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TORRE DE VIENTO

 

Los mil ruidos de la calle se filtran por entre las rendijas que dejan las desiguales maderas del balcón, muy hinchadas por las últimas lluvias. La habitación se llena poco a poco de la estela rasante de los coches que pasan, mezclada a otros diversos ruidos: taconazos sobre el asfalto, voces lejanas de niños, chirridos de garrucha procedentes de un andamio cercano, toda una vida multitudinaria que empieza a despertar en el cerebro de Juanjo. Con la cabeza sumergida aún entre las sábanas, lucha por despejar sus ojos cargados de sueño. El hueco entre las cortinas deja pasar unos delgados rayos de luz que difuminan los objetos del cuarto en una vaga penumbra.

Felisa, la doncella, vuelve a entrar dejando entornada la puerta. Es una mujer madura, de cara arrugada y seca y ademanes mecánicamente autoritarios. Sus nudosas piernas, enfundadas en medias de algodón color carne, se mueven ágiles a paso de marimacho. A Juanjo, en su duermevela, le recuerdan los saltos de las marionetas que vio en la última feria de septiembre. El uniforme negro de planchadas tablas y el delantal blanco de almidonado peto le encajan como un guante al cuerpo fibroso. Es como una segunda naturaleza que hubiera sustituido eficazmente su primitiva raíz de campesina.

– Vamos, señorito – Su voz restalla cascada entre los dientes irregulares, – que ya son las nueve y media y hay que bajar a la tienda. Ya sabe usted cómo se las gasta su abuelo –.

A la vez descorre la cortina haciendo que la luz, como una súbita marea de espuma, inunde totalmente la habitación. Con un gruñido y murmurando que siempre pasa lo mismo, recoge la chaqueta mezclilla tirada a los pies de la cama y el pantalón arrugado sobre el suelo, ajustando ambas prendas al sillón. Sale, dejando la puerta encajada.

Juanjo se despereza, mientras le baila aún en la retina la imagen de la criada. La recuerda siempre en su puesto, igual que los muebles pesados y oscuros de la casa, como el busto de bronce del abuelo fundador que preside la sala de recibo, como el juvenil retrato de su madre realizado por Ramos, el pintor decano de la ciudad que acaba de ser elegido miembro de la Academia, después de batallar por conseguirlo durante tantos años.

Con un amarguísimo gusto en la boca, se incorpora en la cama con un leve gemido. Las mañanas de resaca Juanjo se siente muy desgraciado. Además de tragar la saliva con asco, tiene que levantarse para ir a trabajar a la tienda, sintiéndose tan cansado y con la cabeza tan terriblemente embotada. Todo porque al viejo se le ha metido en la cabeza meterlo en la tradición tendera de la casa. Su mismo padre dijo una vez que el abuelo tenía un fatal sentido de las proporciones y Juanjo, sobre todo esta mañana, está completamente de acuerdo.

El tic – tac del despertador le obliga a lanzarle una soñolienta ojeada que tiene la virtud de galvanizarlo. Encajando con prisas las babuchas, se lanza al cuarto de baño. En el armario, bajo un montón de toallas, guarda el frasco de la magnesia. No quiere acordarse de cuando hace un mes el viejo entró en el lavabo y lo vio sobre la repisa entre los trastos de afeitar. Se puso furioso, lo trató desconsideradamente de borracho y asomándose a la ventana, estampó el frasco contra las losas del patio. Luego, la risita de los empleados de la tienda acompañó al muchacho durante unos días. Pero maldita la cosa que le importa a él eso.

Ya con el refrescante gusto alcalino en la boca, Juanjo se arregla y desciende al comedor, mientras tararea desafinadamente una canción que se le ha quedado grabada del guateque de la víspera, en casa de Antoñito. Sobre la gran mesa rectangular del comedor está preparado el desayuno, torrijas con chocolate. Felisa limpia con denuedo un frutero, acodada junto al aparador.

– Buenos días, Felisa.

