TORRE DE VIENTO

Los árboles del Parque de Bellavista sienten un cálido sol sobre su membranosa carne morena, de la que empiezan a brotar hojas diminutas, índice de la sabia que corre ya por el interior de los troncos. Los largos paseos alquitranados se ven invadidos por los grandes manchones de sombra que las lanzas de sol proyectan a través de las cobrizas copas, haciendo corporizar personas y objetos en luminosas penumbras.

En la plazoleta de María Cristina, bajo las viejas encinas que, prisioneras en la rectangular valla de desteñidos listones, ofrecen a la chiquillería su mágico balanceo aéreo. El juego de entrada y salida con alboroto de los pequeños se repite cada vez que las barcas se detienen, rasando cada vez con más fuerza la gastada plataforma de madera.

Sentada en uno de los deslucidos bancos de hierro, María Luisa Duarte ve a su hija Rafaela salirse del inefable rectángulo y ponerse a perseguir a otra niña grandullona hasta darle fácilmente alcance. La plazoleta es como un refugio íntimo, lejos de las ruidosas avenidas centrales, donde a ella le gusta perpetuar el goce inimitable de estas mañanas de sol. El griterío de los chiquillos, aumentado con el parloteo de las niñeras que los vigilan, no consigue turbar su sosiego interno. Rozando las tapias del parque se divisa desde allí la enorme mole del Cuartel de Infantería, desde donde viene Carlos a recogerlas durante todas estas mañanas de vacaciones de la niña.

Siguiendo la menuda figura de Lita, que dibuja en el suelo un cuadrado de tiza para su juego de tocaté, la muchacha deja que sus dedos sigan maquinalmente el monótono ejercicio de las aceradas agujas. La niña, en el centro de la reunión, va dirigiendo a las otras con una vivacidad saltarina de pájaro: – Tú primera, tú después, ahora te toca a ti, enseguida a mí – El juego queda organizado en breves momentos bajo la fértil disciplina de la pequeña. ¡Si la viera su abuelo¡ ¡El, que no ha llegado siguiera a conocerla, después de seis años¡.

Pasándose una mano por la frente, arrugada de súbito, se abisma en preocupaciones que a veces la turban sin un verdadero motivo. Hace mucho tiempo que no ve a su padre, ni siquiera de lejos. Es que él sale tan poco. Su madre le ha contado que discute ahora mucho con los hijos, con Eduardo sobre todo y también con José. Y como siempre, todo por causa de la tienda. La tienda es como un ser vivo entre ellos. Desde que nació, la tienda forma parte de su vida. No recuerda acontecimiento importante en la casa que no aparezca ligado a ella. El bautizo de todos los críos se ha celebrado siempre entre aquellas paredes. Su padre, con lo raro que es con el personal, juntaba ese día a todos los empleados alrededor de una mesa bien provista. María Luisa recuerda a Mariana con Juanjo en los brazos, presidiendo el banquete ante el festejo tan ansiado del primer nieto. El abuelo parecía un chiquillo, estrechando la mano a todo el mundo y distribuyendo puros con una generosidad desconocida. Ella tenían entonces doce años y se le quedó aquello profundamente grabado. Y todo era por la tienda, porque aquel niño era al fin el soñado heredero. Es en verdad algo terrible y apasionante a la vez el no poder desprenderse de un organismo que no es siquiera una persona, pero a la que se siente respirar como si lo fuese. Quizá si la tienda no hubiera existido, otra hubiera sido la reacción de su padre al matrimonio suyo con Carlos. Pero…

– ¿Hace mucho que estáis aquí?

Se sobresalta ligeramente, aunque se recobra enseguida con una sonrisa. Absorta en sus pensamientos, ni siquiera ha sentido los pasos de Carlos sobre la senda enarenada. El la besa en la mejilla, curvándose en arrugas su bello uniforme al hacerlo. Ella lo besa también.

