TORRE DE VIENTO

Las cortinas de paño gris con que doña María Luisa trata de paliar el aire severo del gran salón a la entrada de la primavera, atenúan difícilmente la impresión de pesadez que producen sus muebles oscuros. En invierno, sin embargo, los inmemoriales cortinones de paño grueso, conmovidos por el crujiente chisporroteo de los leños que se consumen en la chimenea, consiguen dar un ambiente acogedor a las largas noches de brisca y lotería. Para José, no obstante, aquello fue en tiempos una sala de juicios donde adustos cardenales por un quítame allá esas pajas condenaban inevitablemente a unos cuantos herejes a la hoguera. La anciana señora que, escudada en sus firmes principios, no se escandaliza fácilmente ante los blasfemos modernos, conviene en efecto que durante el buen tiempo es mejor reunirse en el salón francés para hacer vida de hogar. Sus cortinas beige y sus muebles de limoncillo contrarrestan eficazmente el tórrido espíritu que durante los días claros parece desprenderse del viejo salón.

Pero ahora, todavía en las postrimerías del invierno, doña María Luisa, bajo las tintas rosadas de un crepúsculo mate, prefiere esperar a los suyos bordando sus delicadas labores junto a la ventana grande que comunica con el patio. Sabe que el salón viejo, desde el que se divisa la puerta falsa de la tienda, es particularmente querido de Pedro. Hace ya muchos años que él, al alzar la vista, divisa tras los cristales la inconfundible silueta de su mujer.

Con un leve suspiro de impaciencia, fija sus ojos en el reloj de pared que con su monótono latido parece presidir el vetusto silencio de la habitación. Son ya las nueve corridas y él no acostumbra a retrasarse tanto sin dar aunque sólo sea un ligero aviso con Remigio el ordenanza. Para ir haciendo tiempo se dirige al comedor y del aparador grande va sacando los cubiertos y el ancho mantel rosa pálido, que extiende cansadamente sobre la mesa.

– Aún faltan más de tres cuartos, señora – Felisa, echándose atrás un mechón gris que se le ha soltado de la ceñida horquilla espía desde el umbral cada uno de sus pliegues preocupados. Ella le sonríe con vaguedad, agradecida de su constante cuido. Son ya más de cuarenta años atendiéndola, sirviéndola, adivinando sus menores deseos – Y la señorita Mariana tampoco ha llegado todavía – Concluye la criada.

Doña María Luisa sigue colocando distraídamente los cubiertos. Ella la ayuda, terminando de distribuir con hábil rapidez los finos cuchillos de postre. La mira muy preocupada por su aire de cansancio. De algún tiempo a esta parte, su señora no es la misma de antes.

– No importa, Felisa – dice al fin Doña María Luisa, dándose unos breves toques en el pelo frente al espejo y despojándose del delantal y las gafas – Pero ya debían estar aquí. Voy a ver si los aligero un poco. Tú dile a María que vaya preparando.

Con fatigados ademanes se encamina hacia la puerta, pasándose una mano por la frente, mientras lucha por despejar sus pensamientos. Esta obsesión tremenda no la abandona nunca, llegando a veces hasta producirle fatiga física. Sus ojos azules parpadean, invadidos de repente por una oleada de líquida emoción. Se apoya con fuerza en el quicio, mordiéndose los labios y cerrando los ojos.

– ¿Qué tiene usted, señora? – Felisa se ha acercado rápida, pues rara vez ha visto tan demudada a su señora. Trata de sostenerla, pasándole las manos debajo de las axilas, pero enseguida aploma los brazos con un gesto de impotencia. La cara apenada de su ama no tiene secretos para ella. Agacha la cabeza, frotándose maquinalmente las manos con el delantal.

– Los hijos, señora – murmura compasiva, sin mirarla – los hijos…

Doña María Luisa asiente muda con la cabeza, mientras clavándose las uñas en las palmas, lucha por sobreponerse.

– Sí… – Susurra al fin entre ahogos – Sí, Felisa, los hijos y el niño. Y él, sobre todo, él…