Ella mantiene la boca cerrada, como si fueran a robarle la lengua. Sus malos días. ¡Vaya genio que se gasta¡

– Felices, señorito.

– ¿Ha bajado ya mi tío? – Pregunta, mientras se sienta a la mesa.

– Todavía no – Ella deja un momento de frotar y lo mira con intención – El señorito Eduardo no se levanta antes de las diez y pico.

– Pues ya son ¿no?

– Es que a veces el pico es un poco largo – La doncella sonríe con un lado de la boca, mientras sigue su tarea, ya sin prestarle atención.

– ¡Ah¡ – Juanjo insiste al cabo de un momento en sus averiguaciones – ¿Y la señora?

La doncella parece encontrar de pronto la oportunidad que buscaba. Se le pone delante en jarras con ademanes coléricos.

– ¿La señora cómo va a estar? – Grita, con el rostro encendiéndosele – Furiosa con usted. Anoche dio usted al entrar el escándalo padre, al venir con esos señoritos amigos suyos todos vociferando. Como que pusieron en pie a toda la casa. ¡Vaya elementos¡

Después de la chisporroteante descarga, su mirada se dulcifica algo. Añade en otro tono, mientras contempla el silencio al parecer contrito de Juanjo:

– La señora fue a San Miguel a escuchar la misa de nueve. Es la Cuaresma y hay después bendiciones. Fue con doña María Luisa.

Sigue frotando con fuerza, como queriendo despellejar el cubierto a fuerza de sobones. Se detiene de pronto, con la expresión totalmente cambiada.

– Si no lo digo por usted, señorito – Dice, arrepentida de su brusco arrebato al contemplar la cara baja de él – Si ya sabemos que son las malas compañías… Sobre todo ese Puma del diablo, que Dios confunda… Yo se lo digo sobre todo por sus abuelos y por su madre, que se llevan cada disgusto…

Juanjo sigue callado, como asintiendo con su silencio. Levanta la vista con afectada inocencia.

– Yo no me acuerdo de nada de lo que pasó anoche, la verdad…

– Ya, ya… Siempre le pasa lo mismo – Ella ha vuelto a coger el cubierto y lo sigue restregando con fuerza, pero ya hecha mieles – Ande, ande, tómese eso deprisa, que su abuelo estará abajo que trina… El pobre se lleva cada disgusto con los hijos…

Juanjo empieza a despachar el desayuno mientras la contempla – ya totalmente desentendida de él –, recordando sus viejas ternuras. Sin saber por qué, le vienen a la memoria retazos de su historia que le ha contado María, la cocinera que lleva cuarenta años en la casa. Su llegada del campo muy jovencilla, su perruna adhesión a los señores, su posterior desengaño amoroso con el célebre Paco, el chófer que no dejaba títere con cabeza entre el servicio femenino de la casa. Después de la muerte de Paco en un accidente, se puso luto una temporada, como si hubiera sido su mujer en lugar de una de las muchas novias desdeñadas.

Juanjo mastica con fuerza, trozos de historia y trozos de torrija. Se ríe él mismo de la comparación mientras sigue engullendo. De pronto, se queda mirando el trozo que tiene en la mano. Le ha invadido de súbito una invencible sensación de disgusto. Como si estuviera masticando un trozo de la vida de Felisa, como si su boca fuera la boca de Paco, el chófer que murió en accidente hace tantos años. El chófer que se comió el alma de la criada, convirtiéndola en una solterona. ¡Pero qué tonterías se le ocurren¡ Molesto, intenta seguir comiendo, pero algo se le atasca en la garganta. Una visión extraña se agita delante de sus ojos. Le parece que detrás de esa boca se perfilan muchas otras, infinitas bocas. Y que una de esas puede ser la suya. Se levanta con aire brusco, dejándolo todo a medias.

– Bueno, hasta luego.

La criada vuelve la cabeza, contestándole con suavidad:

– Hasta luego, señorito Juanjo.

