TORRE DE VIENTO

Juanjo, en el portal de la casa, chupa con fuerza del cigarro que acaba de encender en la escalera, encontrándolo apagado y con un gusto que le sabe de ponto amargo. Aplastándolo entre sus dedos en un brusco arrebato, lo arroja con rabia al centro de la calle, donde cae soltando aún una leve humareda. ¡Maldita sea¡ El día en que empiezan a salir mal las cosas, hasta el dichoso tabaco le sabe a mierda. Con el rostro contraído aun pega un salivazo en la acera, mientras sigue dándole vueltas en la cabeza a su problema. Lleva ya cinco días más preocupado que la leche y no hay Dios que le saque las castañas del fuego. ¡Valiente atolladero le ha creado el tal Puma, el carajote¡ Y para colmo, hoy que pensaba abordar a su tía sobre eso, se encuentra con la puerta cerrada y que cuando llega viene acompañada del otro cataplasma.

Encogiéndose a la postre de hombros avanza pensativo por Trinitarias, enfilando enseguida la Corredería y el Santo Amor en dirección a la bodega. Ante su memoria van desfilando cada uno de los detalles de la escena.

Aquel día, había que reconocerlo desde luego, cuando recalaron los cuatro en la Venta de Maurito, venían ya bastante cargados del cortijo de Miguel. Antes de tomar el coche del Puma para ir a la Venta se habían bebido entre los cinco casi una docena de botellas en menos de dos horas. Así que después del primer choteo con las niñas, cuando el Puma propuso la partida de cartas, él, la verdad, tenía ya una tajada como un mulo. Pierde hasta la camisa y ni se entera, seguro. Jugó con los corazones y los diamantes bailándole como locos delante de los ojos y con una soñarrera que sólo se le despejó un tanto al verle la cara al otro, una vez terminada la partida.

– Bueno, Juanjo,  – le decía el Puma, con el pelo caído sobre la cara congestionada y abombando las mejillas como si fuera a vomitarle encima – Que aquí hay que apoquinar. Me debes dos mil pesetas.

El muchacho se pasaba una mano por los ojos, luchando por despejarlos de telarañas. Bajo el bigote rojizo de pelos duros como cerdas, veía sus labios abultados, contrayéndose en una mueca que se le antojó de pronto bestial. Se sentía mojado en sudor hasta las corvas, mientras la torpeza en que nadaba su cerebro se iba licuando bajo la influencia de los ojos verdosos del otro, entornados en una mirada que veía de súbito acechante. Sabía que el Puma, era voz pública, aguantaba mucho más de lo que le había visto beber, y se sentía intranquilo, como tomando conciencia de algún cercano peligro. El gesto torpe de sus manos manejando los naipes le fascinaba, como si presintiera que en un momento preciso aquellos dedos nudosos iban a recobrar su agilidad esgrimiendo el cuchillo que – junto a los desechos de comida – destellaba en la sumida atmósfera su acerado reflejo. Sobre todo, sentía penetrar en su cuerpo el dardo de aquellos ojos relucientes, que traicionaban con su vivacidad el juego inhábil de las manos.

Luchando por liberarse de la ola de pánico que amenazaba invadirle haciéndole emprender delante de los otros una huída vergonzosa, se echó bruscamente hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza y moviendo la cabeza de izquierda a derecha en un desesperado intento por hacer frente a la situación.

– jEstá bien, hombre – le contestó de pronto, respirando con fuerza y ensayando un ademán despreocupado – Te hago un cheque y tan tranquilo.

El Puma se le quedó mirando durante un largo momento, reflejando en su cara una mueca de desencanto que trató enseguida de reprimir. Sus párpados se bajaron súbitamente y un breve gruñido de asentimiento se escapó de sus labios. Al echarse hacia atrás, su rostro congestionado pareció distenderse y la nube que invadía sus ojos se aclaró de súbito, mientras se repantigaba en la silla, esperando. El mazo de cartas quedó abandonado sobre la mesa. Juanjo, intuyendo que se había encontrado al borde de algo temible, sintió que se aplomaba de pronto sin fuerzas contra la silla, quebrado ya aquel asfixiante minuto de angustia. Se tanteó en los bolsillos buscando el talonario de cheques de Eduardo y desenfundó la estilográfica con mano que procuraba hacer firme.