– Sí – Le responde, mientras guarda apresuradamente el crochet en la bolsa de hule – Desde hace una hora. No hemos llegado muy pronto porque estuve lavándole la cabeza a la nena. Aprovecho el que empezó ayer sus vacaciones.

– ¿Vacaciones?

– Sí, las de Semana Santa.

– ¡Ah, ya¡

Carlos no entiende muy bien eso de las vacaciones en los colegios. Cada dos por tres los buenos maestros despachan a los chavales para su casa, dándoles el consiguiente alborozo. Ya quisiera él esos asuetos en el cuartel, sobre todo los días en que al comandante le duele el estómago. ¡Bah¡ – Exclama para sí, encogiéndose de hombros – ¡qué importancia tiene todo eso¡ Con la cantidad de cosas que habría que arreglar…

Se vuelve de repente, al sentir una presión sobre su brazo. Es María Luisa, su mujer, que se le ha quedado de pronto mirando de la manera exacta que a él le gusta.

– Cuando quieras, Carlos.

El sonríe, ya liberado de sus pensamientos. Se siente repentinamente otro. Sí, es algo así como sentirse el corazón de nuevo bien ajustado, con unas ganas inmensas de reír y de llamar a gritos a su pequeña…

– ¡Lita¡

La niña, que no lo ha visto llegar, se despide presurosa de sus compañeras, volando hacia el banco donde ellos la aguardan. El capitán la levanta en brazos y la mantiene suspendida por la cintura, mientras Rafaela ríe, enseñando las grandes mellas de la boca.

– ¿Es que no quieres dale un beso a papá? – Le pregunta, fingiendo un gesto de enfado al tiempo que le mantiene la cara alejada de la suya.

– Tú no quieres – Ríe la niña, balanceando alegremente las pernas.

– Ahora sí quiero – La acerca a sí y ella lo besa en una soplo – Vamos a comer, guapa. ¿Con quién quieres comer mejor, con papá o con mamá? Que como no me guste lo que digas – La amenaza con un fruncir de cejas – te dejo colgada toda la vida.

Ella abre unos ojos tamaños, haciendo un mohín de graciosa incredulidad.

– ¿Y me llevarás al cuartel? – Pregunta fingiendo miedo.

– Ya lo creo – Contesta él muy serio – Y te pasarás todo el día pelando patatas – Enseguida agrega, ensayando un gesto terrible – Vamos a ver, contesta, ¿con quién de los dos quieres comer mejor?.

La niña, reflexiva, sopesa el pro y el contra. Vacila un segundo, mirando con el rabillo del ojo a su madre, que a la expectativa la amenaza con el dedo.

– Con los dos – Suelta de pronto con expresión triunfal – Me gustan los matrimonios.

Ellos ríen a carcajadas ante la inesperada salida.

– ¡Pícara¡ – Exclama su padre, dejándola en el suelo.

Con la niña entre los dos agarrada de la mano, se encaminan lentamente hacia la calle. La pequeña de vez en cuando se suelta y corre hacia delante atraída por un pájaro, un amigo o una fuente en que beber. Sus padres siguen embobados cada uno de sus movimientos.

Tras la verja herrumbrosa del Parque, ya en los comienzos de la ciudad, la encalada blancura de las casas produce unas calles hirvientes de luz. En la acera derecha, sin embargo, el inmenso monolito del Cuartel, con sus ladrillos rojos recortados contra el cielo, esgrime una vaga alusión guerrera en la achaparrada quietud de la calle de la Sangre. El tiempo, magnífico, convida a primavera, y las gentes se emboban con la estación, prodigando unos saludos más animados que otras veces, o dejando que por su despiste se pierdan en el vacío.

La casa de los Fernández no queda lejos. Al cabo de un cuarto de hora María Luisa y Carlos avistan la calle Trinitarias. Una calle tranquila, pues sólo turba por lo regular su silencio las campanadas de la iglesia de San Félix, que hace esquina con la Corredería. Las frecuentes novenas que organiza don Tomás el párroco atraen sin embargo no pocas feligresas que dejan la calle atestada de automóviles ruidosos.

