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TORRE DE VIENTO

Eduardo, después de su diaria copa de coñac a media mañana, se siente con disposición benévola hacia todo el mundo. Hasta se digna gastar alguna que otra broma a los dependientes jóvenes, sobre todo a Andrés, el muchacho de la Caja que es tan gentil. Eduardo le sostuvo el otro día una conversación con algunos sobreentendidos que el chico no se molestó demasiado en querer captar. Aunque le resulte duro de creer, quizá eso indique que en esta ocasión tendrá que realizar serios esfuerzos para conquistar su interesante simpatía.

Hoy, sin embargo, Eduardo se encuentra sumamente molesto por otras cosas que le afectan de un modo muy directo. Ha ocurrido un incidente que viene a turbar su acostumbrada acogida amable hacia todos. La Hermanita Asunción, la parlanchina limosnera del Espíritu Santo, encontrándose enferma este fin de mes, ha enviado en su lugar una sustituta. Esta se ha mostrado correcta, pero sin preguntar siguiera por él, se ha limitado a informar a Pastrana de la enfermedad de la Sor, alargándole el recibo mensual de cobro. El ratito de charla con el que la Hermanita le informa periódicamente sobre las novedades del convento, se ha frustrado esta vez.

– ¿Tienes ahí el recibo?

Emboscado discretamente detrás del cajero, observa con cierto disimulado rencor a la monja que, adosada al mostrador, mantiene bajas sus tocas blanquísimas.

– Sí, señor – le contesta Pastrana, tendiéndole el recibo – Pero dice la Hermanita que como era trimestre, allí le han dejado en blanco la cantidad.

Esto encima, Eduardo mira el papel por todos lados, con las cejas muy fruncidas. Este comercio que se traen las monjas del Espíritu Santo le parece un tanto desleal. Se convino en que serían dos duros todos los meses y no más. Si él alguna vez ha entregado tres o cuatro a Sor Asunción, ha sido sólo y exclusivamente por su propia voluntad, no por imposiciones de nadie. Al menos ella sabe pedir las cosas con mucha gentileza. Es tan simpática que nada se le puede negar. Ahora esta otra le hace agitarse intranquilo, mismo en el sillón giratorio que él cuida tanto de no estropear. La última reparación le costó un sentido.

– Bueno, bueno… – Dice, dedicándose a contemplar con astucia al cajero, como esperando de él alguna solución. Vuelve a sentirse muy molesto. Es verdaderamente bochornoso lo que han hecho las monjas este mes. De repente toma una desesperada decisión, enrojeciendo muy nervioso ante la sosería de Pastrana – Venga, ¿qué esperas? – le ordena con ademanes bruscos – Ponle, ponle dos duros. Como todos los meses.

El cajero se le queda un momento mirando, con aire de extrañeza. Jamás ha reaccionado su jefe de esa manera con respecto a las monjitas. Pero ahora se le ve que no quiere saber nada del asunto. Eduardo sigue firmando correo con ademanes furiosamente rápidos. Sin embargo, no puede contenerse por más tiempo y sacando el pañuelo, se limpia el sudor de la frente, a pesar de que no hace calor. ¿Qué pensará de esto la Hermanita Asunción?

– Todavía hay muchos gastillos este año ¿no crees?

El comentario lo hace mientras vuelve a mirar discretamente a la Sor, que aguarda siempre impasible sin levantar siguiera la cabeza. Eduardo aprieta el lápiz entre sus manos con rencorosa fuerza. ¡Pero qué cara de bruta tiene¡

Los ojos de Pastrana brillan un momento inspirados. De súbito se inclina más sobre la mesa:

– Sí, señor, eso es… La cuesta de enero…

Su patrón levanta de pronto la cabeza, sin poder ocultar su admiración. Una sonrisa de alivio le dilata la cara. Este Pastrana, con lo tontajo que es, tiene a veces golpes geniales. Vale mucho, aunque es lástima que sea tan viejo y tan feo. Eduardo rubrica su salida con expresivos movimientos de cabeza, mientras vuelve a secarse la sudorosa calva, ya liberado.