Recuerda en breves momentos cuánto ha luchado ella para que aquello no sucedieran, tan negro veía ya el panorama. Recuerda cómo se opuso siempre con todas sus fuerzas a que José entrara en la tienda. Su vocación, contrariada por el padre, ha hecho de él algo innombrable, un espíritu burlón y ateo, un hombre desgraciado sin el menor temor de Dios y con una muy endeble ética humana. Y ella teme que el día menos pensado se desencadene una tragedia. Y el otro, y el otro… Cada uno son dolores que hay que soportar sin dejar traslucir la lepra que por dentro la roe. El uno, con su vino y sus aficiones raras. El otro, con su vino y sus escándalos. El jueves pasado fue algo de locura, cuando los amigotes borrachos cantando en la escalera lo traían sostenido por lo sobacos porque no se podía tener en pie. Y Felisa y ella, consumidas de vergüenza, fueron las que entre las dos, con mil trabajos, tuvieron que subirlo. Y su misma madre sin atreverse a rechistar. Ay, Dios, si ella lo hubiera tenido siempre bajo su mano… Otra educación habría recibido. Con una madre débil y un padre que parecía complacerse en la abyección del hijo, de Juanjo no podía salir nada bueno. El colegio religioso en que se había educado parecía haberlo hecho falso y egoísta. Y los otros, lo mejores, lejos, bien lejos. Miguel, en el campo entre peones. Y la niña, viéndola a escondidas a causa de la intransigencia del padre. ¡Dios, qué castigo con los hijos¡ Parece esto una maldición del Antiguo Testamento, el terrible castigo de las siete plagas de que habla la Biblia.

Luchando valerosamente por reponerse, Doña María Luisa baja con los puños cerrados la escalera que conduce a la tienda. Antes de entrar procura componer su rostro demudado, ensayando una sonrisa que le sale convertida en mueca. Un flexor que ha quedado encendido sobre una mesa origina la ranura de luz que la hizo creer que alguien quedaba en la tienda desierta. La luz turbia del farol del patio, entrando por las grandes cristaleras esmeriladas, deja en una vaga penumbra el mostrador marmóreo, los rectángulos de luz fluorescente, los estantes de roble donde reposan las telas, las mesas donde se extienden para cortar. El paisaje, tan entrañablemente familiar, tranquiliza sus nervios. Con paso vivo se dirige a la trastienda, empujando la puerta.

– ¿Quién anda por ahí?

La estancia mantiene grandes zonas en sombra que aparecen limitadas por el corto círculo brillante que sale de la lámpara de mesa. Don Pedro, casi acurrucado en su asiento, ha levantado la cabeza con sobresalto. Sus cabellos, completamente blancos, nimban de luz el bosque de arrugas de sus facciones marchitas.

– ¡Ah¡ ¿Eres tú?

Ella lo observa ansiosa, sintiendo que una mano férrea la estruja por dentro. Pedro nunca ha tenido ese aire desolado de vencido, ese lívido desmejoramiento que se le ha acusado en los últimos tiempos. Una naturaleza tan trabajada como la suya no puede soportar impune golpes tan duros sin quedar completamente abatida. El ya se lo dijo un día: María Luisa, me siento ya acabado, me han fallado todos los salvavidas. Y es eso lo que ella lee ahora en sus ojos. La soledad trágica de los náufragos que han perdido toda esperanza.

– ¿Cómo es que te has quedado solo?

El se encoge de hombros, indiferente.

– Se fueron todos. Rozas ha estado aquí hasta hace un cuarto de hora. José se fue a media tarde, a eso de las cuatro. Por lo visto, ya había dado de sí lo suyo.

Ella se sienta en una silla cercana a la mesa, oprimiéndole el brazo con un gesto tierno. Comprende lo fútil de la pregunta que va a hacer, pero eso le permitirá a él desahogarse. Conoce las duras fibras de su carácter y su enorme necesidad de que se le tienda un clavo al que agarrarse. Ella es como el blando sillón que el hombre ocupa en invierno para reposarse junto al fuego.

– ¿Qué tienes Pedro?

El no contesta de pronto. Se deja caer de bruces sobre la mesa, apoyando la cabeza entre las manos y suspirando con fuerza.

– ¿Qué voy a tener, Maria Luisa?. Lo de siempre.

Ella recuerda la conversación que acaba de tener con Felisa, sintiéndose de nuevo llena de angustia. Es algo tan fuerte que se cuela adentro como una ola, penetrando por todos los rincones. Es como un animal con garras, como una banderilla que se clava, como un nervio que en las entrañas gimiera furiosamente dolorido.

– ¡Los hijos¡

El baja la cabeza, dejando escapar una voz sorda:

– Sí, los hijos… Los hijos, que son unos inútiles y unos canallas…

Se echa de pronto hacia atrás, con los ojos muy fijos sin ver.

– Escucha, aunque te parezca increíble – Dice con brusquedad, con la voz restallándole ahogos en la garganta – Esta tarde, durante media hora, José, ese canalla de José, que no tiene otro nombre, estuvo haciendo pajaritas de papel en mis mismas narices. ¡Se necesita mala uva¡ ¡En mis mismas narices¡ – Repite en un furioso arrebato – Y yo no lo miraba… Yo no lo miraba, esperando que terminara para darle unas facturas… Y Rozas tampoco miraba, él sabe lo que a mí esto me duele… Pero yo sé que veía, ¡que veía muy bien¡ ¡Y mira¡

Se levanta brusco derribando su sillón y acercándose a la otra mesa, abre el cajón con violencia. Entre tampones y sellos aparecen muchas pajaritas de papel de diversos tamaños y colores, unas de papel de periódico, otras con membretes de la casa. Don Pedro, de súbito, se queda contemplándolas como fascinado.

