5

La escalera tan oscura, con sus barandas como dos largos huesos animales, la hace detenerse bruscamente antes de pisar el primer escalón. La luz macilenta del farol, resbalando morosa sobre las columnas de viejos tonos amarillentos, agiganta en larguiruchos prismas las siluetas de los maceteros que vigilan las cuatro esquinas del patio desierto. Los gastados bordes de los primeros peldaños recogen con dificultad el resplandor difuso que se cuela bajo los arcos, dejando en la penumbra el primer descansillo que apoya la terrible subida que se avecina.

José duda antes de empezar, tratando de afirmarse bajo los pies y echando una turbia mirada hacia arriba. La endemoniada escalera es como un amenazador agujero negro que no tuviera límites para sus vacilantes piernas. ¿A quién se le ocurriría hacer las escaleras hacia arriba?. Algún arquitecto idiota que no tendría idea de lo difícil que resulta subirlas en una noche tan oscura. ¡Condenada escalera¡.

Decidiéndose de pronto, se agarra con ambas manos al barandal y empujando el cuerpo hacia delante, tantea con los pies hasta encontrar un primer punto de apoyo. Gracias a Dios, aquí hay uno. Poco a poco, resoplando furiosamente cada vez que le falla un pie y sentándose un par de veces durante la accidentada cuesta, consigue ganar la primera meta. Desde la cumbre, sentado en suelo, contempla orgulloso de sí mismo el camino recorrido, echando una ojeada hacia arriba con aire de reto.

Con la vista ya acostumbrada a la densa penumbra de la escalera, se siente ya dueño de la situación. No tiene ninguna prisa. Los grandes capitanes de la antigüedad, antes de tomar una difícil posición al enemigo, calculaban su lado más vulnerable con gran habilidad y paciencia. Escipión ganó Numancia porque se le metió en la cabeza rendirla por hambre, que era la única manera de ganarla. Alejandro se hizo el amo del mundo porque era un tío sencillote que no desdeñaba beber vino tinto con los soldados. ¡Cuánto le habría gustado ser Alejandro¡. Se entretendría en ganar batallas y pondría un asalto en regla a la tienda hasta rendirla sin condiciones. Y el viejo tendría que capitular y pedirle perdón por la forma cochina con que se ha portado con él. No, que a lo mejor era tan tozudo que lo incendiaba todo y moría entre los escombros agarrado al libro de la familia. ¡El muy bruto¡. Capaz era de comerse los mostradores antes de dejar entrar al enemigo.

Resuelto a emular a su maestro, se apresta valerosamente a la lucha. Levantándose con miles de precauciones, fija sus fascinados ojos sobre el primer objetivo a alcanzar, la seductor perilla de la baranda. Es como una teta negra de mujer, de mujer negra. Él siempre ha sido un Don Juan. ¡A por ella¡. Con un brinco desesperado se echa de pronto hacia delante, consiguiendo abrazarla contra su pecho.

Conquistada ya esta posición clave, se dedica a contemplar beatíficamente la segunda meta a conseguir. Ya es todo coser y cantar, ¡Qué diablos¡. De cobardes nunca se ha escrito nada. Paco sí que ha sido un cobarde al dejarlo luchar hoy solo contra el enemigo. Si hubiera venido con él, entre los dos lo habrían despachado en un abrir y cerrar de ojos. ¡Qué buen tipo es Paco después de todo¡ ¡Pero qué mala uva tiene algunas veces¡. Cuando le pegó la bofetada a aquel conde inflado.. Pero el caso es que estuvo muy bien, se lo merecía por cabestro. ¿A quién se le ocurre comprarse un título como quien se compra una vaca? ¡Qué burros son los nuevos ricos¡ Porque la casta se tiene, sí señor. El que tenga dinero, por sudado que sea, que ofrezca buenos negocios a la gente con estilo y entonces se le podrá tolerar. Si no, ¡cáscaras¡, que se fastidie.

Este breve descanso le ha servido de mucho. Ya alcanzará la segunda meta, que nada imposible hay para un Duarte. Como que en todas partes hemos puesto el mingo. Ya en la guerra dimos nuestros quebraderos de cabeza a los rojos. Se pasaron una semana buscándonos sin dar pie con bola. Como que toda la familia se había largado a Sevilla, donde habían triunfado los nuestros desde el primer momento. ¡Valientes cretinos¡ Capaces de sentarse en taparrabos sobre sillones de terciopelo, con la leche esa de la justicia social.