– Sí, eso, eso es… Claro, era eso… La cuesta de enero…

Andrés, en la otra mesa de la Caja, a pocos metros de distancia, sonríe también, sin interrumpir sus números. Él tiene un oído muy fino y no ha perdido puntada de la breve, pero sustanciosa conversación. Ya conoce la pasta de don Eduardo y las cosas que se susurran por ahí, aunque ni valga la pena de pensar en tales chismes. Bastante tiene él con sus propios problemas.

Sus dedos largos, como si guardaran ojos en sus yemas, circulan ágiles extrayendo fichas, repasando facturas, cogiendo a ciegas la pluma, el lápiz o la goma para hacer una rectificación. Cada día la misma tarea mecánica, esta llega a realizase con independencia absoluta del cerebro. La labor burocrática consiste en mucho aguante de culo, una columna vertebral flexible y una sólida capacidad para soportar impasible a los jefes moral y mentalmente inferiores que confunden la noble profesión numérica con el gobierno de un ínsula a lo Paco. Bastantes comentarios ha hecho él con Álvaro sobre la profesioncita en cuestión.

Su vista se detiene sobre su amigo que, adosado al mostrador, enseña unos retales de cretona a una dama vieja, señora la más cargante que ha entrado en la tienda desde hace muchos años. Le viene a la memoria la conversación que sostuvieron los dos ayer. Ya habían discutido a mediodía, sentando teóricamente las bases de la política a seguir con objeto de sacar a la sociedad lavernesa del marasmo en que se encuentra sumida. Álvaro, en realidad un indiferente desengañado, no se encontraba conforme con sus métodos, que estimaba crudamente radicales, pero sin llegar a establecer lo que pudiera llamarse un ligamento constructivo.

– Tú, Andrés – le decía – lo que eres es un anarquista. No quieres sino romper en pedazos Laverna y eso no se puede hacer así como así. Donde se tira un ladrillo, hay que poner enseguida otro. Vamos a ver, si tú derribas a Laverna hasta los cimientos como más o menos es tu idea, ¿quién va a recomponerla luego?.

Estaban sentados en la calle Lonja, en una mesa del bar “La España”. Ante ellos burbujeaban dos cañas de cerveza. La arteria principal de la villa, en un jueves marceño de templada temperatura, se veía melancólicamente desierta, con sólo una docena de paseantes que trajinaban las aceras con sus andares aburridos. Algunos otros tomaban el aperitivo bajo la fila de naranjos que ya exhalaban su penetrante olor a azahar, anuncio de la vecina primavera.

Andrés, antes de contestar a su amigo, lo consideró con la mayor frialdad posible. Se encontraban compenetrados en muchas cosas, eso era fuerza reconocerlo pero en otras, la verdad, algo fundamental fallaba. Esta pregunta de ahora pertenecía al orden de cosas en que un compenetración era poco probable.

– ¿Y eres tú quien me pregunta eso, Álvaro? Yo la respuesta la veo muy sencilla. El quien lo sé, el cómo ya no es tan sencillo, aunque yo tengo intuiciones. La construcción, porque aquí en realidad jamás se ha construido, nos corresponde a nosotros, a í, a mí, a la juventud que ahora está muerta y a la que hay que galvanizar hasta los huesos. Los jóvenes, que ahora estamos todos muertos, sólo resucitaremos al escuchar los primeros crujidos de esta cloaca que se derrumba, de este cementerio viviente que nuestros padres nos han dado como cuna. ¡Mira¡

– Sus ojos y sus manos abarcaron el conjunto, la pastosa calma de los paseantes aburridos, la inanidad de los solitarios de los casinos, la cara aterradoramente inexpresiva de un colegial que pasaba – ¿ves? Todo esto está tan tranquilo como una tumba inmensa, todo vive, si a eso se puede llamar vivir, como ayer, como anteayer, como el otro. Nada cambia en este pueblo santurrón e hipócrita, este pueblo que podría ser una maravilla si hubiera entre los que pueden un adarme de corazón y de cerebro. Tal como está ahora es una ciudad en ruinas. Todo está ruinoso, aunque no se vean escombros. La bancarrota la tiene muy adentro, supurándole en las propias entrañas. Tal como está ahora sigue siendo una ciudad mora, algo así como si la cacareada Reconquista se hubiera paralizado delante de sus muros. Un feroz Muza – agregó irónico – apegado a formas feroces y viejas, contiene a los auténticos caballeros cristianos que desean luchar por su rescate – Se quedó mirando la larga avenida, mientras apuraba la cerveza con los ojos entornados – Habría que derribarla hasta los cimientos y poner en su lugar una Laverna siglo XX.