El joven, todavía con esa desazonada sensación en el pecho, desciende por la escalera que conduce a la tienda. Ajusta maquinalmente un cigarro que extrae de la pitillera, pero vacilando un momento se lo vuelve a guardar. Atraviesa el patio, grandes losas blancas y negras con mampara de vidrio y llega a la puerta del fondo a la derecha. A la izquierda se extienden rectangulares cristaleras de vidrio esmerilado, tras las que se divisan algodonosas siluetas humanas. Los empleados de los Grandes Almacenes parecen caminar entre la lluvia de copos de nieve. Juanjo empuja el pomo niquelado de la puerta.

La tienda, una enorme sala con estantes del suelo al techo, tiene un mostrador irregular que sigue sumiso la configuración de la pared, dando un gran espacio al público. Las estanterías, abarrotadas de toda clase de telas, lanas, percales, sedas, son común inmenso abanico cromático desplegado caprichosamente en torno a las paredes. En el ambiente flota un ligero olor característico, residuo de viejas mezclas químicas.

La sala se encuentra con muy escaso público y los dependientes que no atienden se dedican a recolocar con parsimonia paquetes en los estantes o charlan con discreción del próximo Betis–Laverna. Los ojos del muchacho se dirigen mecánicamente a una mesa con tablero de cristal, situada a la derecha. El sillón giratorio muestra impasible sus bíceps metálicos. A un lado se encuentra la Caja, jaula de cristales con filos de metal. Dentro de ella, Pastrana, el cajero, coloca meticulosamente fajos de billetes en el cajón del mostradorcillo. Uno de ellos le resbala de las manos y cae al suelo con un ruido sordo.

– Hola, Jorge.

–Buenos días, Juanjo – Contesta Pastrana, sonriendo apagado.

En la tienda le dicen el Supernúmero, a causa de su manía detallista. También le acusan de establecer cuidadosos y prolijos cálculos cada sorteo de lotería a fin de hallar el número cumbre que lo conduzca a su liberación de sufrido proletario. Está considerado no obstante como muy buena persona. Ahora añade con amabilidad – ¿Qué tal? – Su cabeza calva se dirige al paquete caído y sus manos se apoyan en la madera para inclinarse, pero él permanece muy quieto, esperando la respuesta de Juanjo. Sus ojos, de un azul cándido y sumiso, se apoyan cortésmente en la cara del joven.

– Voy para allí – Contesta éste con aire algo displicente – ¿Está mi abuelo?

Pastrana mueve la cabeza con pesar:

– No lo he visto salir. Estará seguramente en el despacho. Don Eduardo – ajusta cuidadoso la voz para despojarla de matices, señalando a la vez con la barbilla el sillón vacío – vendrá enseguida, creo.

El joven atraviesa la tienda entre los dependientes. Va saludando con movimientos de cabeza y alguna palmada en el hombro. Antes de empujar la puerta del fondo, se detiene un momento para hacer acopio de aire. Luego entra muy despacio.

La trastienda recibe luz por dos grandes ventanales situados a derecha e izquierda. El olor de la tienda triunfa en ella sobre el del papel rancio y húmedo, olor éste que tampoco parece importarle a don Pedro, tan largamente habituado. Su mesa está entre la del hijo José, a la derecha, y la de Rozas, el apoderado, a la izquierda. Es él quien primero levanta la cabeza al ruido de la puerta.

– ¿Qué tal? ¿Se ha dormido bien?

Juanjo da algunos pasos, vacilante. La recepción que espera no es ninguna novedad. Es lo de siempre. Su abuelo, metido en el mismo carril toda la vida, se pasa el tiempo haciendo números y lanzando unas broncas fenomenales. Ahora sus ojos brillan negrísimos detrás de las gafas doradas. Se ha retrepado en el sillón y lo mira como si se lo fuera a comer. ¡Valiente pamema de viejo¡ Pero él, a pesar de todo, no se siente muy seguro de sí mismo. Se va acercando poco a poco, con precaución. Extiende las manos para apoyarse en la mesa, pero las retira sin dejarlas caer, mientras se pasa la lengua por los labios.