– Y no las puedo tirar, porque es peor – Murmura muy bajo – Mañana las volvería a hacer. Ya me ha pasado una vez.

Ella aprieta con fuerza los puños, clavándose las uñas en las palmas para no estallar en gritos histéricos. Un recuerdo sin embargo la atenaza por la garganta, bajándole la cabeza y oprimiéndole los labios con inhumana fuerza. Ella no puede defender totalmente a ninguno de los dos. Sólo puede defender con la piedad, desgarrarse en ternuras, su vieja y cruel ley de mujer. El Señor señaló a la mujer en la tierra obediencia y amor. ¡Misericordiosa Madre que tuviste tu Hijo Crucificado¡

Se acerca a su marido, oprimiéndole el hombro arrebatada. Su perfil de viejo amado, tan dolorosamente amado…

– Deme, Pedro – Susurra cálida, temblándole los labios – ¿Qué podemos hacer?.

Él, más viejo que nunca, se acerca al sillón y lo alza para dejarse caer a plomo en su interior. El ha soportado tempestades que habrían derribado encinas, pero hay algo que no pueden soportar los hombres, los viejos hombres. El sentir que a su alrededor se derrumba poco a poco el edificio levantado durante toda una vida, el edificio amasado con granos titánicos durante sesenta años.

– Sí, es su venganza – Murmura – Su venganza, lo sé hace tiempo. El está amargado hasta los huesos. Yo era fuerte, muy fuerte y muy hábil entonces, hace ya tanto tiempo, y lo destrocé, lo destrocé sin piedad. Porque quedó roto como un guiñapo, aunque entonces no se le notara. Pero ahora sí, ahora le veo a veces una mirada de muerto, de hombre que vive a fuerza de los codazos que le dan los otros al pasar por su lado. Y cuando oigo sus voces en la tienda, armándole la broca a cualquier infeliz por una tontería, siento unas feroces ganas de intervenir par abofetearlo por su cobardía. Pero algo más fuerte que yo me deja clavado en mi sitio. Y cuando él entra, relamiéndose como n cerdo que ha comido bien, yo noto que me está buscando los ojos para reírseme en las barbas. Y me hago el desentendido porque yo también me siento con mala conciencia.

Ella se aprieta las manos, temblando hasta la entraña. Le parece ver con sus ojos la llaga física que corroe la carne vieja y maltratada de su marido. Su garganta se le estrangula con las palabras, pero ella no puede ocultar las cosas que sabe.

– Tú sabes, Pedro, Pedro mío, por qué es todo eso.

El se remueve intranquilo en la silla, con el sudor cuajándosele frío en torno de las sienes.

– Sí, lo sé – Dice muy despacio, con las palabras atirantadas – Lo sé de sobra.

Ella se levanta abrazándolo por detrás, deslizándole las palabras en el oído con infinitas precauciones, queriendo que las palabras acaricien su cerebro sólo para darles su significado, queriendo detener las palabras en el camino que emprenden inevitablemente hacia el fatigado corazón de este ser humano que ella tanto ama y que está siendo tan ferozmente golpeado.

– Pero hay algo que no sabes, Pedro, mi Pedro. Algo que he sabido por Mariana y que he luchado siempre por ocultarte. Al poco tiempo de renunciar, ya casado, nuestro hijo, nuestro hijo que tan querido nos era y nos es a pesar de todo, sufría con unas pesadillas horribles. Me lo contó llorando Mariana. Decía que se empapaba en sudor porque soñaba que estaba metido en un agujero de campaña y que no podía salir porque nadie oía siquiera sus voces. Al mismo tiempo alguien le echaba paletadas de tierra. Y él oía tocar a generala, sus compañeros de cuartel lo aclamaban buscándolo porque habían perdido a su capitán, su querido capitán – Se incorpora ligeramente acariciándole la cabeza – Parece infantil e idiota, pero los sueños tienen su influencia en la vida real. Sobre todo cuando hay una llaga abierta que no deja de sangrar. Y yo quiero, Pedro mío, que tú lo sepas para que lo comprendas, para que sepas cuán desgraciado es él también. Creíamos que aquello de ser militar se lo llevaría el viento, pero… Se le ha quedado dentro y lo envenena.

El continúa con la cabeza hundida, bajo el peso de estas palabras que le trastornan hasta el fondo.