Estaban en la trastienda de la venta, en una reducida habitación iluminada sólo por la lámpara que difundía un alza rojiza sobre los reunidos. Carteles de toros, fotografías dedicadas de artistas, inscripciones talladas en la madera cubrían las paredes del suelo al techo. Una mesa de mediano tamaño, rodeada de sillas plegables, ocupaba casi totalmente el cuarto. La cargada nube escarlata, proyectándose en una espesa atmósfera de humo y sudor, resbalaba sangrienta sobre el reluciente vidrio de las botellas y copas que cubrían un extremo de la mesa.

A su derecha y enfrente a la izquierda del Puma, contemplando la escena con ojos soñolientos y sin darse cuenta de nada, se sentaban Paco Urrutia y Juanito Torres, dos buenos amigos pero que en la vida, Juanjo estaba seguro, habrían dado la cara por él. Mas atrás, la Irene, la Corales y la Niña del Espejo miraban atontadas el juego, bostezando de vez en vez. Valientes brutas, como para defenderlo en un caso de apuro. Y no es que el sintiera jindama, pero ¡caray¡, había oído cada cosa del otro, cada historia que se contaba por ahí. Fresco, el más campechano del mundo, pero borracho, con el mal vino que tenía, capaza de sacarle los hígados a su padre. Menos mal que detrás de él estaba la Mary, que no era como las otras. Esa sí que era una infeliz.

Por milagro había conseguido llenar el cheque, no sin dejar adrede un borrón sobre la firma. Así les costaría más. Después de todo, para lo que iba a servir. Lo esencial era salvar aquel peligroso momento.

– Bueno, ahí tienes – dijo, empujándolo hacia el otro, con un ademán que le salió repentinamente desafiador. Se sentía ya más seguro, habiendo conseguido parar el primer golpe.

El Puma se echó hacia delante, mirando el cheque por todos lados, mientras se servía una copa y la bebía lentamente sin apartar los ojos del menudo rectángulo. Juanjo sintió de pronto ganas de reír. Por mucho que mirara no iba a sacar nada en limpio. El cheque, ya lo había estudiado de antemano, no llevaba más que el número de la cuenta y el nombre del cuentacorrentista no aparecía más que en la firma. Que mirara hasta quedarse ciego, ojalá.

– Gracias, muchacho – el Puma guardaba cuidadosamente el talón en la cartera, mientras esbozaba un gesto casi amistoso – Las cosas entre hombres, formales. Así me gusta.

– Claro, hombre – le contestó Juanjo sin mirarlo, al tiempo que se levantaba. Detrás de él, tumbada grotescamente sobre una silla, estaba la Mary, la única que a lo mejor se habría interpuesto entre el Puma y él si hubiera habido bronca. Levantándole la cabeza, la contempló durante unos momentos. Era una muchacha de ojos pequeños y mejillas redondas que apenas tendría veinte años y que había empezado hacía poco en casa de Alejandro. Era de todas con la que mejor se llevaba, a pesar de ser bastante corta de entendederas. Pero ahora dormía aun la mona feroz que entre todos la habían hecho coger, jaleándola cada vez que la empujaban a tomar una copa. Sus ojos cerrados enseñaban el rimel corrido y su boca era un manchón churretoso de carmín.

– ¿Es que no sigues jugando? – preguntó Torres, abriendo los brazos en un bostezo descomunal – Déjala, esa está ya cao. Como no ha embaulao ná.

– Y tanto – dijo la Corales, acercándose – Como que está pidiendo a gritos la cama.

– Y para dormir – rió el Puma, mirando a Juanjo con intención – Ya tienes la noche jodida.

Juanjo frunció los labios, mirándolo con insolencia:

– ¡Qué te crees tú eso¡ Como no voy a arreglar yo pronto esto.