– E… e… sí… es que anoche, ya sabes, como Antoñito Rivera se despedía…

El viejo lo mira con mayor furia aún:

– ¿De quién? ¿De ti? ¿Es que se va al otro barrio?.

Juanjo mira obstinado la mesa sin contestar. Don Pedro alza más la cabeza y habla volviéndola tanto a derecha como a izquierda, como tomando a los otros por testigos.

– ¡Vaya, vaya¡ ¿Qué os parece el niño? Unas veces es Rivera, otras López, otras García y otras… ¡La Pompadour¡ – Ha ido alzando la voz hasta cortarla bruscamente con un puñetazo sobre la mesa, que hace estremecer tinteros y papeles. El apoderado mantiene un leve gesto de asentimiento. José, con los ojos entornados, chupa goloso de su cigarro, mojado casi in tercio – lo cierto es que no hay forma de que cada día se entre aquí a las nueve ¿estamos?.

De improviso se detiene al observar los ojos relucientes de José. Algo sólido parece cortarle el habla. Se inclina con brusquedad sobre los papeles de su mesa, con el rostro aún levemente congestionado.

– Bueno, pues, que no vuelva a ocurrir… – Dice ya bajo, con un aire vagamente humillado. Se ajusta las gafas y sin mirarlo, le alarga un papel – Vamos, pasa, que hay trabajo. Llévate esto y dáselo a Millares. Dile que en la suma del centro hay un error de cien. ¡Cómo empezamos la mañana, caray¡

Juanjo se encamina al otro despacho, mientras sus músculos tensos se relajan de pronto. Por un milagro el viejo no ha hablado del jaleo de anoche. Por lo visto fue algo de pánico según Felisa, aunque él no hace memoria de nada. Claro que cuando su padre está presente es como un pararrayos para las descargas del viejo. Eso de fallarle a uno la vocación tiene también sus ventajas… para los demás. El caso es sacar cada uno su provecho.

El cuarto interior, que ocupan el contable y dos mecanógrafos, es grande y bien acondicionado, recibiendo claridad por una mampara de vidrio que hace de techo. Las máquinas de escribir tabletean como pequeñas ametralladoras escupiendo veloces letras contra el blanco horizonte de los impresos. La luz se refleja avara sobre el brillante cromado de los resortes.

Los grupos de correo escrito van aumentando a los costados de López y Guzmán, que no levantan cabeza. Millares, sentado a una mesa en rampa, incrusta contra su pecho un enorme Libro Mayor, mientras hace periódicas anotaciones en el Diario que mantiene a su izquierda. Cada vez se alza cómicamente en puntillas para alcanzarlo, izando la pluma como un banderín.

– Buenos días.

– ¿Qué hay, Juanjo? – Millares arquea las cejas ante el papel que el otro le alarga. Es un hombre de treinta y tantos años de cabellos negros y lustrosos que mal tapan su calva. Anda siempre con unos fondillos enormes, como un buey derrengado. En su cara regordeta se destacan unos labios gruesos y unos ojos húmedamente negros.

– Me ha dicho mi abuelo que hay aquí un error de cien.

– ¿Dónde? ¿En qué suma? Porque hay tres.

– No sé, eso me ha dicho – Contesta Juanjo, dirigiéndose ya a la mesa del fondo, que ocupa junto a López. Este lo saluda con una breve inclinación, sin dejar su tecleo.

El contable lo mira alejarse, menea la cabeza con su eterno gesto de vencido bajo el yugo y agachando la cabeza, se dispone cuidadoso a sumar.

– ¿Qué hago, López?

Juanjo se ha sentado y mira al otro de hito en hito. López tiene cincuenta años, pelo del color de la estopa y gafas amarillentas. La barbilla le sobresale blanda sobre la encorbatada camisa de finas listas verdosas, que se corta contra el usado babi gris. El muchacho sabe que cuando él no está presente, López reniega en voz alta de su falta de iniciativa y de formalidad, sin dirigirse en particular a nadie, aunque mostrándose muy indignado. Los otros se lo han contado entre risas y Juanjo, al que el incidente le ha hecho mucha gracia, lo ha coreado a carcajadas.