Al cruzar ante la verja de la Parroquia, sale de ella la condesa de Cerro–cristo. Carlos no puede contener un mohín de desagrado, que se esfuerza en disimular. Doña Herminia tiene un sorprendido gesto al que sigue otro instintivo de volverse atrás. Pero sin un posible retroceso, se rehace instantáneamente, dirigiéndose hacia ellos con una ancha sonrisa en sus labios sensuales.

– ¡Maria Luisa, hija¡ – Exclama en un arrebato cariñoso, plantándole de buenas a primeras dos sonoros besos en las mejillas – ¡Que no se te ve por ningún lado¡ Ni a ti, Carlos – añade, estrechándole la mano con la punta de los dedos

– ¿Qué tal va?

– Muy bien, Herminia – contesta María Luisa con tranquilidad, mientras sigue con la vista a la niña, que ya va entrado en el portal de la casa – Es Lita – explica, viendo que la condesa sigue extrañada su ojeo.

– ¡Ah, la niña¡ ¡Qué rica¡ – exclama la de Cerro– cristo, volviéndose entera con un ampuloso meneo de faldas, sin lograr ver a Lita, ya desaparecida en el interior del portal.

– ¿Y tu hija? – le pregunta la muchacha.

– Tan guapa como siempre – replica la otra con entusiasmo – Casi tanto como tú. Lástima que está ahora en Inglaterra – agrega, con repentina expresión dolida – ¡Me encuentro tan sola¡ ¡Tan terriblemente sola¡

– Pero te quedan tus estudios ¿no? – pregunta Carlos, mirándola con fijeza y consciente de los estragos que realiza.

Ella le devuelve la mirada, luciente de súbito en un agrio destello. Poniéndose de pronto a la defensiva, se pasa dos dedos nerviosos por las comisuras de los labios. ¿Pero quién les mandará meterse en camisa de once varas a esto militarotes groseros, a esta gentuza salida de la nada? Si a ella después de la guerra no ha podido ocuparse de sus estudios heráldicos, es porque sus obligaciones sociales no le dejan el menor tiempo libre. Apretando los labios, lucha por reponerse.

– Sí, pero como una hija – murmura entre dientes, concluyendo enseguida con decisión – Una hija es algo insustituible. A propósito, María Luisa – exclama de pronto, en una de esas relampagueantes transiciones que la han hecho famosa – ¿Irás el domingo al festival?

– ¿Qué festival?

– ¡Hija, cuál va a ser¡ – replica algo escandalizada – Que estás en la luna – cambiando con rapidez de tono – ¡Ah, perdona¡ Que el jueves último, cuando se atornillaron las cosas, no estabas tú…

Ella lo mira muy fija, dejando caer las palabras con lentitud calculada:

– Ya sabes que no suelo ir mucho a “vuestras” Juntas.

La condesa acusa el golpe, frunciendo de pronto las cejas y comprimiendo mucho los labios. Se esfuerza en recobrarse de su justificada sorpresa, porque caramba, nunca hubiera esperado esto de una Duarte. Tan educada y con los principios que le ha inculcado su madre… “Vuestras Juntas”, vaya… Aunque ya se ve, si está claro… Contagiada de la grosería del marido, si estos tíos son una plaga…

El corto silencio le ha servido para reponerse, aunque estima mejor pasar las alusiones por alto. Después de todo, no conviene ponerse demasiado a mal con ciertas personas, porque quien sabe… Más vale replegarse y ser diplomática…

– Bueno, hija… – concede al fin con un ligero tonillo que la hace sentirse muy por encima de la cría – Pues como quieras… Vamos, yo lo decía por si  te interesaba…

– ¿Pero qué festival es ese? – pregunta de pronto María Luisa, con la cara muy atenta.