Álvaro se echó a reír, después de una pausa de silencio. Estaba ya acostumbrado a las teorías de su amigo y le hacían muy escasa mella después de haber comprobado por sí mismo la futilidad de una presunta acción. Chupó de su cigarro y con los azulados anillos circulándole delante de los ojos, se dejó resbalar en su silla hasta sumergirse cómodamente dentro. Al hablar procuró vencer el tonillo de superioridad  que a su pesar le salía con frecuencia, aunque nunca tuvo después la certeza de haberlo conseguido.

– Andrés, tú estás loco, la verdad – dijo con calma – Tú eres como tantos. Yo soy más viejo que tú, créeme, yo tengo ya veintiocho años, seis más, y he cosechado una miaja de experiencia por mi parte. Si no te digo que no, si a mí también me dieron esos arrechuchos de prima mocedad, no creas que eres tú sólo el único. Pero acaba uno por acostumbrarse a todo ¿qué quieres? Se acostumbra uno al trabajo estúpido y pesado, a la incomprensión de la gente, a la mirada que te echan como si fueras una jirafa de feria, al paseo donde te encuentras siempre las cien mismas caras, a la película idiota, a los consejos idiotas, a la vida idiota – Se detuvo, incorporándose ligeramente sobre los codos con cierta animación en los ojos – Mira, la verdad, para luchar contra todo eso, hace falta por lo menos un punto de apoyo… y no lo tenemos… ni siquiera idea de donde encontrarlo… y no creas, hay algunos que piensan como nosotros y que están todavía más despistados. Como tú, exactamente como tú, me habó una vez Armandito Gómez, el de “La Mariposa Cantante”, un tío que luchó fuerte en la guerra al lado de los nacionales y que me parecía bragado… Pues nada, después todo eran cuentos… Él me lo contaba en historia. Y pensó una vez como tú, hace quince años, al final de la guerra… El, un Vieja Guardia… Pero ya, como si hiciera siglos…

Se interrumpió, con la voz floja, como si comprendiera lo inútil de seguir hablando. Se frotaba concienzudamente un ojo con el meñique, hasta lograr extraer una pestaña que le molestaba dentro. La depositó con mimo sobre el plato y la contempló curioso, como un raro bicho de museo. De improviso, algo como un amago de violenta náusea le subió hasta la garganta. Tosió con fuerza hasta conseguir despejar el esófago, poniéndose morado con los esfuerzos.

Andrés lo miraba muy fijo, con un brillo enfebrecido en las pupilas. Escuchar en algunas ocasiones a Álvaro, contemplar la futileza de sus movimientos de viejo, lo ponía frenético hasta el paroxismo. Reconocía sin embargo en él ciertas cualidades, con las que a fuerza de buena voluntad llegaba a establecer una compensación que siempre se le antojaba débil. Pero esto de ahora pasaba francamente de la raya.

– ¡Mierda¡ – Las palabras le salían silbantes entre los dientes apretados – ¡Todo eso es mierda¡ Ese Armandito, con todos sus cuentos de idealismo y Vieja Guardia, es todo mierda. Sin conocerlo, ya lo tengo más que calado. Dime tú, porque eso está claro, si tenía tantos ideales y tanta bambolla, ¿cómo es que ha llegado a ser entonces el dueño de una casa de té, que en realidad es una casa de putas?.

Álvaro lo miraba ahora sorprendido. Su amigo se ponía a veces insufrible, ya le había prevenido que la violencia de sus reacciones le acarrearía un día un serio disgusto. Se sonó con parsimonia, procurando tomarlo con calma.

