nervios alterados – Pero vamos… a ver – Acierta a decir por fin –  ¿Qué es eso, un oficio?

Su amigo alza la hoja entre dos dedos, hablando con sequedad:

– Un oficio completamente fuera de serie, con membrete y firma del Ministro, sin sumario, sin causa, sin nada… Una simple cuartilla y dos más con instrucciones.

Román, sin querer hacer caso de su clara actitud, cierra la boca hasta hacer de ella una sola línea.

– Luego yo no tengo que pagar eso.

El gobernador frunce las cejas, con un inmenso asombro que se destila líquidamente de sus dilatados ojos. Suelta de pronto en sus barbas una carcajada estridente y ofensiva, que tiene la virtud de desconcertar por completo a su interlocutor, que no sabe qué actitud escoger. Chango se repone con trabajo de su forzada hilaridad, cruzando las velludas manos sobre la mesa y escrutándolo con atención.

– Veo que no comprendes, Pepe – Dice con aparente sentimiento, donde se deja percibir no obstante un ligero matiz irónico – Ni jota, querido… Pues pasa nada más y nada menos que esa gente a la que tú has soñado escamotear la tienda, querido Pepe, te ha ganado por la mano, te ha engañado como a un chino. Se te han adelantado – Sigue diciendo con regodeada voz – te han cogido tu pequeña batería, la han soplado hasta hacerla grande y la han disparado contra ti con muy buena puntería. Como que te han dado el cañonazo donde más te podía doler a ti, en el talonario de cheques. Como si tú hubieras sido el ratoncillo y ellos el león. Te han echado la zarpa y aquí no hay tu tía. Ella se fue directamente al niño – sigue explicando con paciencia de autorizado profesor – y le sacó hasta la primera papilla. Enseguida se fue a la Ibarra esa y esta cantó de plano, como ya he tenido el gusto y el honor de informarte. Que si tú la pagabas por espiar en la casa o que si era por decirle tonterías a ella, ¿qué más da ahora? Luego le dio por consultar a ese señor Rozas y contarle lo que pensaba hacer. Irse a tu tienda y muy dignamente ponerte las orejas bien coloradas. Esa habría sido una magnífica solución para ti, porque habría preservado tu talonario. Amor propio hecho cisco, pero nada más… Sin perjuicio material de momento. Una solución digna de una gran señora del siglo XIX, en pocas palabras. No creo que hubiera ido a pegarte dos tiros, aunque ahora que lo pienso no estoy seguro de nada – Hace una pausa, mientras chupa de su cigarro con fuerza – Pero ahora entra en acción el señor Rozas, una cabeza del siglo XX, un andaluz fino, de ésos que tiran muy largo. Ese te caló como nadie el día de la boda de tu hija, yo lo vi. Y se le ocurrió la idea. Al señor Rozas lo que más le duelen no son los cachetes del amor propio, sino las pesetas de la cartera. Ni cortos ni perezosos, ya te he dicho, movilizaron en Madrid todas las aldabas de que disponían, se fueron al Ministro muy recomendados y éste seguramente los escuchó cinco minutos y me mandó este oficio. Eso es todo.

Román se mantiene muy tieso en la butaca.

– Completamente ilegal.

Don Creso hace una mueca de indiferencia.

– Según la letra de la ley, tú lo has dicho, completamente ilegal. Y además absolutamente irreal, inverosímil y todo lo que tú quieras llamarlo. Pero ¿qué quieres? – Hace un gesto de resignación filosófica – Quien manda manda y cartuchera en el cañón. Yo ya te previne para que trajeras el libro de cheques y los pagarés. Esto tienes que pagarlo.

Román deniega con la cabeza, muy seguro de sí mismo.

– Armagán es amigo mío y hoy mismo voy a verlo.