La otra cambia repentinamente de expresión, como ansiosa de exponer una idea fija:

– Verás, María Luisa – explica con un ardor inesperado – Se trata de conmemorar el dolor de las viudas y madres que perdieron a los suyos en la Cruzada. Hemos pensado ponerle M.O.G., esto es, Mujeres Oprimidas por la Guerra… Pero el término Mujeres, así Mujeres a secas, nos parece un poco, ¿cómo diría yo? Un poco vulgar, es algo que raspa el oído, ¿no crees tú?…

– ¡Vaya¡ – agrega con un gesto de impaciencia ante la pasividad de la muchacha – La cosa no sé como explicártela, es cuestión de sensibilidad, ya me entiendes… Teniendo en cuenta además que pensamos resaltar el homenaje en la viuda del general Romero, que acaba de llegar de Madrid… – Reaccionando con brusquedad al ver la cara de extrañeza de María Luisa – ¡Pero hija¡ ¿Es que no conoces a doña Cecilia, la que viene a Laverna todos los años a tomar las aguas medicinales de San Roque? Es una dama distinguidísima que lleva siempre un aire de tristeza… Sí hija, es la viuda del general Romero, ése que murió tan heroico en el Ebro, ya sabes… En fin – continúa ya en tono normal – Que dadas las circunstancias personales de doña Cecilia, eso de M.O.G. habrá que pensarlo… De todas formas, el domingo nos reuniremos a sesión cerrada… – se interrumpo, prosiguiendo enseguida con acento más distante – en fin, si tú quieres venir… nadie te obliga… Como tú quieras…

Oprime el bolso contra su pecho, quedando a la expectativa. María Luisa trata de sacar su voz más modosa, la de colegiala modelo.

– Pues si tengo un ratito de lugar, Herminia, descuida que iré, tenlo por seguro.

La Cerro– cristo recobra su aire animado, apretándole familiarmente el brazo:

– Allí estaremos, a las cuatro en punto. Ya sabes, avenida del Generalísimo 104, el local de costumbre. Se pide puntualidad militar. Como comprenderás – añade, celebrando su propio rasgo con una amplia sonrisa – tratándose de un general, hay que dejar bien sentado el prestigio de nuestra Junta… Además, yo soy la encargada de todo… Con que – concluye, estrechando sus manos con rapidez – Hasta el domingo.

Carlos y María Luisa la miran alejarse con su ligero paso, donde ya creen  ver un cierto aire marcial.

– ¡Vaya elemento¡ – comenta él – y además, como una cabra.

– No la puedo aguantar – le contesta ella, moviendo la cabeza mientras la ve desaparecer detrás de la esquina – ¿Sabes la última trastada que se cuenta de su Excelencia?

– No, ¿qué pasa?

Él la mira con curiosidad, mientras siguen caminando hacia la casa.

– Convenció a Amparito para que le firmara el derecho de administrar la herencia del padre y enseguida la despachó a su antiguo colegio de Vitoria. Se pasó allí tres meses y cuando volvió, la mamá, que tiene un agujero en cada mano, en viajes de estudio y festeo por lo grande, se había ventilado la legítima.

Su marido se encoge de hombros.

– Pero esa niña es tonta. ¿Es que no conoce a su madre? Vamos, que ya es grandecita…

– Veintitrés justos, pero ni por esas. Tú no conoces las zorrerías de Su Excelencia – entran en el portal y ella se adelanta por la estrecha escalera – Ya te contaré más cosas. Tú no sabes de la misa la media.

En el último escalón, fumando filosóficamente un cigarro, los aguarda Juanjo. Al verlos llegar se pone en pie, sacudiéndose los fondillos.

– Hola, tita ¿qué tal? – la besa, estrechando la mano de él – ¿Qué hay, Carlos?

– Poca cosa – contesta éste con tranquila indiferencia – Y a ti ¿qué tal te va?

– María Luisa rebusca la llave en su bolso, preguntando:

– Y la nena ¿no la has visto subir?

– No – replica Juanjo, entrando tras ellos – ¿Venía también con vosotros?

