TORRE DE VIENTO

Andrés y Álvaro salen juntos de la tienda, concluida ya la jornada. A las siete de la tarde hay todavía bastante claridad, aunque ya todas las luces de los establecimientos y escaparates están encendidas. El naciente crepúsculo, insinuándose lentamente entre las cuadrangulares vértebras de los edificios, da al color azul pálido del cielo una delicadeza de joya.

Los dos muchachos van agotando con parsimonia la calle Riveros, entrándose a seguido en la avenida Lonja. A su mitad, ampliamente rebasada la rotonda del Palomo Rojo y el reloj público que como un guardián del tráfico domina las cuatro encrucijadas, se encuentra la librería Gener, una de las mejor surtidas en literatura, pues es casi la única de Laverna en su género. Andrés pasa raramente por delante de su vitrina sin detenerse a esculcar las últimas novedades.

– Mira, Álvaro – exclama de pronto, agarrándole con fuerza por el brazo – “El manantial”, de Ayn Rand.

Ambos se pegan a la cristalera, observando el libro con curiosidad.

– ¿Vas a comprarlo?

–  En cuanto pueda, ya lo creo – le contesta Andrés, completamente absorto en la contemplación– ¡He oído hablar tanto de él¡ Voy a preguntar cuánto vale – añade, entrando en el establecimiento para volver a salir al cabo de un momento – Cien pesetas, no está mal. Lo menos setecientas páginas. Pero son cien pesetas, vaya… ¡Cualquiera las tiene¡ Tendré que escurrirme de verdad. Menos mal que estamos a veinticuatro.

Sus ojos valoran con delectación la sobria arquitectura del volumen expuesto. Tras el grueso cristal Gary Cooper y Patricia Neal sonríen en la portada. Álvaro enciende un cigarro al cabo de unos momentos, aguardando a su amigo con filosófica paciencia. Andrés no le hace el menor caso.

– ¿Dónde vamos? – pregunta por fin Álvaro, viendo que su amigo, como de costumbre, no acaba de arrancar. Decidiéndose, lo agarra por un brazo, llevándoselo hacia delante. Andrés le sigue con la cara todavía vuelta hacia el escaparate, parpadeando con aire súbitamente despierto.

– Vamos a dar una vuelta – le responde al cabo del tiempo, recobrándose con pesar – Lo de siempre.

– ¿Qué echarán hoy?

– No sé – dice, encogiéndose de hombros – Cualquier película que sea buena está aquí de más. ¿Es que no lo sabes?

– Bueno, pero vamos a ver la cartelera del “Maravilloso”.

– Vamos.

Siguen caminando lentamente hacia el cinema que alza su mole grisácea en la última bifurcación de la calle, pasada ya la de Bagocheros. Es un miércoles y a pesar de que el tiempo es bueno, poca gente transita la calzada. Empleados que como ellos acaban su trabajo, algunas chicas medio bien que dan una sola vuelta temiendo ser muy vistas, algunos pollos arrastrapiés que desdoblan su aburrimiento entre las dos aceras y cuatro tratantes que jalonan los cafés esperando un negocio. En el Casino Lavernés ya se atreven los socios a sacar butacas a la calle, porque el tiempo ha mejorado y se huele ya el azahar de la Semana Santa. La larga hilera de sillas cobrizas va de un extremo a otro de la fachada. Delante de los sentados, pequeñas mesas redondas de un solo pie se guarnecen en su superficie de oblongas copas de vino y tapas variadas.

Andrés y Álvaro avanzan paralelamente a la fachada del Casino, marchando en dirección a la rotonda. El primero contempla muy fijo la apretada fila de socios, recorriendo cabezas con la vista a medida que avanza. Sus ojos están empequeñecidos y el labio inferior le sobresale con un gesto levemente brutal.

– Los cretinos de siempre – murmura muy despacio, acentuando cada palabra que le silabea entre los dientes.

– ¿Qué te pasa? – le pregunta Álvaro, con el tono de quien conoce de antemano la respuesta.

El otro lo mira con las cejas muy levantadas.

– ¿Qué me va a pasar? – le contesta con un despectivo ademán – Los cretinos estos, que no tienen arreglo.