La expresión de López es ahora muy seria ante su pregunta, a pesar de su falta de decisión para mirarle de frente. Deja vagar su mirada por el cuarto antes de decidirse a abrir el cajón de la mesa.

– Pues mire, si quiere… si quiere… puede ir haciendo volantes de entrega – dice, alargándole un papel – aquí tiene una lista con nombres.

El joven no aparta sus ojos de él, mirándolo con expresión divertida, que aturrulla al otro, haciéndole bajar la vista. Juanjo se toca los bolsillos, rozándolos con las puntas de los dedos.

– ¿No tendría usted una pluma, por favor? – Pregunta con voz muy suave – La mía me la he dejado en casa.

– Tenga usted – López, sin mirarle, le alarga un lapicero de la ristra que le sobresale del bolsillo del guardapolvo.

Juanjo le da muy amablemente las gracias y empieza a escribir los volantes con un vago gesto de fastidio. Al cabo de cinco minutos, da cuerda a su reloj y lo mira fijamente, acercándolo al oído. Emplea otros cinco minutos en observarlo desde todos los ángulos y al fin lo comprueba con el reloj que cuelga de la pared frontera del cuarto. Se queda unos instantes pensativo. De pronto levanta la cabeza – oye, Paco – Habla dirigiéndose a Guzmán, su mejor amigo de la tienda. Guzmán es un mozo de cabello negro y rizado y rostro muy moreno, pinta de gitano. Lleva diez años en la casa y en su prima juventud cultivó unas vagas aspiraciones toreras – ¿Viste el domingo al Plus Ultra?

– Sí –  Contesta éste, mostrando una dentadura casi perfecta – ¿Y tú?

– Yo también – sigue animadamente Juanjo – ¿Qué te pareció el partido?

– Muy bueno que estuvo. Hacía tiempo que no se veía tan buen juego.

– Sí, pero… – Duarte parece haber perdido de repente el hilo de la conversación. Mira al otro, proyectando su mirada sobre el cuello. Se siente de pronto como un plomo, como en el momento de levantarse bajo el imperio de la resaca. Su pupila no se diferencia del resto del iris, que parece incapaz de trasladarse a los costados del cristalino, lo que da la sensación de que mira con toda la cabeza, como un torno de carne – y… y el portero de ellos ¿qué te pareció?

El cuerpo envarado de Guzmán se remueve inquieto en la silla. Sus ojos negros están cargados de amabilidad, pero de vez en cuando echan una ojeada hacia la puerta. Ser sorprendido en flagrante charla, sobre todo por don José, equivale a bronca segura. Cualquier conversación extraoficial entre los empleados, por menuda que sea, tiene la virtud de ponerlo frenético.

– Metió la pelota en su propia meta – le contesta al fin – Él tuvo la culpa del primer gol. Pero luego estuvo bien. Se tiraba de los pelos.

Sigue su trabajo, aunque de vez en vez vuelve su sonriente cara para indicar que no desatiende al hijo de los jefes. Este, muy inclinado sobre la mesa, con la mano izquierda entre las piernas, traza caprichosas curvas sobre el papel. Al levantar de pronto la cabeza ve fijos en él los ojos de López. Este desvía rápido la vista y Juanjo sigue con los volantes.

Un ligero crujido de la puerta precede a la entrada de José. El tableteo de las máquinas de escribir parece aumentar de repente.

– Juanjo – Los otros tres lanzan un suspiro de alivio.

– ¿Qué hay, papá? – Contesta el muchacho, volviéndose.

Su padre lanza al cuarto una detenida ojeada. Los empleados se encuentran completamente absortos en su trabajo.

– Las facturas de Pepe Román. Hay algunas pendientes, creo.

– No sé… – El joven se alza de su sillón y tras una desconcertada mirada a su alrededor, va a pedírselas al contable. Tras unos instantes de forcejeo con un montón de facturas, éste se las alarga. Con ellas en la mano, José cierra la puerta tras sí, encaminándose a su despacho.

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