– Sí – dice Carlos – Pero la vimos entrar, ésa no se pierde. Estará en el entresuelo con los niños del practicante – enseguida agrega con una sonrisa – Nosotros, como verás, somos demócratas.

– ¡Ah, claro – Juanjo, muy sorprendido, ha contestado al azar.

La dueña de la casa recoge las cortinas del cierro y entorna las maderas. Está muy orgullosa de sus tres habitaciones y su cocinita, que con muy poco trabajo se pueden mantener relucientes como patenas. ¡Qué diferencia del enorme caserón de la calle Riveros¡ Allí siempre trajinando y siempre con los rincones oscuros, a pesar de las trabajadoras criadas. Esto es mucho mejor. Por todos estilos.

Los hombres se han sentado alrededor de la estufa. Ella, antes de entrar en la cocina, pregunta.

– ¿Cómo están por casa¿ ¿Y la abuela?

– Como siempre – le contesta Juanjo – Todos bien.

– ¿Has almorzado ya? Es apenas la una, voy a prepararte también.

Él la detiene con un gesto.

– No, no te molestes, voy a comer con los primos de la bodega. A las dos tengo que estar allí… Sólo que pasaba por aquí y como todavía es temprano…

– ¿Pero no has trabajado hoy en la tienda?

– Sí, claro – contesta Juanjo, aturrullándose algo – Pero como es sábado, he salido un poco antes. Los sábados – explica – no se trabaja por la tarde.

María Luisa deja sobre la mesa una botella de vino y varias copas que extrae del aparador de la cocina.

– Bueno, no almorzarás – le dice, sonriendo con malicia – Pero de una copita no hay quien te salve.

El tono de su tía le hace alzar la cabeza. Siempre que ella habla con doble sentido, él está al quite. ¿Pero es que no sabe ella todavía que la juventud es precisamente el tiempo de las borracheras?

– Eso nunca se desprecia, vaya.

Ella reprime una sonrisa, mientras se mete en la cocina para ir preparando. Su sobrino, a pesar de lo soso que parece, tiene a veces buenos golpes, aunque a lo sordo. Las coge en el aire, si lo conocerá ella.

Carlos llena las copas hasta el circulito rojo que marca el cristal.

– Como los veteranos – comenta Juanjo, señalándolas con el dedo.

– ¿Tú no?

– Yo también – sonríe el muchacho – Pero echo después la otra mitad.

– Ya, ya – Carlos lo mira con una mueca – Y después la otra y la otra, y la otra… Ya lo sabemos…

– Es natural, hombre – dice el otro, algo displicente – Es la edad ¿no crees¿

Carlos no contesta, bebiéndose la copa. Juanjo lo imita con un vago suspiro.

– Buen vino

– No está mal . el dueño de la casa vuelve a llenar las copas, llevándole una a María Luisa – De las bodegas de tus primos viene.

– Ajá – Juanjo chasquea de nuevo la lengua, después de embaularse la segunda – lo diré allí.

Carlos, con un desprendido gesto irónico, se la vuelve a llenar, sacando unas aceitunas del aparador. Se sienta de nuevo, haciendo crujir el sillón. Hay una pausa de silencio. Juanjo mira el suelo con aire preocupado.

– Buen día – comenta Carlos por decir algo.

– Estupendo, es verdad – contesta Juanjo, mirando por la ventana.

Hay otra pausa, que ninguno de ellos sabe como llenar. El militar tabalea despaciosamente sobre la mesa. Se ha sacado la guerrera, quedando en mangas de camisa. Sus facciones, morenas y muy pronunciadas, se hallan en completo acuerdo con su cuerpo musculoso y duro. Juanjo, por el contrario, tiene unos rasgos blandos que armonizan fofamente con su cuerpo de líneas arredondeadas.