– Yo no tenía que haberlo obligado – Dice en voz muy baja – Ese fue mi error, mi culpa. Y él no fue lo bastante fuerte para defender lo suyo. Yo en su lugar lo habría sido. Mi testarudez de entonces es ahora nuestra desgracia. Yo soñaba con verlo hecho dueño absoluto y mandar a todos, sobre todo mandar a Rozas, que es aquí tanto como yo. Cuando yo muera, que no está lejano el día, él será el jefe, no hay otro…

– No tienes que decir eso, Pedro – Dice ella, acariciándole con infinita suavidad los cabellos. Tras una pausa nostálgica – De sueños no se puede vivir. Todo eso habría sido muy hermoso… si él hubiera sido como tú. Pero desde pequeño ¿lo recuerdas? Con su traje de marinero y sus botitas negras, nunca, nunca quería venir por la tienda. Y tú te empeñabas en traerlo y él se escapaba y tú ya sabes donde había luego que buscarlo. En el soberado ordenando maniobras a sus soldaditos de plomo. ¡El fue siempre tan distinto¡ ¡Tan distinto de todos¡.

Don Pedro, aún con la cabeza baja, ha cerrado con fuerza la boca al oír sus últimas palabras. No y no. Ella puede pensar lo que quiera. ¿Pero cómo podía él admitir que la tienda se quedara sin dueño, cómo va él a tolerar que el día de mañana los Duarte sean sólo un recuerdo en la historia de SU TIENDA? ¡Nunca¡.

– Y mi nieto ¿qué es? – Grita de repente colérico, levantando la cabeza con brusquedad – Un muñeco estúpido y vacío que se va de juerga a los dieciocho años y vuelve a las tantas borracho perdido, que hace el gamberro con otros señoritos como él y que en cuanto llega aquí se pone a hablar de toros y de fútbol con el primer mandria que encuentra a mano. La inutilidad andando. No sé ni para qué ha nacido. ¡Valiente mequetrefe¡.

Doña María Luisa se pone en pie, rígida ante la brutal avalancha de palabras. Se esfuerza por parecer serena, tratando de dominar el temblor de sus labios.

– Pero… Eduardo ¿no te ayuda?

El deniega enérgicamente con la cabeza, todavía irritado. Por lo visto, su mujer no conoce aún a sus hijos. Si los tuviera tratando como su padre.

– No seas cándida, mujer. ¿Eduardo? Otro elemento. No sé que aguarda para casarse, con cincuenta años a la cola. A lo mejor ni para eso sirve… De él, de él ha sacado ejemplo Juanjo. Si el tío no fuera borracho, no lo sería quizá el sobrino. ¿Crees que no sé lo que pasó con él la primera vez que se emborrachó a los doce años? ¿Qué lo tuvieron ustedes que sacar a rastras del lavadero?. Por una vez que vino a merendar con los abuelos… – Su voz se crispa de pronto, restallando – ¡Así me ha salido la casta¡

Ella no puede soporta recuerdos que la laceran como un cilicio. Procura dominarse sin embargo:

– Pero Miguel es diferente.

– Y menos mal que lo es – dice él, algo más tranquilo – Pero se le empestilló lo del campo… Y ahí lo tienes… No se porta mal desde luego, va sacando buenos beneficios, casi un millón en la última cosecha. No es despilfarrador con los peones. Pero no sé por qué no quiere nada con la tienda.

– No le gusta.

– Bueno – Él se echa hacia atrás con un vago encogimiento de hombros, mirándola con enfadados ojos – Hora va a salir aquí cada uno con su gusto. Lo que hay que ver es que a la tienda le hace falta gente despabilada y que sea de la familia. Ese es el problema y hay que apechugarlo. ¿Más claro?.

Doña María Luisa se muerde los labios, pensativa. Va a hablar, vacila y finalmente, con voz muy baja:

– Ya sé que no quieres hablar de ella siquiera. Pero…

Su marido enrojece repentinamente, mientras traza un violento hachazo en el aire. Parece mentira que su mujer conociendo la firmeza de sus ideas no sepa que no le tiene que hablar jamás de ese asunto. ¡Estaría bueno¡

– De esa hija descastada, ni una palabra – Dice con energía – Para mí, como si se hubiera muerto. Bastantes quebraderos de cabeza me dio ya en su día. No quiero hablar más de ella. ¿Entendido?.

Con ademanes nerviosos empieza a recoger las facturas esparcidas sobre la mesa. Le ha invadido de repente la suplicante cara de su hija cuando fue a verlo al despacho, el anuncio del matrimonio en la prensa como un desafío, la irónica felicitación de Román cuando el nacimiento de la nieta a la que ni siquiera conoce.

Su mujer se ha quedado rígida. Siente que algo precioso que existía entre los dos se ha roto de una forma irremediable. Su rostro se ha vuelto de piedra, mineralizados sus viejos ojos por un sentimiento que su marido trata en vano de descifrar.

El anciano enciende las luces fluorescentes de la gran sala, haciendo huir la luz íntima en que los envolvía el flexor. Empujando con ligereza a su mujer hacia la salida, sale tras ella con paso inesperadamente firme.

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