31

En casa de Andrés, al día siguiente a las cuatro de la tarde, un domingo salpicado de ansiedades y suspiros. Doña Adela va metiendo las últimas cosas en la maleta, abierta sobre la cama. Su marido contempla cada uno de sus movimientos con cara arrugada de preocupación. Ella aprieta la boca, mientras suspira de vez en cuando. La pareja joven está en el otro cuarto, el balcón.

– ¿A qué hora sale el tren?–  Pregunta don Antonio.

– A las siete y diez

– Todavía faltan tres horas

– Pasarán pronto

– ¿Qué libros se lleva?

– El paquete del lavabo –Ella lo señala–  Se lleva también la biografía de Stendhal que le regalaste.

– ¿Cómo?

– Sí, a última hora no quiso cambiarla. Está aquí.

Se la tiende, sin perder de vista su expresión. Don Antonio la hojea distraído, haciendo crujir las primeras páginas entre sus dedos. De pronto sus ojos brillan bruscamente interesados. Lee en la parte superior del comienzo: “De mi padre. Conservado por su maravillosa esperanza de un nuevo 14 de abril. Mayo de 1954. Andrés”.

– ¿El ha escrito esto? –Don Antonio mira incrédulo a su mujer.

– Ha crecido mucho, Antonio –Replica ella, quitándole suavemente el libro y guardándolo en la maleta –se nos ha hecho hombre entre las manos.

– Sí, hombre….– Repite él con un esfuerzo –Pero…Se vuelve hacia el otro cuarto.

– ¡Déjalo! –Dice ella, reteniéndole –No tiene mucho tiempo y tú ya lo sabes.

– Sí musita su marido pensativo – Un nuevo 14 de abril …¿Quién lo traerá?

– El

Don Antonio baja la cabeza, asaltado de repente por tantos recuerdos …

– Sí, Adela…”La Niña Bonita” amaba la juventud.

– Sí, Antonio, pero…esta juventud –Ella se toca el lado izquierdo –Tú y yo la tenemos todavía. El tiene las dos, la del cuerpo y la del espíritu. Y esperanza, mucha esperanza …

– ¿No tienes miedo por él?

– Sí, mucho miedo –Replica ella, mirándolo a través de los cristales –pero ni se le puede ni se le debe retener.

– Es verdad, yo también tengo miedo…No sabemos lo que puede pasar. Pero…– Levanta enérgicamente la cabeza–  “La Niña bonita” tiene que volver a nosotros, la necesitamos, Adela. Es nuestro aire y ella sólo se rendirá a quien sepa conquistarla… Una juventud verdadera… – Susurra nostálgico –  ¡La niña bonita!

Don Antonio entorna los ojos. Se oye el timbre de la puerta. Doña Adela va a abrir.

– Es Álvaro

– ¿Está él?

– Sí, está con Carmen.

– ¡Ah! Entonces es mejor dejarlos – Dice el joven, entrando directamente en el cuarto.

– Muy buenas, don Antonio.

– Hola, muchacho –Replica éste amable – ¿Qué traes?

– A ver cómo va esto.

– Ya está casi todo guardado –dice ella.

– ¡Álvaro¡ – Andrés entreabre el balcón –  ¿Qué hay?

– A las seis vuelvo por ti.

– ¿Cómo?

– El señor Rozas… – Comienza Álvaro a decir.

– Sí, pensaba ir a verlo ahora.

– No, me lo he encontrado en “La España”. Me ha dicho que no podría estar en su casa a y media. Pero que vaya a recogerlo a las seis menos cuarto. Vendremos por ti en su coche.

– ¡Caramba¡ –  Exclama el padre –  ¡Qué amable ese señor¡

– Ya os lo he dicho –Dice Andrés –  ¡Es extraordinario¡

– ¿Tú crees que será bueno que vayamos nosotros también?

– No… – Contesta el muchacho, mirando a su madre – Mamá, yo creo que es mucha gente…

– Sí, hijo – Afirma ella – Basta con ese señor, Carmen y Álvaro.

– bueno, entonces… – Dice éste, haciendo ademán de retirarse – Está todo listo. A las seis vengo a recogerte. Hasta luego.

Andrés vuelve al balcón con Carmen. Su amigo, al salir, los saluda, perdiéndose calle abajo.

– Álvaro – Susurra el chico – Uno de los pocos amigos.

– Y él ¿qué piensa hacer?