Cogió un florero que había sobre la repisa del fondo y sacando las aburridas rosas, las arrojó a un rincón. Luego mantuvo suspendido el jarro de vidrio sobre la nuca de la Mary, dejando caer un chorrito, que resbaló escurridizo sobre la espalda. La muchacha pegó repentinamente un salto, con los ojos espantados – ¿Quéee…? ¡Malaje¡ – gritó enseguida con brusca ira, agitando los brazos ante la cara de Juanjo y amenazándolo con los puños – ¿Quieres dejarme tranquilo, mamarracho?

– ¡Caray, chica¡ – Urrutia, doblado sobre la silla, pegó una risotada que los otros corearon – ¡Qué mal despertar tienes¡

La Mary todavía parpadeaba, mirando desafiante a su alrededor, ya pasado el arrebato. Se echó a reír de pronto, alisándose el cabello a dos manos.

– Perdona, buen mozo. Es que tengo los nervios hecho polvo – dijo, haciendo una caricia a Juanjo, que la miraba con ojos entornados a través de la cortina de gas de su cigarro – Enseguida estoy contigo.

Los otros rieron, celebrando la inesperada reacción.

– Te la tienes matada, Juanjo – volcado sobre la silla Torres reía a carcajadas, abriendo mucho la boca – ¡Vaya flecha que tienes¡

El Puma, extendiendo en silencio los naipes sobre la mesa para formar un solitario, echaba de vez en cuando una ojeada al grupo. Las otras miraban indiferentes, arreglándose el pelo o prensándose las faldas arrugadas.

– ¡Eh, vosotras¡ – les gritó de ponto Urrutia, levantándose don esfuerzo de la silla – ¡Que parecéis muertas¡ ¿Qué carajo os pasa?

La Niña del Espejo soltó una brusca risa, acercándole mimosa.

– El que no nos pasa, negro.

Juanjo se había dejado caer en un sillón, con los ojos semicerrados. La Mary, sentada a su lado, lo contemplaba pensando que el sueño es contagioso. Se estaba tan a gusto durmiendo muchas horas seguidas, como cuando era pequeña en casa de sus padres, todo ya tan brumosamente lejano…

Juanjo no quería segur sentado. Echando la silla hacia atrás se esforzó en levantarse, pero tropezando, hubo de agarrarse con fuerza a la mesa. Las pernas le fallaban. De repente le había entrado conciencia del bochorno que hacía dentro de la habitación, oprimida contra él como si sus paredes fueran de pronto a resquebrajarse de calor. Los otros le miraban, riéndose al ver las caballadas que daba al ir hacia la puerta. La embriaguez, comprimida hasta entonces por el miedo, se desbordaba ahora estallando en toda su potencia y removiéndole furiosamente las entrañas. Ninguno se molestó en ayudarle. Como un sonámbulo atravesó el bar de la venta, con los ojos muy abiertos por la angustia. Un obrero que tomaba una copa junto al mostrador le siguió con los ojos. Y Maurito no aparecía por ningún lado… ¿Dónde, dónde estaba? Estaría en el sótano atiborrándose de vino, ¡qué asco¡.

Trató de hablar sin saber siquiera lo que iba a decir, pero enseguida sintió que era peor. El flujo de hieles que le recocía el estómago subió de pronto hasta su garganta en una marea incontenible. Ya estaba muy cerca de la puerta, pero ni siquiera le dio tiempo a salir a la carretera. De su boca salió una ola nauseabunda que regó bruscamente todo el umbral. Tosiendo hasta la asfixia, con el rostro congestionado hasta la sangre, se apoyó en el quicio, aguantando otra brutal sacudida que provocó un nuevo cuajarón de inmundicias. El obrero que estaba al mostrador se le acercó por detrás sin saber que hacer, moviendo torpemente las manos.

– Señor – Decía, viendo que Juanjo había detenido un momento sus vómitos – ¿Se encuentra algo mejor?.

El muchacho lo miró entre las lágrimas saltadas por los violentos esfuerzos. Asintió con la cabeza y trató de sacarse un pañuelo para limpiarse la boca manchada de residuos, de pequeñas motas de un amarillento verdoso que aparentaban la blandura de la gelatina. El obrero entretanto le daba tímidos golpecitos en la espalda, diciéndole: – Vaya, señor ¿ya pasa?