– Chico, qué sé yo, la vida… La vida, que pega palos y le hincha las narices al más bragado… ¡Como que no da fuerte ni distribuye bien… ¡ Al que va para querendón lo hace cura, al sin nariz le da pañuelos, al rico le da úlcera de estómago, al pobre clavos que roer… si todo fuera como debe, lo que tendría que ser, ¡caray¡, tú habrías estudiado Letras, que es lo que te corresponde y yo… yo, en lugar de medir telas en la tienda, estaría con lo de Matasanos, que es lo que me tira…

Andrés se encogió de hombros ante la exposición, que se le antojaba bastante superficial. Para él, Álvaro jamás llegaría a las raíces, se quedaría siempre en la corteza de los hechos. Él, por su parte, quería conocer los orígenes de todo, el oscuro abismo donde se generaban las cosas. Ahora procuraba hablar tranquilo, buscando evitar su excitación anterior.

– La verdad, Álvaro, la pobre vida se lleva cada carga – Torcía la boca en un gesto hastiado, tratando a la vez de aguzar si sus palabras correspondían a algo con lo que en realidad se sintiera profundamente compenetrado. ¡Fallaban tanto a veces sus conclusiones precipitadas¡ Pero ahora sentía que caminaba sobre terreno seguro – Tú dices la vida, pero tú sabes que no tiene nada que ver, que la realidad que se vive la originan los hombres tal y como son – Seguía hablando, mientras trataba de despojar a sus palabras de todo énfasis – La vida es sólo el gran pretexto que mienta la gente siempre para echarle la culpa de sus cochinos egoísmos y de sus cochinas flaquezas.

Álvaro lo escuchaba en silencio. Papiroteó la ceniza de su cigarro e incorporándose, le dio una amistosa palmada en la rodilla. Encendiendo de nuevo se aplicó a sacar una beatífica bocanada de humo, volviendo a hundirse en el asiento.

– Pero caramba, ¿qué te pasa hoy? – dijo, procurando sacar su acento más amigable. Le apenaban algo aquellos juicios de Andrés que reconocía exactos, pero que no llevaban a ninguna parte, si lo sabría él, que había pasado también su sarampión de revuelta juvenil. Le encontraba disculpa, ya se le pasaría el malhumor. Ahora procuró infundirle ánimos a su manera, diciéndole: – Hay que tener paciencia hombre, que estás que no hay quien te aguante… Ya vendrán tiempos mejores ¡qué caramba¡.

El resultado fue peor. Andrés levantó la cabeza irritado. Sin su larga costumbre de convivencia, a veces lo habría golpeado hasta cansarse. Ahora, la rabia se le escapó en una oleada de sarcasmo.

– Tiempos mejores, je. ¡Estás loco, muchacho¡ ¿Qué esperas, a morirte? Cuando menos te lo esperas te has casado, tienes un piarón de hijos y los tiempos mejores… ¿Dónde estarán todavía los tiempos mejores? ¡Valientes esperanzas las tuyas¡

Álvaro se cuadró de pronto en el sillón, con una cara tan furiosamente fosca como Andrés nunca le había visto.

– ¿Qué quieres tú, porras? – hablaba con las manos muy abiertas, casi amenazantes – Es la realidad, la realidad, la re– a– li– dad, ¿te enteras? – Masticaba enérgicamente las palabras, chorreándolas de saliva. Golpeó la mesa con rudeza, haciendo retemblar los redondos cubos amarillos – ¿Es que le sirve a uno de algo el tener cuatro fantasías en la cabeza que no sirven para maldita la cosa? ¿De qué te sirve calentarte la cabeza con cuatro pamemas teóricas si cuando llega la hora de la verdad se echa atrás todo bicho viviente? ¡Yo¡ – Se golpeó el pecho con el puño – ¡Yo cogería un fusil si supiera que pegando cuatro tiros se iba a arreglar algo¡ Pero ¡qué cáscaras¡, en la guerra se pegaron millones y mira como estamos, aguantando mecha todo Cristo como unos cabrones. Lo que hace falta es cabeza, mucha cabeza… Bueno…

Se había calmado repentinamente, mientras mordía con rabia su cigarro y miraba a su alrededor para ver si alguien había escuchado. Pero todo el trecho que comprendía el toldo del café se encontraba desierto. Sólo Eugenio, el decano camarero que había presenciado ya muchas de sus discusiones, los miraba desde el umbral de la puerta, entornando sus beatíficos ojos de costumbre. Una blanda brisa recién levantada agitaba desmayadamente las olorosas hojas de los naranjos.