Dejando de lado estos pensamientos que no vienen a qué, se asegura sólidamente sobre las piernas, recomenzando la subida por el flanco derecho del enemigo. Ya falta un único escalón, que queda triunfalmente coronado. Sólo queda ahora la puerta de entrada, pero no tiene más que dejarse colgar del tirador de hierro y la puerta queda atrás vergonzosamente vencida.

La victoria sin embargo ha sido de pronóstico y no quiere estropearla ahora echando abajo los muebles. Cerrando los ojos con fuerza y abriéndolos enseguida muy despacio, se orienta por medio del rayo de luna que entra por la ventana del recibidor. A tientas busca la llave de la luz, pero no le da tiempo a girarla. Una acechante sombra se le ha adelantado y una crudelísima luz viene a herir con violencia sus pupilas irritadas. Echándose hacia atrás con un desmañado gesto, huye de aquellas llamaradas vivas que le escuecen tan profundamente en los ojos. Desde el fresco refugio donde ahora se encuentra, deja pasar unos instantes antes de aventurarse a lanzar una ojeada hacia el temible salón tan odiosamente iluminado. ¡Caramba, qué sorpresa¡ Su madre nunca está levantada a estas horas, siempre se acuesta con las gallinas. ¿Qué habrá pasado, se habrá muerto el viejo?

Ella, muda y casi sin mirarlo, trasladada de la consola a la mesa la lámpara pequeña, encendiéndola y apagando la malvada araña que cuelga del techo como un gran insecto dañino. Enseguida se dirige a la húmeda delicia donde él se encuentra refugiado.

– Buenas noches, José – Cogiéndolo del brazo, lo conduce hasta el sofá, haciéndolo sentarse en él – Te esperaba.

Él se deja llevar con docilidad, sintiéndose de pronto bruscamente despejado. Aunque lo intentó montones de veces, nunca ha conseguido zafarse de la influencia que sobre él ejerce su madre. La turbamulta que reina en su cerebro le hace enlazar aún torpemente las ideas, pero algo como una mano fuerte y delicada a la par, parece empeñada ya en restablecer un poco de concierto. Es que la juerga en casa de Paco ha sido de pronóstico, ¡Caray¡ Con dos como esa se vuelve tarumba a cualquiera.

Dejándose caer pesadamente sobre el sofá, se pasa un pañuelo por el rostro sudoroso, mientras mira a su madre con preocupación. Doña María Luisa arrastra un sillón hasta colocarlo a su lado, sentándose sin apenas tocar el respaldo.

– ¿Me esperabas? – dice él al cabo de un momento, con voz casi normal – ¿Qué hay?

Ella mantiene su aire tranquilo y seguro.

– Tengo que hablarte con urgencia.

– Pero… ¿qué hora tenemos? – Pregunta José, intentando inútilmente descifrar las manillas del viejo reloj – ¿Y qué pasa?.

Ella le contesta muy pacífica, mientras cambia de sitio la lámpara para que le moleste lo menos posible.

– Pues no sé de qué – Él, ya despejado, se encoge de hombros sin mirarla, hundiéndose más en el sofá – En fin… – Concluye con un gesto vagamente hostil – tú dirás…

Ella, intrigada, lo escruta hasta el fondo de los ojos como si lo viera por primera vez. Nunca ha podido comprenderlo del todo. Este hijo se le antoja el más complicado y a la vez el más querido, después de la niña. Su María Luisa, después de todo, ha encontrado un hombre religioso y trabajador que la quiere, pero José ha tropezado con una mujer de una aterradora pasividad, que aunque no tonta, se encuentra infinitamente alejada de los problemas de la vida. Doña María Luisa sospecha que incluso lee libros de los señalados en el índice. Haciendo un gesto de resignación, se decide al fin a abordar el tema del momento.

– ¿Puedes escucharme ya, José?.

Él la mira con gravedad, pasándose por los labios una lengua saburrosa.

– Sí, mamá, dime lo que sea.

