="http://www.w3.org/2000/svg" viewBox="0 0 512 512">

TORRE DE VIENTO

Carmen y Andrés pedalean hacia la Cartuja. El mes de mayo ha traído una de esas tardes suaves, con un brisa ligera que se bate con gracia con el cielo de cobalto y los árboles vestidos de verde.

– ¡Te alcanzo enseguida!

– ¡Claro…un hombre!

Ella sonríe. El le pone la mano en el hombro y así corren juntos unos minutos. La bicicleta de Andrés es más alta y la domina. Ante ellos se extiende la breve cuesta final que lleva al puente, una vez rebasado el edificio de los monjes. Al frente se perfila la carretera sobre el Guadalete y a la izquierda la Venta de San Juan.

– ¿Qué hacemos? –Pregunta ella, sofocada por el tirón último y deteniéndose junto al barandal de piedra. El se baja también.

– ¡Fíjate! – Andrés extiende el brazo.

Desde Laverna la carretera va ascendiendo con altibajos hasta alcanzar el pináculo del Monasterio y el río. La gran meseta se pierde en el horizonte llevando a la ciudad en el centro, como un inmenso barco.

– Laverna – El muchacho se apoya sobre el pretil del puente. Ella da un ágil salto y se acomoda a su lado –Veintidós años de mi vida.

– Y veinte míos – Susurra ella mirándolo con tristeza–  Y mañana te vas.

– Sí , mañana Andrés va a dejar el desierto –dice él sonriendo – Y quizá entrará en la selva.

– ¿Cómo te imaginas Madrid? – Ella lo mira con curiosidad. El sol, muy fuerte aún, entrecierra los ojos del muchacho. Ella piensa que sueña.

– No sé, Carmen, casi no me lo he imaginado. Para mí es algo así como un balón de oxígeno, algo que necesito para respirar.

Ella inclina la cabeza.

– ¿Cuándo podrás volver?

– No sé …– Dice él muy despacio – En las próximas vacaciones. Por ahora quiero quedarme allí, aunque me gustaría recorrer toda España –Agrega con inesperado ardor –conocer a mucha gente, saber lo que sienten y piensan todos…En fin, eso ahora es una tontería… pero algún día creo podré hacerlo.

– El señor Rozas de que hablas siempre te ayuda mucho ¿no?

El aprieta los labios en un gesto apreciativo.

– Es único. Me está ayudando a salir del cascarón.

– Tienes ya veintidós años–  Sonríe ella.

– ¿Qué importa eso? Aquí hay gente de setenta que conserva todavía el pío del pollo. No se han espabilado, viven el otro siglo…

Carmen lo mira sin comprender.

– Sí, sí, no me mires así, tú también. Vosotras, por viejas que seáis, tenéis siempre quince años.

– ¡Vaya con el piropo!

– Si lo tomas así –El le coge la mano y se la acaricia distraídamente –Todos vivimos aquí como en un frutero. En un frutero no madura la fruta, pero un día la abrimos  y ya está vieja, no tiene ni olor ni sabor. Son muy pocos los que se libran, sobre todo los que tenemos esta edad. Y uno de los tipos más conscientes, de los mejores, para mí el mejor, es Rozas.

– Te ha enseñado mucho ¿no?

– Mucho, muchísimo, no te puedes hacer idea. Sobre todo me ha enseñado a mirar. Y me ha contado muchas cosas.

– ¿Sobre qué?

– Sobre todo –Replica él con entusiasmo –Me ha contado su vida. ¡Algo magnífico!¡Hace veinte años todo era estupendo! Las calles estaban siempre animadas, había lucha política y socia, la gente se interesaba en el gobierno, se discutía, se vivía. Había exaltados, tipos capaces de poner una bomba en la Alcaldía, la gente se lanzaba a la calle y aguantaba cargas de la Guardia Civil porque habían subido cinco céntimos el pan. En fin una época interesante, movida. Había partidos políticos y todos, a pesar de sus rencillas interiores y de las rivalidades con los otros  partidos, sostenían un ideal, soñaban una España ideal. ¡Vaya unos románticos!

– Hay que ser así, Andrés. ¡Romántico!

– El se ríe.

– ¡Tú lo has dicho, chiquillo! Dame un beso.

Ella mira a su alrededor, y acercándose lo besa rápida.

– ¡Eso no vale!

– ¿Cómo que no? ¿Qué más quiere el señor?

El toma una actitud declamatoria:

– ¡Yo anhelo los besos de las estrellas y de las musas, las caricias de las mujeres que saben reir y gozar, yo adoro los besos de la luna y de las cortesanas célebres, yo adoro lo besos –Le besa rápidamente, pero con fuerza–  de mi Carmencilla del alma.

– ¡Tuno, más que tuno, me has cogido descuidada! –Le da un cachete.

El le coge la mano y la mordisquea con suavidad:

– Te como.

– ¡Tragón!