– No sé, ha luchado algo… – Explica Andrés, dubitativo – A pesar de todo, muy diluido todavía…

– ¿Qué edad tiene?

– Veintiocho, pero… Más inteligente que muchos, sensible el chico, a veces con coraje, pero… No sé… algo le falta. Es como tantos que conozco. En un ambiente favorable, sería extraordinario quizá… Aquí, navega con la corriente. Aunque se da cuenta, es la tragedia… Ha dejado pasar demasiado tiempo…

– El quería haber sido médico ¿no?

– Sí, pero le faltaba el dinero. El padre paga una miseria, es empleado de un Banco y le costeó bachiller. Luego… son varios años. Y es lástima, porque él vale. Habría sido un estupendo médico –Andrés se queda pensativo un momento, prosiguiendo después con vaga amargura – El cuando se le habla dice que es igual y que es la vida… Ya está resignado al fracaso, pero a veces tiene explosiones, yo lo conozco. Ha variado mucho últimamente, se consume por dentro…

– ¿Se irá también?

– No sé, depende… ya hemos hablado y si le puedo ayudar, lo haré.

– ¿Dónde está la máquina de escribir? – Pregunta doña Adela a su marido

– En el cuarto interior. Esta mañana escribí una carta.

– El se la lleva, le hará falta.

El asiente y levantándose, va por ella. La coloca junto a la maleta, ya cerrada.

A las seis se presenta de nuevo Álvaro. Andrés ya está preparado para la marcha.

– ¿Llevas el billete? – Le pregunta su madre, comprimiendo valerosamente los labios – ¡La cartera, el pañuelo, la pluma, la carta de presentación para la oficina…?

– Todo, mamá – la voz del muchacho es algo más ronca que de disimular – E… e… Bueno… Hasta pronto.

Su madre lo abraza y lo besa dos veces, una en cada mejilla. Su padre lo besa también, abrazándolo y dándole una palmada en la espalda. El los besa a los dos.

– Bueno, hijo… – Dice con Antonio con la voz algo cambiada – Ya está todo dicho…¡Suerte¡

– Gracias, papá – Andrés lo mira muy fijo, poniéndole una mano en el hombro – Ya sabes que… te he comprendido.

Don Antonio asiente sin decir palabra, mientras traga con dificultad.

– Mamá, deséame suerte.

– Sí, hijo, la necesitarás – Dice ella, poniéndole una mano en el brazo – Lucha, sé limpio, todo lo limpio que puedas… No te dejes arrollar, pero tampoco seas vengativo. Y trabaja, sobre todo trabaja. No te dejes distraer, ve a lo tuyo… Trázate un plan y síguelo con constancia, sólo así alcanzarás una meta… Y tú –Se dirige a Carmen – espéralo, se lo merece.

Bajan los tres la escalera. Andrés lleva la maleta y Álvaro la máquina portátil. El matrimonio los ve descender desde arriba.

– ¿Qué crees tú, Adela?

Ella lo mira y le aprieta el brazo.

– Tengo confianza.

– ¿Todo listo? – Pregunta Rozas desde el interior del coche.

– Todo, señor Rozas – Contesta Andrés, colocando la maleta sobre la baca e inclinándose a continuación – usted No conoce a Carmen ¿verdad?

– Pues ya la conozco – Replica jovial el apoderado, estrechando la mano que ella le tiende con una sonrisa. Álvaro se sienta junto a él, en la parte delantera. Detrás entran Andrés y Carmen. El Citröen se pone en marcha.

– ¿Seria? – Pregunta él.

– ¿Tú, no? – Sonríe ella, oprimiéndole las manos – Triste.

– Yo estoy triste y alegre – Contesta él, mirando por la ventanilla – Al fin y al cabo, esto se agarra… Son veintidós años aquí. Pero no hay pesar.

Dejan atrás la Plaza de las Angustiadas y la calle Trinitarias, desembocando en la de Cartuja y siguiendo por la de Medina Real, que por su cuesta lleva a la estación. El reloj del gran edificio en tríptico marca las seis y media. Rozas detiene el coche frente a la escalerilla.

Entran en el andén.

– El tren viene de Cádiz – Dice Rozas –  ¿Qué vía es el expreso a Madrid? – Pregunta a un mozo.

– La tercera, señor.

– Todavía falta más de media hora. Vamos a la cantina.