Ella se reconcentra antes de hablar, estudiando con atención el efecto de sus palabras. Sus cabellos, blancos con algunos mechones negros, recogen los suaves reflejos que despide la lámpara. Sus manos, pálidas sobre el regazo negro, se cruzan entre sí con fuerza.

– José, conozco muchas cosas que pasan en la tienda y también en tu lecho. Sé de tus riñas injustas a los empleados, de tus pajaritas de papel y de tus pesadillas… Ya ves que soy precisa.

José tarda en contestar. Parece no haberla escuchado. Sin mirarla se desabrocha el cuello de la camisa, dejando vagar sus ojos por la habitación. Se ahoga dentro de esta sala que siempre ha odiado, tan desolada de espíritu humano, pero que sirve tan bien de marco a sus padres viejos. Pero su madre, a pesar de sus devociones beatas, es bastante comprensiva, mientras que su padre, cerrado a todo lo que no sea su violenta soberbia, parece el reflejo exacto de las amarillentas fotografías de los antepasados que de pequeño se obstinaba en mostrarle como ejemplo. Caras solemnes y estiradas, ojos donde resplandecía un orgullo mezclado de tristeza, hombres y mujeres que todos miraban al pasado, venerándolo como motivo de existencia. Pero hombres que jamás habrían descendido a estas embajadas.

– ¿Te ha mandado… “él?” – Dice al fin con voz muy suave.

Ella crispa los labios, sublevada ante el tono de la pregunta. Habla con voz muy baja, pero enérgica:

– Tu padre duerme ahora y no sabe absolutamente nada de esto. Ni yo querría que lo supera por nada del mundo. Todo esto es cuenta mía.

Él se golpea las rodillas en un cansado gesto, con las ojeras más pronunciadas que nunca.

– Bien, mamá ¿qué quieres? Que me comporte como un hijo perfecto ¿no es eso?.

Ella no le responde enseguida. Parpadeando ligeramente antes de replegarse sobre sí misma, empieza a hablar muy despacio, con una voz inesperadamente tímida:

– Mira, hijo, sabemos de tu constante malhumor, de tus cóleras, de tus pesadillas…

La rabia que se extiende fulminante por la cara de su hijo, la hace detenerse. José se ha precipitado de pronto hacia delante, desahogándose en una violenta explosión de cólera que le amorata súbitamente las mejillas.

– ¿Y cómo al saber tú todo eso me pides que me calle, que me trague la bilis que me derramó él hace tantos años, cuando yo sabía tan poco de las cosas que casi ni podía defenderme?.

La voz le ha salido ronca y exasperada, ahogándose entre os chapoteos de la garganta. Sus ojos, sin embargo, tienen ahora una turbia luz de angustia. De repente se levanta, dando unos frenéticos pasos por la habitación.

– ¡Se trata de aquello, siempre de aquello… ¡ – Grita, dejándose caer de nuevo con violencia sobre el sofá. Doblado en dos contra la esquina, cierra los párpados con fuerza, apoyándose las sienes en los puños – Quisiera arrancármelo del cabeza…

Ella le escucha con el corazón acongojado, sin atreverse a hablarle. Él continúa con voz más serena, con las manos prensando inquietamente los desordenados cabellos de sus sienes:

– Yo, mamá, yo hubiera podido ser feliz, feliz como un hombre cualquiera… si yo no hubiera sido un gran cobarde. Un gran cobarde que se dejó convencer como una muchacha a la que ofrecen un novio rico. Me puso delante de los ojos la tienda, la cochina tienda que aborrezco desde entonces, y yo me dejé convencer como un idiota. Y lo que tenía dentro, mi ilusión de ser militar se fue entonces al cuerno… Yo sería apoderado, jefe, mandaría a todos, la tienda tendría en el futuro un gran papel en el plano nacional… ¡Pamemas, todo pamemas que yo me tragué como un tonto de pueblo¡ Porque caro, bien caro lo he pagado luego, ¡maldita sea¡. Como si el hacer uno en la vida lo que le gusta no fuera lo que más vale en el mundo.