El la mira con los ojos muy abiertos.

– Pues es verdad, chiquilla, tengo hambre. Vamos a comprar algo de comer. Merendaremos junto al río.

– ¿Y las bicicletas?

– Las dejaremos en la venta. Son simàticos.

– ¿Cómo? ¿has estado aquí…?

– Sí, con una chica, tonta. Pero hace mucho tiempo…

– ¡Hum! –ella lo mira con aire de sospecha.

Él se ríe. En la venta dejan las bicicletas y compran dos botellas de cerveza, una lata de sardinas, otra de anchoas, pan y frutas. Pasan al otro lado de la carretera y descienden hasta el río. Las orillas están llenas de grandes piedras sobre las que hay que ir saltando.

– ¡Venga! ¿Qué pasa?

– Nada, hombre, detrás de ti voy.

– ¡Venga, vamos!

Pasan bajo uno de los arcos del puente, lindante con el central, que lleva el río entre sus muros. El escuálido Guadalete se extiende a la derecha y un bosquecillo  de eucaliptos  al frente, con grandes claros en la orilla. El terreno es muy desigual, aunque ya no hay piedras. Unos chicuelos renegridos chapotean junto al agua, lanzándose pelotas de arena. Un pescador emboinado aguarda paciente con su caña sentado en un poyetón de piedra.

– ¿Por dónde? – Pregunta ella

– Por aquí –El avanza entre los eucaliptos –Tú sígueme.

Hay un pequeño claro. Andrés arranca dos ramas de un árbol y las extiende al pie, como una alfombra.

– Mira, ideal.

Ella se acomoda y pone las frutas y el pan en el centro. El coloca el resto a su lado.

– ¡Qué delicia, caray! Y con el fresquito que corre. Vamos a comer.

Abren la lata de sardinas y empiezan a merendar. Ella de pronto, deja el pan a su lado y se le queda mirando.

– Nada –Carmen sonríe, pero sus ojos están húmedos.

El agacha la cabeza, extendiendo una mano hasta apretar la suya. La brisa susurra entre las ojas del bosquecillo.

– Me has llenado de aceite –Se queja ella con suavidad, limpiándose con unas hojas que arranca de las ramas extendidas en el suelo.

– Sí–  El suelta el pan y se le acerca. Sin tocarla con las manos la abraza, besándola.

– Yo ya no tengo las manos llenas –Dice ella, estrechándolo contra sí. Le acaricia el pelo y con la punta de los dedos, toca incrédula sus mejillas. Sus ojos estudian los rasgos masculinos uno por uno. Sus manos ascienden hasta los cabellos y van bajando: – ¡Oh, Andrés! ¡Tu pelo, tu frente, tus cejas, tus ojos, tu nariz, tu boca, tu barba! ¡Cuánto me gustan, cuánto los amo! –Lo abraza con fuerza, cerrando los ojos – ¡Oh, Andrés, bésame, bésame contra ti! ¡Apriétame fuerte, para que yo sepa tú eres mío y yo tuya!

Su voz está próxima al llanto. Andrés, de pronto, la abraza, besándola hasta tocar los dientes con los dientes, en un arrebato de amor y desesperación. Un sollozo entrecortado sacude los dos cuerpos unidos. El la besa en el cuello y ella levanta la cabeza, buscándole los labios con ardor.

– Andrés ¡te quiero!

– ¡Carmen, chiquilla!

Ella le mira ya más serena, poniéndose en pie. Una lágrima resbala por sus mejillas y el va a buscarla en sus labios, bebiéndose su sabor salado.

– Mañana te vas.

– Sí –el la coge por la barbilla y la hace volver la cabeza, juntándola con su cara –Mira ¿ves? –A través del ojo central del puente, lejana hasta confundirse con los límites del río, flota Laverna –Aquello es el invierno. ¡Y nadie puede vivir en el infierno! Yo tengo algo aquí –Se toca la frente–  y si sigo allá, esto acabará quemándose. ¿Comprendes? –Se vuelve hacia ella –Yo te quiero, Carmen, te quiero como a nada en el mundo. ¡Pero necesito vivir! ¡Vivir! ¿Qué menos se le puede pedir a la vida que vivir? Y allí no nos dejan. Allí el sufrimiento es tan vacío, tan amargo, que hasta se pierde la capacidad de sentir. Y no hay nada pero que sufrir sin sentido. Y por lo que sé ahora, tampoco donde voy me dejarán vivir. Pero hay más margen y sobre todo esta basura. ¿Tú me entiendes?

La mira con fijeza. Ella esconde la cara en su pecho.

– Sí, Andrés, me has hablado ya de eso –Dice en voz muy baja – Y yo te comprendo…¡Pero tengo miedo!