– ¡Madrid¡ –  Susurra el joven –  ¡Qué palabra¡ ¡Cómo resuena en el oído¡

– Sí – Replica el apoderado, marchando a su nivel – Es enorme. En mí levanta muchas cosas, ya sabes. Pero ahora vamos a lo práctico.

El bar tiene poca gente, cuatro o cinco personas desparramadas por la sala. Ellos se acomodan en un rincón y un camarero les sirve con rapidez. El apoderado y Álvaro están frente a la pareja. Hay un largo momento de silencio, que Rozas emplea en reconcentrar sus pensamientos.

– Cuando llegues – Dice, dirigiéndose a Andrés – toma un taxi y ve a la dirección que te he apuntado. Es un amigo mío que te ayudará a encontrar un buen alojamiento. Su casa es demasiado pequeña, él ya tiene un familión. Pero puedes confiar en él para lo que te pueda hacer falta, incluso dinero. Pero tú, con lo que vas a ganar en la oficina, podrás vivir. Muy modestamente, eso sí, pero tendrás cubiertas tus necesidades. Distribuye tu tiempo en cuanto estés instalado y organízate para tu trabajo personal. Mi amigo te presentará gente muy interesante. Cultívalas, pero no pierdas el tiempo. La vida no te será fácil, porque tu trabajo en la oficina se te llevará muchas energías, pero no hay otro remedio. El cultivo de las letras no es pan de rosas, sobre todo en España y más como está ahora.

– Se cambiará, señor Rozas – Replica Andrés con los ojos brillantes – Se cambiará.

El apoderado sonríe, poniéndole una mano en el hombro.

– En eso confío. Pero no hay que ser cándido, no es cuestión de días ni mucho menos, es cuestión de días ni mucho menos, es cuestión todavía de años. Pero hay que prepararse y estar preparados para cuando llegue la hora. Esa es por el momento tu tarea, Andrés – Sigue diciendo, con ojos advertidos – Prepararte, pero en tu camino. Cultiva a cuatro amigos interesantes, pero no te metas en políticas ni en politiquillas. Tú, por ahora a lo tuyo. Escribe y lee todo lo que puedas, púlete, trabaja. Esa es por ahora tu manera de hacer política. De otra forma perderás el tiempo miserablemente. Después, ya veremos. La cosa en general, a pesar de síntomas que algunos toman por escandalosos pero que sólo dañan la corteza social, está aun muy verde. Y tú te comprometerías sin necesidad y gastarías inútilmente unas fuerzas que te hacen mucha falta para formarte. Tú dedícate a lo tuyo, madura tus sensaciones y tu estilo, abre bien los ojos por donde vayas, eso es todo. Tú tienes madera para escribir. Yo no sé ni he sabido nunca, pero sí tengo el olfato para intuir los valores. A ti todavía te falta mucho, pero muchísimo, pero tienes años por delante. Eres muy joven. Ya sé que eso de que aun chorrea la leche por los labios se dice mucho y la mayoría de las veces bien estúpidamente, pero hay que aceptar los tópicos cuando responden a una realidad. De hecho, la juventud en literatura es la fase de construir aprendiendo.

– Lo sé, señor Rozas – Replica Andrés, serio – No me he hecho ilusiones.

– Hay que hacérselas, muchacho, pero no tontamente. Tú puedes llegar o no, eso depende de ti y de muchas cosas, pero en muy buena parte de ti. Una voluntad continuada de trabajo será tu base, sin ella todo será pólvora en salvas. Aplicándote a lo tuyo, es como algún día podrás llegar a ser más útil que todos nosotros. Todo el mundo hace política sin querer por la manera de divertirse, de trabajar, hasta de andar por la calle, pero cada uno tiene su radio, más o menos grande. El tuyo puede ser de los mejores, pero sin desviarte un milímetro de tu camino ¿comprendes? El ojo del buen escritor es una conciencia, algo así como el portavoz disimulado de las conciencias que le rodean, están amordazadas o están dormidas. Puede llegar un día en que lo que tú hagas sea algo que pese en la lucha, ¿Por qué no? Eso no se puede saber ahora, ni por ti ni por lo que se está viendo. Todavía está muy cerrado el horizonte, aunque ya se ven algunas lucecitas que empiezan a crecer…

– Y lo invadirán todo , señor Rozas. Y que quemarán todo lo viejo…

– No lo dudo, Andrés, pero entonces habrá que andar con siete ojos. No habrá que dejarse llevar ni de crueldades ni de romanticismos. El romanticismo para los novios –Sonríe, dirigiéndose a ella–  ¿No cree usted, Carmen?

