TORRE DE VIENTO

La joyería de Román está casi en el centro exacto de la calle Lonja, encajada entre los calzados LA IDEAL y el almacén de tejidos EL BUEN VESTIR. Su escaparate goza fama de albergar normalmente una verdadera fortuna, a pesar de que Juanjo sabe que las gentes de la localidad critican el pésimo gusto con que están dispuestas las mercancías en el interior de las vitrinas.

Deteniéndose a contemplarlas en su caviloso deambular, se mete perezosamente las manos en los bolsillos, dejando desfilar ante sus distraídos ojos el fulgurante destello de los promontorios expuestos. Estos días en que le atosiga esa machacona preocupación, su retina sólo capta un contorno difuso de las cosas. De todas formas, él pone cuanto puede de su parte por solucionar el problema, aunque ahora se encuentre tontamente falto de atrevimiento para aprovechar esta oportunidad que tiene ante las narices. Echando por fin a derecha e izquierda una furtiva ojeada que sólo lo tranquiliza a medias, se decide bruscamente a entrar en la tienda.

– ¿El señor Román?

El dependiente, absorto en la contemplación de un panel que acaba de ordenar, levanta sobresaltado la cabeza al oír aquella voz tirante. Sus ojos parpadean un segundo antes de que sus oídos hayan asimilado completamente la pregunta.

– Enseguida le aviso, señor.

– De parte de Juanjo Duarte – indica el joven con apresurada voz, masticando con fuerza el cigarro que acaba de sacar del bolsillo.

– Sí, señor – el dependiente esboza a medias una sonrisa, corroborando enseguida antes de entrarse con paso ágil en la trastienda – Sí ya sé…

El muchacho se encoge de hombros, fastidiado. Laverna es como para que él cometa de día un crimen, como no lo conoce nadie. Con más de cien mil habitantes y es como un pañuelo… En fin, si ahora le sirve de algo, menos mal.

Procura distraerse echando una ojeada al local, que se le revela floreciente. Las vitrinas de las paredes están llenas de fruteros, bandejas, copas de premios y otros objetos que su vaga mirada no se preocupa de identificar. Bajo el encristalado mostrador se agrupan en mezcolanza toda clase de objetos grandes y menudos, desde relojitos de señora hasta gruesas pulseras de pedida, dispuesto todo con cierta ostentación que se le antoja de mal gusto. Juanjo comprueba satisfecho el aire de nuevo rico que respira todo el ambiente de la joyería. Es difícil que no le atienda Román. Los nuevos ricos se pirran por servir a la gente de clase, sobre todo si tienen dinero. Centenares de veces lo ha oído y esta confortante seguridad le sirve ahora para aplacarle los nervios.

La cortina de la trastienda se aparta de pronto para dejar paso al sonriente Román, que llega seguido de su acólito. Con la mano muy extendida avanza dando la vuelta al mostrador, estrechándole muy calurosamente la suya.

– Perdona, Juanjo, si te he hecho esperar – dice, apretándole el abrazo – Pero me has cogido en la mesa con el último bocado. ¿Tú has almorzado ya?

Juanjo, a pesar de sus buenas esperanzas, no esperaba tan cordial recibimiento. Algo sorprendido, procura sin embargo reponerse.

– Sí, sí, acabo de almorzar. Pero tú continúa tranquilo.

– No, no, pero si ya había terminado… – le contesta el otro, invitándole a pasar a la trastienda. El dependiente se desliza tras ellos en dirección al local, dejándolos solos.

La trastienda es una pieza mediana con una gran mesa al fondo, donde a la luz de la lámpara del techo resplandece un confuso aglomerado de joyas. Cuatro butacones de terciopelo rojo se encuadran en torno a otra mesa de despacho más pequeña, que aparece atestada de papeles. Al lado del pequeño estante que alberga unos tomos de literatura policíaca, se encuentra la puerta de comunicación con la vivienda.

El joyero invita a Juanjo a sentarse en uno de los butacones, instalándose en el borde del otro.

– Pues tú dirás, mocito – dice sonriéndole, mientras le ofrece de la tabaquera que acerca de la mesa – ¿Qué me cuentas?.

Juanjo traga saliva antes de contestar, considerando ahora la difícil embajada. Coge un purito de la caja con la derecha, pero al querer soltar con la otra su colilla en el cenicero, tropieza con el borde de la mesa, regando de ceniza la alfombra. Se inclina rápidamente en un vano intento por impedirlo, pero el joyero lo frena poniéndole una mano en el hombro.

– Nada, hombre, no te preocupes – de un amigable papirotazo le hace caer la colilla al suelo, ofreciéndole en encendido mechero y alumbrando él a su vez – Sí está para eso…

Enseguida se deja caer sobre su butacón, mientras lo contempla con una mirada de amistosa confianza, donde hay sin embargo un sentido escrutador de alerta.