El la abraza de nuevo, apretándola contra sí y hablando con cierta irónica amargura:

– ¡Miedo! ¿Quién no tiene miedo, si siempre nos han enseñado a tenerlo? Todos tenemos un poco de miedo…¡Pero ahí está! –Sus ojos relucen y su boca tiene un gesto duro –Saber lo que se puede ganar y lo que se puede perder. Y en esta ocasión vale la pena, ¡créeme! Es luchar por una vida mejor, una vida más alta , de mayores quilates que esta pobre vida que vivimos. Y si hay que ponerlo todo a una carta se pondrá. En estos dos meses últimos he vivido más que en veinte años. Gracias a Rozas, al Bravillo y a esa experiencia terrible que tuve. ¡ Me he dado cuenta de tantas cosas! Yo despotricaba un poco sin ton ni son, pero sentía que mi sangre era horchata, como la de tantos que hay aquí, que no se dan cuenta de que la sangre es sangre, una cosa que corre veloz por las venas y que puede calentar al mundo…¡Y hay tantos pobres allá que no les dejan siquiera llevarse un pedazo de beso a la boca! ¡Tantos pisoteados por esa bota inmensa que no tiene piedad!

A todo eso hay que darle unas cuantas vueltas, Carmen. Tú vas comprendiendo a medida que yo ¿no es cierto? Y tienes que sentir que esto es necesario. Que hay que marcharse de aquí a luchar, para conseguir que un día este infierno pueda convertirse en el cielo que tantos soñamos. Yo te dejo aquí pero vendré cuando pueda, y me casaré contigo, no sé cuando pero tú debes tener fuerzas para esperar, ¡es imprescindibles! Yo no puedo renunciar , tampoco puedo renunciar a ti. Estarás conmigo en cada paso que de en esa gran ciudad extraña, me acompañarás en las noches solitarias cuando yo vuelque mis sueños sobre una cuartilla en el cuarto frío de una pensión, te llevaré junto a mí cuando un editor me diga que lo siente, que soy un desconocido y que le ha gustado mucho lo que he escrito, pero que su presupuesto para desconocido está agotado hace mucho tiempo y compartiremos el desengaño juntos y aquella noche nos acostaremos uno al lado del otro y tú pondrás la cabeza en mi hombro y yo sentiré que esa negativa era quizá necesaria. Que lo que yo había escrito no valía nada porque no estaba adobado con sangre, no lo había masticado con mis venas ni lo había sentido en lo más hondo de mi entraña. Y al día siguiente empezaré de nuevo a escribir y quizá hable de la sonrisa amable que tiene los editores para los desconocidos. Un tema vivido, naturalmente, que es posible tenga éxito la próxima vez ¿Por qué no?

La mira a los ojos.

– Y tú estarás siempre conmigo, yo estaré siempre punzante de recuerdos, de caricias y de besos tuyos…

La besa, primero suave, luego con fuerza. Ella se cuelga de su cuello y cierra los ojos. Sin abrirlos, trae la cabeza de él entre sus manos y lo besa en el cuello, en la frente, entre los ojos, en la nariz y en la boca, mordiéndole con suavidad la barba. Se queda mirándolo:

– Una vez sabía un poema, un poema de ausencia. Parecía escrito para nosotros…

– Dímelo.

– Dicen que te vas mañana.

– Vete con Dios, amor mío.

– Anda y no bebas agua

– De la fuente del olvido.

– ¡La fuente del olvido! –Susurra él.

– Sí, es una fuente de la que  beben muchos.

La mira muy fijo.

– Yo no tendré que acordarme de ti, Carmen. Porque tú estarás siempre conmigo.

– Yo estaré siempre contigo –  Ella le abraza uniéndose a él con fuerza –Sí, mi amor, es preciso. Mi cuerpo estará aquí, pero yo estaré siempre contigo vigilándote, queriéndote, velando tu sueño, dándote mi calor de mujer y

¿por qué no? –Agrega con una sonrisa –de pequeña madre.

El sonríe también, acariciándole el cabello.

– Sí, juntos…

– Siempre….siempre…

Ella se desprende. El le señala el vestido.

– Pero…¿qué tienes?

Ella se mira, alzando ligeramente la casaquilla.

– Me has llenado toda de aceite.

El se mira las manos.

– Pero si no tengo…

Ella se echa a reír

– ¡Claro, me lo has dejado todo encima!

– ¡Vaya!

– No importa, es fácil quitarlas.

– ¿Tienes hambre?

– No . ¿Y tú?

– Yo tampoco – Dice él–  Tengo hambre de amor.

La abraza, pero ella se deshace con suavidad.

– Yo también, mi vida. Pero hay que marcharse.

– Si, es verdad, pero todavía hay tiempo.

– ¿Tienes algo preparado?

– Nada. Lo prepararé luego. O mañana.

– Yo te ayudaré.

Andrés echa una ojeada a su alrededor

– Bueno nos vamos, ¿no?

– Sí, el sol está muy bajo ya.

License

30 Copyright © by TORRE DE VIENTO. All Rights Reserved.

Feedback/Errata

Comments are closed.