Ella enrojece un poco, asintiendo con una sonrisa tímida. Álvaro no pierde palabra.

– Tutee a Carmen, por favor –ruega Andrés–  Aquí estamos todos un poco en familia. Álvaro es también de los nuestros ¿verdad, Álvaro?

– Naturalmente ¿puedes dudarlo? –Contesta éste con calor –yo también quiero entrar en la lucha. Sé adonde queréis ir a parar.

– Entrarán – Afirma Rozas con energía –Tú también. Entraremos todos, tú, Andrés, la misma Carmen…y yo, claro. Cada uno en su puesto

– Cambiaremos la Laverna de arriba abajo, señor Rozas –Dice Andrés.

– Sí, le barreremos toda la basura. Pero la lucha no será fácil, porque tiene que ser un trabajo de mucha paciencia, casi de encaje de bolillo. Una especie de romanticismo científico hará falta. Porque Laverna será sólo una pequeña parte de la reconstrucción que habrá que iniciar casi desde los cimientos. Pero todavía hay que esperar para la lucha de base.

– Pero venceremos, señor Rozas, venceremos – Exclama Andrés con ardor – Todos unidos venceremos ¿verdad? ¿Verdad, Álvaro? Acabaremos con las luchas sociales.

Los dos sonríen, asintiendo.

– ¡Oh, incurable romanticismo¡ –  El apoderado mueve nostálgicamente la cabeza – Pero ¡qué necesario es¡ Sí, no cabe duda – Dice con convencido acento – Un poco antes, un poco después, venceremos.

– Es el torrente – Replica Andrés con vivacidad –El torrente de que usted me hablaba. Los troncos no nos pueden detener mucho tiempo. El torrente acaba arrollándolos.

– Lo que es menester, no desbordarse – Dice Rozas, pensativo – Pero la victoria es algo biológico, fatal… Bueno – Mira el reloj – Faltan tres minutos para que llegue el tren. Para sólo diez aquí. Hay que irse para allá. Salen todos de la cantina. La pareja va detrás.

– Escribe enseguida, Andrés.

El la mira, agarrándola del brazo y apretándoselo con fuerza.

– Claro, chiquilla, en el mismo tren.

Descienden por el subterráneo. Sobre la bóveda suena un fuerte pitido, que se extiende en círculos sonoros.

– Es el tren – Avisa Álvaro, indicándoles que se den prisa.

– Vamos – Dice Andrés – Pero todavía faltan diez minutos – Se para y suelta la maleta en el suelo –  ¡Carmen¡ –  La coge entre sus brazos, besándola con fuerza. Ella le echa los brazos al cuello, apretándolo contra sí –  ¡Andrés, te quiero¡

Permanecen abrazados. Algunos pasan por su lado, mirando con curiosidad. Andrés hace un gesto burlón y coge la maleta.

– Vamos – La agarra del brazo y suben presurosos la escalera.

El tren extiende su larga ristra de coches. La mayoría de los viajeros está ya colocada.

– Es aquí – Andrés sube y se coloca en la plataforma de uno de los vagones. Recibe la máquina de Álvaro y la coloca en un rincón, junto a la maleta, bajando enseguida.

– Faltan cinco minutos – Avisa Álvaro.

– Cinco siglos – Sonríe con fuerza el joven.

– No te he dicho algo, Andrés – Dice Rozas – Con esto puedes rizar una experiencia que tuviste. Don Pedro quería poner en “La Guindalilla” para dirigirla un buen técnico o un campesino experimentado.

– ¿Y usted a quién ha puesto?

– A un conocido tuyo.

– ¿Quién?

– Lo apodan el Bravillo.

– ¿Cómo? – La cara de estupor del muchacho se cambia de súbito en una franca carcajada –  ¡Vaya golpe¡

– Sí, será un buen elemento en la lucha. ¡Hala, que se va eso¡

Los ojos de Andrés están brillantes, al compás de la línea apreciativa de su boca. Estrecha con fuerza la mano del apoderado y la de amigo, besando rápido a Carmen.

Un pitido del tren. El muchacho sube y abarca a los tres de una ojeada. Agarrado con la izquierda a la barra metálica de la portezuela, saluda con la otra:

– ¡La gran batalla, amigos¡ –  Grita con los ojos ardientes –  ¡Ahora empieza¡ ¡Y venceremos, amigos, venceremos¡

El convoy parte con gran ruido de hierros.

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