Con la boca caída entre los brazos, se deja caer con laxitud contra la esquina del sofá, acurrucado como un niño. Aquella sensación de desamparo le estremece a ella hasta lo más profundo. Jamás se ha sentido tan impotente ante el dolor de un hijo. Prensada entre estos dos dolores como entre dos hierros que la estrujan sin piedad, quisiera que el bálsamo con que quiere aliviar al uno no sea una llaga para el otro. Dolor de mujer y de madre que la consume como una antorcha purificadora de pecados. ¡Pero Señor, Señor, en esta ocasión dame fuerzas¡. Sin Ti soy sólo una pobre pavesa empujada por el viento.

Con un apurado temblor en la garganta, trata de ordenar como puede sus confusos pensamientos. Tiene que hablar con claridad, sentirse como la enfermera que cura heridas sin dejar de mirarlas con ojos amargamente lúcidos.

– Ya se que es por eso por lo que no quieres a tu padre. No te voy a decir que él lo hizo por tu bien, porque no sería cierto. Lo hizo por el egoísmo de su tienda, por esa tienda que él ama y cuida hace tantos años… Y yo sé cómo la quiere, más que a mí, más que a vosotros, más que a su propia vida… ¿Qué quieres? – añade con cansado gesto – Son más de cincuenta años enterrados en ella, día a día, sudándola y poseyéndola… casi… como una mujer. Y todo se hubiera truncado si él no hubiera conseguido entonces aquello de ti…

– José se incorpora lentamente, con los labios fruncidos mirando fijo al suelo.

– Llegó hasta la amenaza de desheredarme, de no dejarme un céntimo. Habría sido terrible. ¿A quién hubiera podido recurrir yo?.

Ella se aprieta las manos, estremecida ante estas palabras reveladoras. ¡Qué terrible es a veces el dinero¡ Deja a los hijos desnudos ante la vida. Y viene una corriente, por pequeña que sea, y los hijos se van, arrastrados como náufragos.

– Ahora ya es tarde – Suspira– Y hace ya tanto tiempo…

– No me explico como no ha pasado esto hasta ahora.

Los ojos de José brillan de pronto.

– Es que hasta ahora – dice, con un relámpago burlón en ellos – yo había guardado las formas. Quizá por mi hijo.

– ¿Por Juanjo?

– Sí – asiente él con la boca torcida – por Juanjo. Pero no valía la pena. Es peor aún que yo. El ambiente lo ha podrido de una manera espantosa. Es él quien dará lustre a la casta, mamá.

Ella frunce las cejas, asaltada de súbito por un recuerdo.

– ¿Por qué has hecho eso de las pajaritas?.

Él hace un gesto de fatiga, poniéndose de pie.

– Es un pasatiempo como otro cualquiera. Gente famosa lo ha hecho en sus horas libres. ¿Por qué no voy a hacerlo yo?.

Ella se alza también, estudiando sus ojos irónicos desde muy cerca y oprimiéndole nerviosamente un brazo. Lucha por conducir sus palabras, pero éstas vibran contenidas, como secos golpes contra su propia carne.

– Hijo, no quiero que seas ruin. Quiero que seas un hombre noble, a pesar de que no hayas podido ser lo que hubieras querido. Tú sabes que la mediad de los hombres es simplemente su nobleza. Y yo no quiero tener un hijo que no sepa ser un hombre entero. ¡Compréndeme hijo¡. En aquella ocasión él tuvo la culpa, pero tú también la tuviste. Olvidemos aquello en lo posible. No amargues los últimos años de tu padre.

José se desprende de la mano que lo oprime y de unos pasos por la habitación, agitado. Los pasos resuenan sordos sobre el pavimento enlosado. ¡Cuánto odia esta habitación sombría¡ Se detiene delante de una ventana e interroga la oscuridad, apenas amortiguada por un débil halo de luna. Sin volverse, habla con cierta rabia colérica: – ¡No sé, mamá¡. Ahora te lo prometo, pero mañana no sé – Se limpia el sudor de la frente, empapada – la tienda no la puedo resistir, ni el casino, ni la ciudad entera, que me parece una ciudad llena de muertos que andan por la calle y que se dan los buenos días creyendo que están vivos – Se vuelve con brusquedad – Es como si yo estuviera muerto ¿comprendes? Sobre todo cuando veo a la gente que se ríe. Tengo la impresión de que estoy vivo en la medida en que soy malo.

Su madre lo escucha aterrada. Se le acerca y cogiéndolo de nuevo por el brazo contempla su cara, una cara helada e inexpresiva.