Beben otra vez en silencio y toman aceitunas. Llega María Luisa, rompiendo por fortuna el deslavazado ambiente, que amenazaba ahogarlos con su tensión. Ella ya sabe que su marido y su sobrino nunca han tenido gran cosa que decirse y por eso se ha apresurado en la cocina.

– ¿Y qué tal te va en la tienda? – pregunta Carlos – ¿Contento?

– Muy bien, claro.

Juanjo aprieta la boca, procurando reprimir un bostezo de fastidio. ¡Pero qué lata le dan siempre con la dichosa tienda¡ Tienes unas ganas de salir de ella, aunque sea vendiéndola por cuatro perras gordas…

– Te vas imponiendo en la dirección, claro…

Y venga ahora con el cachondeo. El muchacho lanza un suspiro y prefiere cambiar de táctica.

– Natural – replica con un leve acento de desafío – Algún día habrá que dirigirla ¿no te parece?

Carlos esconde una sonrisa burlona y Juanjo sonríe también. Su tía sigue colocando los cubiertos, mientras va y viene del comedor a la cocina. El sol mete su polvareda de oro por entre los visillos del cierro, dando un brillo cálido a todos los objetos del comedor.

– ¿Qué hora es? – pregunta Juanjo, levantándose de pronto.

– Las dos menos veinte.

– Me tengo que ir – esta vez no reprime el bostezo – Está cerca, pero siempre tomamos el aperitivo antes. Y la niña ¿n viene todavía?

– Estará en el piso de abajo – le aclara Carlos – Ahora bajaré yo por ella.

El joven vacila un momento, pero sin decir nada le estrecha la mano, besando a su tía.

– Hasta pronto. Ahora le diré adiós al bajar. Sé donde es.

– Dale de mi parte recuerdos a la abuela – le encarga ella – Hace lo menos tres días que no quiere venir por aquí.

– Descuida.

Juanjo cierra la puerta con cuidado, al tiempo que se encoge de hombros. Para embajaditas está él. Bastante tiene con sus propios problemas.

– ¿Para qué habrá venido? – se pregunta Carlos.

Ella hace un ademán de ignorancia. ¡Cualquiera sabe para qué¡ Ella ve siempre como un doble sentido a todas las acciones de su sobrino. No se sabe nunca cuando está contento o disgustado.

– Quizá para hablarme a mí sola – dice al fin – Algo le debe ocurrir. El no viene por aquí así como así.

– Pero está tan tranquilo – replica él, mirándola con cierto asombro – Y no ha dicho ni pío.

Ella le contempla con aire de simpática suficiencia, colocando la sopera en el centro de la mesa. Enseguida extiende el índice como una maestra:

– Tú, amiguito, no conoces a la gente. Mi sobrino para que lo sepas, es de los que ponen a mal tiempo buena cara. Cuando le conviene, claro.

Carlos la sigue mirando, intrigado todavía.

– El socarrón – dice al fin, poco convencido – Bueno, pues, ya me contarás si vuelve.

Ella, sonriéndole, le pasa una mano por el cuello.

– ¡Claro, tonto¡

La niña asoma de pronto la cabeza entre el quicio y la hoja de la puerta.

– ¿Has visto al primo Juanjo?

– Sí – replica Lita, con una leve sonrisa de picardía – Cuando entré, pero él no me vió a mí.

Sus padres la miran con asombro. A María Luisa le aslta de súbito una idea.

– ¿Y a la señora de Cerro– cristo, la viste?

La niña se dirige muy despacio hacia la mesa, con una graciosa seguridad:

– También. Es una señora muy antipática.

Ellos la miran con sorpresa antes de soltar la carcajada.

– ¡Caray con la niña¡

Su padre la mira con atención durante un largo momento:

– ¿Tú quieres al primo Juanjo?

Lita lo mira reflexiva, mientras su madre, sosteniéndola por los brazos, la acomoda a la mesa. Su padre empieza a servir la sopa, sin quitarle los ojos de encima.

– El no me quiere a mí – dice al fin la nene con gesto grave, empezando a comer – Ni a nadie.

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