Andrés, con una involuntaria mezcla de respeto, permanecía aún clavado de estupor ante su reacción inesperada. Él seguía hablando con un tono ya más normal, dejando escapar por la nariz dos veloces hilillos de humo. Cosa rara, se sentía mejor físicamente, como descargado de una carga eléctrica que mantuviera oculta en su interior.

– Ya veremos de qué te sirve a ti todo tu afán literario, tanto menear a Dickens ya Thomas Mann y a toda esa gente… Ya veremos, lo que es menester que tengas suerte – Se quedó callado un momento, mientras con los ojos obstinadamente fijos sobre los cuadrados de la acera, tiraba con rabia de una hilacha que lo sobresalía del pantalón. Su ola de violencia amarga parecía buscar un respiradero hacia el exterior – Yo también tenía mis ilusiones como cada quisque en eso de estudiar médico, pero en casa no había una lata, me tragué el bachillerato enterito, sin un suspenso, y cuando llega la hora, mi padre me dice que la carrera es un pico y que si consigo la beca para estudios, que bueno. Si no, a buscarme un empleíto de quinientas pesetas. Solicito la beca y se la dan a un niñito recomendado, con menos notas que yo, un verdadero zoquete. La vuelvo a solicitar al año siguiente y la breva que le cae a otro tarjetón… El tarjetón, el tarjetón, siempre Don Tarjetón… Me busco yo el tarjetón para pedir la beca de la Alcaldía y Don Tarjetón Gordo que se come mi Tarjetón Chico. A ver quien vive de esta manera… Me busco una colocación medio decente donde me puedan servir mis conocimientos y ¡nanay¡. Todo está copadito, tarjetón Don Tarjetón… Le podemos ofrecer para empezar trescientas pesetas, claro, de prueba… En otro sitio: lo que necesitamos no es una persona con tantos estudios como usted, claro, y el sueldo, natural, no es muy alto… Total, que harto de coles me entero de lo de los Almacenes y a aterrizar, qué remedio, si no te dejan alas… Así, que ya, no tengo ganas de amargarme la existencia – Chupó con fuerza del cigarro, hundiéndose en el sillón mientras una turbia melancolía le nadaba en los ojos – Venga lo que venga, me lo echo todo a la espalda, y a vivir. En la vida el que encuentra una buena teta a chupar, el que no, a joderse… Es la ley, y no hay quien la cambie… Ya puedes valer más que si fueras de oro…

Las últimas palabras murieron desmayadas en sus labios. Álvaro miraba el desierto panorama de la calle con los ojos vacíos. Andrés, derrumbado sobre la mesa, sentía en todos sus poros una fatiga inmensa, una angustia infinitamente estéril.

– ¡Qué vida esta, Álvaro, qué vida esta¡

– Sí – su amigo se miraba las uñas con un rudo gesto en la boca – Es la que nos ha tocado vivir. ¿Qué quieres tú que le hagamos?.

Luego se fueron cada uno por su lado. Ahora, Andrés deja por un momento el Cuaderno de Caja y contempla a su amigo, que con inagotable paciencia sigue enseñando telas a la señora cargante del mostrador.

¡Pero qué absurdo es todo¡ Andrés tiene formada en su casa una pequeña biblioteca a costa de sudores y sacrificios, pues el sueldo no da para gran cosa. Lee a todos los autores que le caen en las manos y quizá sea eso la causa de que esté siempre amargado e insatisfecho. Sí, lo ha pensado ya muchas veces, habrá que lanzarse un día de estos a Madrid a conocer una vida distinta, aunque también sea amarga y dura y cruel. No, lo peor de esta vida no es que sea mala o dura o cruel, es que simplemente no es vida ni cosa que se le parezca. Eso que deja a la gente vacía, con sólo unas difusas ganas de consumirse como un cirio gastado, es simplemente la ausencia de vida, de gérmenes vitales que consumir. A veces hay también ganas de matar a alguien, ya lo creo. Por ejemplo, a Don Eduardo, al desagradable Don Eduardo, que se obstina en gastarle bromas con frases de doble sentido y que lo mira siempre con una ambigua expresión en sus ojos de búho.

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