– ¡Pero eso no puede ser¡ – Exclama en una arrebato – Tienes que desechar esas ideas absurdas, hacer algo, qué se yo, algo que llene tu vida, o ver a un especialista, viajar, qué sé yo, algo, en fin, hijo mío…

Se interrumpe, mordiéndose los labios con ansiedad. José la mira con una expresión de infinito cansancio.

– Lo he intentado todo, mamá. Ningún médico puede curarme, ninguna Academia puede admitirme ya, soy demasiado viejo. Y los viajes tampoco me sirven de nada. Ya he hecho un montón, lo sabes. Los primeros días bien, después todo igual. Me peleo con la gente que encuentro, no sé qué me pasa. Una vez me llevé dos días en la cárcel de un pueblo. Me sacó un coronel, viejo amigo mío que estaba allí de guarnición. Ningún militar, figúrate… ¡Qué sarcasmo¡ ¡Deber la libertad a un militar¡ ¿Es que no es para reírse?.

Ella lo contempla con las cejas muy fruncidas, parpadeando.

– Pero, hijo, no te entiendo. Yo veo a mucha gente que no llega a conseguir en la vida lo que quiere. Que está en las mismas condiciones que tú. Y sin embargo, no se desesperan, lo llevan con resignación.

José deniega con la cabeza, amargo.

– No en mis mismas condiciones, mamá, sino mucho peores, yo lo sé, sin solución posible. Y no tienen más narices que aguantarse. Y los que se aguantan estando con oportunidades como yo lo estuve, son gente cobarde como yo. ¿Qué quieres? – Concluye encogiéndose de hombros – Eso no me consuela lo más mínimo.

– Tienes que buscarte un equilibrio como sea – Dice ella con firmeza.

Él se esfuerza en reprimir un ademán de fastidio.

– Ya tengo una querida, mamá. Eso es lo que más me sobra. Yo soy un desequilibrado, eso es todo. No hay cosa que a estas alturas pueda poner en el otro platillo de la balanza.

Ella, en un impulso, le coge una mano entre las suyas.

– Pero prométeme que harás todo lo que puedas para no amargarlo a él. ¡Prométemelo, hijo¡ – Implora, en un gesto de vehemencia incontenible.

José desprende su mano con suavidad. Cuando le ve a su madre esos ojos suplicantes, quisiera meterse bajo tierra.

– Anda a acostarte, mamá, es ya muy tarde. Haré lo que pueda, pero créeme, he perdido bastante el dominio sobre mí.

Ella insiste de nuevo, agarrándolo del brazo con un ademán posesivo. Se siente súbitamente llena del manantial oscuro de donde diariamente saca renovadas fuerzas para la lucha. José, tan distanciado siempre, podría volver ahora al Refugio Sagrado donde no existen las diarias tempestades de la Carne, el Demonio y el Orgullo, las tres pasiones terribles que tanto entristecen a los separados de Dios. Ella luchará por su hijo.

– José ¿has pensado alguna vez en rezar?

Él la mira con asombro, faltándole poco para reír.

– No, mamá, por favor, nunca. De pequeño ya hice bastante el muñeco. Hace más de veinte años que no rezo un Padrenuestro.

Ella se muerde los labios, contrariada. ¡No importa¡ ¡Cuántos que se habían alejado totalmente vuelven a encontrar consuelo en el Refugio Divino¡ Son palabras de don Anselmo, las recuerda de su última confesión. Una luz ardiente brilla en sus pupilas, coloreando de matices su voz apasionada:

– Hazlo, hijo, reza con fe, con toda la fe que puedas…

– Se interrumpe, prosiguiendo con seguridad profética que la sorprende a sí misma – Tendrás tu recompensa, la tendrás, lo sé…

Parece ver de pronto la cara de su hijo, que la mira con fastidio. Inclina la cabeza desalentada, llevando ya en los ojos una apagada luz.

– Hazlo, hijo – Murmura – Ríete si quieres, pero hazlo.

Le aprieta las manos en un último gesto de súplica. Luego se marcha ligera por el pasillo, en dirección a su cuarto. José enciende una cigarro y se deja caer a plomo sobre un sillón. Sabe que ya no podrá dormir esta noche. La borrachera que ha cogido no le ha servido para maldita la cosa.

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