– Vaya, vaya con Juanjo, que nunca se quiere dar una vueltecita por aquí… Pero qué sorpresa, hombre…

Se queda mirándolo con la media sonrisa invitadora. Juanjo chupa fuerte del cigarro, buscando frenéticamente en su interior las difíciles palabras que tiene que pronunciar. El joyero parece darse cuenta de pronto.

– ¿Alguna joyita? – dice despacio, con los ojos amablemente entornados, acariciándose enseguida el mentón con gran parsimonia – ¿Algún apurillo?

El joven se siente descargado de pronto de un peso enorme, respirando aliviado. Se esfuerza por hablar en tono normal, mientras traga apresuradamente saliva:

– Sí, eso es, Pepe. Tú lo has dicho, lo has adivinado.

Román no contesta enseguida. Levantándose con una agilidad que no parece suponerse en su grueso cuerpo, hace girar el mueble de la biblioteca, extrayendo de su interior una botella de coñac y dos copas. Se acomoda de nuevo en su butaca, entreteniéndose en llenarlas despaciosamente hasta los bordes. Tiende una a Juan y cogiendo la otra entre dos dedos se repantiga con cuidado en la butaca, dedicándose a mirar el líquido a través. Sus ojos escrutan las burbujitas que chisporrotean débilmente en la superficie del líquido, mientras se entretiene en crear otras al imprimir al cristal cortos movimientos rotativos.

– ¿Cuánto? – inquiere con suavidad sin mirarlo.

Juanjo se encoge un poco en el asiento, fija su mirada sobre la fascinante copa del joyero, que gira sin cesar en su pequeño bamboleo convulsivo.

– Tres mil y pico. Tres mil… quinientas.

Se echa bruscamente hacia atrás, conteniendo la respiración con los ojos aún prendidos en la copa. La pequeña tempestad dentro de las paredes de vidrio prosigue interminable. Sube, baja, sube, baja… Juanjo siente apretada la garganta, mientras trata inútilmente de tragar saliva. Aquel sube y baja, aquel gira y gira que deja las fauces secas como esparto… Aquello que gira como un interminable tío– vivo, como una montaña rusa eterna, como una ruleta que puede hacerlo definitivamente ganador…

– ¿Mujeres? ¿Juego?

La voz del joyero ha cortado algo al dejar con lentitud la copa sobre la mesa. Juanjo, aliviado de pronto, sonríe como ante un viejo camarada:

– Una de cal y otra de arena.

– Ya – Román paladea con un placer inesperado, bebiéndose de un trago la montaña rusa – Me firmarás un pagaré. Sin fecha.

Juanjo respira ya profundamente, mirando su reloj. Son las dos y media y a las tres tiene que ver al Puma. ¿Cómo no se le ocurrió antes?

– Lo que quieras, Pepe.

El joyero le indica la mesa con un gesto protector, de complacido Mecenas.

– Ahí tienes papel y pluma. Sabes hacer un pagaré, claro…

Juanjo vacila un momento, mientras se acomoda a la mesa con miles de preocupaciones. No acaba de creerse su inesperada suerte. Este Román es un tío muy listo, seguramente será mentira lo que se dice de él por ahí, que ha ganado todo su dinero robando.

– Claro – le repite. Pero su voz suena poco convencida, lo que no escapa al oído ejercitado del joyero.

– Yo te lo dictaré – le responde, levantándose de la butaca con campechano gesto – para que te salga bien a la primera ¿De acuerdo? – se sienta en el brazo del mueble frente a él y lo mira entre sus ojos entornados – Es importante saber hacer un pagaré ¿sabes? A los trece años yo ya sabía hacerlos – se incorpora con una vaga sonrisa, asaltado de súbito por el recuerdo – De seguro mi principal se acordó toda su vida de aquel mi primer pagaré… je… Bueno – corta de pronto, recobrando su aire serio – A lo que íbamos…

Juanjo, pasada ya la ráfaga de admiración, escribe el documento a su dictado. Un pagaré de tres mil quinientas pesetas sin vencimiento ni fecha.

El joyero saca enseguida de su cartera cuatro billetes verdosos, entregándoselos en un gesto de amigo que emociona fuertemente a Juanjo. Mientras se despide estrechándole la mano con efusión, ahoga en su interior un suspiro de alivio. Además de cancelar la deuda con el Puma cuenta ahora con mil quinientas pesetas con las que darse un buen garbeito.

Cuando se queda solo, Román saca un gran sobre de uno de los cajones de la mesa de despacho y escribe algo en la cubierta, metiendo dentro el pagaré. Abre la caja de caudales empotrada en una de las esquinas del cuarto y la guarda entre otros papeles, haciendo girar la combinación y asegurándose de que queda bien cerrada.

Sobre el exterior del sobre hay sólo tres palabras:

GRANDES ALMACENES DUARTE.

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