Chango se queda observándolo con ojos duros que traicionan un principio de cólera. Cierra los puños sobre la mes, pero deja transcurrir una larga pausa que consigue mitigar algo su áspero tono:

– Mira, Pepe – Dice con resolución – Por lo visto no me quieres entender. O yo te hablo en chino o tú tienes algodones en los oídos. Quiero decir esto: –  lo mira muy serio, hablándole con cortante energía – Tú has cometido la enorme estupidez de poner en marcha en contra tuya una montaña que solo puedes parar firmando un cheque de trescientas mil pesetas ¿Estamos? Ese el es precio de tu intriga ¿Te enteras? – Exclama, dando un tremendo puñetazo sobre la mesa que hace bailar todos los papeles – Tú has urdido una intriga en contra de una montaña y la montaña se ha puesto en movimiento y te dice: ¡Trescientas mil pesetas o te aplasto¡ ¿Entendido? ¡Eso es todo¡ ¿Crees que no conozco cien mil veces mejor que tú a Armagán? Cuando él ha firmado eso es que no ha tenido otro camino. Y tú pagas esto o se te mete en la cárcel, no hay tu tía. Tú has puesto un par de peoncillos para hacer jaque a una reina y a un rey y éstos te ha dado mate y tú sin querer enterarte todavía. Son gentes de muchas aldabas en Madrid a las que nosotros no podemos llegar. No creo que haya sido por parte de Rozas, porque su historial de republicano activo no le para ello, pero los Duarte pertenecen a la más antigua aristocracia de Laverna, emparentados con lo más linajudo de Madrid, gente que ha sido toda su vida furiosamente monárquica y apegada a la Iglesia y con miembros en el más alto cogollo del ejército. Los Duarte no se han mezclado hace mucho tiempo en política, pero los lazos de sangre y de conocimiento existen. Y de los Galiano de Torre, la familia de la señora, no digamos. Tres cuartos de lo propio. Y tú has ido a tocar con tu intriguita precisamente lo que los ha unido como lobos rabiosos, a pesar de las diferencias políticas o de cualquier clase que pudiera haber entre ellos. El honor de uno de los suyos puesto en juego por un Román cualquiera, que hace años apaleaba basura. Me he resistido a decirte esto, pero ante tu terquedad, son palabras textuales de la carta que me han mandado el mismo Armagán ¿Comprendes? Eso de haber apaleado basura puede haber sido muy digno y lo sería para otro cualquiera que hubiera llegado después a conquistar una posición por medios distintos de los que tú has empleado. Hay medios y medios, unos en los que se ensucia uno las manos, pero en los que se arriesga el cuello y eso impone al menos cierto respeto, y otros, como éste que tú has empleado, que no tienen ninguna defensa, porque no son hábiles ni arriesgan nada. Yo he empleado también mis medios para subir, no lo niego, pero siempre he seguido una línea de riesgo prudente y óyelo bien, de éxito. En rigor, lo que aquí pagas tú es tu torpeza, al costado de toda ética. Esta gente se ha puesto desde el primer momento en un plano de altura y aquí no quedan más bragas que agachar el morro y aguantar carretas y carretones. Y yo en este caso estoy dispuesto a seguir las directrices que se me han dado, porque conozco el paño. Tú pagas ahora mismo la multa que te han impuesto o sales de aquí para la comisaría. ¿Entendido? Es el puesto lo que me juego y no estoy dispuesto a hacer tonterías.

Suelta una bocanada de humo y se recuesta en el sillón, esperando. Román está lívido y le tiemblan ligeramente los labios. Se mete la mano en el bolsillo y sacando un talonario de cheques, extiende uno con mano torpe, tendiéndoselo a continuación. Chango lo ojea escrupulosamente y le extiende a su vez un recibo, entregándole también el Oficio del Ministerio.

– Ahí va. ¿Tienes los pagarés?

– Sí – Se los entrega.

Don Creso une ambas cosas, las mete en un sobre y escribe la dirección, cerrándolo con cuidado. Llama a su secretario y se lo tiende:

– Por valores declarados y urgente.

– Sí, señor – El empleado se retira.

– Eso es todo. Pepe.

Román traga saliva con esfuerzo. La humillación sufrida le mantiene aún rojas las mejillas.

– Adiós, Creso.

Cuando se queda solo, una sonrisa curva los labios del gobernador, agudizándose progresivamente hasta convertirse en una franca carcajada.

Luego sus ojos se empequeñecen pensativos, prendidos en la delgada columna de humo de su puro.

Comments are closed.