– ¡Je¡ – La risa de Álvaro restalla aserrada – Tú no los puedes tragar.

Andrés lo mira con irritación, deteniéndose a contemplar la hilera de cabezas desde el extremo de la rotonda.

– ¿Y quién los puede tragar, sino ellos mismos? Son los cerdos más grandes de la tierra. No dan golpe, con millones – se pasa la lengua por los labios, escupiendo con fuerza y mirando muy fijo a su amigo – Alguno hay que tiene ciento de millones, ciento de millones ¿te enteras?, y que no ha asomado la jeta fuera de aquí, como quien dice… Con tantas cosas como hay que ver por el mundo, los muy cretinos… Se pasan la vida aquí, como carcamales asquerosos.

– Caray, pero no todos – replica Álvaro con viveza, reculando ante la arremetida – A ti te da por generalizar, ahí está tu falta. Yo te conozco bien, pero cualquiera que te escuchara diría que estás rebosando odio contra todo el mundo. Te pasas el día despotricando a diestro y siniestro. Y de esto, yo te digo que conozco a algunos que son buenas, pero muy buenas personas… Y que trabajan, y que viajan… Y que no tienen los millones muertos, como tú dices. Caso de que los tengan, que no todo el monte es orégano…

– Esos, los menos – le replica Andrés cortante, echando de nuevo a andar – Tanto que podían hacer por Laverna… y nada. A criar barriga los muy… Y se mueren de aburrimiento, no creas… Pero nada, ellos erre que erre…

Álvaro se acompasa al andar de su amigo.

– Eso de que se mueren de aburrimiento habría que verlo… Ellos tienen sus distracciones…

Andrés levanta la cabeza con brusquedad.

– ¿Qué dices tú de distracciones? – barbota, escupiendo las palabras entre sus dientes apretados – ¿Tú estás bueno de la cabeza, muchacho? – se le vuelve, plantándose en el centro de la rotonda y apretando los puños con fuerza, mientras habla como siguiendo una idea fija – Mira, Álvaro, en dos palabras te describo al tipo ese. Como verás, le he dado vueltas a la cosa… Es un tipo que nace con dinero, que es mal estudiante, flojo por los cuatro costados, que cuando acaba una carrera a fuerza de don Tarjetón, como tú dices, es todo lo de Dios. Obtiene el titulito, aunque a veces se queda sin él a pesar de todos los chanchullos, y ya se cree con derecho a sentarse en el casino para toda la vida, a emborracharse de vino y de murmuraciones. Como ves, tengo pensado lo mío sobre ello. El tipo le tengo definido: Ignorante, egoísta y necio. ¿Qué quieres tú que se haga con un elemento como ése?

Álvaro menea dudoso la cabeza, mientras se rasca el cuello con cuidado.

– No te negaré que en parte tienes razón, pero es tu defecto de siempre, Andrés. Y te llevarás muchos disgustos, te lo tengo dicho. Generalizas y generalizas y metes a todos en el mismo saco. Y mira que yo estoy escarmentado por muchas cosas, tú lo sabes.

Andrés, con el rostro contraído, lo mira con dureza.

– Pues mal se conoce, muchacho.

– Lo que yo te digo es que lo uno no quita lo otro – Álvaro desvía la vista, mordiéndose los labios – Yo conozco a algunos que son buenas personas, ya te lo he dicho, y que valen, vaya. Las cosas no hay que sacarlas de quicio, hay que mirarlas tal y como son.

Avanzando la mandíbula, Andrés le clava de cerca unos ojos duros e irritados.

– Mira, muchacho, no me vengas con cuentos. Si son buenos, que les hagan un cerco a los otros. Lo que yo te digo es que tiene que llegar un día, no sé cómo ni cuándo – señala hacia atrás con el pulgar curvado – en que esta vergüenza de gente desaparezca ¿estamos?.

Su amigo mira cansadamente hacia otro lado, mientras se carga de infinita paciencia:

– Si estoy de acuerdo contigo, Andrés… – le contesta con monótona voz – Si estamos de acuerdo…

– ¿Entonces…?

Álvaro lo coge del brazo, haciéndole marchar.