Al volverse, vio que Maurito subía ya por la escalera de la bodega. Mientras cerraba la compuerta contempló las huellas del acceso con las cejas muy fruncidas, mirándolo a él con fijeza. Juanjo, apoyando contra la pared, se había quedado muy pálido.

– Vaya, señorito – comentó el tabernero con ligera sorna, alargándole el paño que llevaba colgado de la cintura – Que le ha sentado a usted mal la juerguecita, vaya. Límpiese usted los zapatos que los tiene buenos.

El muchacho le obedeció, dirigiéndose luego con cansado paso a una silla de tijera que había en el rincón. Maurito le sirvió enseguida un café bien cargado que lo hizo sentirse repentinamente mejor. El obrero se había retirado con discreción al otro extremo de la barra, desde donde lo observaba con disimulada curiosidad.

– ¿Se encuentra mejor, don Juanjo? – le preguntó el tabernero, regando el umbral a bruscos manotazos de un aserrín rasposo que sacaba del saquillo que llevaba entre los brazos.

– Sí – le contestó Juanjo. Su cabeza se había despejado, la sentía hueca como un balón lleno de aire. Sus ojos miraban obstinadamente los grumos amarillentos de aserrín, que parecían empapados de una indeleble sustancia grasosa.

Se levantó de ponto y murmurando un gracias apenas audible al pasar con los ojos bajos por delante del obrero, volvió a meterse en la trastienda. Maurito lo siguió con la vista, moviendo la cabeza con gesto vagamente compasivo.

Al entrar en el cuarto, una bofetada de aire caliente mezclada a los sudores agrios allí acumulados, estuvo a punto de hacerle vomitar de nuevo. Respirando con fuerza y tratando de habituarse a la espesa humareda que le escocía en los ojos, se repuso sentándose a la mesa dispuesto a continuar la partida. No bebió más en toda la noche procurando conservar la máxima lucidez, pero las alternativas del juego no le permitieron recobrar el cheque. A pesar de sus desesperados esfuerzos y de una loca suerte que estropeaba con su torpeza, quedó debiendo las dos mil pesetas al Puma.

Esta mañana, cuando a fuerza de querer olvidar el incidente casi lo había logrado, Juanjo ha recibido en la tienda una llamada por teléfono. El Puma tuvo pocas palabras, pero tan secas que no daban lugar a dudas sobre las ganas que tenía de fastidiarlo. Se había enterado de que a Juanjo no le quedaba una lata en el Banco, aunque no había llegado a saber que el talón era de la cuenta de Eduardo. En la ventanilla se lo habrían rechazado desde el primer momento al ver su firma, seguramente sin molestarse en ver la numeración y el número de la cuenta. Le ha dado tres días de plazo para rescatar el cheque a cambio de las dos mil del ala. El pensaba hablarle a María Luisa, paro la presencia del otro lo ha estorbado. Después de todo, no tiene la cosa demasiada importancia. El Puma tendrá sus prontos, pero la cosa ya ha pasado y a lo mejor le perdona la deuda cuando vaya a llevarle el dinero. Y por otra parte, cuando él plantee a alguien de verdad el asunto, ¿quién no le va prestar dos mil pesetas al nieto de don Pedro Duarte, el dueño de los Grandes Almacenes? El viejo estará como una chiva, pero lo que es el cartel no hay quien se lo quite.

Juanjo hincha el pecho y sigue para la bodega de los primos con el ánimo más confiado. También puede decírselo a Luis, el mayor de ellos. De seguro le deja las pesetas.

Pero aquel día resultó imposible. Era sábado y el tío Francisco se pasó toda la tarde enseñándole minuciosamente toda la bodega, desde el embotellado al cuarto de muestras pasando por el taller de tonelería. Otra chaladura como la del abuelo con la tienda, valientes lilas están hechos todos los viejos. Lo cierto es que cuando Juanjo por la noche se despidió, guardaba aún dentro las palabras que había de decir a su primo.

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