– Mira, Andrés no tengo ganas de berrenchines. Ya el otro día lo tuve y no quiero discutir más, porra, que así nos pasamos las veinticuatro horas del día. ¿Es que ganas algo con ello? Yo ya te he dicho, repitiéndotelo mil veces, que estoy harto de coles, que ya e he tragado mis berrinches y que el jugo que le podamos sacar a la vida, eso es lo que nos vamos a encontrar. ¿Estás de acuerdo conmigo?.

Andrés se deja conducir unos pasos con el ceño fruncido, deteniéndose de golpe. Respira profundamente y apretando los párpados, deniega enérgico con la cabeza.

– No, Álvaro, no – le replica, ya con voz más tranquila – Por favor, no me hables así… que me parece estar escuchando a uno de esos – lo mira con los ojos muy abiertos, consideradamente – Yo sé lo harto que estás de muchas cosas, de muchas carbonadas. ¿Pero tú crees que ése es el camino para mejorar? Hay muchos como tú, eso es lo triste, coño.

Álvaro inclina la cabeza sin responder, dejándose llevar por el brazo.

– Anda, vamos.

Atraviesan la calle en silencio, hasta llegar a la entrada del “Maravilloso”, que forma chaflán con la de Bagocheros. El letrero luminoso, llameando rojo en el crepúsculo azulino, es como una manada de luciérnagas suspendida de la fac hada del cine. En los costados del interior, las fotografías en colores anuncian como película de turno “La Sierra de la Esmeralda Maldita”. El cartel central reproduce el título en grandes caracteres verdes, formando un círculo que cobija una sonriente muchacha que juega con un lazo, vestida de vaquero.

– Lo que dije – comenta Andrés, echando una superficial ojeada – Una porquería.

Álvaro enciende un cigarro, con el rostro aun ligeramente demudado. Contempla pensativo como se consume la cerilla entre sus dedos, hasta convertirse en una astilla negruzca.

– ¡Psht¡ ¿Entramos?

– Yo no. Tú, si quieres… Yo me voy a ver a Carmen.

– ¿A qué hora sale¿ – Álvaro habla todavía algo forzado.

– A las ocho. Tomaré un café entretanto.

– Bueno… Pues… Yo voy a entrar.

Andrés lo mira con las cejas muy levantadas.

– ¿Vas a ver esa birria? Pero si tenían que colgar al empresario…

Álvaro lo contempla con ojos resignados.

– ¿Qué voy a hacer si no? Los otros me aburres.

Su amigo lo mira fijamente.

– Haz lo que quieras. Yo me he prometido no venir al cine mientras no echen buenas películas. O pongan un cine–club. ¿Qué menos?. En una ciudad con más de cien mil…

– Pues estás apañado. ¡Buen aburrimiento te espera¡

Andrés se encoge de hombros.

– Ché, lo de siempre. Dentro me aburro también, después de gastarme los cuartos como un primo…

Su amigo lo mira extrañado, con un vago ademán de protesta.

– ¿Pues qué quieres tú? Por lo menos son dos horas que se echan fuera.

Andrés lo mira con sorpresa, conteniendo difícilmente su irritación. Le clava en el pecho su índice extendido:

– Ese es el mal de todos nosotros, muchacho. Querer echar el tiempo fuera. Si hasta parece que tenemos prisa por morirnos…

– ¿Vamos a seguir discutiendo? – Álvaro lo mira con el cigarro colgándole desmayadamente de los labios – Si tienes ganas de desahogarte, vamos a una casa de tratos.

– Están todas cerradas.

– Yo conozco una. ¿Vale?

– No quiero – Andrés mueve la cabeza con fuerza – Me aburren y me asquean, además de sacarme los cuartos como un imbécil. Como una película mala, igual. He estado otras veces y he salido peor.

– Pues chico, no sé…

Álvaro entorna los ojos, mirándolo apaciblemente a través de la cortina de humo del pitillo, que sigue colgado de su boca. Echa una ojeada al reloj.

– Bueno, Andrés – dice, poniéndole una mano en el hombro – Voy a entrar. Va a empezar la película. Son menos cuarto.

Andrés, delante de él, da un talonazo, cuadrándose:

– Suerte, muchacho, y c… para aguantarla.

Su amigo, desconcertado, lo mira irse. Luego, encogiéndose de hombros, se va hacia la taquilla.

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